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La tendencia a la exaltación de
los valores e intereses de la nación por cima de los de los individuos ha
constituido un poderoso agente del cambio histórico desde finales del siglo
XVIII
Nación y nacionalismo
El
concepto de nación es un tanto vago, su significado ha cambiado a lo largo del
tiempo. Tiene la misma raíz latina que nacer y originalmente se refería a un
conjunto de personas con un origen común. El concepto moderno nació de la
ilustración francesa y el romanticismo alemán y básicamente identifica a una
comunidad humana que comparte unos rasgos lingüísticos, étnicos y culturales,
además de una historia común y la conciencia de constituir un grupo
singularizado frente a sus vecinos. Esta conciencia, junto con la voluntad de
«vivir juntos» es lo que constituye el nacionalismo, que de sentimiento intimo
puede pasar a convertirse en objetivo político.
El nacionalismo ilustrado y las
primeras revoluciones
La
afirmación del sentimiento nacional es algo que se ha producido en diversas
épocas y lugares, particularmente por oposición a otros grupos y en tiempos de
crisis, como durante la guerra de los Cien Años (siglos XIV y XV), que propició
la aparición de conciencias nacionales en Francia y en Inglaterra.
En la foto vemos la Guerra de
Azincourt cuando las tropa inglesas derrotaron a las francesas el 24 de octubre
de 1415, batalla clave en la Guerra de los Cien Años.
Por
otro lado, la creación de Estados poderosos y crecientemente centralizados
propició la identificación de sus súbitos con la unidad política. De hecho,
durante la Edad Moderna se dieron los primeros pasos para la configuración de
Estados nacionales, combinando los intereses las monarquías absolutas con los de
la pujante burguesía capitalista, frente a los la clase feudal. Sus rasgos
ideales serían la posesión de un territorio estable y unificado, asegurado por
el poder militar, la unificación administrativa por medio de una creciente
burocracia y la tendencia a la secularización y la independencia nacional en
materia religiosa (frente a antiguas concepciones universalistas).
Pero
el nacionalismo moderno nació en el siglo XVIII, por la confluencia de varios
elementos. Por un lado, las ideas ilustradas sobre la igualdad entre los hombres
socavaron las jerarquías sociales y los particularismos locales heredados del
feudalismo, pero también el poder de las monarquías absolutas, depositarias
hasta entonces de soberanía nacional. La clase burguesa, en nombre del progreso
social y economice oponía también al mantenimiento de estas estructuras
anticuadas. Las revoluciones americana y francesa dieron lugar a la aparición de
Estados fundamentados libre naciones de ciudadanos soberanos y libres,
relacionando los conceptos de nacionalismo, liberalismo y democracia.
Posteriormente, las victorias napoleónicas extendieron estas ideas por Europa,
junto con la dominación francesa. Por ello, esas mismas ideas inspiraron en
parte las acciones nacionales que provocaron la derrota final de Napoleón y el
hundimiento su imperio (1815).
Frente a los intentos de restauración del absolutismo en Europa (congreso de
Viena, Santa Alianza), liberalismo y nacionalismo continuaron aliados en la
serie de revoluciones de la primera mitad del siglo (1820, 1830 y 1848). Así se
fue implantando el Estado liberal en gran parte de Europa occidental, aunque
fracasaron la mayor parte de los intentos de fundar nuevos Estados nacionales,
salvo los casos de Grecia (1829) y Bélgica (1831). La Europa oriental y
balcánica, particularmente, hervía de sentimientos independentistas reprimidos
por los grandes imperios plurinacionales (Rusia, Austria-Hungría, el Imperio
otomano).
El nacionalismo romántico
Por
esta época se desarrolló otra concepción del nacionalismo, originada en
Alemania. La debilidad de la burguesía liberal alemana le impidió tomar el
poder, y el impulso nacionalista sería liderado por las clases terratenientes,
los militares y las burocracias estatales. Tomó forma así un nacionalismo
conservador, que buscaba su inspiración no en el liberalismo, sino en la
exaltación de un pasado mitificado y glorioso, de la mano del nacionalismo
romántico elaborado por el filósofo J. G. Herder. este identificó el espíritu de
la raza alemana (Volkgeist), un elemento subjetivo, irracional y transhistórico.
