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Julio
Palmaz nació en La Plata y vive en Estados Unidos desde hace 30 años Es el
inventor de la angioplastía con stent, una técnica que revolucionó el
campo de la cirugía cardiovascular. Ahora está embarcado en otro proyecto
ambicioso: desarrollar un microchip que sirva para prevenir factores de riesgo
como hipertensión, diabetes y estrés, entre otros.
La
voz del otro lado del teléfono aparece jovial y alegre. A pesar de haber pasado la
mañana entera dando conferencias en el marco del X Congreso de la Sociedad
Latinoamericana de Cardiología lntervencionista que se realizó en Capital
Federal, al doctor Julio Palmaz (58) le sobran energías para conversar. Sucede
que el científico platense radicado e Estados Unidos, se la está entre los
participantes más prestigiosos del encuentran su invento, la angioptastía con
stent considera uno de los cuatro aportes fundamentales en el campo de la
cirugía cardiovascular, tres de los cuales pertenecen a especialistas
argentinos. Y ahora trabaja en microelectrónica con el objetivo de crear un chip
que sirva para monitorear a los pacientes que presentan factores de riesgo
cardíaco como pueden ser la hipertensión y la diabetes.
Infancia entre diagonales
Palmaz está casado y tiene dos hijos. Con satisfacción cuenta que nació en la
ciudad de La Plata. “Hice la primaria en la escuela Anexa de la Universidad y la
secundaria en el Colegio Nacional. Después seguí en la Facultad de Medicina,
donde me recibí en el "71", enumera. Cinco años más tarde, decidió mudarse a los
Estados Unidos en busca de “posibilidades para investigar”.
Dice
que le gusta volver de vez en cuando a los pagos. “Hace seis meses vine a otro
congreso y aproveché para recorrer los lugares en los que me había criado. Me
puso muy contento ver al Colegio Nacional exactamente corno lo recordaba. Aunque
los árboles del patio de recreo están enormes . También caminé por los pasillos
de la facultad y me metí en cada aula. Encontré todo tal cual lo había dejado”,
cuenta y agrega que en este viaje le tocó regresar “para recibir el diploma de
Profesor Honorario” y que en un futuro le “encantaría dar clases como invitado”.
Es que el científico recuerda con una mezcla de cariño y orgullo su paso por las
instituciones académicas de “la ciudad de las diagonales”: “Terminé el
secundario con una formación muy amplia. Me sentía preparado para enfrentar una
carrera universitaria. Yo estudié algo muy especializado y en esto, cuanto uno
más aprende cree que sabe menos. Sin embargo, pude rendir los exámenes de
equivalencia sin problemas”.
Un ranking para el orgullo
nacional
En el libro Saving the heart
(Salvando el corazón), publicado hace algunos años por el médico
estadounidense Stephen Klaidman, aparece la historia de las cuatro
contribuciones más importantes al campo de la cirugía cardiovascular. Sin duda,
el “pechito argentino” se llena de orgullo al descubrir que tres de ellos
pertenecen a especialistas oriundos de nuestro país. Se trata del querido y
recordado René Favaloro, quien desarrolló el bypass; el médico
Federico Benetti, integrante de la Sociedad Internacional de Cirugía Cardiotoráxica, quien patentó la cirugía menos invasiva del corazón; y
Julio
Palmaz, por la invención de la técnica del stent expansivo, que sirve para
revertir obstrucciones en las arterias. En su nuevo desafío, Palmaz combina las
áreas de nanotecnología (nuevos materiales), microelectrónica, medicina y
biología molecular.
Ya en el ruedo
El
hecho es que en 1976 viajó a la zona de la Bahía de San Francisco. “En el año
‘78 y en las pocas horas libres que tenía, empecé a trabajar en la idea del
stent. Cuando terminé con la residencia me mudé a Texas, porque había
laboratorios más desarrollados”, remarca el hombre que en la actualidad es Jefe
de Radiología Cardiovascular Intervencionista en el Centro de Ciencias Médicas
de la Universidad de ese estado.
La
anécdota cuenta que todo empezó en una conferencia del doctor Andreas Gruntzig,
creador de la angioplastía con balón (técnica en la que se introduce un “globo”
en las arterias coronarias tapadas, que al inflarse libera las obstrucciones
permitiendo el paso de la sangre y luego se retira). “Por qué no generar un
dispositivo que permanezca en las arterias?”, pensó Palmaz. En 1985 patentó su
modelo de “stent expandible”, que se usa en combinación con el balón. Se trata
de una malla de acero inoxidable que se expande con la ayuda de un “globo” (que
luego se retira) y queda implantada en el paciente para sostener las paredes
arteriales y así evitar futuras obstrucciones. Lograr que la comunidad
científica lo adoptara no fue tarea sencilla: recién en 1994 se aprobó su
aplicación en los Estados Unidos, aunque ya se había implementado exitosamente
en Europa y América latina.
