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El gran edificio que
hoy alberga al Parlamento británico, en el centro del Londres
oficial, cuya majestuosa silueta es consustancial ya con la ciudad,
es uno de los edificios más famosos de Inglaterra, e incluso podría
decirse que de todo el mundo. A los ojos y en el recuerdo de todos
simboliza una democracia centenaria y vital.
En su construcción y decoración
intervinieron los países que forman la
Commonwealth, y enviaron
presentes hasta los países situados en las antípodas de las Islas
Británicas, como Australia y Nueva Zelanda. Su fachada, a lo largo
del Támesis, es como una plasmación de la propia Inglaterra.

Vista del
Parlamento Inglés
En las horas más sombrías de la
historia del país, el sonido de su histórico reloj, difundido por
los micrófonos de la BBC (hasta que se sospechó que podría ayudar al
vuelo de los bombarderos alemanes en ruta hacia Londres), anunciaba
a toda Europa que la democracia no estaba muerta. Sin embargo, el
conjunto actual de tan representativo edificio no es muy antiguo:
poco más de cien años, ya que fue construido entre 1840 y 1867.
Pero el lugar donde se levanta es un
compendio de la historia inglesa. Hace mil años era una pequeña isla
en la que había un convento benedictino, conocida todavía por la
población con su antiguo nombre de isla de las Espinas. Esta isla
fue elegida por un rey, para quien la religión era más importante
que la política, como sede de su iglesia preferida, convirtiéndose
así, casualmente, aquel lugar en capital de Inglaterra.
Esta elección fue confirmada luego por
los reyes normandos que conquistaron el país, lo que determinó
salvar la libertad comunal de Londres, entonces muy bien
diferenciada administrativa y topográficamente del centro rector
situado en la citada isla (cuyo nuevo nombre de Westminster,
que significa monasterio occidental, iba desplazando al viejo).
En el punto exacto en el que ahora la
sede del Parlamento levanta sus pináculos y sus torres, residieron
entonces, desde el año 1050 hasta la época de los Tudor (en el siglo
XVI), todos los reyes de Inglaterra, y en dicho lugar se levanta
todavía el último vestigio del palacio que ocuparon: la
Westminster Hall, que fue la gran sala de representación de la
residencia real, construida por el rey Guillermo II el Rojo a fines
del siglo XI, y mandaba reconstruir por Ricardo II (1394-1399), tres
siglos más tarde, bajo la dirección del célebre arquitecto Henry
Yevele.
De más de 72 metros de longitud por 20
de anchura y con una altura de unos 28, recibe la luz a través de
dos inmensos ventanales en forma de ajimez múltiples (es decir,
ventanas divididas en varias partes por columnitas) en los lados más
cortos y por una serie de ventanas en ajimez sencillo en los más
largos; su elemento más valioso es el magnífico techo artesonado en
madera de encina, que es uno de los más antiguos y al mismo tiempo
de los más grandes del mundo. El resto del antiguo palacio real —o
casi todo— fue destruido por un incendio en 1834.
Pero, en un principio, los comunes no
se reunían en la Westminster Hall (únicamente lo hacían
cuando, apoyados como convenía a su rango, en una "barra", el
histórico bar, asistían a las audiencias reales), sino en la
cercana abadía de Westminster, cuya sala capitular se convirtió, más
o menos a partir del reinado de Eduardo III, en el siglo XIV, en su
lugar habitual de reunión. En 1547 el palacio fue abandonado como
residencia real, siendo ofrecido generosamente al Parlamento por
Eduardo VI (1461-1483), o mejor por sus tutores, ya que el joven rey
sólo tenía entonces diez años de edad.
En consecuencia, poco después,
comunes y lores ocuparon todo el palacio, y así lo hicieron
hasta el mencionado incendio de 1834. Fue entonces cuando se hizo
necesaria una nueva sede, un "palacio de la democracia" que
sustituyese con dignidad al "palacio del derecho divino". Respecto
al lugar en el que tenía que construirse no existían dudas: la nueva
sede se debía levantar exactamente en el mismo sitio que la vieja.
Demasiadas tradiciones y demasiados recuerdos estaban unidos al
lugar para abandonarlo.
Respecto al estilo hubo cierto
desacuerdo durante cierto tiempo, las corrientes más "modernas" se
orientaron hacia el retorno del estilo gótico. Y éste fue
precisamente el estilo que Charles Barry, el vencedor del
concurso, eligió para el edificio, animado por el gran propugnador
de la tendencia neogótica, Augustus Northmore Pugin (que se
asociaría a Barry en la realización de todo el conjunto, proyectando
los interiores y los detalles ornamentales), pero también por
válidas motivaciones racionales, o por lo menos así lo parecen
ahora.
El gótico era el estilo típico de la
arquitectura inglesa, que en la isla duró más tiempo que en ninguna
otra parte del continente y siempre con espléndidos resultados; por
lo tanto parecía el más adecuado para la sede de la más inglesa de
las instituciones. Asimismo armonizaría mucho mejor con el gusto
"romántico" entonces imperante y que tendía más a las sombrías
formas de la Edad Media que a las luminosas del arte clásico. Y, por
último, también encajaría mejor con la parte superviviente del
palacio, la Westminster Hall, y con la vecina y homónima abadía
gótica.
