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Cuando
recibió la inquietante carta de su amigo Haakon Chevalier, hacía apenas meses
que el doctor J. Robert Oppenheimer había comenzado a recuperarse. Llevaba casi
una década expulsado del poder, convertido en una víctima emblemática de la
histeria macartista. Por fin el gobierno de los Estados Unidos lo labia
reivindicado al premiarlo con la Medalla Enrico Ferrni.
Y entonces, apenas meses
después, Oppenheimer recibió la escueta página de Chevalier. Con fecha del 23 de
julio de 1964, el escritor y ex profesor le literatura en Berkeley le contaba
que sentía la urgencia le publicar la verdad sobre la relación que los había
unido:
"El motivo por el cual te escribo es que una parte importante de la
historia concierne a nuestra participación en la misma unidad del PC desde 1938
a 1942. Me gustaría tratar el tema en la perspectiva correcta, contando los
hechos tal como los recuerdo. Dado que se trata de una de las cosas de tu vida
que, en mi opinión, te hacen sentir como mínimo avergonzado; y dado que tu
compromiso, testimoniado entre otros elementos por tus Informes para nuestros
colegas, cuya lectura impresiona incluso hoy, fue profundo ¿y genuino, considero
que sería una grave omisión negarle su debida prominencia”.
La furia y el
miedo paralizaron a Oppenheimer. En 1954, sacándole al sol su red de afectos de
izquierda —esposa, hermano, cuñada, discípulos, amigos y hasta ex novia—, había
reconocido sus mentiras en un interrogatorio por supuesto espionaje. Lo había
hecho para proteger a Chevalier.
"Querido Haakon —le contestó el 7 de agosto—: Me alegra que me hayas escrito. Me
preguntas si tengo alguna objeción. Claro que sí. Me sorprende lo que dices acerca
de ti.Y lo que dices acerca de mí no es cierto en un punto. Nunca fui miembro
del Partido Comunista y en consecuencia nunca integré una unidad del Partido
Comunista. Yo, por cierto, siempre lo supe. Creí que tú también lo sabías.”
Oppenheimer había perdido el acceso al trabajo en proyectos oficiales —lo cual
implicó alejarlo de las investigaciones atómicas—, pero nadie le había probado
que pasara secretos a los científicos rusos, o que perteneciera al Partido
Comunista (PC). Su temor a otra persecución no terminó sino con su muerte, de
cáncer de garganta, en 1967. Chevalier nunca dio a conocer el asunto de la
célula comunista y en su libro sobre los buenos viejos tiempos en Berkeley (Oppenheimer:
la historia de una amistad) hizo apenas una elíptica referencia a un grupo de
discusión política.
Gregg
Herken, historiador de The Smithonian Jnstítution, exhumó la carta y publicó en
los Estados Unidos Brotherhoodof the Bomb (La hermandad de la bomba), donde
afirma que Oppenheimer perteneció al PC en un grupo secreto que funcionaba en la
Universidad de California, destinado a fijar políticas de acción y escribir
panfletos. Según Herken, Oppenheimer fue leal a su país y nunca espió para la
Unión Soviética, pero ocultó sus simpatías políticas por ambición —la suya y
sobre todo la de su mujer, Kitty, quien impulsó su carrera con más fuerza que él
mismo—, ya que un pasado rojo podría haberle vetado la dirección del laboratorio
de Los Alamos, Nuevo México, donde se desarrolló el proyecto Manhattan que
terminó la Segunda Guerra Mundial con las bombas de Hiroshima y Nagasaki.
El
objetivo era el Puente Aioi —“el mejor blanco que vi en esta maldita guerra”,
según Paul Tibbets, comandante del avión B29 Enola Gay, por su forma de T—, pero
la bomba atómica de uranio llamada Little Boy explotó a 250 metros de allí,
evaporando el hospital Shima, sus enfermos y sus profesionales para iniciar una
cuenta que llegaría a los 75.000 muertos y los 163.000 heridos.

Era
el 6 de agosto de 1945 y el presidente norteamericano Harry Truman comía a
bordo del Augusta cuando le llegó el mensaje cifrado con la noticia.
“Capitán, esto es lo más grande de la historia”, le dijo a Franklin H. Graham,
uno de los oficiales de la Casa Blanca que lo acompañaban, cuando el teniente George M. Elsey le alcanzó un segundo cable: “Evito completo en todos los
aspectos”.
