LA OLIGARQUÍA ARGENTINA

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La "dolce vita" en el siglo XIX
Las diversiones de ia época, aun para las clases más altas de la sociedad, eran muy reducidas y modestas. Los hombres, después de dormir una siesta de dos o tres horas, iban al Café de Marcos o de los Catalanes a jugar a las cartas, al billar o a conversar de política. Recién a comienzos del nuevo siglo, con la influencia de los ingleses, comenzaron a ponerse de moda los deportes. Las mujeres, por su parte, después de dormir la siesta se dedicaban a hacer "tiendas".

En los negocios que frecuentaban eran recibidas por los dependientes —generalmente jóvenes también de clase alta—, quienes les ofrecían asiento y las convidaban con mate, compartiendo una amable conversación durante largo rato, mientras se revisaba la mercadería. Cuando no se salía de compras se hacían visitas de poca etiqueta a parientes y amigos.

Estas visitas eran anunciadas previamente por la mañana por medio de la "criada de razón". Casi todas las noches se realizaban tertulias, que eran el equivalente de la soirée francesa o de la conversazione italiana. La mayoría do esas tertulias tenían su elenco estable de tertulianos, que concurrían todas las noches al mismo salón, siendo las únicas novedades los extranjeros de paso. Aunque muchos acostumbraban también asistir durante la misma noche a varias tertulias.

Además de la conversación, !as magras diversiones de esas tertulias eran complementadas por la música —piano, guitarra y canto—, ejecutada por las señoritas. Toda joven bien educada estaba obligada a saber tocar el piano. Con frecuencia también se bailaba la contradanza española, el minué y, más tarde, el vals. Después de servirse un refrigerio, consistente en mate o chocolate, los visitantes se retiraban hacia la medianoche.

Las tertulias más importantes se realizaban en las casas de Escalada Riglos, Alvear, Oromí, Soler, Barquín, Sarratea, Balbastro, Rondeau, Rubio, Casamayor. Pero la más prestigiosa de esas tertulias era la celebrada en la casa de Mariquita Sánchez, de la que ya hablamos. 'El otro entretenimiento de que disponían las altas clases en el Buenos Aires aldeano era el teatro.

Por muchos años no existió otro que el Argentino, frente a la iglesia de la Merced, hasta que en 1833 se edificó el teatro de la Victoria. Alrededor de la platea, a la cual no concurría ninguna señora, se encontraban los palcos. Los palcos altos eran más caros que los bajos, aunque los concurrentes a unos y otros pertenecían indistintamente a la misma clase social, la alta burguesía. La diferencia estaba en que en los palcos bajos se podía aparecer en trajes más sencillos. Los palcos altos, en cambio, debían ser una verdadera vidriera de elegancia. La cazuela, comúnmente llamada el gallinero, era exclusiva para mujeres solas.

Allí concurrían mujeres de extracción social más modesta, mezclándose con algunas mujeres, de la clase alta, que iban allí, alguna vez, cuando no tenían compañía masculina o no querían arreglarse para mostrarse en un palco. La cazuela era, sobre todo, preferida por las jóvenes, que se encontraban allí con sus amigas para mantener conversaciones lejos de la tutela familiar.

La diversión preferida del verano era el baño nocturno en el río.  El 8 de diciembre —día de la Inmaculada Concepción— se inauguraba la temporada de baños. La playa porteña se extendía entre el bajo de las Catalinas. —actual calle Viamonte— y la bajada de los Dominicos —actual calle Bel-grano—. Pero pronto las damas de la élite comenzaron a abandonar esas zonas, demasiado populares por su cercanía a la ciudad, para irse más al norte o más al sur, a los lugares de la costa donde comenzaron a instalar sus residencias veraniegos. A nadie se le hubiera ocurrido ir al río antes que cayera el sol.

Hombres y mujeres esperaban que se hiciera de noche, sentados en el césped; a veces se cenaba allí mismo. Las jóvenes se paseaban en grupo del brazo, por la orilla del río, como años más tarde lo harían sus descendientes en la rambla de Mar del Plata.

Para la preparación del baño se extendía, sobre el pasto o las piedras, una alfombra o estera y se encendía un farolito. El concepto del pudor que existía en esos baños era tal que los hombres no se bañaban junto a las mujeres, ni los padres junto a los hijos.

Por el tiempo de Rosas comenzaron a ponerse de moda, entre los jóvenes de ambos sexos, las cabalgatas nocturnas. Salían en las noches de luna en grupos de veinte o treinta personas. Las jóvenes solteras podían asistir acompañadas de sus hermanos o de sus madres. Todavía no se había impuesto el traje de amazona para las mujeres, y estas cabalgaban en traje de entrecasa, pero con el infaltable peinetón.

