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El fuerte auge experimentado por
las ideas y organizaciones pacifistas después de la Segunda Guerra Mundial llega
a su cenit en los años ochenta del siglo XX, debido al desarrollo de las armas
nucleares y a la importancia que adquieren las cuestiones vinculadas a la
seguridad de las personas en la formación de los movimientos sociales.
Protestas pacifistas desnudándose
Los
significados del pacifismo están asociados a diferentes ideologías y
orientaciones para la acción, desde las creencias religiosas de los primitivos
cristianos y el budismo, ¡as ideas liberales favorables a la reconciliación
internacional que proponen trasladar el modelo del Estado liberal a las
relaciones interestatales y las del pacifismo radical contemporáneo. Este último
surge a raíz de ¡a industrialización de los países occidentales y la expansión
mundial de sus Estados, y engloba aquellas ideas, actitudes y movimientos que
rechazan el uso de la violencia y la guerra en cualquier circunstancia.
Una
variante inicial es el pacifismo social, que se centra en las causas sociales de
la guerra, expresa el descontento de los obreros y campesinos y denuncia el
servicio militar. El pacifismo radical ha estado vinculado al anarquismo y a
personajes como Goodwin, Proudhon, Thoreau, Dewey, Ghandi, Shelley y Tolstoi. Se
funda en la interdependencia entre medios y fines en política (que exige
renunciar a la violencia incluso para imponer la paz y cuestiona el derecho a la
guerra justa), considera legítimo el uso de la fuerza no violenta en defensa de
la paz, y tiene como principal estrategia la desobediencia civil. La difusión
del pacifismo también tiene un componente institucional importante. debido a la
proliferación de organismos internacionales en
defensa de la paz. La interrelación que existe entre los movimientos sociales
contemporáneos se manifiesta desde la campaña por el desarme nuclear, que
promueve algunas de las movilizaciones de los años cincuenta, al movimiento
contra la guerra de Vietnam y el antinuclear, que han impulsado a organizaciones
estudiantiles y ecologistas en las décadas de los sesenta y de los ochenta.
El movimiento antinuclear
El
antinuclear es el movimiento por excelencia de la modernidad, por cuanto toda su
dinámica interna gira, encubierta o abiertamente, en torno al conflicto de sus
únicos valores universales: la libertad y la vida. La consideración de ambos
aspectos como «valores universales» no significa que sean inconcebibles los
conflictos y choques entre ellos en forma teórica o práctica; más bien al
contrario. La breve historia de la mo dernidad está llena de tales polémicas,
que incorporan distintos niveles de discusión:
el
nivel cotidiano, el nivel de la nación, la clase y otras integraciones
superiores y el nivel de la humanidad. La esencia de la cultura moderna se
perderla si se considerase como mera hipocresía la evidente tensión entre los
genocidios cometidos regularmente bajo su égida, a veces a una escala sin
precedentes, y el reconocimiento por consenso social de los valores universales
de la libertad y la vida. Es precisamente esta dualidad, esta trágica tensión,
la que provoca los constantes esfuerzos por redefinir el grado permisible y no
permisible, respectivamente, de los actos violentos colectivos, que en ocasiones
dan lugar a autoridades punitivas en sí mismas, incompatibles con las reglas del
juego establecidas por esta civilización. En el discurso generalizado acerca del
supuestamente inminente holocausto nuclear, que absorbe por igual a la vida
académica, la pantalla de televisión y la prensa, el conflicto global de la vida
y la libertad ha alcanzado el nivel de antinomia. En consecuencia, tanto la
libertad como la vida tienden a perder su carácter de valor universal. Es una
antinomia precisamente porque no es posible escoger uno de los dos polos, y algo
que no se puede escoger difícilmente puede ser un valor universal. Sin embargo,
hay un peligro más grave: la autobarbarización de nuestra cultura.
Por
un lado, no se puede optar por la libertad frente a la vida en un sentido
general. Donde no hay vida, tampoco hay libertad. Todos aquellos que conciben la
bomba como una fuerza de disuasión, es decir, la consideran un arma con la que
debería librarse una guerra total, por muy amantes de la libertad que sean sus
motivos, destruyen teóricamente la libertad, además de la moral.
El
movimiento antinuclear se basa en la crítica, y en última instancia el rechazo,
de la fuerza de disuasión. El rechazo puede ser inmediato y unilateral, o su
abolición concebida como resultado de un largo proceso. Existe una
identificación, muy extendida y extremadamente errónea, de las posturas
pacifistas con las antinucleares. Aunque es obvio que, por definición, todos los
pacifistas tienen que ser antinucleares, o contrario no es cierto. De hecho, hay
dos tipos de militantes antinucleares que no son pacifistas: los nacionalistas y
los revolucionarios para quienes «las justas guerras de los pueblos oprimidos»
son actos loables.
El
pacifista, en los tiempos actuales, no representa un tipo homogéneo, unificado.
Las esperanzas iniciales del pacifismo en la temprana Ilustración, la promesa de
que el racionalismo, el liberalismo y la industria (individual o conjuntamente)
traerían la paz eterna, en la actualidad están evidentemente muertas. El
pacifismo se ha vuelto mucho más resignado o mucho más radical.