Cuenta John Hersey en su crónica Hiroshima los días siguientes a la tragedia
lanzada desde el avión de Tibbets:
“Los
científicos pululaban en la ciudad. Algunos de ellos midieron la fuerza que
había sido necesaria para quebrar las lápidas de mármol de los cementerios, para
destruir 22 de los 47 vagones de ferrocarril en los depósitos de la estación de
Hiroshima, para elevar y mover el piso de concreto de uno de los puentes, y para
llevar a cabo otros notables actos de fuerza; concluyeron que la presión
ejercida por la explosión variaba de las 5,3 a las 8 toneladas por metro
cuadrado. Otros descubrieron que la mica, cuyo punto de fusión es de 9000C, se
había derretido en las lápidas de granito a 380 metros del centro; que los polos
telefónicos, cuya temperatura de carbonización son los
2400C, se habían quemado a 4.000 metros del centro; y que la superficie de las
tejas grises de tipo usado en Hiroshima, cuyo punto de fusión es de 1.3000C, se
habían derretido a 600 metros. Después de examinar otras cenizas y objetos
fundidos significativos, decidieron que el calor de la bomba sobre la tierra, en
el centro, debía de haber sido de 6.000C”.
El 9
de agosto, otra bomba atómica, llamada
Fat Man y hecha con plutonio, destruyó el
44 por ciento de la ciudad de Nagasaki. Luego de varios días de censura a la
prensa, el mismísimo emperador Hirohito —quien por primera vez en su vida habló
a sus “buenos y fieles súbditos” en un mensaje emitido por radio— contó: “El
enemigo ha comenzado a emplear una bomba nueva y muy cruel, cuyo poder para
producir daño es incalculable, que ha cobrado demasiadas vidas inocentes”.
Anunció, también, que Japón se rendía.
Tiempo después Oppenheimer declaró palabras instantáneamente famosas:
“Los
físicos hemos conocido el pecado”. En 1983, luego de aplaudir el anuncio de la
Iniciativa de Defensa Estratégica (la
Guerra de las Galaxias de Ronald Reagan), su colega Edward Teller le mejoró la
frase: “Los físicos hemos conocido el poder”.
Desde que los alemanes observaron la
fisión por primera vez, en 1938, los físicos de las grandes naciones se lanzaron
a la búsqueda del poder que podía residir en la energía que liberaba ese
proceso. Un poder sobre la naturaleza pero también un poder político, en
particular ante la inminente guerra. El escenario principal fue la Universidad
de California en Berkeley, donde trabajaba Ernest Lawrence, inventor de una
máquina capaz de generar la energía necesaria para romper el átomo, el
ciclotrón. Oppenheimer llegó a Berkeley convocado por este Premio Nobel y al
tiempo le arrebató la dirección científica del proyecto atómico.
La
insistencia del ingeniero Vannevar Bush, del Instituto Tecnológico de
Massachusetts, convenció a
Roosevelt sobre la necesidad de formar un Comité de
Investigación para la Defensa Nacional. Por supuesto, Bush presidió esa
institución. A él entregó Roosevelt en 1942 el informe de la Academia Nacional
de Ciencias que abrió la puerta a la financiación de la bomba.
Bush
buscó en el ejército al hombre que coordinaría el proyecto: un graduado de West
Point, de 46 años, por entonces coronel. Leslie Groves había supervisado la
construcción del edificio del Pentágono y ostentaba —escribe Adrian Weale en
Hiroshima según testigos— “el ego más impresionante después del de Napoleón”. Su
primer gesto fue comprar los carísimos minerales que se necesitaban para
investigar reacciones nucleares controladas en cadena. Como no era un
científico, eligió a Oppenheimer para
coordinar los diferentes trabajos dispersos en numerosas universidades. No sólo
era un brillante asesor del gobierno sobre la bomba: también el físico teórico
más impresionante de Berkeley.
Oppenheimer llevó adelante el laboratorio secreto de Los Alamos hasta que pudo
gritar “Funcionó!” cuando el 16 de julio de 1945 tuvo éxito la prueba Trinity y
estalló la primera bomba atómica. En el medio, superó la difícil conducción de
los equipos que separaban los componentes fisionables de uranio y plutonio
mientras otros pensaban qué clase de arma sería capaz de hacerlos eficazmente
destructivos; también las grandes dudas sobre cuánta de esa materia prima haría
falta (cien kilos, calculaban algunos; otros, dos y medio) y si acaso no sería
mejor la bomba de hidrógeno que teorizaba Teller.
