El Vellocino de Oro, en la Mitología Griega

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EL ORO Y EL HOMBRE EN LA HISTORIA

 

 

 
             
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Frixo, hijo del rey de Beocia, comarca de la Grecia oriental, había sido maltratado por su madrastra, así que su propia madre dispuso que su hermana y él escapasen a lomos de un carnero alado cuyo vellón era de oro puro, preciado don que ella habla recibido de Hermes (por servicios no precisados).

Difícilmente podría haber sido cómodo el viaje, porque el vellocino de oro tenía que pesar mucho incluso para un carnero proporcionado por Hermes. Ah parecer, Hele, la hermana de Frixo, se mateó y, careciendo de los medios de la aeronáutica moderna, cayó del carnero y se precipitó al mar. El paraje en donde se ahogó fue llamado Helesponto en su honor.

Frixo prosiguió el vuelo. Tras recorrer más de 1.000 Km. fue al fin depositado por el carnero en la Cólquida, una región emplazada en la orilla del extremo oriental del mar Negro. Dichoso de hallarse sano y salvo, sacrificó el carnero a Zeus y ofreció el vellocino al rey de la comarca, Eetes. Éste se mostró encantado porque un oráculo le había dicho que su vida dependía de la posesión de ese vellón.

En consecuencia, clavó el vellocino de oro en un árbol de un bosquecillo sagrado y contrató a un dragón enorme y sanguinario para que lo guardara. Mientras tanto, en la Grecia septentrional, un rey llamado Pelias decidió que había llegado el momento de desembarazarse de su sobrino Jasón, un joven apuesto y popular que reivindicaba el derecho de su familia al trono. Pelias dijo a Jasón que podría conseguirlo si antes realizaba una hazaña «apropiada para tu juventud e inalcanzable a mis años E...] Trae el vellocino del carnero de oro y conseguirás el reino y el cetro».

 Pelias nunca imaginó que Jasón triunfaría y volvería un día con su magnífica presa; al contrario, estaba seguro de que perecería en el camino o al menos en las fauces del dragón guardián. Jasón se apoderó del vellocino de oro con la ayuda de sus compañeros, los argonautas, pero sólo tras una larga serie de aventuras espeluznantes. Incluso habría fracasado de no haber sido por la ayuda de la hechicera Medea, hija de Eetes. Ella había sido alcanzada por un dardo de Eros y estaba locamente enamorada de Jasón, así que utilizó toda su arte de magia para llamar la atención de éste.

Jasón se sintió lo bastante tentado como para ofrecerse a llevarla consigo a Grecia, pero con la condición de que le ayudara a obtener el vellocino de oro. Aunque le amase mucho, Medea no quería ceder ante lo que podía ser un engaño.

«0h, extranjero! —le dijo—. ¡Jura por tus dioses y en presencia de tus amigos que no me abandonarás cuando me encuentre sola, extraña en tu tierra!» Jasón juró que la convertiría en su «legítima esposa» en cuanto llegaran a Grecia. Como tales juramentos tenían una garantía tan firme como la de los contratos escritos de nuestra época, Medea infundió al dragón un profundo sueño, mientras Jasón retiraba del árbol el vellocino de oro. La historia no tiene un final feliz, debido a la ambición de Jasón. Lo que le interesaba desde el principio era convertirse en rey de su patria.

Arriesgó su propia vida y la de sus compañeros en la búsqueda de una piel de carnero cubierta de polvo áureo. Utilizó a la hija de un rey para que le diera hijos y prometió casarse con ella. Cuando regresó a Grecia y descubrió que no podía acceder al trono, huyó con Medea a Corinto. Allí procedió a cortejar a la hija del rey Creonte, pero le dijo a su esposa que obraba así sólo porque Creonte había accedido a su compromiso matrimonial con la princesa.

Cuando Medea, in consolable, le recordó el solemne juramento que había hecho en la Cólquida, Jasón se justificó diciendo que sus hijos gozarían de un futuro espléndido ya que su prometida tenía en Corinto mejores relaciones sociales y políticas que Medea. El único alivio que le brindó fue algo de oro y el pedirle a unos amigos que le proporcionasen hospitalidad. Medea deshizo sus planes. Con una estratagema muy adecuada para la ocasión, confeccionó un espléndido traje con paño de oro y lo empapó en veneno. Luego lo ofreció a la novia. Encantada al contemplar semejante vestido, la desdichada joven se lo puso, sujetó a sus cabellos la guirnalda de oro y sufrió una muerte horrible.

Medea completó entonces su acto de venganza matando a sus propios hijos y escapó después por los aires en un carro tirado por un dragón al que había hechizado. Jasón, por su parte, se arrojó sobre su espada y pereció en el umbral de su casa. El oro del vellocino de Eetes había prometido poder a Jasón. Ese poder le ganó una princesa que le prometía un trono. Pero, al final, fue el oro lo que le arrebató tanto la novia como su futuro.

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