En la
actualidad se utiliza en más de dos millones de intervenciones por año (en las
arterias renales, carótidas, del corazón, las piernas y el cerebro). Y Palmaz
recibió numerosos reconocimientos, entre ellos, un premio a la excelencia en
2002 de la Sociedad Internacional de Cirugía Endovascular, dos menciones
consecutivas (2002 y 2003) en el ranking de las diez patentes que cambiaron al
mundo que elabora la revista lP international y, también en 2003, el título
Honoris Causa de Maestro de la Cardiología Intervencionista de la Argentina.
Ir por más
Usted
creerá que lo que leyó hasta ahora es mérito suficiente para una sola persona,
pero Palmaz no es de esos hombres que se quedan tranquilos por mucho tiempo.
Lleva patentados 17 trabajos, escribió 26 libros y ahora va por más. “Desde
hace tres años trabajo en microelectrónica. La idea general es aplicarla a la
prevención de factores de riesgo como la hipertensión, la diabetes, cualquier
cosa que pueda medirse en la sangre”, se entusiasma. Y apunta: ‘Ahora tratamos
las consecuencias de las enfermedades arterioscleróticas, pero en 10 años vamos
a estar lo suficientemente avanzados como para controlarlas desde la
prevención”. ¿A qué se refiere? Al desarrollo de un microchip interactivo que
serviría para detectar complicaciones “Sistemas de monitoreo mucho mejores que
los que tenemos hoy. En el caso de la hipertensión, por ejemplo, me gustaría
llegar aun dispositivo que se pueda implantar en la pared de la arteria con el
stent, para poder leer la presión en todo momento. Hoy en día, la persona va al
consultorio, se sienta y le miden la presión en condiciones muy diferentes a la&
de la vida cotidiana. Después sale a la calle y le pasan cosas que elevan su
presión arterial a niveles que el médico nunca detectó. Hay aspectos como la
dieta o la exposición a factores de estrés, que el paciente podría controlar si
se diera cuenta inmediatamente en qué medida afectan su salud”, explica.
Si,
ya sé, ahora usted piensa que mágicamente le cambiaron la revista que tenía
entre sus manos por un libro de ciencia ficción. Pero no, el futuro parece estar
bastante más cerca de lo que muchos creíamos. “La tecnología existe —continúa
Palmaz—, los sistemas de comunicación de corta distancia están desarrollados y
hay receptores muy pequeños, como para que el paciente los acepte. También todos
los componentes electrónicos para hacer el aparato exterior, que podría ser como
un reloj-pulsera. Está todo a mano. Sólo hay que poner los componentes juntos y
usarlos”. La pregunta es, entonces, cómo funcionaría el dispositivo. El doctor
lo expone en forma sencilla: “El implantable es un radiotransmisor, que al ser
expuesto a una onda de radio transforma la radiofrecuencia en energía eléctrica,
activa su propio circuito y envía una señal con información al mismo aparato
externo del que recibió la orden”.
Medicina, ciencia, ingenio, todo se combina en la tarea de Palmaz. “Trabajo con
una compañía que hace microchips de identificación electrónica que funcionan con
este principio (RFID es la sigla que los identifica). Pequeños aparatitos que se
pondrán en las etiquetas de cualquier tipo de producto de consumo y contendrán
toda la información relacionada con el mismo (fecha de fabricación y
vencimiento, componentes, cómo utilizarlos o cocinarlos en caso de que sean
alimentos).
Habrá escáners para irradiar estos chips en alacenas, helad eras,
microondaas. Ni bien uno guarde los productos que trajo del supermercado, los
artefactos tendrán todos los datos necesarios para su conservación o consumo
apropiado. Y aunque parezca lejano, van a ser muy comunes en pocos años. Se
fabricarán en forma tan masiva que costarán centavos, y su incorporación no
influirá en el precio final de los productos”, expone. "Y esto qué tiene que ver
con las arterias?", se preguntará usted. “Es una tecnología tan estándar que
podremos utilizarla en medicina sin ningún problema”, responde rápidamente
Palmaz. Aunque claro, por tratarse de un aparato para implantar en el organismo
llevará algo más de tiempo cumplir con todos los pasos que requiere la
regulación para su uso.
El día a día
Entre
risas confiesa que su trabajo no es tan apasionante como parece. “Mí función es
estar sentado en mi escritorio entre la computadora y el teléfono, coordinando
la tarea de un grupo de gente”, dice casi lamentándose. Pero claro, como era de
suponer, el hombre no es de los que llegan a su casa y se sientan en un mullido
sillón a hacer “zapping”. Palmaz aprovecha su tiempo libre para... ¡seguir
creando! “Me gusta hacer vino de mesa. Y mí gran pasión es restaurar autos de
carrera antiguos. ¿El favorito? Un Porsche 917, de 1970”, remata.
La pequeña red que cambió el mundo
Desde
1978, Julio Palmaz trabaja en el desarrollo de la técnica de angioplastía con
stent expansivo. Se trata de una malla de acero inoxidable que se expande con la
ayuda de un”globo”que luego se retira.
El stent queda implantado en el paciente
para sostener las paredes arteriales y así evitar futuras obstrucciones.
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