Del
otro lado, los nazis desarrollaron un programa nuclear, donde trabajaron el
químico que descubrió la fisión, Otto Hahn, y otro Premio Nobel, Werner
Heisenberg. En su novela sobre la fallida bomba de Hitler, En busca de Klingsor,
el mexicano Jorge Volpi recreó el momento en que Hahn, detenido junto a sus
colegas en la casa de campo de Farm Hall, Inglaterra, recibió la noticia de la
explosión en Hiroshima. “Si los norteamericanos tienen una bomba de uranio,
todos ustedes son científicos de segunda categoría”, murmuró. No resultó mucho
mejor el esfuerzo de los japoneses en el Laboratorio de Investigación Nuclear,
que Yoshio Nishina fundó en 1935 dentro del Instituto Riken. Amigo de Lawrence y
discípulo del célebre Niels Bohr en Copenhague, Nishina aceptó, un año después
del ataque a Pearl Harbor, la imposible tarea de investigar el uranio en un país
sin uranio bajo la presión del ejército japonés.
También los aliados corrían la carrera con-a los norteamericanos: la Unión
Soviética buscaba su propia bomba. Su principal fuente e información fue el
espionaje del físico Klaus Fuchs, un comunista que abandonó ~1emania apenas
después de que una patota nazi lo golpeara y arrojara a un río. En 1941 comenzó
a investigar bajo la protección de Rudolf Peierls, profesor de la Universidad de
Kirmingham. Para la señora Peierls, quien le ponía los botones y se preocupaba
por la escasa vida social del muchacho, fue una sorpresa saber que conocía mucha
gente en la Agregaduría Militar Soviética en Londres. Fiel a sus convicciones,
Fuchs se encontró cuatro veces con el titular de esa dependencia, Simon
Davidovich Kremer, para entregarle informes detallados sobre los avances del
proyecto atómico del Reino Unido.
En
noviembre de 1943 Fuchs partió a los Estados Unidos, donde continuó su trabajo
de investigador y espía hasta que desapareció de los lugares que solía
frecuentar. En 1945 hizo saber a la embajada de Stalin que estaba en Los Alamos.
Según la documentación del FBI, hubo tres espías en el laboratorio: Fuchs, Ted
Hall y un tercero que, hasta hoy, no fue identificado. Por eso sonaron las
alarmas cuando Oppenheimer miente en un interrogatorio sobre el tema.
Con
una larga carta en la que le reprochaba el Incidente Chevalier, entre otras
cosas, el responsable de la Comisión de Energía Atómica, K.D. Nichols, le
arruinó a Oppenheimer la Navidad de 1953 al anunciarle el 23 de diciembre que
suspendía su acreditación de seguridad. Dos meses más tarde, en una larga
respuesta donde solicitaba una audiencia ante la Comisión de Energía Atómica
para limpiar su nombre, el físico le escribió a Nichols: “Mi amigo Haakon
Chevalier y su esposa vinieron a mi casa de Eagle Hill, probablemente a
comienzos de 1943. Durante la visita, él entró a la cocina y me dijo que George
Eltenton le había hablado sobre la posibilidad de transmitir información técnica
a los científicos soviéticos. Con una observación enfática, le señalé que eso me
sonaba terriblemente mal. Allí terminó la discusión”.
No
fue eso lo que contó al día siguiente de la conversación, en 1943. Oppenheimer
dijo al teniente Lyall Johnson, contrainteligencia del proyecto Manhattan, que
si la seguridad era su tema debía prestarle atención a George Eltenton.
Nacido en Inglaterra, el químico Eltenton había pasado una temporada en la Unión
Soviética trabajando con los físicos Yuri Khariton y Nicholai Semenov. Llegó a
California convertido en un ferviente comunista y participó en el sindicato de
docentes de Berkeley, donde Oppenheimer lo conoció. Johnson llamó al teniente
coronel Boris Pash —el mismo que detendría a los científicos de la bomba nazi—,
quien citó al físico para entrevistarlo. Y fue en ese encuentro del 26 de agosto
de 1943 donde Oppenheimer mintió al FBI y selló su caída en la era macartista.
