DESCRIPCIÓN DEL PROCESO DE
LIBERACIÓN DE ENERGÍA POR UN ÁTOMO:
La liberación de la energía nuclear:
En
un trozo de uranio 235, un neutrón rompe Un núcleo y expulsa, por ejemplo, dos
neutrones. Estos, al
romper dos núcleos, producen en la segunda generación
cuatro neutrones, los que a su vez liberan ocho neutrones en la tercera
generación tras desintegrar cuatro núcleos. La cuarta generación origina
dieciséis, la décima mil veinticuatro, la vigésima más de un millón, la
trigésima mil millones.
Así,
cual un alud, el número de los proyectiles crece en progresión geométrica. Como
una generación de neutrones sólo dura un pequeñísimo intervalo de tiempo —una
fracción infinitesimal de un segundo— todos los núcleos (2,5 x 1024) presentes
en un kilogramo de uranio estarían casi instantáneamente desintegrados.
La
rapidez con que se establece y se propaga la reacción en cadena dilataría y
haría explotar la masa con extrema violencia antes que todos los núcleos
hubiesen podido ser fragmentados. Si se admite que sólo el 10% de los átomos
participa en la reacción, la enorme cantidad de energía liberada equivale a la
producida por la explosión de 2000 toneladas de trinitrotolueno.
En la foto de arriba se encuentran
compartiendo una información física Albert Einstein y Leo Szilard.
El doctor Leo Szilard, fue a quien se le ocurrió mientras esperaba el
cambio de un semáforo en la intersección de Southampton Row en Londres, la ideas
de producir una reacción nuclear controlada, bombardeando núcleos con neutrones.
Por puro juego, y no por ningún impulso agresivo, el físico bajito y gordo,
húngaro de nacimiento, visualizó una reacción atómica en cadena mientras
deambulada por la ciudad en aquel dorado septiembre de 1933, dedicado a sus
pasatiempos favoritos: pensar y pasear.
En
forma de
calor, mil novecientos millones de grandes calorías estarían disponibles,
constituyendo el centro de la volatilización de toda materia presente. En una
fracción infinitesimal de segundo, la temperatura se elevaría a centenares de
miles de grados en el lugar de la explosión, engendrando un espantoso vendaval
cuyos efectos destructores —merced a la propagación de la onda de compresión—
semejarían a la devastadora barrida de una gigantesca marca.
En
vísperas de la Segunda Guerra Mundial, todas estas posibilidades no pasaban de
ser meras previsiones teóricas, a las cuales, sin embargo, el comienzo del
conflicto bélico iba a conferir excepcionales alcances. Hacia fines de 1940,
cuando el secreto militar comenzó a volver impenetrable el velo que cubría las
investigaciones sobre la energía nuclear, la utilización de la misma para
producir una bomba parecía todavía un objetivo muy lejano e incluso utópico. Sin
duda se sabía que el uranio 235 era particularmente sensible a la “fisión” y que
ofrecía una sección eficaz mayor a los neutrones lentos que a los rápidos; se
habían desarrollado métodos para producir neutrones lentos; se habían elaborado
procedimientos para separar el uranio 235 de su isótopo corriente; se había
logrado aislar dos elementos transuránicos, el neptunio y el plutonio, y se
reconocía que este último era también “fisionable” en circunstancias semejantes
a las del uranio 235.
Además, se habla adquirido la certeza de que en la “fisión”, al menos un neutrón
rápido —y en término medio dos o tres— era emitido por el núcleo. Sin embargo, a
pesar del conjunto de tales progresos, todavía nadie había logrado producir una
reacción autosustentada. Algunos investigadores incluso se preguntaban si la
naturaleza acepta someterse a las exigencias de los teóricos. Tal vez la
reacción en cadena era, en general, irrealizable. Pero las dudas terminaron por
disiparse definitivamente el 2 de diciembre de 1942:
ENRICO FERMI había
realizado en Chicago, por primera vez, una reacción nuclear autosostenida.
El
dispositivo construido en Chicago consistía en una pila de ladrillos de grafito
puro que incluía trozos de uranio, separados por distancias regulares conforme a
un esquema geométrico. El grafito servía de sustancia moderadora destinada a
frenar mediante choques elásticos los neutrones que salen dotados de elevadas
velocidades de la ruptura nuclear del uranio 235. Algunos de los neutrones
penetran en el isótopo pesado U-238, otros vuelven a ser capturados por el
isótopo liviano U-235, puesto que ambos están presentes en los trozos de metal
de la pila. Los proyectiles que golpean el U-238 provocan su transformación, que
termina por dar origen al plutonio, mientras neutrones capturados por núcleos de
U-235 producen la “fisión” de éstos, expulsando neutrones que siguen provocando
nuevas rupturas.
