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Entre vecinos y
estantes La población de la ciudad de Buenos Aires en la época
colonial se dividía en dos grandes clases, los vecinos los estantes.
Los vecinos eran los descendientes de los primitivos habitantes de
la ciudad, los hijos de los colonizadores, y constituían por lo
tanto la clase de los patricios.
En los estantes se agrupaban los
comerciantes, los profesionales, los maestros y también los
artesanos y los jornaleros. Solo los vecinos podían adquirir
propiedades, tener encomiendas de indios y formar parte del Cabildo
como alcaldes y regidores. Durante el siglo XVII, el status de los
vecinos, que eran los oligarcas del virreinato, consistía en
descender de primeros, segundos, etc., conquistadores. Pero esta
división en castas no estaba destinada a perdurar. La entrada de la
colonia en la órbita del capitalismo comercial rompería los más
rígidos estamentos sociales.
Surgía una nueva clase social, la de
los comerciantes, que en poco tiempo llegaron a tener las más
grandes fortunas de la ciudad. Es entonces cuando los estantes
comenzaron a fusionarse con los vecinos. Ni aun en la propia época
colonial Buenos Aires pudo constituir una sociedad aristocrática con
una clase patricia, pese a los pujos aristocráticos de los primeros
pobladores. Desde el comienzo Buenos Aires y Montevideo estaban
destinadas a ser sociedades mercantiles, regidas pura y
exclusivamente por la posesión del dinero.
Como dice Ricardo Rodríguez Mola,
"el dinero fue el único escudo de nobleza que pueden presentar los
habitantes de la ciudad colonial; los mercaderes y los estancieros,
españoles o criollos, ven en él, y en el ganado que lo produce, el.
fin de sus afanes: la única forma de poder entrar en el ámbito
social elevado y en ¡a política de la colonia". Enriquecidos por
el comercio,
el contrabando y el
tráfico de esclavos, los
estantes
se hicieron también prestamistas: prestaban dinero a los vecinos con
garantía hipotecaria sobre sus casas.
Estos préstamos eran muy frecuentes,
dado el tradicional menosprecio por las actividades productivas que
ostentaban los hidalgos. Mediante el préstamo de dinero y los
matrimonios con las hijas de os vecinos, los estantes más
afortunados se vinculaban con las viejas familias patricias y
conseguían, a través de ellas, presionar sobre el Cabildo para
obtener el derecho de vecindad acreditando residencia, buen concepto
social y ser padres de familia. Luego, también por medio del
Cabildo, conseguían mercedes de estancias, y de ese modo pasaban de
a categoría inferior de comerciantes la de terratenientes, que en un
principio era solo privilegio de los vecinos.
De la
pulpería al Cabildo
El vertiginoso ascenso de los pulperos y comerciantes de Buenos
Aires, que constituirían en pocos los la clase alta, ha sido
testimoniado por los cronistas de la época, jesuita José Cardiel
dice al respecto: "Todos son mercaderes, que ;á no es mengua
de nobleza. Vemos varias transformaciones. Viene un grumete,
calafate, marinero, albañil o carpintero de navío.
Comienza aquí a trabajar como allá
(que espanta a los de la tierra, que no están a tanto), haciendo
casas, barcos, carpinteando, aserrando todo el día; o metiéndose a
tabernero, que aquí llamar: pulpero, o a tendero. Dentro de pocos
meses .se ve que con su industria y trabajo ha juntado alguna plata:
hace un viaje con yerba o géneros a Europa, a Chile o a Potosí. Ya
viene hombre de fortuna: vuelve a hacer otro, y ya a ese segundo lo
vemos caballero, vestido de seda y galones, espadín y pelucas, que
acá hay mucha profanidad en galas. Y luego lo vemos oficial real o
tesorero, alcalde o teniente de gobernación; y tal cual gobernador,
aunque éstos comúnmente vienen de España, gente noble".
Otro testigo de la época, Pedro
Juan Andreu, corrobora lo dicho por Cardiel:
"Cualquier
hombre que venga de España bien criado, y si sabe leer y escribir y
contar, hará aquí caudal grande como no tenga vicios. Aquí todo
hombre de caudal es mercader, y el que blasona más nobleza está todo
el día con la vara de medir en la mano. El que fuera, pues, recién
venido, como conocen que es bien criado, hallará paisanos en Buenos
Aires de caudal que le fiarán de dos a tres mil pesos en efectos de
las tiendas, y con esto y en tres o cuatro viajes ya se hallan ricos
los que vinieron sin un cuarto y ya hallan casamiento con dotes
superiores".
