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Estar
o verse condenado al ostracismo puede ocurrirle a cualquiera. Un cambio
político, una absorción empresarial, una pérdida de la mayoría en un
departamento universitario o en una asociación de cualquier tipo, una caída en
desgracia, y de la noche a la mañana se queda uno fuera de juego, aparcado,
ninguneado, al menos temporalmente. Esa es la condena al ostracismo: justa,
injusta, lógica, absurda, siempre deprimente.
El
origen de esta expresión está en una de las leyes que componían lo que hoy se
llamaría paquete de medidas que la Asamblea ateniense promulgó a instancias de
Clístenes cuando se acabó con la tiranía de Prisístato y de su hijo Hipias, a
finales del s. VI a.C. La ley establecía la pena de destierro para aquellos
políticos que fueran encontrados culpables de acumular un exceso de poder.
El
término ostracismo procede de la mecánica de esa condena, que se realizaba
mediante votación. En esta se empleaba un curioso tipo de papeleta: un trozo de
vasija de barro. Por analogía, estos trozos reciben en griego el nombre de
óstraca (literalmente conchas). En el Ágora de Atenas debía de haberlas para dar
y tomar, pues estaba al lado del barrio de los alfareros, el famoso Cerámico,
situado al pie de la Acrópolis. Una vez al año se planteaba en una sesión
ordinaria de la Asamblea (Ecclesía) la cuestión del ostracismo. Los ciudadanos
grababan en los óstraca, con cualquier objeto punzante, el nombre del que
consideraban merecedor del castigo. Para la condena se necesitaban 6.000 votos,
aproximadamente los dos tercios del censo de ciudadanos (politat).
Grandes protagonistas de la historia de Atenas sufrieron esta condena, como
Arístides, Temístocles y Cimón. A propósito de la condena de Arístides (hacia
484 a.C.) cuenta Plutarco una anécdota muy ilustrativa: Estaban en la operación
de escribir las conchas, cuando se dice que un hombre del campo, que no sabía
escribir, le alcanzó una a Arístides, a quien casualmente tenía al lado, y le
encargó que escribiese Arístides; y como éste se sorprendiese y le preguntase si
le había hecho algún agravio: “Ninguno —respondió—, ni siquiera le conozco, pero
ya estoy fastidiado de oír continuamente que le llaman el justo’~. Oído esto,
Arístides nada le contestó y escribiendo su nombre en la concha, se la devolvió
(Vidas paralelas:Arístides, VII).
Contra la corrupción: Aristóteles, al
explicar la Constitución de Atenas, dice que dos años después de la victoria de
Maratón (490 a.C.), confiada ya la democracia en su fuerza, se utilizó por
primera vez la ley relativa al ostracismo, que había sido promulgada por recelo
de los que estuvieran en el poder... El primero a quien se aplicó el ostracismo
fue a un pariente de Prisístato (XXII,3). El mismo autor amplía en su Política
la justificación de la oportunidad de este tipo de medidas: “Un punto igualmente
importante en la democracia y en la oligarquía, en una palabra, en todo
gobierno, es cuidar de que no surja en el Estado alguna superioridad
desproporcionada... Porque el poder es corruptor y no todos los hombres son
capaces de mantenerse puros en medio de la prosperidad... Es, sobre todo, por
medio de las leyes como conviene evitar la formación de estas personalidades
temibles, que se apoyan ya en la gran riqueza, ya en las fuerzas de un partido
numeroso. Cuando no se ha podido impedir su formación, es preciso trabajar para
que vayan a probar sus fuerzas al extranjero...” ¡Qué sabios, estos griegos!
Revista: La ventura de la Historia
Josè Antonio Monje
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