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La
grandiosidad y el esplendor caracterizaron todas las artes en el siglo de
Luis XIV El Estado
utilizaba el arte como un medio para realzar la gloria de Francia a través de la
figura de su monarca, el Rey Sol, y de la decoración de sus edificios privados y
públicos. Aunque cualquier tipo de control de las ideas artísticas suele ahogar
la creatividad, el arte oficial francés DE la segunda mitad del siglo XVII se
caracteriza por una suprema magnificencia y autoafirmación de su realidad.
Desde
la invasión de Italia por Carlos VIII en 1494, Francia deseaba imitar las
grandes obras del Renacimiento italiano, por lo que la influencia de los
artistas de este país fue notabilísima durante todo el siglo XVI. Italianos
fueron los decoradores del palacio de Fontainebleau (a partir de 1530), y los
proyectos de los arquitectos peninsulares ejercieron un decisivo influjo en los
franceses.
Aunque desde 1560 puede hablarse de una escuela de arquitectos francesa, siguió
recurriéndose a pintores y escultores extranjeros hasta muy avanzado el siglo
XVII. Los artistas solían formarse en Italia, donde algunos se asentaron para
siempre, como Claude Lorrain (1600-82) y Nicolas Poussin (1594-1665),
considerados hoy como los más grandes artistas franceses de su época. En 1627,
el pintor Simon Vouet regresó de Italia a Francia, llevando consigo una versión
simplificada y menos aparatosa del estilo barroco italiano. Se convirtió en el
modelo de los artistas de la siguiente generación, entre ellos Eustache Le Sueur
(1616-55) y Charles Le Brun (1619-90). Este último se convirtió virtualmente en
dictador del arte oficial durante el reinado de Luis XIV, y su obra refleja toda
la pompa y el formalismo de la vida cortesana.

Poussin
tuvo menos éxito: su visita a París en 1640-42 fue poco afortunada, ya que sus
cuadros austeros, ponderados y de pequeño tamaño no podían rivalizar con la moda
impuesta por el Barroco. La atención de Poussin se había desplazado hacia
los temas religiosos y clásicos, explorando la naturaleza de las emociones
humanas en composiciones claras y sencillas. A su juicio, la finalidad de la
pintura debía ser la revelación de las verdades universales relativas a la vida
y la humanidad. Desde el punto de vista tanto de su estilo como de su postura
filosófica, este artista es comparable a los dos grandes dramaturgos de la
época: Pierre Corneille (1606-84) y Jean Racine (1639-99).
La
tragedia y la comedia En obras como El Cid (1636) y Polyeucte (1643), Corneile
analiza la relación entre el deber y el deseo con un lenguaje deliberadamente
preciso y analítico cuyo efecto es el de reprimir la pasión. Racine, cuya
educación estrictamente jansenista le había inculcado la idea de la depravación
de la humanidad y de la omnipotencia del pecado, presenta en sus obras a
personajes mucho menos seguros de lo verdadero y lo falso que los de Corneille:
presa de sus pasiones (que en Racine son, casi siempre, destructivas), resultan,
sin embargo, capaces de analizar sus luchas internas en un lenguaje de claridad
meridiana.
Tal
es el caso de la representación de los celos y del amor que se hace en Fedra
(1677), o del amor y el deber en Berenice (1670). La principal característica de
ambos autores es la calidad formal, retórica, de sus obras. Tanto ellos como
Poussin se salieron del ámbito de su propia época para aludir al hombre en
general: la vigencia actual de sus obras radica precisamente en la universalidad
de sus análisis de los mecanismos de la naturaleza humana.
Lo
mismo cabe decir de la obra de Moliére (1622-73) (imagen) un actor-empresario
cuyas comedias (entre ellas El misántropo, de 1666, o El avaro, de 1668) hacen,
en realidad, un profundo análisis del ser humano. Pero ni la sociedad ni la
corte parisienses podían mantenerse con una dieta de seriedad total. Las
representaciones de las obras de Moliére se alargaban con ballets y mascaradas
(en las que el rey solía participar). Los fuegos artificiales gozaban asimismo
de gran popularidad.
Las artes en tiempos del Rey Sol Luis XIV subió
al trono en 1643, cuando contaba cuatro años de edad. Al principio, su principal
ministro fue Mazarino, pero, al morir éste en 1661, Luis asumió virtualmente el
gobierno del país. Constituye el exponente supremo del monarca absoluto: su
emblema solar, repetido hasta la saciedad en la decoración del palacio de
Versalles, simboliza el convencimiento de estar dotado de autoridad divina.
Durante su reinado, Francia ocupó un lugar preeminente en Europa; su poderío
político y su refinamiento artístico se reflejaban en la corte que el rey
dirigía con rígido formalismo y ceremonial.
Luis
XIV contó con algunos ministros muy poderosos e influyentes, entre ellos Colbert
(imagen), quien se encargó de organizar las artes. En este período, Francia gozó
de la existencia de academias de arquitectura, música, inscripciones y danza. La
Academia de Pintura y Escultura, fundada en 1648, quedó bajo la dirección de
Colbert en 1661; éste la potenció y la hizo más selecta. La concepción de las
academias era italiana y contenía elementos del sistema gremial de la Edad
Media. Comprendían un periodo de aprendizaje hasta la producción de una “obra
maestra”, tras la cual el aprendiz se convertía en miembro de pleno derecho.
Colbert estableció un sistema similar.
