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Padre Mario: Elegido por Dios
A casi dos décadas de la muerte del Padre Mario, miles de devotos que tuvieron
la oportunidad de presenciar la gran labor humanitaria que realizaba el
sacerdote, continúan en la actualidad llevando adelante los proyectos en los que
él había depositado su sueño, para mejorar la vida de los más humildes,
vulnerables y necesitados.
Por ello, desde la página web oficial de la Fundación Padre Mario, las
autoridades de la entidad sin fines de lucro aseguran: “Todos somos la Obra del
Padre Mario”.
En definitiva su mensaje logró trascender más allá de su muerte física, y sus
seguidores comprendieron las palabras que siempre repetía el sacerdote: “Si el
hombre no puede ser amigo del hombre, jamás podrá ser amigo de Dios”.
Giuseppe Mario Pantaleón, tal su nombre completo, había nacido el 1 de agosto de
1915 en Italia, pero debido a la pobreza que debieron enfrentar sus padres luego
de la Primera Guerra Mundial, decidieron zarpar hacia la Argentina, en busca de
mejores oportunidades.
Giuseppe era muy pequeño cuando su familia se radicó en la ciudad de Alta
Gracia, provincia de Córdoba, por lo que siempre se consideró un verdadero
argentino, ya que pasó gran parte de su vida en estas tierras.
Una vez que la familia llegó al nuevo continente, decidieron que lo mejor era
enviar al pequeño Giuseppe Mario a un colegio salesiano con modalidad de
internado. Allí pasó casi toda su niñez y adolescencia, prácticamente sin
mantener contacto con sus padres y sus hermanos, y observando cómo crecía
vertiginosamente su fe en Dios.
Para continuar su educación, en 1931 los padres de Mario decidieron que viajara
a Italia para ingresar al seminario de Arezzo, y finalmente el 3 de diciembre de
1944 finaliza sus estudios en el seminario de Matera, y a partir no sólo
comienza a oficiar misas, sino también a llamarse definitivamente José Mario
Pantaleón.
Mientras continuaba en Italia añoraba una tierra que en realidad no había tenido
la oportunidad de conocer, pero ansiaba con volver a la Argentina. Por ello,
cuando en 1948 llegó a sus oídos la noticia de que eran requeridos sacerdotes
para la Argentina, el Padre Mario no dudo en ofrecerse. De esta forma, el 4 de
marzo de ese año, Pantaleón desembarca otra vez en el nuevo continente, pero en
esta oportunidad para pasar el resto de su vida.
A su llegada, fue designado para trabajar en la iglesia de San Pedro en Casilda,
y como capellán del Hospital Provincial de Rosario. Fue precisamente en ese
lugar donde el Padre Mario llegó a conocer a un grupo de personas que a partir
de ese momento estuvieron ligadas para siempre a él, colaborando con su obra,
como es el caso de Perla Garaveli, a quien Pantaleón logró curar y que luego se
convirtió en su principal ayudante.
Diez años después, precisamente en 1958, fue el momento en que el Padre Mario
comenzó a ser conocido por todos como el cura sanador, en momento en que se
encontraba realizando su labor en los Hospitales Ferroviario y Santojanni. Sus
curaciones hicieron que cada vez más devotos se acercaran a verlo para
solicitarle ser sanados. Por ello, Pantaleón decidió buscar un espacio para
comenzar su obra. Ese lugar fue González Catán.
Allí pasó el resto de su vida y fue también donde comenzó a moldear su obra que
aún continúa, y a través de la cual se crearon dos fundaciones humanitarias, un
colegio primario y secundario, un jardín de infantes, una escuela para
discapacitados, un polideportivo, un centro de atención a mayores, un centro de
capacitación laboral, una panadería y fábrica de pastas manejada por personas
discapacitadas, un centro médico, una guardería para hijos de mujeres
trabajadoras, una biblioteca con miles de títulos y un taller textil.
Sin embargo, su constante labor humanitaria fue quizás de alguna manera opacada
por otra de sus facetas: el don que poseía para poder curar a través de la
imposición de manos. Por ello, era habitual ver grandes filas de automóviles,
micros y gente a pie que se acercaba hasta la morada del Padre Mario para poder
verlo, tener contacto y finalmente sanar.
Entre anónimos también se mezclaban figuras famosas del país, como el
historiador Félix Luna, el escritor Ernesto Sábato, el pintor Raúl Soldi y el ex
presidente Carlos Menem, entre muchos otros.
Pocos comprendieron la verdadera dimensión del poder de su don, y cuando le
preguntaban, con toda la humildad que lo caracterizaba él respondía: “Tengo el
poder de diagnosticar y curar porque Dios lo dispuso. Soy un brujito malandra
que tiene a Dios de su lado”.
A pocos días de haber cumplido los 77 años, precisamente el 19 de agosto de
1992, el padre José Mario Pantaleón dejó la vida terrenal, pero sabiendo que su
obra continuaría gracias a sus colaboradores.
Hoy un gran grupo de voluntarios, directivos, amigos, trabajadores, empresarios,
donantes, funcionarios y miembros de toda la comunidad han asumido la
responsabilidad de continuar el trabajo del sacerdote, mientras él seguramente
los mira desde el cielo.
Fuente Consultada:
Graciela Marker Para Planeta Sedna |