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SUFRIMIENTO Y REVELACIONES
Una
noche, al regresar a su hogar después de una jornada de visitas a sus pacientes,
Nostradamus se encontró con un cuadro caótico y desolador. Su esposa y sus dos
hijos habían contraído la peste. De nada sirvieron sus conocimientos y
experiencia, los cuidados que les prodigó, las horas que pasó junto a sus lechos
de agonía y los remedios que empleara exitosamente con otros enfermos. Con poca
diferencia, Ana de Cabrejas y sus dos hijos murieron después de una dolorosa
agonía.
Quebrado por el dolor, Nostradamus no advirtió los movimientos sospechosos que
tenían lugar a su alrededor sino hasta que fue casi demasiado tarde. Sus
colegas, celosos de su prestigio, vieron el momento oportuno para atacarlo y
destruirlo. Para quienes fueran sus agradecidos vecinos, la muerte de Ana de
Cabrejas y sus hijos significó un claro signo de “castigo divino”. Pensaron que
Nostradamus era un discípulo del Diablo y sus insólitas prácticas médicas,
simplemente brujería. En el mejor de los casos, los habitantes de Agen se
limitaron a reírse del antes prestigioso médico, quien se vio obligado a
abandonar la ciudad con la sombra del Tribunal de la Inquisición sobre sus
espaldas.
En la soledad de su estudio y
siempre de noche, Nostradamus era iluminado con las visiones sobre lo que habría
de suceder en el futuro.
Así
se inició su deambular por Europa que le insumiría los siguientes años. Agobiado
por la tragedia personal y el fracaso profesional, Nostradamus recorrió Francia,
Italia y Alemania.
Fue un peregrinar solitario y a menudo angustioso pero, durante éste,
Nostradamus experimentó su primera y arrasadora visión. Así, la metódica
observación científica y el experimento práctico, fue ron reemplazados por la
luz de la revelación que no admite discusiones.
Fue en el norte de Italia, a las puertas de la ciudad de Ancona. Los pasos de
Nostradamus se cruzaron con los de tres monjes mendicantes, franciscanos
harapientos pero fieramente orgullosos de su fe y su adhesión a la pobreza de
Cristo. El médico de los peregrinos apenas habían cambiado una mirada cuando,
ante los ojos atónitos de los sacerdotes, Nostradamus se arrodilló ante uno de
los francisca nos e inclinó humildemente la cabeza.
La sorpresa inicial fue reemplazada por una mal disimulada hilaridad. Los
franciscanos instaron a Nostradamus a que se levantara del barro pero el médico
se negó, afirmando: "Debo inclinarme y doblar la rodilla frente a Su Santidad".
Ante esta afirmación, los peregrinos, incluido el hermano Felice Peretti, quien
antes de abrazar la religión fuera un mísero porquero y el hombre ante quien
Nostradamus permanecía hincado- se echaron a reír y siguieron su camino.
Cuarenta años deberían pasar para que, en 1585 el porquero Felice Peretti
ascendiera al trono papal con el nombre de Sixto V.
La coronación tuvo lugar dos décadas después de la muerte de Nostradamus pero
seguramente, el viejo franciscano, tuvo muy presente al anónimo médico francés
que, en una soleada tarde, se arrodillara ante él a las puertas de la ciudad
italiana de Ancona.
EL PAPA SIXTO V
Felice Peretti estaba llamado a cumplir con un gran destino y Nostradamus lo
percibió en el mismo instante en que sus pasos se cruzaron. Nacido en Ancona el
13 de diciembre de 1520, entró a la Orden de San Francisco de Asís a los trece
años y se ordenó en Siena en 1547. Se doctoró en Teología un año más tarde. Fue
Inquisidor General de Venecia y vicario general de su orden. Nombrado cardenal
en 1570, llegó al papado en 1585, como sucesor de Gregorio XIII.
Su papado duró sólo cinco años pero abundó en hechos. Saneó las arcas vaticanas
y combatió la corrupción de la iglesia. Por la bula Postquam Verus (1586)
estableció en setenta el número de cardenales del Sacro Colegio y en 1588
reorganizó las congregaciones. El orden impuesto por él duró hasta el Concilio
Vaticano 11(1962-1965). Además, trabajó en forma personal en la modernización
urbanística de Roma y apoyó activamente a los países católicos, al tiempo que
rechazaba toda intervención de los reyes en los asuntos de la Iglesia.