La colectividad, el pueblo (Volk) era el depositario de las virtudes y valores
(reflejados en el lenguaje y la cultura) de donde surgía la grandeza de la
nación, manifestada en diversos momentos a lo largo de la historia. Éste fue el
tipo de nacionalismo que inspiró en gran parte el proceso de unificación
alemana, y que influyó también en los movimientos nacionales de otros países,
particularmente los eslavos.
Los
fracasos de 1848 no redujeron el impulso nacionalista en Europa. Algunos
pueblos, como Italia y Alemania, lucha ron por su unificación, que completarían
ambos en 1871. Otros movimientos nacionales, de tipo centrífugo, sobre todo en
los Balcanes, pretendían alcanzar la independencia respecto a Estados más
amplios.
Nacionalismo e imperialismo
Al
mismo tiempo, en los Estados consolidados, el nacionalismo adquirió un matiz
expansivo, de la mano del desarrollo industrial. Las necesidades de acceso a
mercados exteriores para el propio desarrollo interno y la protección de las
nacientes industrias nacionales llevaron a una competencia entre las naciones
por el control exclusivo de dichos mercados, mezclada con ideas chovinistas
sobre el prestigio nacional. El choqué de estos distintos nacionalismos
imperialistas se combinó con la inestabilidad balcánica para dar origen a la
Primera Guerra Mundial (1914-18). Como resultado, los imperios otomano,
austro-húngaro y ruso se hundieron y fueron desmembrados, según el principio de
autodeterminación nacional defendido por el presidente norteamericano H. Wilson
en sus 14 puntos.
La
complejidad de la historia europea y el imperfecto trazado de las nuevas
fronteras provocaron que muchos de los Estados surgidos entre 1911 y 1918 en
Europa central y oriental contuvieran en su seno importantes minorías
nacionales.
La
insatisfacción con el reparto fronterizo fue • el origen de numerosas tensiones
que, combinadas con el nacionalismo agresivo de los regímenes fascista y nazi,
llevaron al estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939-45)
El nacionalismo en el mundo
contemporáneo
Tras
la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo de dos bloques enfrentados durante la
«guerra fría» motivó la atenuación o la supresión de los movimientos
nacionalistas en Europa. Pero África y Asia tomaron el relevo. Ya antes de la
guerra, China y Turquía había empleado el nacionalismo como fuerza cohesiva para
mantener su independencia y evitar las injerencias externas. Y tras 1945 se
produjo una avalancha de movimientos independentistas en las colonias de las
potencias europeas, que habían tomado las ideas nacionalistas de sus metrópolis.
El socialismo desempeñó también un papel destacado en muchos movimientos
nacionalistas revolucionarios del Tercer Mundo (Egipto, Argelia, Cuba, etc.).
Curiosamente, los nuevos Estados surgidos en el Tercer Mundo con frecuencia han
mantenido las fronteras trazadas por las administraciones coloniales, muchas
veces arbitrarias. Esto ha provocado numerosas tensiones y desequilibrios
étnicos, económicos y dé todo tipo en el seno de dichos Estados. La ausencia de
un verdadero sentimiento nacional, a pesar de los esfuerzos de sus respectivos
gobiernos, en muchos casos pone en cuestión la supervivencia misma del Estado,
como sucede por ejemplo en el Congo.
Tras
la caída del bloque soviético (1989-91) y el fin de la «guerra fría» se han
liberado de nuevo las fuerzas y tensiones nacionalistas en Europa. La URSS se
dividió en multitud de nuevos Estados, algunos de los cuales mantienen todavía
unos lazos más o menos difusos (Comunidad de Estados Independientes, CEI), pero
los enfrentamientos han sido casi constantes, especialmente en la región del
Cáucaso.
Un fenómeno similar ocurrió en la antigua Yugoslavia, cuya disgregación
ha dado origen a una serie de guerras fratricidas que siguen amenazando la
estabilidad en los Balcanes. Tampoco Europa occidental se ha visto libre de
tensiones nacionalistas, a pesar del proceso de integración supranacional puesto
en marcha por la Unión Europea. Algunas formas moderadas pretenden lograr una
cierta autonomía o el reconocimiento de una especificidad cultural (Gales o
Escocia en el Reino Unido, el Languedoc en Francia). Pero otras de signo
independentista amenazan la misma unidad de determinados Estados (flamencos y
valones en Bélgica) y llegan incluso a recurrir a la violencia terrorista para
lograr sus objetivos, como en los casos de Irlanda del Norte, el País Vasco o
Córcega.
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