EL HOMBRE DE NEANDERTHAL

EL REPRESENTANTE DEL HOMO SAPIENS

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En 1856, en el valle del río Neander, en la Renania alemana, se descubrió una bóveda craneana que ya presentaba rasgos semejantes a los del hombre moderno. Estos restos pertenecían sin dudas al Homo y debido a ciertas especificidades se lo incluyó en la clasificación de Homo sapiens, y, dentro de ésta, a la subespecie Homo Sapiens neanderthalensis.

Los arqueólogos sostienen en la actualidad que la evolución de este Hombre de Neanderthal comenzó hace aproximadamente unos 250.000 años, aunque sus restos son certeros y evidentes entre los 100.000 ó 150.000 años, durante el Pleistoceno (última glaciación) tardío, entre los dos últimos períodos glaciares (Riss y Würm).

De acuerdo con los descubrimientos arqueológicos, estos Homo Sapiens fueron particularmente exitosos tanto en los períodos cálidos como en los fríos intensos que se sucedieron hace varias decenas de miles de años. Justamente por esta particularidad de haberse adaptado muy bien al fenómeno glaciar, es que fueron los primeros en utilizar y confeccionar su propia vestimenta, la que seguramente era de piel de mamut lanudo, reno, oso de las cavernas o rinoceronte lanudo.

Su configuración era robusta y musculosa, y su estatura era superior a la de sus antecesores, alcanzando 1,70 metros; todavía mostraba una frente huidiza y elevados arcos supraorbitales, también su mentón era huidizo aunque su mandíbula era de fuerte contextura con grandes dientes; sus manos eran largas, y su nariz más bien chata y carnosa. En cuanto a su capacidad craneana, ésta era sensiblemente superior a la del Homo erectus, alcanzando, en ocasiones, los 1.600 cm3 esto es, semejante al hombre moderno, pero con la salvedad de que era mucho menor la cantidad de circunvoluciones que poseía su cerebro.

 Como estos hombres enterraban a los muertos con una especie de rito, los paleontólogos creen ver en esto el inicio de una cultura religiosa, en particular por el esmero puesto en la inhumación del cadáver: se cavaba una foso en cuyo piso se colocaban piedras y ramas de pino; luego se depositaba el cuerpo en posición fetal  para, finalmente, depositarle flores silvestres. De acuerdo con las investigaciones arqueológicas de la prehistoria humana, el Homo sopiens neanderthalensis habría ido el primero en producir el enterramiento de sus muertos; e, incluso, algunos admiten la posibilidad de la existencia de necrópolis.

La extensión por la que se dispersó el nuevo Homo fue, a no dudar, muy grande. Se lo halló por casi toda Europa, en particular sobre la cuenca del Mediterráneo, como así también por el norte de África y la parte del continente asiático ligado a dicho mar (p. ej., Israel). También hay que destacar el trabajo en piedra de los neanderthalenses.

Si bien siguieron fabricando las hachas de mano, éstas se redujeron en tamaño y se perfeccionaron notablemente sus filos; además, introdujeron nuevas herramientas, como los rascadores, cuchillos y perforadores. Todos estos elementos muestran un mayor desarrollo de la inteligencia del hombre. Pero por algún motivo que aún no sabemos, hace aproximadamente unos 30 a 35.000 años, la subespecie del Homo sapiens neaderthalensis se extinguió, y su lugar fue ocupado por nuestro predecesor más inmediato: el Homo Sapiens sapiens.

En la Prehistoria, los primeros en celebrar algo parecido a un ritual de enterramiento fueron los neandertales, unos humanos algo diferentes de los actuales que vivieron hace 100,000 años. Se han encontrado algunos cadáveres colocados en fosas y cubiertos de un polvo rojo llamado ocre. Hace 35.000 años, con la aparición del homo sapiens sapiens, el ser humano actual, los rituales funerarios fueron más habituales y más elaborados. Además del ocre, se han encontrado en las tumbas objetos de la vida cotidiana: lanzas, objetos de piedra o hueso, pieles, adornos, flores y plantas. Cuando se descubrió la cerámica en el Neolítico, en las tumbas se introdujeron vasos y vasijas, y cuando se empezaron a utilizar metales, se enterraron también objetos de este material. Todos estos elementos que se introducían en el recinto funerario, junto con el difunto, reciben el nombre de ajuar funerario. El hecho de que se realizara todo este ritual en torno a un cadáver nos indica que existía la creencia de que algo de este sobrevivía a la muerte. Se creía que estos ritos eran necesarios para que el fallecido se integrase correctamente en el mundo de los

Fuente Consultada: Atlas de Historia del Mundo

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