En 1585
excomulgó a Enrique de Navarra, pretendiente protestante al trono francés y otro
personaje importante en la historia profética de Nostradamus. Sixto V ordenó
además la construcción de la cúpula de San Pedro. Murió en Roma, el 27 de agosto
de 1590.
UN PROFETA EN EL EXILIO
La
peregrinación de Nostradamus se prolongó durante varios años más. En 1544
auxilió a los en-ferinos de peste de Marsella, una ciudad ideal para el
desembarco de la enfermedad. Luego pasó a Aix en-Provence donde volvió a
realizar con éxito aquellos tratamientos a base de aire puro, agua limpia y
hierbas medicinales. De allí siguió a Salon de Provence, ciudad a la que lo
llevaron los angustia dos reclamos de los ediles locales.
Otra vez dio ba talla
contra la peste y otra vez venció. Las autoridades de Salón le pidieron que se
quedara en esa ciudad pero un llamado urgente de Lyon lo llevó a proseguir su
lucha. Sin embargo, Salon había quedado grabada en su memoria y, cuando decidió
que habla llegado el momento de buscar un lugar don de pasar el resto de su
vida, encaminó sus pasos hacia allí.
Como todo científico introvertido, Nostradamus no tenía capacidad administrativa
ni espíritu comercial, por lo cual sus servicios muchas veces quedaban impagos,
y él no se preocupaba por reclamar las deudas, aún cuando se tratara de
pacientes ricos y poderosos.
Cuando decidió radicarse en Salon no tenía dinero suficiente para comprar una
casa y tuvo que recurrir a su familia, como lo había hecho muchas otras veces.
Fue su hermano César quien encontró la vivienda en la que escribiría sus famosas
Profecías y viviría sus últimos años. El mismo César fue quien pagó por la
propiedad y el responsable de presentarle a la mujer con la que habría de
contraer segundas nupcias: Anne Ponsard. La dama en cuestión era una viuda rica
de mediana edad, una mujer amable y comprensiva con la que Nostradamus
compartiría la última etapa de su vida y en quien encontraría un gran apoyo.
Su llegada a Salon coincidió con un giro radical en el transcurrir de sus días.
La Medicina fue desplazada del centro de su atención, siendo reemplazada por su
interés en la Alquimia, la Astrología y el despertar de su asombroso don
profético. Nostradamus supo entonces que había encontrado su destino definitivo.
EL TIEMPO DE LAS CENTURIAS
En la
noche del Viernes Santo del año 1554, Michel de Notre Dame, conocido como el
doctor Nostradamus, anunció que dedicaría todo su tiempo y esfuerzos a escribir
una obra en la cual reuniría y sintetizaría “las posibilidades del futuro de la
raza humana”.
Comenzó a pasar sus noches en vela, de pie en la terraza de su hogar, estudiando
el curso de las estrellas y recibiendo sus visiones y revelaciones. A Anne
Ponsard le explicó que, en esas noches de contemplación, los siglos por venir se
abrían ante sus ojos y cómo las visiones se hadan luz en su mente y en su alma.
Organizó sus profecías en volúmenes denominados Centurias, cada uno de los
cuales debía con tener cien profecías escritas en forma de cuartetas o grupos de
cuatro versos. El primer tomo de las Centurias vio la luz en 1555 y provocó un
auténtico revuelo. Las opiniones se dividieron y la polémica no tardó en
desatarse.
Uno de los versos aludía caramente a la figura del monarca que en esos días
gobernaba Francia, Enrique II, pero su significado definitivo escapaba a la
familia real y sus consejeros. Entonces, la reina Catalina De Médicis, una mujer
inteligente, resuelta y voluntariosa, decidió enfrentar directamente a
Nostradamus y le ordenó presentarse ante la Corte y explicar el sentido de la
Centuria 35 cuyo texto reza: “El león joven superará al viejo! En campo bélico,
por singular duelo.! En jaula de oro le re ventará los ojos.! Dos combates; uno
luego morir de muerte cruel”.
Nostradamus explicó entonces que Enrique II (el león viejo) moriría en combate
con un noble más joven y Catalina De Médicis, fascinada con la personalidad del
sabio y entreviendo la posibilidad de acceder al poder como Regente, le pidió
que profetizara el futuro de sus pequeños hijos.
El Delfín de Francia era Francisco, comprometido desde la infancia con María
Estuardo, hija del rey de Escocia. Le seguía Carlos, pero el favorito de
Catalina era Enrique, Duque de Anjou. Y cuan do Nostradamus le dijo que éste y
no su hermano mayor sería rey de Francia, Catalina no dudó de la veracidad de
sus afirmaciones.
