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Bonifacio VIII, a la sazón octogenario, decidió hacer del año 1300 el gran
jubileo de la cristiandad, para lo cual prometió el perdón de sus pecados a
todos cuantos acudiesen a la ciudad santa, Roma, a rezar durante 30 días.
Así
fue como, llegados tanto de Italia, como de España o de la recién convertida Escandinavia, varios centenares de millares de peregrinos se reunieron en
improvisados albergues. Se trató de la mayor hora de gloria del papado, del
momento supremo en que la fe cristiana se convirtió en la más viva, en la más
creadora. También fue el periodo en que el poderío materia y espiritual de la
Iglesia conoció su más refulgente esplendor.
Roma,
presa de la guerra civil Pero en los años siguientes, el poder pontificio fue
puesto en tela de juicio, y con frecuencia de manera brutal, por el rey de
Francia, que saqueó a su antojo las posesiones de los templarios. El sucesor de
Bonifacio VIII, Benedicto XI, acabó por ceder a todas las exigencias de Felipe
el Hermoso. Durante ese tiempo, toda Italia fue presa del desorden. A la muerte
de Benedicto XI, en 1304, los cardenales salieron de Roma y eligieron como papa
a un francés coronado en Lyon, en 1305, con el nombre de Clemente V.
Este nuevo
soberano pontífice tuvo el empeño de reconciliar a los reyes de Francia y de
Inglaterra, para comprometerlos a una nueva cruzada. Dudando sobre si regresar
Roma, desgarrada por la guerra civil, viaja en primer lugar a Aquitania, su
tierra natal, y continuación fijó provisionalmente su residencia en Aviñón.
Aviñón, residencia pontificia Para Clemente V, la estancia en Aviñón no
representaba más que un alto en el camino di Roma, pero su sucesor, Juan XXII,
papa de 1311 a 1334, se instaló en ella de manera menos efímera. No obstante,
éste intentó recobrar sus dominios italianos, y buscó aliados en la península.
El rey de Sicilia y la ciudad de Florencia se declararon favorables a él, pero
tuvo que hacer frente a la hostilidad de numerosas ciudades, entre ellas Milán.
Incluso apareció un antipapa bajo la égida del rey de Germania, Luís de
Baviera. Este conjunto de circunstancias hizo que fracasara el intento de
reinstalación en Roma y, para Aviñón, supuso la posibilidad de convertirse en
residencia del jefe de la cristiandad.
El
palacio de los papas Elegido en 1334, el nuevo pontífice, Benedicto XII, sabrá
sacar el mayor provecho de las ventajas que le ofrecía Aviñón. Geográficamente,
la ciudad estaba situada en el centro del Occidente cristiano. Además,
constituía la encrucijada de las grandes rutas que unían entre sí los dos focos
de la actividad económica de la Europa de entonces, Flandes y la Italia del
norte. Se beneficiaba, por otro lado, de la proximidad de los puertos del valle
inferior del Ródano, así como de la riqueza de una región en la que la
agricultura era próspera y el artesanado imaginativo. La ciudad albergaba, por
añadidura, una universidad brillante. Ahora bien, de formación cisterciense,
Benedicto XII era un teólogo más que un político. Y en
ningún momento quiso lanzar a la Iglesia a una aventura guerrera. Fue él quien
emprendió la construcción del palacio, que sería a la vez centro administrativo
y fortaleza.
La capital de la cristiandad El sucesor de Benedicto XII,
Clemente VI, papa de 1342 a 1352, era benedictino. Su mayo preocupación fue asegurar la
independencia política del papado. Así, compró la ciudad a h reina de Nápoles e
hizo de la suya la corte más brillante de Europa.
Junto
al palacio edificado por su predecesor, que le parecía demasiado austero, hizo
construir un segundo mucho más fastuoso, en el que se darían magníficas fiestas.
La presencia de la corte papal proporcionó a toda la región un nuevo resurgir.
Además de a los millares de funcionarios eclesiásticos, la ciudad albergaba a
las delegaciones extranjeras que, periódicamente, acudían a Aviñón. Para
subvenir a las necesidades de tan fastuosa sociedad, el comercio y el artesanado
se desarrollaron por todos los alrededores.
De todas partes del mundo afluían a
la ciudad los géneros más preciosos. La colonia judía llegó a ejercer una
especie de monopolio sobre buena parte del comercio, y las grandes compañías
italianas instalaron allí sus establecimientos bancarios. Con todo lo cual, Aviñón se convirtió en uno de los centros más importantes de las finanzas
medievales, asegurando la mayor parte de los movimientos de fondos entre las
diversas naciones de la Europa del oeste.
"Roma ya no está en Roma.",Esta
fórmula lapidaría y en gran medida nostálgica, para referirse al período
que, entre 1305 y 1378, vio sucederse a los papas en Aviñón. Forjada por siglos
de papado italiano, la tradición ha contribuido a ensombrecer exageradamente
este episodio. Durante mucho tiempo ha propagado la ¡magen de unos papas sin
autoridad, corrompidos por el lujo y la magnificencia, y sometidos al soberano
capricho de los reyes de Francia. Verdad es que, para compensarse de su exilio
en Aviñón, los papas consideraron oportuno rodearse de una fastuosidad
extraordinaria. El lujo de las ceremonias profanas rivalizaba en la ciudad papal
con el esplendor de las ceremonias litúrgicas. Los papas recibían y protegían en
ella a los mayores artistas. Pero la caridad también tenía su sitio: la
pignotte, o servicio de limosnas, distribuía continuamente pan entre todos
los necesitados, y finalmente, si es cierto que, durante su estancia en Aviñón,
el papado se preocupó poco de reformar la Iglesia en profundidad, también lo es
que los papas supieron, sin embargo, y gracias a una política centralizadora a
veces llevada a ultranza y a una administración bien organizada, mantener su
autoridad sobre la cristiandad
La
metrópoli de las artes El mismo florecimiento caracterizó la vida intelectual y
artística. Para la construcción y la decoración del palacio, y también de las
múltiples iglesias y conventos que se edificaron en la época, los papas llamaron
a los hombres más reputados de aquellos tiempos. La ciudad se convirtió en un
perpetuo taller en que los artistas de todos los países tenían a su disposición
un campo de experimentación absolutamente original. Los italianos llegaron a
destacar sobre todo en la realización de frescos y de grandes cuadros, dando así
nacimiento a la escuela de Aviñón, de la que fue maestro el sienes Simone
Martini. Se hizo venir a cantantes y músicos de todo el continente para las
fiestas litúrgicas, creándose con tal motivo numerosas obras maestras de la
música polifónica.
En
cuanto a la universidad, destacó especialmente en el campo del derecho, y,
gracias a su suntuosa biblioteca, consiguió reunir también toda la herencia del
mundo antiguo y del medieval. Al igual que Roma, Florencia o Milán, Aviñón llegó
a convertirse en uno de los centros del Humanismo en el despuntar de éste.
El
regreso a Roma Sin embargo, Roma siguió siendo el simbolo del mundo
cristiano ;y los papas no cesaron de preparar su
regreso a la ciudad eterna. Inocencio VI encargó a un legado que intentase comprometer para dicha causa a
las ciudades italianas. Urbano V permaneció en Roma. Y en 1377, Gregorio XI
regresa a ella definitivamente. Sin
embargo, esto no significó el final del papado de Aviñón, porque en abril de
1378 a su muerte el pueblo romano presionó a los cardenales para que eligieran un Papa
italiano. Urbano VI. Pero 13 de ellos eligieron un papa rival Clemente VII, que se instalaría
en Avignon. El cisma habría de durar hasta1417.
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