El edificio es inmenso; ocupa más de
tres hectáreas (32.375 metros cuadrados exactamente) a orillas del
Támesis, con una planta que no es del todo regular a causa de la
presencia de la Westminster Hall, que obligó a reducir un poco el
ala destinada a la Cámara de los Comunes, dos altas torres en los
extremos y una elevada cúspide en el centro. Una larga terraza está
orientada hacia el río.
Cada una de las ramas del Parlamento —lores
y comunes— ocupa una mitad del conjunto, a la izquierda y
derecha respectivamente del gran eje central de entrada y que
culmina en el amplio vestíbulo central coronado por la aguja. Las
torres confieren la mayor asimetría al conjunto; a la izquierda,
como mirando el Parlamento desde el río, se levanta, a una altura de
102 metros y medio (altura más que respetable para una torre de
manipostería) la Victoria Tower, cuya única función, por lo
que parece, es la de indicar la entrada al edificio para las grandes
solemnidades (es la llamada Roya! Entrame, o sea la Entrada Real) y
sostener el mástil con la gran bandera británica que ondea sobre la
construcción.
Aunque imponente, la torre de la reina
Victoria es mucho menos famosa que su hermana del lado derecho: un
característico torreón con una gran cúspide perfilada que lleva el
nombre oficial de Clock Tower ("Torre del Reloj"), pero que todo el
mundo conoce con el familiar y célebre apodo de Big Ben.
Este nombre le fue aplicado en honor
de sir Benjamín Hall, quien instaló en la citada torre la
enorme campana, de más de 13 toneladas de peso, que desde hace
decenios y con precisión digna del mejor 'cronómetro suizo (el fallo
medio del reloj instalado en el edificio es de dos décimas de
segundo cada 118 días, según dicen las guías y los entendidos) toca
las horas con una melodía que muy bien puede considerarse como la
voz de Inglaterra. La verdad es que el nombre de Big Ben debería
referirse tan sólo a la campana, o todo lo más al reloj, pero ha
acabado por designar a toda la torre, de la misma manera, que la
torre ha acabado por convertirse en el símbolo de Londres.
Las guías de la ciudad enumeran,
complacidas, su altura (97 metros y 50 centímetros), el número de
escalones del interior (374 desde el suelo al gran reloj), las
cifras relativas a su gigantesco cronómetro: un cuadrante con un
diámetro de 7 metros,' cifras de 60 centímetros de longitud,
minutero de 4 metros y 25 centímetros y saeta de las horas de 2
metros y 75 centímetros (pero pesa más que la otra).
Para aquellos a quienes pueda
interesar, precisan también que el espacio comprendido entre dos
minutos sucesivos mide 930 centímetros cuadrados. En el interior,
una sucesión de recuerdos, de detalles, de sugerencias del pasado,
nutren una larga tradición. Los soberanos ingleses, salvo
excepcionales ocasiones, sólo acuden al Parlamento una vez al año,
para la apertura oficial de las Cámaras; pero la disposición y
nomenclatura de las estancias de entrada al edificio hacen amplia
referencia a este acontecimiento: así, después de cruzar la ya
citada "entrada real" se sube por la "escalinata real"; luego se
cruza el llamado "pórtico normando" (que no es normando, pues fue
diseñado por Pugin, del que por cierto es uno de los mejores
trabajos^ pero conserva todavía una antigua pilastra normanda que
sostiene las bóvedas); viene después la Sala de la Investidura real,
una pieza acolchada en tonos rojos y decorada de oro y maderas
nobles, donde el soberano —o soberana— se ciñe la corona y se pone
las vestiduras parlamentarias; a continuación se pasa por la Galería
Real y por un largo y ancho pasillo, en cuyas paredes, pintados al
fresco, se pueden ver los personajes más importantes de la historia
de Inglaterra (Nelson, que aparece en el momento de su muerte, en
Trafalgar, y Wellington en la cumbre de su gloria, en Waterloo), y
finalmente se llega a una habitación que no se adorna con el título
real, pero poco le falta, porque la cámara del Príncipe (tal es su
nombre) está presidida por una imponente estatua de la Reina
Victoria y en ella figura también una serie de retratos de los
soberanos de la dinastía Tudor (realizados probablemente por un
artista muy aficionado al arte bizantino y convencido, por ello, de
que el fondo uniformemente dorado era absolutamente imprescindible
en estos casos).
Esta sala sirve, por otra parte, como
antecámara de los lores. Los lores se reúnen en una gran sala de
antiestéticos pero cómodos divanes rojos. En el centro se halla el
tradicional "saco de lana", sobre el que toma asiento el lord
canciller y que recuerda los primeros tiempos de la institución,
cuando los miembros del Consejo Real se sentaban sobre análogos pero
menos elegantes jergones durante sus deliberaciones, o quizá
recuerde también la materia prima que hizo la primera fortuna del
país cuando la escuadra inglesa aún no dominaba los mares.
