Protestas pacifistas desnudándose Los significados del pacifismo están asociados a diferentes ideologías y orientaciones para la acción, desde las creencias religiosas de los primitivos cristianos y el budismo, ¡as ideas liberales favorables a la reconciliación internacional que proponen trasladar el modelo del Estado liberal a las relaciones interestatales y las del pacifismo radical contemporáneo. Este último surge a raíz de ¡a industrialización de los países occidentales y la expansión mundial de sus Estados, y engloba aquellas ideas, actitudes y movimientos que rechazan el uso de la violencia y la guerra en cualquier circunstancia. Una variante inicial es el pacifismo social, que se centra en las causas sociales de la guerra, expresa el descontento de los obreros y campesinos y denuncia el servicio militar. El pacifismo radical ha estado vinculado al anarquismo y a personajes como Goodwin, Proudhon, Thoreau, Dewey, Ghandi, Shelley y Tolstoi. Se funda en la interdependencia entre medios y fines en política (que exige renunciar a la violencia incluso para imponer la paz y cuestiona el derecho a la guerra justa), considera legítimo el uso de la fuerza no violenta en defensa de la paz, y tiene como principal estrategia la desobediencia civil. La difusión del pacifismo también tiene un componente institucional importante. debido a la proliferación de organismos internacionales en defensa de la paz. La interrelación que existe entre los movimientos sociales contemporáneos se manifiesta desde la campaña por el desarme nuclear, que promueve algunas de las movilizaciones de los años cincuenta, al movimiento contra la guerra de Vietnam y el antinuclear, que han impulsado a organizaciones estudiantiles y ecologistas en las décadas de los sesenta y de los ochenta. El movimiento antinuclear
el nivel cotidiano, el nivel de la nación, la clase y otras integraciones superiores y el nivel de la humanidad. La esencia de la cultura moderna se perderla si se considerase como mera hipocresía la evidente tensión entre los genocidios cometidos regularmente bajo su égida, a veces a una escala sin precedentes, y el reconocimiento por consenso social de los valores universales de la libertad y la vida. Es precisamente esta dualidad, esta trágica tensión, la que provoca los constantes esfuerzos por redefinir el grado permisible y no permisible, respectivamente, de los actos violentos colectivos, que en ocasiones dan lugar a autoridades punitivas en sí mismas, incompatibles con las reglas del juego establecidas por esta civilización. En el discurso generalizado acerca del supuestamente inminente holocausto nuclear, que absorbe por igual a la vida académica, la pantalla de televisión y la prensa, el conflicto global de la vida y la libertad ha alcanzado el nivel de antinomia. En consecuencia, tanto la libertad como la vida tienden a perder su carácter de valor universal. Es una antinomia precisamente porque no es posible escoger uno de los dos polos, y algo que no se puede escoger difícilmente puede ser un valor universal. Sin embargo, hay un peligro más grave: la autobarbarización de nuestra cultura. Por un lado, no se puede optar por la libertad frente a la vida en un sentido general. Donde no hay vida, tampoco hay libertad. Todos aquellos que conciben la bomba como una fuerza de disuasión, es decir, la consideran un arma con la que debería librarse una guerra total, por muy amantes de la libertad que sean sus motivos, destruyen teóricamente la libertad, además de la moral. El movimiento antinuclear se basa en la crítica, y en última instancia el rechazo, de la fuerza de disuasión. El rechazo puede ser inmediato y unilateral, o su abolición concebida como resultado de un largo proceso. Existe una identificación, muy extendida y extremadamente errónea, de las posturas pacifistas con las antinucleares. Aunque es obvio que, por definición, todos los pacifistas tienen que ser antinucleares, o contrario no es cierto. De hecho, hay dos tipos de militantes antinucleares que no son pacifistas: los nacionalistas y los revolucionarios para quienes «las justas guerras de los pueblos oprimidos» son actos loables. El pacifista, en los tiempos actuales, no representa un tipo homogéneo, unificado. Las esperanzas iniciales del pacifismo en la temprana Ilustración, la promesa de que el racionalismo, el liberalismo y la industria (individual o conjuntamente) traerían la paz eterna, en la actualidad están evidentemente muertas. El pacifismo se ha vuelto mucho más resignado o mucho más radical. El tipo de pacifista escéptico está representado por Bertrand Russell, autor de la fórmula «Más vale rojo que muerto», claramente partidaria del valor universal de la vida frente al valor universal de la libertad. El contexto de esta dudosísima sabiduría es un excesivo escepticismo. No se puede saber, sugiere el escéptico, qué es ser libre, qué vale la libertad, ni cuál es el valor de los preceptos morales sugeridos por diversos profetas. Pero al menos se puede saber con certeza dónde termina la vida, dónde comienza la muerte. Mientras haya vida se pueden recomenzar los esfuerzos por recuperar la libertad. Un tipo de pacifista diferente, radical, está representado por Lessing, Tolstoi y Gandhi: son los hombres del gran rechazo. A pesar de las leyendas, su postura no es la del sacrificio del valor de la libertad a favor de la vida. Su concepción del pacifismo (compartida por ellos sin interconexiones filológicas) es resumida por Lessing: la desobediencia pacífica frente a los poderes opresivos anula su fuerza opresiva. El poder no es una entidad mítica. Nosotros somos poder; con nuestra sumisión y colaboración con tiranos y opresores. Sin nuestra sumisión no hay tiranía. Lo que predicaba Gandhi, y que al parecer estaba más allá del aguante humano en general, era una desobediencia no violenta, pero total, frente a los poderes tiránicos, que frenara por completo a estos últimos. En cierto modo, esta idea aparentemente infantil encierra una profunda sabiduría. Las grandes revoluciones políticas transcurren, la mayoría de las veces, pacíficamente; cuando la desobediencia general paraliza la maquinaria de la opresión, cuando la transformación es no violenta porque los órganos de coacción dejan de obedecer las Órdenes. Sin embargo, este modelo no puede servir a los fines de los movimientos y tendencias antinucleares occidentales porque sólo es apropiado en condiciones de tiranía política. Hay que mantener la unidad de la libertad y la vida como valores universales, como medidas comunes del nivel de humanidad de nuestra civilización. El deber de los movimientos sociales, que son conscientes de los peligros actuales pero que quieren transformar el presente estado de cosas, es precisamente reformular los problemas mediante la creación de un nuevo campo social de alternativas. El crecimiento y fortalecimiento del movimiento antinuclear no es el resultado de un peligro inminente de choque nuclear global entre las superpotencias. Es más bien la poderosa reacción simbólica de amplias capas de la sociedad occidental ante tres acontecimientos de la pasada década, cruciales y relacionados entre sí: la depresión económica global (que también significa la erosión de diversos beneficios y valores fundamentales del modo de vida occidental), el fin de la hegemonía global estadounidense y la desaparición de toda esperanza en un nuevo mundo o un socialismo reformado. Breve reseña histórica
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