Recorrían lentamente la ciudad hasta desembocar en la calle Larga de Barracas —los paseos se hacían generalmente hacia el sur—, donde comenzaban a galopar. Las jóvenes cabalgaban haciendo pareja con sus galanes, y todos cantaban en coro.

Manuel Calvez dice de estas pintorescas cabalgatas: "En las noches de luna totalmente llena, cuando la ancha calle se vestía con una blancura espectral, esas canciones pausadas, lentas y dolorosas, estilos o tristes, entonadas al lento paso de las cabalgaduras, cobraban un poético y misterioso encanto. Y para quienes veían la cabalgata y no carecían de sensibilidad, alcanzaba el espectáculo una extraña belleza". No existían todavía la calle Florida ni Palermo como lugares de cita obligada de la gente "distinguida".

El paseo público donde las grandes familias se encontraban era entonces la Alameda, avenida bordeada de ombúes, que corría a lo largo de la actual avenida Leandro Alem, a la altura de la calle Cangallo. La "vuelta del perro" en la Alameda se daba exclusivamente los domingos por la tarde; los restantes días de la semana el paseo quedaba casi desierto.

Nuevas diversiones
El empleo del tiempo libre en actividades banales está sujeto en la oligarquía a un complicado ritual, que tiene por objetivo la ostentación de riquezas. Hemos visto que este ritual hasta mediados del siglo XIX era sumamente simple. El apogeo económico de fines de siglo trajo un cambio en las costumbres, y el ritual se organizó en forma más pomposa. La vuelta del perro por la plaza de la Victoria o por la Alameda fue sustituida por la calle Florida.

Las cabalgatas por la calle Larga hacia los pueblos del sur fueron sustituidas por los paseos a la Recoleta o a las barrancas de Belgrano. Pero el número principal de este programa era el "corso" de Palermo, las tardes de los jueves y domingos. Cuatro filas de coches, tirados por animales de raza, iban y venían en un tramo de tres cuadras por la actual avenida Sarmiento, intercambiando en cada vuelta la ubicación para que todos pudieran cruzarse inevitablemente con todos. La ceremonia tenía sus reglas fijas: en la primera vuelta se saludaban, en las siguientes se fingía no verse y en la última se hacía el saludo de despedida.

Los "niños bien", por su parte, hacían ostentación de la inmunidad de que gozaban por la posición de sus padres, dándole una paliza a algún pobre sereno o provocando escándalos nocturnos en los teatros de variedades, en los cafés concerts, en lo de Hansen.

La "indiada" del 90 se transformó en la "patota" del 900, más refinada y elegante, pues había pasado por Europa dejando sus medidas a los sastres más famosos de París y de Londres. Eran los precursores del "muchacho distinguido" de los años locos que "tiraba manteca al techo" en los cabarets de París, y del play boy de la segunda posguerra. Las confiterías de moda fueron, sucesivamente, la del Gas, en Rivadavia y Esmeralda, y La Perfección, en la calle Corrientes.

Años más tarde, cuando comienza el auge del Barrio Norte, surgen el Águila, de Callao y Santa Fe, y la París, de Charcas y Talcahuano, único lugar, este último, en que era "decente" mostrarse los sábados, además de dos o tres cines, llamados de "familia", que quedaban por la calle Santa Fe.

En la belle epoque comienza también la moda de los viajes a Europa, es decir a París. Y allí, veraneando en Deauville, la oligarquía concibe por primera vez la idea de crear una ciudad balnearia cerca de Buenos Aires. Surge así Mar del Plata, y en 1887 se inaugura el Bristol Hotel, que constituirá uno de los más importantes lugares de reunión de la oligarquía en aquellos años.

Los bailes del Bristol llegaron a ser tan famosos en el mundo entero que una noche, en París, la bella Otero le dijo a Benito Villanueva: "No moriré sin bailar un cotillón en Mar del Plata". Por los años veinte, con la difusión del automóvil, la oligarquía comienza a abandonar el Bristol y construye sus propias residencias en la Loma.

Por esos años, el chalet en la Loma se convirtió en un símbolo de status comparable a la residencia en el Barrio Norte de Buenos Aires, la pertenencia al Jockey Club, el palco en el teatro Colón o la bóveda en la Recoleta.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli - La Historia Popular Tomo 15 - Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

La Oligarquía Federal

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Batalla de Caseros

Mitre y la Oligarquía

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