En su
relato ante Pash no hubo esposas que charlaban en el living mientras su amigo lo
miraba preparar en la cocina su famoso martini ultra seco de vodka helada. No
hubo Chevalier, ni nombre alguno salvo el de Eltenton, ya manchado. Herken
reconstruyó:
"Algunos meses atrás, dijo Oppenheimer, había sido contactado por
‘intermediarios’ vinculados con un oficial no identificado del Consulado
Soviético. Uno de esos individuos le había hablado de pasar información sobre el
proyecto de Berkeley. Su respuesta había sido que no tenía objeciones a que el
presidente comentara la bomba con los soviéticos, pero creía inadecuado hacerlo
‘por la puerta trasera’. Oppie admitió que conocía otros acercamientos
posteriores, los cuales ‘fueron siempre a otras personas, para quienes resultó
incómodo’. Como creía que los contactados habían sido elegidos al azar, no
quería dar nombres. Dos de los tres hombres que él sabía que habían sido
contactados estaban en Los Alamos, dijo Oppie, y un tercero llegaría en breve a
Oak Ridge”. En su mentira, Eltenton había sido uno de los intermediarios.
No
sólo amigos rojos tuvo el hombre que definió la Segunda Guerra Mundial a favor
de los Estados Unidos. “Una novia comunista, Jean Tadock, con la que estuvo a
punto de casarse, lo introdujo al marxismo”, sostiene Weale en Hiroshima según
testigos. La conoció en la primavera de 1936 en una fiesta a beneficio de los
españoles republicanos en la Guerra Civil. Estudiaba psicología en la
Universidad de Stanford y sus actividades políticas la condujeron al PC. En una
relación intermitente, compartió con Qppenheimer la pasión por la poesía de John
Donne y un círculo de amistades de izquierda entre los que estaban Chevalier y
Thomas Addis, un médico de Stanford que se dedicaba al reclutamiento de
camaradas. La vio por última vez en junio de 1943, cuando la visitó respondiendo
a sus ruegos desesperados. Diez años más tarde lamentaría el uso que el
macartismo daría a esa noche.
Kitty
Oppenheimer, nacida Kathryn Puening, no interesó menos al FBI. Viuda de Joe
Dallet —un comunista de Youngstown, Ohio, quien cayó combatiendo en la Brigada
Abraham Lincoln por la República Española—, se afilió al PC en 1934 por
iniciativa de su marido. Veinte años más tarde, durante las audiencias por la
acreditación de seguridad de Oppenheimer, explicó su militancia: “Mimeografiaba
panfletos y cartas”. Aportaba diez centavos semanales a la estructura partidaria
(no poca cosa para su bolsillo: pagaba cinco dólares mensuales de alquiler)
hasta que comenzó a perder interés en las tareas políticas. De regreso en los
Estados Unidos, retomó sus estudios de biología en la Universidad de
Pennsylvania, de donde partió, recibida, hacia una Junto beca de investigación
en California. Allí, casada nuevamente con un físico inglés, Richard Harrison,
conoció a Oppenheimer en 1939, se enamoró como loca, dejó a su segundo marido y
volvió a casarse, embarazada del primero de sus dos hijos, en 1940.
El
cuadro de los íntimos lo completan el hermano Frank Oppenheimer, también físico,
y su esposa Jackie, ambos afiliados al PC. De niños creían que iba a ser
flautista, pero la influencia de su hermano ocho años mayor fue demasiado
fuerte. Hasta que apareció Jacquenette Quann, graduada de economía en Berkeley,
muy activa en la Liga de Jóvenes Comunistas, y comenzó a retrasarse en su
doctorado por su militancia. “Robert apremió a su hermano para que rompiera el
compromiso. Frank, desafiante, se casó con Jackie a fines de 1936”, se lee en La
hermandad de la bomba. “La pareja se inscribió en el PC a comienzos de 1937,
desafiando una vez más los deseos de Oppie.”
Frank
perdió su empleo en la Universidad de Stanford, primer despido de una serie que
terminó con su vida académica y lo convirtió en ganadero. Entre el comienzo y el
fin, su hermano pidió a Lawrence que lo empleara —cometiendo el grave error de
ocultar el pasado comunista de Frank— en el Laboratorio de Radiación, con el que
llegaría a Los Alamos y del que seria echado en 1948.
Casi
al mismo tiempo que La hermandad de la bomba aparece la primera reimpresión,
luego de treinta años agotada, de las audiencias por la acreditación de
seguridad que hundieron a Oppenheimer. Menos atrapante que la narrada
investigación de I-Ierren, el texto tiene el ritmo monótono y los grandes
destellos de los interrogatorios. Richard Polenberg, editor de El caso de
Rabert Oppenheimer, reunió la cuarta parte de las mil páginas originales. El
resultado es un compilado con lo mejor del macartismo.
