Cortés tomó de nuevo el camino hacia Tenochtitlán. Al día siguiente, la
tormenta estallaba en toda su violencia y el pueblo en armas, entabló terrible
combate en torno al templo de Huitzilipochtli.
Los españoles consiguieron
apoderarse del edificio, pero Cortés se percató en el acto de que su Única
esperanza estaba en abandonar la dudad.
Un suceso inesperado, acontecimiento
capital en aquellos momentos, había trastornado la situación: la muerte de Moctezuma.
El
soberano había exhortado a sus súbditos a cesar las hostilidades, pues todo lo
que había sucedido respondía a la voluntad de los dioses. Sus palabras causaron
efectos contraproducentes; el silencio respetuoso de la multitud se trocó de
súbito en rabiosa cólera y sobre el tejado llovieron flechas y piedras.
Herido
en la cabeza, Moctezuma perdió el conocimiento y pocos días después murió.
Sobrevino la “noche triste”, uno de los episodios más dramáticos de la historia
de la conquista. Los españoles abandonaron el
palacio en que se habían atrincherado. Llegados al dique, los españoles oyeron
una señal concertada de antemano y, en el acto, el sordo estruendo de los
tambores de guerra.
El enemigo iniciaba la ofensiva: los aztecas atacaban a los
españoles por la espalda y por ambos flancos los hostigaban guerreros embarcados
en canoas. A la mañana que siguió a aquella noche terrible comprobó, al pasar
revista a sus tropas, que más de la mitad de los efectivos habían caído ante el
enemigo o fueron hechos prisioneros. Los reveses sufridos durante la “noche
triste" señalan un hito en la carrera del conquistador y en la historia de
la colonización española en América.
Cortés se había percatado de que el único modo de reducir la capital azteca a
la capitulación era aislarla completamente de las orillas del lago, y así,
decidió apoderarse de las ciudades situadas en las riberas del Texcoco, y
primero construir luego embarcaciones que permitieran una ofensiva directa a la
ciudad; en tercer lugar, proyectó cortar el acueducto que llevaba agua potable a
Tenochtitlán.