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El éxito del poder alemán en la Segunda Guerra Mundial fue debido al aporte
de destacados científicos alemanes, grandes científicos, reconocidos con
distinciones y premios Nobel, que a través de sus ideas y sus logros
pudieron seducir a Hitler para conseguir la autarquía nacional y ese
“espacio vital” tan ansiado por el líder para sacar a Alemania del
estancamiento económico. (La célebre
I.G. Farben, un gran
conglomerados de 2000 empresas alemanas, era el centro de trabajo de estas
eminencias científicas.)
Alemania no consiguió el triunfo buscado, pues perdió la guerra y quedó
totalmente desbastada, pero todos estos científicos pudieron investigar
durante el conflicto usando la “materia prima” que los campos de
concentración, les proveía, pues millones de judíos fueron utilizados para
todo tipo de inhumanos y crueles experimentos en “pos de la ciencia y del
progreso alemán”. Crearon armas espantosas y perfeccionaron la limpieza
étnica, consiguiendo por ejemplo el “mejor” gas para la eliminación
sistemática de todos los deportados.
Mas tarde en los juicios de Nuremberg, muchos de ellos se sentaron en el
banco de los acusados y fueron procesados, pero los castigos fueron mínimos
y a corto plazo liberados. Aún así muchos quedaron libres y otros lograron
huir antes de la finalización de la guerra, y una gran mayoría consiguió
importantes empleos, pues las potencias aliadas a través de planes secretos
(como el Proyecto Paperclip, de EE.UU.) los acogió y protegieron en
sus países como los mejores hombres de ciencia.
Un grupo de ellos consiguió un lugar en Argentina, al amparo de Juan D.
Perón, y los mas destacados de ellos fueron Friedrich Bergius, Premio
Nobel de Química, uno de los responsables de l.G. Farben, que colaboró
activamente en la redacción del Primer Plan Quinquenal del peronismo; a
Ronald Richter, que prometió llevar al país a la vanguardia de la
energía atómica y sólo logró ridiculizarlo y gastar preciosos recursos; a
Kurt Tank, que apuntó a lo mismo en el plano de la aviación, con
similares resultados; a Joseph Mengele, el médico de la muerte, que
simplemente vivió en paz durante más de una década, con la anuencia local
pero también del gobierno de Alemania, que lo persiguió tarde y mal, y que
pidió su captura justo después de que hubiera escapado. |
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