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Los
promotores de los transgénicos (organismos genéticamente transformados OGT),
prometen que éstos serán más nutritivos, aumentarán las cosechas y disminuirán
el uso de químicos y, por ello, son la solución para el hambre en el mundo.
Deberíamos, nos dicen, aceptar los riesgos que conllevan, ya que todas las
tecnologías tienen riesgos y siempre hay quienes no comprenden la ciencia y se
resisten a los cambios.
La
realidad de los transgénicos nos muestra que no cumplen con ninguna de estas
promesas. Por el contrario, producen menos, usan más químicos, generan nuevos
problemas ambientales y de salud, crean más desempleo y marginación, concentran
la propiedad de la tierra, contaminan cultivos esenciales de las economías y las
culturas, como el maíz, aumentan la dependencia económica y son un atentado a la
soberanía.
1. La ingeniería genética se basa
en más incertidumbres que conocimientos
Los
transgénicos son organismos a los que se les ha insertado material genético,
generalmente de otras especies, por métodos que jamás podrían ocurrir en la
naturaleza.
Estudios recientes, aparecidos en publicaciones científicas, postulan que los
dogmas centrales de la genética, desde la década de 1950, podrían estar
fundamentalmente equivocados. Lo grave es que sobre este dogma central
¿equivocado? se están produciendo a gran escala organismos transgénicos que van
a parar a nuestros alimentos, medicinas y a la biodiversidad circundante.
La
tecnología de la ingeniería genética tiene tantas incertidumbres y efectos
colaterales impredecibles, que no podría llamarse ingeniería ni tecnología. Es
como construir un puente tirando bloques de una orilla a la otra, esperando que
caigan en el lugar correcto. Durante el proceso aparecen todo tipo de efectos
inesperados y los dueños de esta obra aseguran que no hay evidencias de que
tengan impactos negativos sobre la salud o el medio ambiente, y que los que los
cuestionan no son científicos. La realidad es peor, porque los transgénicos no
son inertes, sino organismos vivos que se reproducen en el ambiente, fuera de
control de los que los han creado.
2. Conllevan riesgos para la salud
Si
usted fuera a una tienda y viera un anuncio de galletas que dice “no hay pruebas
de que sean malas para la salud”, ¿las compraría? Yo no. Y creo que nadie más.
Por supuesto, la industria biotecnológica no está buscando estas pruebas.
Científicos independientes, como el Dr. Terje Traavik de Noruega, han encontrado
en 2004 resultados alarmantes: alergias en campesinos debido a que inhalaron
polen de maíz transgénico.
Pero
la verdadera Caja de Pandora, son los efectos impredecibles: ni los que
construyen transgénicos saben qué efectos pueden tener en la salud humana y
animal, al recombinarse, por ejemplo, con nuestras propias bacterias o ante la
posibilidad de que nuestros órganos incorporen parte de estos transgénicos, como
ya ha sucedido en pulmones, hígado y riñones de ratas y conejos.
3. Tienen impactos sobre el medio
ambiente y los cultivos
No
hay casi estudios sobre los impactos en los cultivos y en el medio ambiente. Sin
embargo, es claro y tristemente demostrado con la contaminación transgénica del
maíz en México, que una vez que los transgénicos sean liberados, contaminarán
los demás cultivos, por polen, viento e insectos. Los cultivos insecticidas
pueden afectar a otras especies que no son plaga de los cultivos, tal como se
comprobó que el polen de maíz Bt afecta a las mariposas Monarca —y en países de
gran biodiversidad, los riesgos se multiplican.
En
varias de las plantas de maíz contaminadas que se han descubierto en México, se
notaron deformaciones.
4. No solucionan el hambre en el
mundo: la aumentan
Según
los promotores de los transgénicos, deberíamos aceptar todos estos riesgos,
porque necesitamos más alimentos para la creciente población mundial. Pero la
producción de alimentos no es la causa del hambre en el mundo. Actualmente se
producen el equivalente a 3,500 calorías diarias por habitante del planeta:
cerca de 2 kilos diarios de alimentos por persona, lo suficiente para hacernos a
todos obesos. El hambre en el mundo no es un problema tecnológico. Es un
problema de injusticia social y desequilibrio en la distribución de los
alimentos y la tierra para sembrarlos. Los transgénicos aumentan estos
problemas.
5. Cuestan más, rinden menos, usan
más químicos
Desde
que Estados Unidos comenzó con los transgénicos en 1996, el uso de agroquímicos
aumentó en 23 millones de kilos.
Los
cultivos transgénicos también producen menos. El cultivo más extendido, que es
la soya tolerante a herbicidas (61% del volumen de transgénicos en el mundo)
produce entre de 5 a 10% menos que la soya no transgénica.
Las
semillas transgénicas son más caras que las convencionales. Esto hace que en
algunos casos, aun cuando provisoriamente haya un pequeño aumento de producción,
éste no compensa el gasto extra en semilla. La industria biotecnológica arguye
que esto no puede ser verdad (aunque lo sea!), porque entonces los agricultores
estadounidenses no usarían estas semillas. Lo cierto es que la mayoría no pueden
elegir, va no tienen sus propias semillas, hay falta de opciones en el mercado y
tienen fuertes ataduras con las multinacionales semilleras.