Abre
Polenberg su introducción: “El 6 de mayo de 1954, harto y desalentado tras un
mes de dura audiencia para probar su ‘lealtad’ y, en consecuencia, merecer su
acreditación de seguridad, el doctor J. Robert Oppenheimer dejó Washington DC y
regresó a su casa en Princeton, New Jersey. Aunque Oppenheimer había dirigido el
programa para construir la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial y
había estado a cargo del Comité Asesor General de la Comisión de Energía Atómica
entre 1947 y 1952, ni su servicio pasado ni su eminencia lo habían protegido de
las sospechas o del fisgoneo que con tanta frecuencia lo acompañaron. Mientras
su caso estuvo ante la comisión, su teléfono fue intervenido, su correo revisado
y sus paraderos registrados por el FBI”. En realidad, nada nuevo: el organismo
había pinchado sus teléfonos, violado su correspondencia y espiado hasta su vida
privada desde marzo de 1941. Pero esta vez, además, registraba las estrategias
que Oppenheimer discutía con su abogado y se las anticipaba a la comisión.
En
cierto modo, Oppenheimer solicitó su crucifixión por confiar en que la audiencia
sería preferible a un interrogatorio del senador Joseph McCarthy, quien lo había
acusado de trabar la investigación de la bomba de hidrógeno que creó Teller para
no aventajar tanto a la Unión Soviética. Teller, por supuesto, lo aplastó con su
testimonio —“Oppenheimer se opuso a la bomba termonuclear o a su desarrollo”—,
pero no fue el único que le marcó cuánto se había equivocado al ofrecer la
cabeza al verdugo.
Primero lo pusieron contra las cuerdas hasta que reconoció que había mentido a
Pash en el interrogatorio sobre el Incidente Chevalier:
Pregunta: ¿Le dijo la verdad a Pash?
Oppenheimer: No.
P.:
¿Le mintió?
O.:
Si
P:
¿Qué le dijo a Pash que no era cierto?
O.:
Que Eltento había intentado contactar a tres miembros del proyecto a través de
intermediarios.
P:
¿Por qué lo hizo, doctor?
O.:
Porque fui un idiota.
Luego
de hacerlo confesar “un tejido de mentiras”, sacaron a relucir sus aportes de
dinero a la causa española—“a través de canales comunistas”—, su descuido al
emplear a un izquierdista como su hermano —“Qué examen le tomó para establecer
su confiabilidad?”—, su falta de apoyo a Teller y, por último, la infidelidad
con su ex novia Jean. Delante de su mujer le preguntaron por aquella noche de
junio de 1943:
P.:
¿Por qué fue a verla?
O.:
Ella había expresado un gran deseo de verme.
P.:
¿Averiguó por qué?
O.: Porque seguía enamorada de mi
P.:
¿Ella era comunista en ese momento?
O.:
Ni siquiera hablamos de eso. No lo creo.
P.:
Pero no tiene razones para pensar que no era comunista, ¿verdad?
O.:
No.
P:
Pasó la noche con ella, ¿no es cierto?
O.:
Sí
P:
¿Cuando estaba trabajando en un proyecto secreto de guerra?
O.:
Sí
P.:
¿Le parece consistente con una buena seguridad?
Las
humillaciones duraron cuatro semanas. A fin de junio la comisión confirmó que,
por sus asociaciones y sobre todo, por “defectos fundamentales en su carácter”, Oppenheimer no recuperaría su acreditación de seguridad. Mientras esperaba ese
dictamen, el físico le dijo por teléfono a un amigo (y al FBI, que también oía):
“La comisión decidirá qué hacer en unas semanas. Pero este asunto nunca va a
terminar para mí. No creo que las aguas se aquieten. Pienso que todo el mal de
estos tiempos está contenido en esta situación”.

Sólo cuatro años antes de morir de cáncer en la
garganta, Oppenheimer fue reivindicado de su desgracia: el 22 de noviembre de
1963, el mismo día en que fue asesinado, el presidente John F. Kennedy anunció
que otorgaría el premio Fermi a Oppenheimer; finalmente le fue entregado por el
sucesor de Kennedy, Lyndon B. Johnson.
Fuente Consultada: Revista
Veintitrés
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