Cuatro años más tarde, en oportunidad de la boda de su hija mayor, Isabel, con
el hijo del rey de España, Enrique II dispuso la realización de una fiesta que
duró tres días y para la que se revivieron los torneos o justas de caballería,
caídas en desuso, pero a las que el rey era muy aficionado.
Enrique II participó activamente de los torneos y triunfó en el primer
encuentro. Pero, en su segundo lance, enfrentó al joven Conde de Montgomery y
encontró su destino. La lanza rota de su rival perforó la visera de oro de su
casco y se elavó en sus ojos. Era el 29 de junio de 1559 y la profecía de
Nostradamus se cumplía puntualmente. Ciego y con una herida cerebral que le
provocó grandes sufrimientos, Enrique II agonizó diez días antes de morir. El
reino de Francisco II, aún menor de edad, duró menos de un año. A su muerte,
María Estuardo fue devuelta a Escocia, Catalina De Médicis convertida en Regente
del rey Carlos IX, de sólo catorce años, y Francia no tardó en comprobar que una
nueva etapa había comenzado.
UNA REINA DE MANO FÉRREA
Catalina De Médicis
(imagen) nació en Florencia el 13 de abril de 1519. Era hija de
Lorenzo De Médicis Duque de Urbino, llamado El Magnifico, y de Madekinc de la
Tour d’Auvergne. Huérfana a poco de nacer, heredó de su padre la inteligencia
brillan te y su infatigable capacidad para la intriga política. A los catorce
años se casó con Enrique, Duque de Orleans, hijo del rey de Francia, Francisco
I.
Aunque su matrimonio fue largo y de él nacieron diez hijos (sólo siete superaron
la primera in Francia) Catalina ocupó un rol secundario en la vida de Enrique II,
desplazada por la favorita, Diana de Poitiers, una viuda rica, herniosa y
madura, a la que el rey llegó a permitirle el uso público de las joyas reales.
Durante esos años, Catalina no tuvo el menor acceso al poder pero la muerte de
Enrique II y la corta edad del Delfín revirtieron ¡a situación. Convertida en
Regente, desterró a Diana de Poitiers y comenzó la eliminación sistemática de
sus enemigos. Tildada de arbitraria y despótica, nunca permitió que las leyes se
interpusieran entre ella y su voluntad y gobernó con mano férrea, manipulan do a
Carlos IX aún cuando éste alcanzó la mayoría de edad y se convirtió en rey por
derecho propio. A la regencia de Catalina se le debe la construcción del palacio
de las Tullerías, la ampliación del Louvre y la modernización de la ciudad de
París. También a este periodo se atribuyen numerosas muertes por envenenamiento,
un arte en el que la reina tenía un interés y conocimiento poco comunes.
Aunque deseaba mantenerse al margen de los conflictos religiosos que causaran
miles de muertos en un pasado reciente (de hecho casó a su hija Mar garita de
Valois con el protestante Enrique de Navarra) terminó aliándose contra los
protestantes con Luís de Guisa y presionó a su hijo para que autorizara la
Matanza de San Bartolomé, la peor masacre de ¡a historia de Francia hasta el
advenimiento del Terror.
Carlos IX murió en 1574 y el hijo predilecto de Catalina De Médicis ascendió al
trono como Enrique III. Despótico y vicioso, tuvo un reinado turbulento que se
prolongó por quince años. Políticamente incapaz, por momentos se apoyó en su
madre y por momentos la alejó de sí. Catalina De Médicis murió en Blois el 5 de
enero de 1589, meses antes de ver concretarse otra profecía de Nostradamus: el
asesinato de Enrique III a manos de un monje y el ocaso de la casa de Valois en
el trono francés.
NOSTRADAMUS COMO MÉDICO Y
ASTRÓLOGO DE LA FAMILIA REAL
Nostradamus regresó a Salon envuelto en un halo de renovado prestigio a causa
del favor de la reina. Sin embargo, los honores y la fama no tuvie ron en él el
menor efecto. Su tiempo se acababa y el sabio sólo vivía para profetizar. Noche
tras noche Nostradamus contemplaba el cielo y escribía sus cuartetas. Las
predicciones trascendían y los rumo res en torno al médico-profeta iban en
aumento. Se hablaba de brujería, de posesión demoníaca, de pactos con Satanás.
