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Pizarro entró en la ciudad capital el 15 de noviembre de 1532 y, en una
breve entrevista con Atahualpa, éste les instó a que le devolvieran las
tierras tomadas y aplazaran la entrevista para el día siguiente. Aquella
noche los españoles se escondieron alrededor de la plaza. Cuando al otro
día llego el Inca con su escolta y se empezó a impacientar, cayeron
sobre ellos sin previo aviso, ahuyentándoles y apresando a Atahualpa; al
amanecer siguiente saquearon el campamento de la ciudad.
El clérigo que acompañaba a Pizarro corrió
hacia donde se hallaba el conquistador y le previno:
«Actúa al instante. Yo te absuelvo.»
Pizarro agitó un pañuelo blanco, tronó un
cañón desde la fortaleza y sus hombres, algunos montados y otros a pie,
se precipitaron hacia la plaza, lanzando su grito de batalla que
invocaba a Santiago, patrón de España: «Santiago y a ellos!»
Los indios fueron presa del pánico.
Sorprendidos por el estruendo de la artillería y los mosquetes, y
cegados por la humareda sulfurosa, no ofrecieron resistencia cuando los
españoles los arrollaron con sus caballos y los acuchillaron indefensos.
La matanza de los indios continuó
durante largo tiempo hasta que cayeron miles de ellos. Es discutible el
número de muertos, pero los prisioneros fueron incontables.
Algunos de los soldados de Pizarro deseaban ejecutar a los prisioneros o
al menos incapacitarles, cortándoles las manos. Pizarro se negó y liberó
a todos con la acepción de un pequeño número de ellos que quedaron para
atender las necesidades de los españoles.
Por su parte, Atahualpa observaba
atentamente a los españoles. Pronto descubrió que sentían un deseo aún
más poderoso que el de convertirle al cristianismo:
su amor al oro. Un día Atahualpa propuso un trato. Si Pizarro le
dejaba en libertad, el Inca dispondría que en el plazo de dos meses la
estancia por él ocupada fuese colmada de oro hasta la altura donde
alcanzara su mano; el oro procedería del palacio real, los templos y los
edificios públicos.
La estancia tenía de 5 m. de ancho, 7 m.
de largo y 3 m de alto. Ansioso de tantas riquezas, Pizarro aceptó la
oferta. Cuando Atahualpa se puso de puntillas, trazaron una línea roja
en el punto hasta donde llegó; un escribano redactó las cláusulas del
acuerdo y Atahualpa despaché correos para la ejecución de la tarea.
Pizarro también envió a la capital, Cuzco,
emisarios que hubieron de recorrer 900 Km. por un escarpado camino entre
las montañas. Allí encontraron el gran templo del Sol cubierto de
planchas de oro yen su interior momias reales, cada una sentada en un
trono áureo.
Los españoles arrancaron de los muros del
templo setecientas planchas del tamaño de la tapa de un cofre y un peso
de algo más de dos kilos. Así constituyeron doscientas cargas de oro que
serían trasladadas a Cajamarca sobre los hombros de los humillados
indios. Esta fue simplemente una incursión preliminar; más tarde se
llevaría a cabo una mayor y más rapaz expedición a Cuzco.
Mientras tanto llegaba oro de todo Perú,
de los templos y palacios del Inca y de otros edificios públicos, para
cumplir su pacto con Pizarro. El metal revestía muchas formas: copas,
aguamaniles, bandejas, vasos de variedades múltiples, ornamentos y
utensilios, baldosas y planchas, curiosas imitaciones de distintos
animales y plantas y una fuente que alzaba un deslumbrante surtidor de
oro.
Pizarro seleccionó una pequeña muestra de esos objetos para remitirlos al
emperador, Carlos V nieto de Isabel. Éste había heredado de su madre, Juana la
Loca, los reinos de España y era además emperador del Sacro Imperio Romano, cuyo
trono ocupé su abuelo paterno. Sólo Napoleón y Hitler en la cumbre de su poderío
gobernaron una superficie mayor de Europa.
Excepto la reducida muestra que
Pizarro envié a España, ni una sola pieza de aquel tesoro de la estancia
de Atahualpa ha sobrevivido en su forma original, pero resulta asombrosa
la menguada cantidad de obras áureas peruanas que escapó de las manos de
los españoles y ha llegado hasta nosotros.
Con tal facilidad se obtenía oro de gran
pureza de los depósitos fluviales de Perú que muy pronto surgió la
orfebrería. Hacia 500 a.C. se hacían ya diademas, pendientes, brazaletes
y placas. Existen incluso objetos más antiguos con claras influencias
chinas y vietnamitas, que sugieren que los marinos asiáticos cruzaban el
Pacífico cuando los europeos apenas conseguían atravesar el
Mediterráneo.
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