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El Palenque, cuyo origen exacto se
desconoce es un lugar de una belleza hechizadora. Durante cientos de años, el
verde de la selva, húmeda y tropical, cubrió sus magníficos e increíblemente
bellos monumentos de piedra.
En la espesura de las selvas chiapanecas, las ruinas de Palenque rinden tributo
al esplendor de la civilización maya. Aunque la ciudad no fue tan grande como
Tikal o Copán, ni tan decisiva en la historia maya como Chichén Itza, el legado
arquitectónico y artístico que alberga no tiene igual en la arqueología
mesoamericana.
Según
los historiadores, fue fundada como aldea agrícola alrededor del año 100 a.C.
con el nombre de Lakam Ha, que significa «aguas grandes», en alusión a las
cascadas de los alrededores. Entre los siglos II y VI se convirtió en una ciudad
y, en el curso del siglo VII, en la capital de B’akaal, uno de los estados mayas
más prósperos.
Sus
gobernantes se jactaban de pertenecer a un linaje tan antiguo como la Creación,
que los calendarios mayas fechaban en el año 3114 a. C. Abandonada
misteriosamente, esta ciudad poblada por los fantasmas de su esplendoroso pasado
se mantuvo oculta y el increíble y selvático paisaje cubrió con su vegetación la
piedra tallada, los templos y la magia secreta de los mayas.

Hoy
se presenta ante nuestros ojos explorada en cada milímetro por arqueólogos,
investigadores y curiosos, pero su misterio sigue siendo impenetrable. Esta joya
une la generosidad de la naturaleza y el fértil verdor de la selva con la magia
de sus pirámides escalonadas, en el estado mexicano de Chiapas, donde todavía
habitan los descendientes de la sabia y desaparecida civilización maya.
Un
viajero estadounidense John Lloyd Stephens (1805—1852) relató sus
experiencias en Palenque en el año 1841 , y atrajo las miradas de aventureros y
arqueólogos hacia la ciudad escondida. Desde entonces, Palenque no ha dejado de
ser visitada y estudiada, sus escalones de piedra, gastados por los siglos,
ascendidos y descendidos en la búsqueda de cada huella y de cada indicio que
sirva para acercarnos a una cultura desaparecida.
El enigma de la tumba de Palenque:
En el año 1947, un arqueólogo mexicano, Alberto Ruz L’Huillier
(1906-1979), observó una piedra de gran tamaño en el llamado Templo de las
Inscripciones. Estaba atravesada por doce agujeros tapiados con tapones
perfectamente encastrados. El arqueólogo sospechó que algo se escondía tras la
piedra y ordenó levantar la Josa. Asombrado, vislumbró a la pálida luz del
templo una escalera que descendía interminablemente. ¿Hacia dónde conduciría?
Hasta
entonces, no se habían hallado sepulturas en las pirámides mayas y se creía que
su función era sólo contener los templos construidos en sus cimas. Pero este
nuevo descubrimiento desconcerté al arqueólogo. La escalera estaba repleta de
escombros, que comenzaron a ser retirados en lo que resultó ser un esfuerzo
continuado durante años, ya que la galería era increíble-mente larga y estaba
cubierta de piedra y maleza que hacían imposible avanzar por ella.
Tras
varios años de trabajo y habiendo desprendido las piedras de cincuenta y nueve
escalones, en 1952 fue posible descender. La escalera terminaba en una pared.
Hubo que abrir un hueco allí para descubrir un segundo muro, y tras él se
encontró una caja de material que contenía tres pequeñas fuentes de cerámica,
tres conchas marinas y adornos de jade: se trataba sin lugar a dudas de una
ofrenda, pero ¿a quién estaba destinada?
Las
ofrendas halladas daban esperanza después del duro trabajo realizado. Ruz
L’Huillier y sus ayudantes sentían que por fin estaban por hallar algo
realmente importante. Pero todavía faltaba la prueba mayor. Frente a ellos
cerraba completamente el paso una nueva pared, un obstáculo más grande que las
anteriores porque tenía nada menos que tres metros de espesor. El pasadizo era
estrecho, el calor, sofocante, demoraron días extenuantes en poder abrir un
pequeño paso en el muro.