El Tribunal de la inquisición empezó a rondar nuevamente, pero la protección de
la temible Catalina De Médicis era muy poderosa.
La conmoción creada por la muerte de Enrique II sacudió todas las estructuras de
Francia. Catalina De Médicis, convertida en Regente de Carlos IX, viajó a Salon
al frente de la Corte para entrevistarse con Nostradamus. El hecho de que la
Regente fuera al encuentro del profeta en lugar de reclamar su presencia en
París no escapó a la perspicacia de los cortesanos, habituados a conservar vida
y fortuna acomodándose al humor de los poderosos.
La reina se instaló con la Corte en el llamado Palacio del Emperador y se reunió
con Nostradamus en la Torre del Reloj. Aunque hubo testigos del encuentro y los
saludos iniciales, la audiencia adquirió el carácter de privada y ambos se
trasladaron al gabinete particular del sabio, donde conversaron por varias
horas. No se sabe de qué hablaron pero Catalina estaba obsesionada por conocer
el futuro del país que desde la muerte de su esposo y su primogénito, gobernaba
con poder absoluto. Hacia el final de la entrevista la reina hizo traer a
Enrique, su hijo predilecto, al que ansiaba ver coronado rey de Francia.
Ante su insistencia, Nostradamus hizo que el muchacho se desvistiera y examinó
sus lunares. La observación confirmó su anterior profecía: Enrique, Duque de
Anjou, ascendería al trono de Francia con el nombre de Enrique III. La Regente
suspiró aliviada. En su felicidad, Catalina omitió el detalle de que, para que
ese hijo adorado fuera rey, otro menos querido y siempre manipulado debía morir:
el tímido, retraído e inmaduro Carlos IX.
La Regente abandonó Salon poco después pero no sin antes haber nombrado a
Nostradamus médico y astrólogo personal de su familia y haberle adjudicado una
generosa renta vitalicia, honores a los que el sabio dedicó tan poco interés
como de costumbre. Cuando se despidieron, Catalina habló de volver a
consultarlo, pero Nostradamus sabía lo que la reina no podía conocer: que aquel
sería el último encuentro entre ambos personajes.
LOS ÚLTIMOS ANOS DEL PROFETA
El
vidente no vivió para ver a Enrique de Anjou convertido en rey de Francia pero
sus dones no necesitaban confirmación alguna. Por eso, cuando vio su propia
muerte en el futuro cercano, no se preocupó. Ni siquiera se apuró a consignar
sus profecías: sabía perfectamente cuál era su misión en la Tierra y que
dispondría del tiempo necesario para cumplirla.
El 1 de julio de 1556 regresó a Salon de una misión en Arles, ciudad ante cuya
Asamblea representó al pueblo en el que se radicara años antes. A poco de llegar
escribió su última profecía: “De vuelti de una embajada/ con el don del rey a la
vista! Ya no hará nada más/ Y marchará hacia Dios.! Los parientes, los amigos y
hermanos de sangre, / lo hallarán muerto cerca del lecho y del banco”.
Antes de partir hacia Arles había llamado a un notario para dictarle su
testamento. Como todo en él, el documento no tuvo anda de convencional y
estableció claramente que no deseaba ser “en terrado a la manera habitual, sino
colocado verticalmente contra la pared de la iglesia de los franciscanos. De
esta manera, incluso después de mi muerte, ni los estúpidos ni los cobardes, ni
los cretinos ni los mal nacidos podrán venir a bailar sobre mi tumba”.
El 2 de julio de 1566, Anne Ponsard lo encontró muerto. Su cuerpo yacía tal
como él mismo lo predijera, entre el lecho y el banco. Sus restos fue ron
enterrados de acuerdo a sus disposiciones en el Convento de les Cordeliers pero,
años después, fueron trasladados a la Iglesia de Saint Laurent, hasta la que
miles de curiosos y peregrinos viajan cada año en número creciente para visitar
el lugar de descanso de los restos del hombre que vislumbró el futuro con
sorprendente claridad.
Su tumba está señalada por una placa de mármol en la que está inscripto el
epitafio compuesto por Anne Ponsard: “Osamentas del muy ilustre Michel de
Nostradamus, el único, al juicio de todos los mortales, que con su pluma casi
divina haya podido consignar los acontecimientos futuros del Universo entero a
partir de los astros. Vivió 62 años, 6 meses, 17 días y murió en Salón en el año
1566. Que la posteridad no moleste su descanso. Anne Ponsard, su esposa, le
desea la verdadera felicidad”.
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