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Cabría pensar que hacia mediados del siglo
XVI España tuvo que ser, con mucho, la nación más rica de Europa. Sin
embargo, no lo fue. La repercusión de esta incorporación inmensa y
súbita a la riqueza monetaria fue sentida en el resto de Europa e
incluso en el Extremo Oriente, pero en España no subsistieron beneficios
duraderos de las hazañas espectaculares de los conquistadores y de los
ríos de sangre que fluyeron de blancos e indios.
El oro entraba por un lado y desaparecía
por otro, sin dejar rastro. ¿Cómo fueron los españoles capaces de
desbaratar estas riquezas? ¿Por qué tan gran porción de los frutos de
esa primera fiebre del oro acabó en manos de otros? Parte de las
respuestas a estas preguntas radica en las peculiaridades del carácter
de la España del siglo XVI.
Otra, y quizá mayor, fue resultado del
entorno dinámico e incansable de la época, en donde la sociedad española
estaba mal preparada para intervenir. Una vez que el oro comenzó a
llegar en cantidad, los españoles se mostraron mucho más activos en el
gasto que en la producción. Las enormes importaciones de oro y de plata
estimularon las inclinaciones al gasto al mismo tiempo que ahogaban el
incentivo hispano para la producción.
España se comportó como un individuo pobre
que gana una fortuna en la mesa de juego, pero llega a creer que el
dinero es su destino y no un acontecimiento aislado. Y desde luego no
volvió a repetirse: por copiosos que fueran durante el siglo XVI los
envíos de oro a España, alcanzaron un punto máximo hacia la mitad del
siglo y cayeron en picado a partir de 1610; los envíos de plata lograron
su cenit hacia el ario 1600 e iniciaron un marcado declive a partir de
1630.
Durante el siglo XVI , cinco sextas partes
de las mercancías salidas de España, sobre todo a las colonias, eran
bienes cultivados o manufacturados en otros países. A finales de ese
siglo, las Cortes declaraban:
«Cuanto más [oro] llega,
menos tiene el reino [...]. Aunque nuestros reinos deberían ser los más
ricos del mundo [...] son los más pobres, porque sirven sólo como puente
para que [el oro y la plata] vayan a los reinos de nuestros enemigos.»
Un observador español, Pedro de Valencia, escribió en 1608: «Tanta plata
y tanto dinero ...] han sido siempre un veneno fatal para las repúblicas
y ciudades. Creen que las mantendrá el dinero y no es cierto; lo que
proporciona sustento son los campos arados, los pastos y las
pesquerías.» Otro se quejaba: «La agricultura abandonó el arado y se
vistió de seda, ablandando sus manos encallecidas E...]. Los oficios
adquirieron aire de nobleza y se lucieron por las calles.»
En vez de transformar el oro y la
plata en nueva riqueza productiva, los españoles pagaron a otros países
con los metales preciosos y gastaron tanto que las deudas a países
extranjeros se incrementaron en gran medida. En fecha tan temprana como
la década de 1550, una sentencia popular afirmaba que
«España es las Indias de los extranjeros»
porque harto buen dinero español era pagado a los foráneos a cambio de
«puerilidades»: fruslerías como ajorcas, cristalería barata y naipes.
España había cometido un costoso error
económico en 1492, el año de Colón, aunque la decisión produjo alegría y
orgullo en el tiempo en que fue tomada. Tanto los judíos como los
musulmanes fueron expulsados en 1492. Luego de su conversión al
cristianismo, permanecieron algunos judíos, pero rápidamente se
desintegró la vibrante comunidad intelectual que tan gran contribución
habla hecho a España durante centenares de años. La mayoría de los
españoles cristianos de la época eran campesinos o soldados, analfabetos
y sin conocimiento alguno de la aritmética elemental. Los nobles se
mostraban ociosos o se consagraban a la guerra.
Judíos y musulmanes, en contraste, eran
instruidos, encabezaban e progreso científico y eran inmunes a las
estrictas reglas cristianas contra la usura Fueron diestros
administradores públicos y hombres de negocios. Los musulmanes, en
particular, poseían una larga tradición en el comercio, la importación y
la exportación. Con su partida, España perdió casi toda su clase
comercian autóctona, que resultaba esencial en una época de dinámico
desarrollo económico en toda Europa. Cádiz y Sevilla, por el contrario,
rebosaban de extranjeros: mercaderes y banqueros genoveses, prestamistas
alemanes, fabricantes holandeses y suministradores de cualquier género
de bienes, servicios y finanzas di toda Europa, incluso bretones y
gentes de áreas tan lejanas como las costas dé mar del Norte. Casi todos
los cuantiosos préstamos que recibió España durante el siglo XVI
tuvieron financiados por extranjeros. La salida de judíos y musulmanes
constituyó una pérdida en otro sentido.
En razón de su situación geográfica,
España no se hallaba en la ruta que seguían comerciantes y viajeros para
ir de un lugar a otro. La línea de países desde Francia hacia el este y
la proyección de Italia y de Grecia hacia el Mediterráneo se encontraban
en la encrucijada este-oeste de viajes y comercio a través de Europa. No
había necesidad de cruzar España a no ser que se viniera de África y,
aun así, la península no constituía la única posibilidad. Como
resultado, el país tendió a quedarse más encerrado en sí mismo. Sólo
Sevilla, Barcelona y Bilbao mantenían conexiones significativas con el
resto de Europa. El ambiente cosmopolita procedía de judíos y
musulmanes, quienes durante siglos habían mantenido contactos con otros
países. Su partida cortó el vínculo con el mundo exterior, dejando a
España dependiente de forkeos leales a otras potencias.
Un estudio autorizado ha resumido la
situación de España como una terrible paradoja:
El oro y la plata adquirían simplemente su
rango internacional en España sin hallarse en modo alguno vinculados a
la economía española…] Existían una abundancia de metales sin ninguna
evolución productiva y un alza de los precios sin alteración monetaria.
En suma, la España del siglo XVI se caracterizaba por una separación
entre el dinero y las mercancías.
El gran despilfarro inspirado por el oro
de España no radicó en el afán de lujo o en la pérdida de una
complejidad comercial y financiera. Se centraba en los sueños de gloria
de los monarcas españoles. El oro había estado siempre vinculado al
poder. Una vez que los reyes de España comprendieron cuánto les
proporcionaría la nueva riqueza de los descubrimientos en las colonias
americanas, se convencieron de que su fortuna era lo bastante grande
pasa imponer al mundo su voluntad, especialmente en la candente cuestión
del catolicismo frente al protestantismo.
Hacia mediados de ese siglo, la mitad de
todos los negocios en España se llevaban a cabo por cuenta del rey.
Carlos V, que ascendió al trono en 1516 tras la muerte de su abuelo
Fernando, estaba resuelto a hacer de España la potencia dominante en
Europa. Pero no le bastaba el poder de España. También deseaba seguir
los pasos de su otro abuelo y convertirse en emperador del Sacro Imperio
Romano. A ese puesto no se llegaba por vía hereditaria; sólo era posible
convertirse en emperador a partir de la elección de un grupo de alemanes
designados por el Papa, los electores. Francisco I de Francia poseía
ambiciones idénticas. Estalló una intensa guerra de pujas por la compra
de votos, en un ilimitado certamen de sobornos. Francisco se hallaba
respaldado por los banqueros genoveses y Carlos por los Fugger, la gran
familia de banqueros de Augsburgo. |