Así,
la pila produce a la vez materia “fisionahle” (plutonio) y libera energía al
desintegrar núcleos. Agreguemos que para el arranque no se necesita detonador ni
ningún otro dispositivo especial; los neutrones de origen cósmico existentes en
la atmósfera, o neutrones errantes que provienen de la explosión espontánea de
un átomo de uranio, son suficientes para iniciar la reacción. Una condición
indispensable para el funcionamiento de la pila es su volumen, que debe superar
cierto tamaño crítico. De lo contrario el número de neutrones que escapan por la
superficie de la pila no permite que se establezca la cadena de las reacciones.
Para el autosostenímiento de la cadena es menester, además, que cada neutrón
incidente produzca al menos un nuevo neutrón apto para determinar a su vez la
ruptura de un núcleo, siendo en este caso el “factor de multiplicación” igual a
la unidad.
La
cadena se extingue si dicho factor resulta inferior a uno; en cambio, si es
considerablemente superior, la liberación continua y lenta de la energía se
transforma en un proceso explosivo, convirtiendo a la pila en una bomba. Tan
peligrosa proliferación de neutrones es contrarrestada introduciendo en la masa
de grafito láminas de materia absorbente (cadmio) que permiten mantener
constante la velocidad de la reacción y “controlar” el nivel energético de la
pila mediante un dispositivo automático. Tales fueron, a grandes rasgos, las
fundamentales características de la pila de FERMI, arquetipo de todos los
reactores.
Al
principio la pila de FERMI engendró, en forma de calor, una potencia de 0,5
vatio; poco después aumentó su nivel de energía hasta llegar a 200 vatios. Con
tal reducido poder, una pila debería funcionar varios miles de años para
producir la cantidad de plutonio requerida en la fabricación de una sola bomba.
Mas una conquista no puede medirse en vatios. La posibilidad de liberar energía
nuclear en escala macroscópica estaba magníficamente demostrada. Si bien la
distancia que separa la pila experimental de Chicago de la bomba experimental de
Alamogordo era muy superior a la existente entre la rudimentaria máquina de
vapor de NEWCOMEN y la locomotora de
STEPHENSON, el largo camino fue recorrido en el
breve intervalo de treinta meses gracias al formidable potencial tecnológico de
los Estados Unidos, y al esfuerzo de un verdadero ejército de científicos,
técnicos y trabajadores. El 6 de agosto, la pavorosa explosión que arrasó la
ciudad de Hiroshima anunció al mundo que el hombre disponía de nuevas y
tremendas fuerzas aprisionadas desde eternidades en las entrañas de la materia.
“En
el interior de una bomba de fisión —escribe uno de los principales constructores
de la bomba, ROBERT OPPENHEIMER
(1904-1967)—, se materializa un lugar con el cual ningún otro
El factor de multiplicación es el
cociente del número de los nuevos neutrones producidos y el número inicial de
los neutrones primitivos. En la pila de FERMI el factor de multiplicación era
igual a 1,007.
puede
ser comparado. Al explotar la bomba se producen temperaturas más elevadas que
las que reinan en el centro del Sol; su carga está constituida por materias que
normalmente no existen en la naturaleza y se emiten radiaciones (neutrones,
rayos gamma, electrones) de una intensidad que no tiene precedentes en la
experiencia humana. Las presiones que se obtienen equivalen a billones de veces
la presión atmosférica. En el sentido más primario y más sencillo, es
perfectamente cierto que con las armas atómicas el hombre ha creado situaciones
nuevas.”
En
pilas y bombas de uranio (o plutonio), la energía se produce por la ruptura de
un elemento muy pesado en fragmentos menos pesados. Sin embargo, para producir
enormes cantidades de energía no es éste el proceso que la naturaleza elige. Las
estrellas prefieren la fusión a la “fisión”; como ya dijimos, transforman en
gigantesca escala —por síntesis de elementos livianos— una parte de su materia
nuclear en energía radiante. Tan sólo las prodigiosas reservas energéticas, cuyo
depósito son los núcleos, pueden permitir al Sol irradiar en forma de luz y
calor, año tras año, tres quintillones (3 x 1030) de grandes
calorías.