6. Son un ataque a la soberanía
Prácticamente todos los cultivos transgénicos en el mundo están en manos de
cinco empresas transnacionales. Son Monsanto, Syngenta (Novartis -~-AstraZeneca),
Dupont, Bayer (Aventis) y Dow. Monsanto sola controla más de 90% de las ventas
de agrotransgénicos. Las mismas empresas controlan la venta de semillas y son
las mayores productoras de agrotóxicos. Lo cual explica por qué más de las tres
cuartas partes de los transgénicos que se producen en realidad —no en la
propaganda— son tolerantes a herbicidas y aumentan el uso neto de agrotóxicos.
Aceptar la producción de transgénicos significa entregar a los agricultores, de
manos atadas, a las pocas transnacionales que dominan el negocio y enajenar la
soberanía alimentaria de los países.
7. Privatizan la vida
Todos
los transgénicos están patentados, la mayoría en manos de las mismas empresas
que los producen. Esto significa un atentado ético, en tanto son patentes sobre
seres vivos, y además son una violación flagrante a los llamados “Derechos de
los Agricultores” reconocidos en Naciones Unidas como el derecho de todos los
agricultores a guardar su semilla para la próxima cosecha. Las patentes impiden
esto y obligan a los agricultores a comprar semillas nuevas cada año. Si no lo
hacen, se convierten en delincuentes. Las empresas multinacionales de
transgénicos tienen iniciados cientos de juicios a campesinos de Norteamérica,
por uso indebido de patente”.
8. Lo que viene: semillas suicidas
y cultivos tóxicos
La
próxima generación de transgénicos incluye cultivos manipulados para producir
sustancias no comestibles como plásticos, espermicidas, abortivos, vacunas. En
Estados Unidos hay más de 300 experimentos secretos (pero legales) de producción
transgénica de sustancias no comestibles en cultivos: fundamentalmente en maíz.
Se nombra la producción de vacunas en plantas como si esto fuera algo positivo:
¿pero qué sucedería con estos farmacultivos si se colaran inadvertidamente en la
cadena alimentaria? La mayoría de nosotros ha sido vacunado contra algunas
enfermedades. ¿Pero se vacunaría usted todos los días? ¿Qué efectos tendría
esto? Ya se han producido escapes accidentales de estos cultivos.
En
México, la siembra de maíz transgénico está prohibida y sin embargo desde el
2001 se ha encontrado contaminación del maíz campesino en varios estados de la
república, al Norte, Centro y Sur del país. ¿Cómo sabremos que no sucederá con
estos maíces? ¿Quién lo va a controlar, si las propias autoridades de la
Secretaria de Agricultura firmaron en noviembre del 2003 un acuerdo con Estados
Unidos y Canadá que les autoriza hasta un cinco por ciento de contaminación
transgénica en cada cargamento de maíz importado que entra a México?
Las
empresas que producen transgénicos están desarrollando diversos tipos de la
tecnología “Terminator”, para hacer semillas “suicidas” y obligar a comprarlas
para cada siembra.
9. La coexistencia no es posible
ni el control tampoco
Tarde
o temprano, los cultivos transgénicos contaminarán todos los demás y llegarán al
consumo, sea en los campos o en el proceso poscosecha. Según un informe de
febrero de 2004 de la Unión de Científicos Preocupados de Estados Unidos, un
mínimo de 50 por ciento de las semillas de maíz y soya de ese país, que no eran
transgénicas, están contaminadas. The New York Times (1-3-04) comentó sobre
esto:
Contaminar las variedades de cultivos tradicionales es contaminar el reservorio
genético de las plantas de las que ha dependido la humanidad en gran parte de su
historia. [...] El ejemplo más grave es la contaminación del maíz en México. La
escala del experimento en el que se ha embarcado a este país —y los efectos
potenciales sobre el medio ambiente, la cadena alimenticia y la pureza de las
semillas tradicionales— demanda vigilancia en la misma escala.
Para
detectar si hay transgénicos, dependemos de que la propia empresa que los
produce nos entregue la información, cosa que son renuentes a hacer, y por la
que ponen altos costos que cargan a las víctimas de la contaminación.
“Casualmente”, luego de que se han sucedido los escándalos de contaminación, se
ha hecho cada vez más difícil detectarlos.
10. Ataque al corazón de las
culturas
La
contaminación del maíz en México, su centro de origen, concentra todos los
problemas que describimos hasta aquí, pero además es un ataque violento al
corazón mismo de las culturas mexicanas: a su vasta cultura culinaria y los mil
usos que se le dan al maíz, a sus economías campesinas, a las bases de la
autonomía indígena. Con esta guerra biológica al maíz tradicional, las
transnacionales podrían apropiarse y privatizar este tesoro milenario y
colectivo de los mesoamericanos, obligando a los creadores del maíz a pagar para
seguir usándolo en el futuro.
Las
empresas multinacionales productoras y distribuidoras de transgénicos, así como
los que favorecen las importaciones de maíz OGT, los que quieren levantar la
moratoria que impide sembrar maíz OGT, o aprobar una ley de bioseguridad para
legalizarlos, asumen una inmensa deuda histórica que los pueblos de México no
van a permitir ni olvidar. Aldo González, zapoteco de Oaxaca, resume:
..somos herederos de una gran
riqueza que no se mide en dinero y de la que hoy quieren despojarnos: no es
tiempo de pedir limosnas al agresor. Cada uno de los indígenas y campesinos
sabemos de la contaminación por transgénicos de nuestros maíces y decimos con
orgullo: “Siembro y sembraré las semillas que nuestros abuelos nos heredaron y
cuidaré que mis hijos, sus hijos y los hijos de sus hijos las sigan cultivando.
E...] No permitiré que maten el maíz, nuestro maíz morirá el día en que muera el
sol.
Ribeiro Silvia, La Jornada
17 de Abril 2004, México
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