Se
enseñaba a los artistas el estilo “oficial”. Si se ceñían a él, se les
seleccionaba como funcionarios del Estado, ya fuera en calidad de pintores,
escultores, joyeros o ebanistas. El estilo pictórico “aprobado” durante el
reinado de Luis XIV era una versión modificada del barroco italiano. La
arquitectura manifestaba las mismas influencias, muy evidentes en el esquema de
reconstrucción del Louvre, sede parisiense de los reyes franceses. La
transformación del castillo medieval en un moderno palacio se realizó con gran
lentitud. Las obras se extendieron desde 1546 hasta su terminación en 1674 por
un equipo de arquitectos compuesto por Le Brun, Le Vau y Perrault.
Colbert,
en su calidad de Director de Edificios, invitó a los principales arquitectos
franceses a presentar proyectos para la fachada oriental. No obstante, todos los
presentados fueron rechazados por diversas razones y, finalmente, se recurrió a
la colaboración del italiano Bernini. Bernini remitió tres proyectos, que fueron
descartados, uno tras otro, por considerarse que no estaban en armonía con el
resto del edificio.
La
visita del artista a Paris, donde su displicencia ante las realizaciones de los
artistas y arquitectos franceses provocó la ira de éstos, provocó el rechazo de
su tercero y último diseño y, con éste, de toda la aparatosidad del barroco
italiano. La fachada este, que, por fin, se erigió, acusa el influjo del
proyecto de Bernini su carácter sobrio y, al mismo tiempo, festivo, pero
complementa también las demás partes del edificio, en tanto que los proyectos
del arquitecto italiano tendían a restarles parte de su importancia.
Versalles, símbolo de esplendor:
Miembros del mismo equipo realizaron el proyecto arquitectónico más
ambicioso de la época: la transformación de los palacios de VasaRes. En esta
localidad existía en un principio un pequeño pabellón de caza, que el rey
utilizaba como refugio privado. En 1661 se mupIiá convenientemente para alojar a
toda la corte francesa. Su primer arquitecto fue Louis Le Vau (1612-70), quien,
aparte de colaborar ox d Louvre, habla proyectado el gran castillo de Vaux-le-Vicomte
para Fouquet, ministro de Hacienda de Luis XIV. En el castillo habían trabajado
asimismo Le Brun, como decorador, y Le Nótre, como proyectista de los jardines.
Cuando, en 1661, Fouquet fue enviado a prisión por malversación de fondos, todo
el equipo pasó a trabajar en Versalles. Hoy día sólo podemos apreciar el
proyecto de transformación de Versalles de Le Vau a través de bocetos, ya que su
obra fue destruida (a partir de 1678) por Jules-Hardouin Mansart, encargado de
ampliar la fachada que da a los jardines hasta una longitud de 402 metros. La
principal aportación de Mansart al interior del palacio es, sin duda, la Galería
de los Espejos (1678-84). En extravagante profusión, los espejos alternan con
pilares de mármol verde.
La
ricamente decorada cornisa que recorre la galería sirve de soporte a trofeos
dorados, y pinturas de Le Erun decoran el techo abovedado. Las mismas cualidades
de inmensidad, colorido y riqueza, así como el empleo de costosos materiales, se
manifiestan en el parque, en cuya realización Le Nótre estuvo asistido por todo
un ejército de contratistas y obreros.
El
agua y las fuentes (para las que fue preciso instalar complicados mecanismos de
bombeo), las avenidas radiales y los parterres de flores, constituyen elementos
importantes de un conjunto cuyo efecto general es de orden y severo formalismo.
En el esquema general, la autoridad del palacio parece proyectarse hacia el
exterior para dominar su entorno. En el empleo de los principios de
planificación barrocos que tal esquema pone de manifiesto, Francia halló un
medio para expresar su supremacía europea. Para amueblar tantas y tan vastas
estancias se requería una estricta organización de las artes decorativas. Una
vez más, fue Colbert quien ofreció la solución. En 1667 creó en Gobeinos la
Fábrica de Muebles de la Corona, al igual que, tres años antes, impusiera a la
fábrica de Beauvais el titulo de Real Fábrica de Tapices. El negocio familiar de
los Gobelin, fundado doscientos años antes, pasó a manos de la Corona en 1662
por obra de Colbert.
La
fábrica de Gobeinos, cuyo director artístico era Charles Le Brun, había de
albergar a pintores, maestros tejedores de tapices de alto lizo, fundidores,
grabadores, labradores de piedras preciosas, mueblistas especializados en el
roble y otras maderas, tintoreros, y otros obreros hábiles en todo tipo de
artesanías...”. Los muebles producidos en este período eran macizos (aunque no
tanto como el mobiliario de plata maciza fabricado para el estudio del rey, que
pronto hubo de fundirse para hacer frente a los gastos militares). En ellos
destacaba sobre todo la marquetería (trabajo de incrustación de maderas de
varios colores) y los ornamentos aplicados de bronce dorado.
Se
utilizaban mucho las curvas y las volutas, así como los motivos alegóricos y
antiguos. Las paredes solían cubrirse con tapices, cuya fabricación requería
mucho más tiempo que una pintura y que a veces se enriquecían con hilos de oro y
plata. Los suelos de los palacios se cubrían con alfombras tejidas en las
manufacturas de Aubusson o de Savonnene. Semejante magnificencia no podía
sobrevivir a la decadencia de la estrella de Francia ni a la muerte del Rey Sol,
acaecida en 1715. A la pompa de esta era le sucedieron la ligereza y el brillo
de los colores pastel del siglo XVIII. El nuevo estilo, llamado Rococó,
predomino, tanto en la arquitectura y las artes decorativas como en la pintura y
la escultura, hasta que fue sustituido por el gusto neoclásico.
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