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EL GRAN VIOLINISTA
ITALIANO:
Compositor
italiano y virtuoso del violín. Nació en Génova el 27 de octubre de
1782. Considerado un genio de la música. Su padre le compró un
violín de segunda mano, y con él el pequeño Niccoló descubría aspectos
insospechados del arte musical.
Estudió con músicos locales y a los cuatro años conocía perfectamente los
rudimentos de la música. Su habilidad en tocar el violín era
extraordinaria. Tenía largos dedos y largos brazos lo que le
permitió hacerse construir un arco más largo de lo normal y abarcar
más espacio en las cuerdas.
Tenía doce años cuando su padre le
mandó al maestro Alessandro Rolla para que siguiese sus lecciones. A
los pocos días el maestro vio que Paganini seguía a primera vista un
concierto, harto difícil, y no pudo menos de decirle: -Has venido
para aprender; pero no tengo nada que enseñarte.
Hizo su primera aparición pública a
los nueve años y realizó una gira por varias ciudades de Lombardía a
los trece. No obstante, hasta 1813 no se le consideró un virtuoso
del violín. En 1801 compuso más de veinte obras en las que combina
la guitarra con otros instrumentos. De 1805 a 1813 fue director
musical en la corte de Maria Anna Elisa Bacciocchi, princesa de
Lucca y hermana de Napoleón.
Niccolo sentía una sensación de abuso
por parte de su padre que manejaba sus presentaciones y a la vez el
dinero. Éste siempre le mangoneó y se aprovechó de él para conseguir
pingües beneficios. Harto de todo, Paganini se lanzó a una carrera
de desenfreno en la que todo tenía cabida, derrochando en el juego
el dinero conseguido con los conciertos.
Tras estos breves años de disipación y
desidia, abandonó todo para irse a vivir con una noble italiana,
bastante mayor que él, y deseaba dejar la música para dedicarse a al
agricultura. Cuando sucede esto aún no tiene ni veinte años, y ya ha
vivido momentos de grandes excesos que más adelante le pasarán
factura.
Una anécdota de Paganini: En Ferrara, una tal Pallerini, de
oficio bailarina, había cantado en sustitución de la soprano
Marcolini, ídolo del público, que se encontraba indispuesta; los
espectadores la silbaron y Paganini, a quien le tocaba actuar
inmediatamente, decidió vengarla.
Ante el público y con su violín
imitó el trino de diversos pájaros, el grito de diferentes animales
y por fin el rebuznar del asno, y dijo: -Ésta es la voz de aquellos
que han silbado a la Pallerini.
El alboroto que se armó fue muy grande
y Paganini
tuvo que presentar excusas y no volvió a tocar en Ferrara.
Era tan extraordinaria la habilidad de
Paganini al tocar el violín, que se creyó que no era posible haberlo
alcanzado por medios naturales y se creó una leyenda a su alrededor.
Se dijo que Paganini había matado a un rival y condenado por ello a
presidio y que en él había pactado con el diablo entregándole su
alma a cambio de la libertad y la maravillosa técnica violinista que
mostraba. El vulgo creyó en la leyenda y no faltó quien asegurase
que, durante un concierto, había visto con sus propios ojos al
diablo al lado del violinista ayudándole en los momentos difíciles.
Tuvo fama de avaro, y no era verdad.
No fue dispendioso, pero tampoco avariento, como lo prueba el caso
de Berlioz, que era entonces un desconocido, y que a duras penas
consiguió que en un concierto se ejecutara su misa. En la sala se
encontraba Paganini, quien se dio cuenta en seguida del valor del
joven compositor. Cuando terminó el concierto fue a verle, se
arrodilló a sus pies -no se olvide que se estaba en la época
romántica y estas efusiones hoy risibles eran corrientes entonces y
le dijo que era el rey de los músicos. No contento con esto, aquella
misma noche hizo llegar a Berlioz un pagaré de veinte mil francos
contra la Banca Rothschild para ayudarle económicamente.
A Paganini le molestaba mucho que le
invitasen a comer para luego tener que ejecutar algunas piezas
gratis ante sus anfitriones. Cuando le invitaban y le decían: «No
olvide el violín», respondía invariablemente: -Mi violín no come
nunca fuera de casa.
Se unió sentimentalmente -como ahora
suele decirse a una cantante llamada Antonia Bianchi, de la que tuvo
un hijo al que llamó Aquiles.
Un día, cuando estaba en Milán, pasó
por una calle y un tentador olor a pescado frito le llamó la
atención y se dispuso a entrar en el local cuando el dueño del
mismo, señalando el estuche de su violín del que casi nunca se
separaba, le mostró al mismo tiempo un letrero fijado en la puerta:
«Prohibida la entrada a los músicos ambulantes.» Y aquel día
Paganini no comió pescado frito.
Durante su estancia en París, en 1831,
en la cual cosechó triunfos muy sonados, tuvo una noche que alquilar
un coche de punto para que le llevase a la sala donde debía dar el
concierto. Al llegar allí le preguntó al cochero:
-¿Cuánto le debo?
-Veinte francos. -¿Veinte francos? ¿Tan caros son los coches en
París? -Mi querido señor -respondió el cochero, que le había
reconocido-. Cuando se ganan cuatro mil francos en una noche por
tocar con una sola cuerda, se pueden pagar veinte francos por una
carrera.
Paganini se enteró por el portero de la sala del precio
justo y volvió al coche. -He aquí los dos francos, que es lo que
le debo; los otros dieciocho se los daré cuando sepa conducir el
coche con una sola rueda.
Era vanidoso, pero se reía de su propia
vanidad. Un día, conversando con un pianista, éste le dijo que, en
un concierto que había dado, el gentío era tan numeroso que ocupaba
los pasillos del local. -Esto no es nada -replicó Paganini-: cuando
yo doy un recital hay tanta gente que hasta yo debo estar de pie.
Sobre su muerte corrieron muchas
versiones. Una de ellas aseguraba que el sacerdote que le atendía en
sus últimos momentos, influido por la leyenda demoníaca que
aureolaba al gran músico, le preguntó qué contenía, en realidad, el
estuche de su violín. Paganini se incorporó en el lecho gritando:
-¡El diablo! ¡Esto es lo que contiene, el demonio! y tomando el violín en sus manos lo
empezó a tocar hasta que lo lanzó contra la pared, expirando al
tiempo que el instrumento se rompía. La historia es falsa. El violín
de Paganini se conserva, en el museo de Génova.
Lo cierto es que, aquejado de
laringitis tuberculosa, el músico se trasladó a Niza y de allí a
Génova. Vuelto a Niza, murió allí el 27 de mayo de 1840. Tenía 56
años. Pero también es verdad que su fama de endemoniado le persiguió
después de su muerte.
El obispo de Niza le negó la sepultura
eclesiástica y tuvo que ser enterrado en el cementerio del lazareto
de Villefranche. Su cadáver fue trasladado después por su hijo
Aquiles a varias poblaciones hasta encontrar definitivo reposo en el
cementerio de Parma.
Fuente Consultada:
Historias de las Historia de Carlos Fisas |