Tras
él, había una cavidad. En ella hallaron por fin lo largamente esperado: la
explicación de la galería misteriosa y un hallazgo conmovedor. Seis osamentas,
los restos de cinco hombres y una mujer. Amontonados en la estrecha sepultura,
no cabían dudas de que habían sido víctimas inmoladas a algún dios sanguinario.
Los restos eran de personas jóvenes, asesinadas, pero ¿,por qué?
Luego se conocería que era una más de las muchas ofrendas realizadas y que este
misterioso pueblo tenía corno costumbre inmolar a personas cuya sangre se
ofrecía para aplacar a los dioses. Un nuevo bloque de piedra impedía el paso a
los investigadores, pero no era ocasión de dejarse vencer por el desaliento
cuando se estaba tan cerca del éxito. El arqueólogo logró abrir un nuevo paso en
la piedra monolítica y antiquísima. Al mirar por la abertura, el explorador no
podía creer lo que veía.
Como
Carter frente a la tumba de Tutankamón, hubiera podido exclamar: “Veo cosas
maravillosas”, ya que también él observó un espectáculo fantástico: una gran
cripta con muros cubiertos completamente por bajorrelieves, cuyo centro estaba
ocupado por un monumento de piedra esculpida. El arqueólogo mexicano expresó:
“...Se podría decir que era una gran gruta mágica esculpida en el hielo, con
paredes brillantes que centelleaban como los cristales de la nieve. Delicados
festones de estalactitas colgaban como los cordones de las cortinas y las
estalagmitas en el suelo parecían como oscilaciones de luz de un gran cirio".
Las
formaciones calcáreas, conformadas durante el transcurso de los siglos, por
encima de la gruta, daban al conjunto un aspecto mágico e irreal.
Realizando un gran esfuerzo, lograron que el monolito girara sobre si mismo. En
ese instante en que pudieron penetrar; al fin, en el santuario, la emoción llegó
a su punto máximo.
La
habitación medía nueve metros por tres, en ella estaban representados nueve
personajes de estuco: los Nueve Señores de la Noche, reyes del mundo infernal de
los antiguos mayas. dispersas, había. numerosas ofrendas, además de dos
maravillosas cabezas de estuco, cubiertas por abundantes cabelleras, atadas con
cintas y adornadas por flores secas de nenúfares.
Sin
dudas, lo más extraordinario era el gran monumento que ocupaba todo el centro
del lugar, un enorme bloque de piedra que debía pesar cerca de veinte toneladas
y cuya superficie estaba recubierta por una losa finamente esculpida.
En el
medio de la losa había una pintura de un hombre joven, adornado con gran
riqueza, a quien rodeaba un exuberante decorado (le signos sagrados y
jeroglíficos que eran por sí solos un enigma suficiente para desvelar al
descubridor. ¿Cómo desplazarlo? Trabajaban en muy poco espacio bajo un calor
insoportable, en una cripta de aire enrarecido y sofocante. Lograron moverlo con
gatos de automóvil fijados sobre tacos de madera. Y ante sus ojos, descubrieron
una nueva losa, un nuevo obstáculo de piedra.
Está
de más decir que los mayas guardaban celosamente sus secretos. Pero Ruz
L’Huillier era pertinaz y no cejaría hasta develar la última
incógnita. Así que levantaron esta nueva loza para encontrar, por fin, el motivo
central de tanto misterio: un esqueleto adornado prolijamente con ricas joyas.
No habían subsistido los ropajes con que había sido enterrado, sólo quedaban
hilos sueltos de ellos, pero estaba cubierto de hermosos adornos de jade que
refulgían en las sombras de la bóveda.
El
rostro del muerto estaba cubierto con una máscara funeraria de jade, una obra
maestra del arte maya, con los ojos realizados en conchillas y el iris de
obsidiana. La expresión del rostro es tan realista que se puede suponer que era
un retrato, una representación
Fuente Consultada: Lugares
Misteriosos Paula Ruggeri
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