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Fridas, hijo de la gran diosa, era un
poderoso rey de Macedonia. Pero por muy poderoso y rico que fuera,
él deseaba gozar también de todos los placeres que brindaba este mundo.
Se había hecho construir un precioso jardín de rosas, unas aromáticas
tosas que crecían solas, sin la menor ayuda, y cada una de ellas posen
sesenta pétalos.
Había sido aún un niño muy pequeño cuando una adivina
le había dicho que llegaría a poseer una riqueza inmensa; un cortejo de
hormigas transportaban granos de trigo hasta su cuna para depositarlos
luego entre los labios del niño dormido.
Los compañeros de
Dionisos, el dios del
vino, desfilaron un día por el país. No dejaban de beber. Uno de ellos,
el viejo Sileno, tutor y amigo del propio dios, se quedó muy rezagado,
atrás de sus compañeros. embriagado por el vino, se acostó en el jardín
de rosas de Midas, deseaba dormir un poco. Pero fue descubierto por los
jardineros del rey y conducido a presencia de éste; previamente lo
hablan atado con guirnaldas de flores.
El anciano Sileno, sin embargo, le relató
al rey unas curiosas historias de lejanos países, de terribles remolinos
en el mar que se tragaban a todo el mundo, de árboles cuyos frutos
rejuvenecían a las personas hasta devolverle la infancia y hacerlas
desaparecer, finalmente, por completo. El rey no se cansaba jamás de
escuchar unos relatos tan maravillosos. Agasajó a su huésped durante una
semana, ordenando luego que fuese conducido hasta que pudiese reunirse
de nuevo con Dionisos.
El dios ya se había intranquilizado y
preocupado por la ausencia de su amigo. Felicísimo de tenerlo de nuevo a
su lado, lo abrazó con fuerza y le prometió al rey Midas la recompensa
que éste solicitase. En el rey renació de nuevo su antigua y desbordante
alegría, pero también su tremenda codicia. Desearía que todo lo que
toque se convierta en oro», hizo llegar a Dionisos. Apenas hubo
pronunciado estas palabras cuando su deseo ya se había convertido en
realidad; quebró la ramita de un árbol y la ramita se solidificó
convertida en oro puro; levantó una piedra del suelo y ya tenía un
pedazo compacto de oro en la mano; si cogía una manzana del árbol, el
fruto se convertía inmediatamente en oro, precioso y brillante.
El rey rebosaba de felicidad, se sentó
satisfecho a la mesa lujosamente puesta y adornada. Deseaba comer algo.
La mesa casi se doblaba del peso que soportaba, tan cargada estaba de
suculentos manjares y de los mejores vinos. Pero he aquí que cuando
quiso probar uno de los manjares, éste se convirtió inmediatamente en
oro macizo. El pan y la carne quedaron como petrificados en su boca, no
eran ahora más que un metal incomestible. Y cuando deseó beber un poco
de aquel vino generoso, el oro fluyó garganta abato. Sólo ahora
reconoció cuán insensato había sido su deseo. Completamente desesperado,
rezó una oración dirigida al dios Dionisos, rogando lo liberase de
aquella maldición. Y el dios se compadeció de él, diciéndole: »Dirígete
a la montaña y busca la fuente del río llamado Pactolo.
Sumerge tu desgraciada cabeza y lávala en
las aguas de esa fuente». El rey obedeció al instante esta orden divina;
y apenas se hubo lavado su cabeza en las aguas de la fuente cuando la
maldición lo abandonó. El agua del río adquirió entonces una coloración
dorada, el rey era libre, parecía felicísimo y su locura lo había
abandonado. Pero la arena del río sigue siendo, todavía hoy, muy rica en
pepitas de oro.
Después de haberse librado de la terrible
maldición del oro, el rey Midas se alejó de su palacio y se mantuvo
apartado, vivía en los bosques y tierras de Pan, el dios de los bosques
y pastos, huyendo de todo lo que fuese pompa y lujo.
Pero el insensato corazón del rey no había
sanado aún del todo. Al alabar las ninfas la forma rústica con que Pan
tocaba la flauta e interpretaba las canciones, el dios de los bosques
osó competir con el dios Apolo, a quien nadie había logrado vencer con
su música. Pan retó al dios estaba orgulloso de los bárbaros sonidos que
producía con su flauta y eso le hizo ser temerario. Los tonos que Apolo
arrancaba de su flauta eran dulces y delicados, mientras los de Pan
sonaban desganados y desfigurados. El dios de los ríos, Etmolo, que
actuaba como árbitro, concedió la victoria a Apolo, mientras el
imprudente Midas alababa exageradamente los rústicos sonidos de Pan.
El joven Apolo se encolerizó, enfurecido
por los oídos sordos de Midas, y los maldijo. Las orejas de Midas
empezaron a crecer y crecer y a perder su forma humana cada vez eran más
y más largas, creciendo hacia arriba, y se cubrieron finalmente de pelos
blancos; al rey Midas le habían crecido orejas de asno, el resto de su
cuerpo conservó la figura humana. Avergonzado y consternado, Midas
intentó ocultar sus orejas a la gente; cubrió su cabeza con una gran
capucha.
Sólo su barbero, quien de vez en cuando
tenia que cortarle el pelo, notó que las orejas de su señor eran como
las de un asno. Pero por temor a perder la vida, nunca se atrevió a
decirlo a nadie. Este secreto, sin embargo, era una pesada carga para su
alma, él solo no podía soportarla. Por este motivo, un día se deslizó
cautelosamente hasta la orilla del río, excavó allí un profundo hoyo y
susurró su secreto al fondo de aquel hoyo, luego volvió a llenarlo de
tierra. Pero al poco tiempo empezaron a crecer juncos encima mismo del
hoyo que había sido cegado con tierra, y cada vez que el viento se
deslizaba suavemente por el juncar, los juncos se doblaban y susurraban
quedamente:
«El rey Midas posee orejas de asno, el rey
Midas posee orejas de asno». Todo aquel que pasase por aquel lugar podía
escuchar con toda claridad aquel secreto real, tan bien ocultado hasta
entonces, de forma que al poco tiempo dejó de ser un secreto» Al
enterarse el rey de lo que sucedía, le impuso al barbero la pena de
muerte. Pero él bebió la sangre de un toro, falleciendo poco tiempo
después.
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