Estos relatos de Cardiel y de
Andreu son sociológicamente típicos, y representan, con variantes
personales, la de tantos otros tenderos y pulperos españoles que
años más tarde constituirían la clase alta de Buenos Aires y de
Montevideo. El origen de todas las grandes fortunas de las familias
tradicionales rioplatenses estaba indefectiblemente en el mostrador
de la tienda o la pulpería.
Esta nueva burguesía comercial, que
trataba de acrecentar más y más sus rentas en una dura lucha
competitiva, venía a destruir el idilio precapitalista de los
primitivos habitantes, su apacible vida y su elemental economía,
limitada simplemente a la subsistencia. La aldea dormida cambiaba de
ritmo; las plazas se volvían mercados públicos adonde llegaban las
carretas a vender a los comerciantes minoristas toda clase de
artículos.
El desdén por la acumulación primitiva
de capital de los primitivos habitantes es proclamado por los
apologistas de la colonia como espíritu de aristocracia. Los
críticos liberales, por su parte, lo atribuyen a ocio atávico de la
raza hispánica. En realidad no era un estilo de vida deliberadamente
impuesto por ningún misterioso instinto, sino que respondía a
determinadas condiciones económicas: la imposibilidad de un
desarrollo capitalista en Buenos Aires en tiempos en que Lima
detentaba el monopolio comercial.
Cuando las condiciones cambiaron
porque las concesiones hechas a la libertad de comercio en 1778
permitían a Buenos Aires competir económicamente con Lima, surgiría
una nueva clase burguesa con otro ímpetu.
La búsqueda del
"status"
Ya a partir de los siglos XVII y XVIII la clase principal o gente
"decente" de la ciudad de Buenos Aires estaba compuesta
principalmente por los tenderos. Sociedad sin títulos nobiliarios ni
mayorazgos, no por ello fue democrática: la burguesía, adquirió
pronto todos los hábitos aristocráticos, con sus prejuicios de
sangre, religión y raza, tanto más fanáticamente cuanto más difícil
era probar su legitimidad.
Ese proceso de aristocratización de la
burguesía se acentuó aún más cuando el rey Carlos III emitió una
real orden, del 18 de mayo de 1773, que declaraba compatible la
hidalguía con el comercio. La nueva burguesía tenderil comenzó desde
entonces a inventarse antecedentes hidalgos.
Ya en 1795 el título de Don era
posible obtenerlo, según Real Cédula, por la suma de mil reales de
vellón. Sin embargo, esta burguesía advenediza, este nuevorriquismo
virreinal se sentía inseguro: sabía que el dinero solo no bastaba
para adquirir prestigio social, y comenzó entonces la búsqueda
desesperada del status, en mil detalles de la vida cotidiana.
Necesitaba vivir en la zona del Fuerte —el Barrio Norte de la
época—, que comprendía los alrededores de lo que hoy es la Plaza de
Mayo.
Poco a poco fueron despojando de esa
zona exclusiva a los primitivos habitantes, los patricios, muchos de
los cuales perdían sus casas por la ejecución hipotecaria sobre
dinero prestado a un estante o simplemente por venta, al no poder
seguir manteniendo el mismo nivel de vida. A medida que los solares
pasaban de los patricios a los comerciantes, los ranchos de barro y
sauce de aquellos se transformaban en casas con algo más de confort,
hechas de ladrillo cocido con pisos también de ladrillos.
La primera generación de advenedizos
era generalmente despreciada por las viejas familias, que designaban
a aquellos con el despectivo mote de guarangos —de guaran,
garañón—, por sus malos modales. Pero ya los hijos de los
guarangos educados en el Colegio de la Compañía, adquirían buenos
modales, y no tenían dificultades en fusionarse con las mejores
familias.
Fuente Consultada:
Los Oligarcas Juan J. Sabreli - La Historia Popular Tomo 15 - Vidas
y Milagros de Nuestro Pueblo |