Este
torrente de energía solar fluye por lo menos desde hace cuatrocientos o
quinientos millones de años, puesto que las pruebas aportadas por la flora y
fauna paleozoicas sugieren que las condiciones climáticas de la Tierra no han
cambiado esencialmente desde aquella remotísima era primaria. Mas ¿cuál es la
transformación nuclear capaz de alimentar tan formidable despliegue energético,
que equivale por segundo a una pérdida de cuatro millones de toneladas de masa
solar? No cabe duda de que la transformación del elemento más común del
universo, el hidrógeno en helio (el elemento que sigue al hidrógeno en la Tabla
Periódica), podría suministrar la fuente energética de la radiación solar.
En
efecto, la síntesis del helio a partir de los constituyentes de su núcleo está
acompañada —como hemos explicado al tratar la energía de la unión nuclear— por
la pérdida de una parte de las masas que intervienen, siendo liberada la masa
desaparecida —de acuerdo con la equivalencia einsteniana— en forma de energía
radiante. Sin embargo, el mecanismo de la supuesta transmutación no había dejado
de ser enigmático hasta que HANS BETHE, hacia 1940, propuso su hipótesis del
ciclo del carbono.
Las
enormes temperaturas que reinan en el interior del Sol —veinte millones de
grados en la región central— confieren a las partículas de la masa solar —y
especialmente a los protones a velocidades tan elevadas que éstas pueden
penetrar en los núcleos de elementos livianos y transmutarlos. Así, el núcleo
ordinario de carbono, bombardeado por un protón, se transforma al capturarlo en
un isótopo del nitrógeno que se desintegra. En cinco reacciones consecutivas
engendran con la emisión de dos electrones positivos varios isótopos de carbono,
de nitrógeno y de oxígeno. Bombardeados éstos a su vez por núcleos de hidrógeno,
conducen finalmente a la formación del helio.
La
excepcional característica de este ciclo, que convierte cuatro núcleos de
hidrógeno en un núcleo de helio, es la reaparición del carbono inicial en la
última reacción, que se encuentra así regenerado. Desempeña el papel de
catalizador y puede ser utilizado innumerables veces, hasta que todo el
hidrógeno solar haya sido transmutado en helio, asegurando así las reservas
energéticas del Sol durante miles de millones de años. A idénticas o análogas
reacciones termonucleares deben sus caudales de energía también otras estrellas.
No
cabe duda de que el ciclo de carbono, productor de la energía solar, representa
el primordial proceso físico-químico del universo desde la perspectiva de la
historia humana. Sin las reacciones termonucleares, que se realizan en el
interior del Sol, la vida no habría podido surgir sobre la superficie de la
Tierra, donde los fenómenos biológicos, desde la fotosíntesis de la clorofila de
los vegetales hasta el metabolismo en el organismo de los animales y del hombre,
son tributarios de la radiación solar. Es un hecho realmente notable que el
carbono —sustancia básica de la materia viva— desempeñe también el papel de
catalizador en el grandioso proceso cósmico que dio origen primario a todas las
actividades vitales en la naturaleza terrestre.
La
síntesis de elementos livianos a partir del hidrógeno ha dejado de ser
privilegio de las masas estelares desde hace algunos años. Reacciones
termonucleares, productoras de la fusión de núcleos, suministran la fuente
energética a la novísima arma: la bomba de hidrógeno. Desde luego, el ciclo de
BETHE, que genera helio en las profundidades del globo solar es demasiado lento
y complicado para el uso militar.
Es proba ble
que la transmutación de una masa de los dos isótopos pesados del hidrógeno, el
deuterio y el tritio, en helio, esté en la base de la liberación de energía
realizada por la nueva bomba. Para establecer las formidables temperaturas
(varios millones de centígrados) capaces de desencadenar la reacción se utiliza
la ruptura del uranio o del plutonio: la bomba de “fisión” sirve de detonador a
la superbomba de fusión. El modelo de ésta, utilizado por los expertos
estadounidenses en las pruebas de Enivetock, a fines de 1952, superaba
doscientas veces el poder (es decir, la cantidad de energía liberada) de la
bomba de Hiroshima, según estimaciones extraoficiales.
No cabe duda de que la
posibilidad de borrar de la superficie del globo cualquiera de las grandes
metrópolis de la Tierra mediante la explosión de una bomba o a lo sumo de muy
pocas bombas está, desde ahora, dentro de los alcances del hombre. El uso de
esta arma en un conflicto bélico significaría la abdicación de la razón humana y
equivaldría a una tentativa de suicidio del homo sapiens.
Fuente Consultada: Historia de la Ciencia
Desidero Papp