El
tipo de pacifista escéptico está representado por Bertrand Russell, autor de la
fórmula «Más vale rojo que muerto», claramente partidaria del valor universal de
la vida frente al valor universal de la libertad. El contexto de esta dudosísima
sabiduría es un excesivo escepticismo. No se puede saber, sugiere el escéptico,
qué es ser libre, qué vale la libertad, ni cuál es el valor de los preceptos
morales sugeridos por diversos profetas. Pero al menos se puede saber con
certeza dónde termina la vida, dónde comienza la muerte. Mientras haya vida se
pueden recomenzar los esfuerzos por recuperar la libertad. Un tipo de pacifista
diferente, radical, está representado por Lessing, Tolstoi y Gandhi: son los
hombres del gran rechazo.
A
pesar de las leyendas, su postura no es la del sacrificio del valor de la
libertad a favor de la vida. Su concepción del pacifismo (compartida por ellos
sin interconexiones filológicas) es resumida por Lessing: la desobediencia
pacífica frente a los poderes opresivos anula su fuerza opresiva. El poder no es
una entidad mítica. Nosotros somos poder; con nuestra sumisión y colaboración
con tiranos y opresores. Sin nuestra sumisión no hay tiranía. Lo que predicaba
Gandhi, y que al parecer estaba más allá del aguante humano en general, era una
desobediencia no violenta, pero total, frente a los poderes tiránicos, que
frenara por completo a estos últimos. En cierto modo, esta idea aparentemente
infantil encierra una profunda sabiduría. Las grandes revoluciones políticas
transcurren, la mayoría de las veces, pacíficamente; cuando la desobediencia
general paraliza la maquinaria de la opresión, cuando la transformación es no
violenta porque los órganos de coacción dejan de obedecer las Órdenes. Sin
embargo, este modelo no puede servir a los fines de los movimientos y tendencias
antinucleares occidentales porque sólo es apropiado en condiciones de tiranía
política. Hay que mantener la unidad de la libertad y la vida como valores
universales, como medidas comunes del nivel de humanidad de nuestra
civilización. El deber de los movimientos sociales, que son conscientes de los
peligros actuales pero que quieren transformar el presente estado de cosas, es
precisamente reformular los problemas mediante la creación de un nuevo campo
social de alternativas.
El
crecimiento y fortalecimiento del movimiento antinuclear no es el resultado de
un peligro inminente de choque nuclear global entre las superpotencias. Es más
bien la poderosa reacción simbólica de amplias capas de la sociedad occidental
ante tres acontecimientos de la pasada década, cruciales y relacionados entre
sí: la depresión económica global (que también significa la erosión de diversos
beneficios y valores fundamentales del modo de vida occidental), el fin de la
hegemonía global estadounidense y la desaparición de toda esperanza en un nuevo
mundo o un socialismo reformado.
Breve reseña histórica
Numerosos
han sido los proyectos de paz perpetua mediante federaciones de Estados, desde
Enrique IV, Leibniz y el abate de SaintPierre, a J. Rousseau, Bentham, Kant,
Saint-Simon, etc. A partir de mediados del siglo XIX, la idea de crear un
organismo de arbitraje entre Estados, se desarrolló en los congresos
internacionales reunidos por la sociedad londinense de Amigos de la Paz (1847).
Frédéric Passy fundó la Liga Internacional y Permanente de la Paz (1867); en
1901 recibió el primer premio Nobel de la paz, junto con Henri Dunant. Tras la
creación, en Berna, de la Oficina Internacional para la Paz (1892), a instancias
de Nicolás II se reunió una conferencia para la paz en La Haya (1899), seguida
por una segunda, celebrada en la misma ciudad en 1907. De ella surgió la
institución de un tribunal de arbitraje. Entonces, el pacifismo fue
esencialmente defendido por las organiza-iones obreras y socialistas, pero ante
el estallido de la Primera Guerra Mundial olvidaron sus planteamientos, que
fueron recogidos por la izquierda socialista y el comunismo. La Sociedad de
Naciones, creada después de la contienda con el objetivo e mantener la paz
mediante la solución pacífica de los conflictos, fundó el Tribunal Permanente de
Justicia Internacional (1920), que funcionó de 1922 a 1945, fecha en que la
Organización de las Naciones Unidas (ONU) instaló en su lugar el Tribunal
Internacional de Justicia. Tras la Segunda Guerra Mundial, ante la amenaza de
guerra nuclear, se formaron varios movimientos de la paz (1950), el Instituto
internacional de Estocolmo de Investigaciones por la Paz (SIPRI), en 1966, los
Combatientes de la Paz y el Congreso Mundial de la Paz. Mientras, la ONU
organizaba sus propios foros de discusión y las grandes potencias, las
conferencias de desarme de Ginebra.
La presión del movimiento pacifista mundial
en su oposición a la carrera armamentista y, más particularmente, a la
implantación de misiles en Europa, logró una gran victoria, en este sentido, al
crear un clima pacifista que llevó a los acuerdos de desarme de 1987, firmados
entre el presidente estadounidense Ronald Reagan y el de la antigua Unión
Soviética, Mijail Gorbachov. Actualmente, el pacifismo de la sociedad civil es
un denominador común de diversos movimientos: pacifistas en sentido estricto,
que consideran la guerra como un crimen colectivo; no violentos, que proponen
una defensa basada en la resistencia pasiva; ecologistas, que condenan la
energía nuclear bajo todas sus formas; antimilitaristas, hostiles a la
institución militar; objetores de conciencia; feministas, y un gran número de
partidarios de los derechos del hombre, así como diversos institutos e
instituciones culturales no gubernamentales. |