Es otro vestigio del pasado, como el
trono del fondo, con su elaborado baldaquín, desde el que el
soberano lee cada año el discurso oficial de apertura del Parlamento
(discurso escrito por el primer ministro); o como la barra (bar), en
realidad una reja, que limita, en el fondo de la sala, el espacio
destinado a los comunes (a esta disposición hace referencia la
fórmula que hasta ahora considera al Parlamento como "el soberano en
el trono, los lores espirituales y temporales en los bancos, los
comunes en la barra").
Pero lo cierto es que los comunes,
situados tras la barra, detentan el poder efectivo, y de vez en
cuando alguno de ellos solicita incluso la abolición de la otra rama
de la asamblea, la de los lores, que parece, y en parte lo es,
anacrónica. La Cámara de los Lores, de carácter hereditario, está
formada por miembros de la nobleza, pero dos tercios de los que
tienen derecho a sentarse en ella no han pisado nunca la gran sala
de divanes rojos, y del tercio restante algunos no han aparecido más
que un par de veces. Grandes estadistas, como Churchill, Macmillan y
otros, rechazaron el nombramiento de par del reino para no verse
recluidos en ella. Churchill rechazó el título de duque para "no ser
puesto en naftalina", según su propia expresión.
En compensación han sido nombrados
lores muchos financieros, industriales e incluso sindicalistas
(como el antiguo ferroviario Ernest Popplewel, como premio a
una vida dedicada a los trabajadores). Sin embargo, este venerable
anacronismo tiene su grandeza, pues conserva el sentido de los
valores hereditarios de la nación, representa, con insuperable
dignidad, la "voz moral" del país, es el espejo de su conciencia.
Cuando se discuten temas de especial
trascendencia (la pena capital, la moral pública o los límites de la
censura), la voz de los lores ha encontrado a menudo los
acentos más elevados y los conceptos básicos que debían proponerse a
la nación. La abolición de esta cámara, si es que llega a
producirse, puede esperar todavía. Se viene hablando de ello desde
1917... Por el momento, una reciente estadística ha revelado que a
todos los contribuyentes británicos, en el fondo, les gustan los
lores.
En cambio, aunque parezca extraño, no
puede decirse lo mismo para los comunes. Pero la explicación
está en que a ellos los ha elegido la nación, dándoles si no afecto
por lo menos confianza. Y lo que pretenden y esperan los electores
es que respondan a esa confianza que en ellos han depositado. Su
cámara es mucho más modesta que la de los lores: es de
forma rectangular, con el techo de madera y los bancos revestidos de
un característico color verde, que es distintivo de los comunes por
lo menos desde 1708, quizá de antes.
El asiento del speaker, regalo
de Australia a la madre patria, divide la cámara en dos: los
partidarios del gobierno se sientan a la derecha del presidente y la
oposición de Su Majestad a la izquierda. Tiempo atrás esto
significaba también dividir los partidos, puesto que sólo eran dos,
whig y tory, liberal y conservador.
En la actualidad los partidos son tres
y la misión que durante tanto tiempo fuera de los whig la han
heredado hoy día los laboristas. Pero ello no cambia las tradiciones
de la asamblea, ni el estilo de sus debates, ni el peculiar
procedimiento que se ha podido imitar pero no igualar, con su
pragmática elocuencia y las secas y breves preguntas y respuestas a
través de la Mesa de la Cámara.
Aquí tienen su vértice y su símbolo
750 años de tradición, de encarnizada búsqueda de la libertad y de
respeto por la dignidad humana, que primero fue un hecho práctico y
concreto antes que una declaración sobre papel. Y las etapas de
tanto devenir histórico a menudo se han identificado con el nombre
mismo de Westminster, como ciertos tratados, alianzas,
estatutos. Entre los más recientes figura el estatuto de
Westminster, ley que instituía la British Commonwealth of
Nations, aprobada por el Parlamento el 11 de diciembre de 1931.
De acuerdo con las deliberaciones de
tas conferencias imperiales de 1926 y 1930, tal acto sancionó
formalmente la transformación del Imperio británico en una comunidad
de estados soberanos, jurídicamente iguales, "sin ninguna relación
de subordinación en los respectivos asuntos internos e
internacionales, si bien unidos por la común fidelidad a la Corona y
asociados libremente". Como jefe de la Commonwealth fue
reconocido el soberano británico, pero los efectos de poder
delibera-torio pertenecen tan sólo a la periódica conferencia de los
países miembros, en la que participan todos los primeros ministros y
todos ellos con igual poder de decisión.
El día 13 de mayo de 1940 resonaron en
Westminster las palabras que proclamaron ante el mundo que la
democracia iba a combatir conscientemente, con más dureza y
tenacidad, contra las dictaduras agresoras. Winston Churchill, al
presentar al Parlamento y a la nación su gobierno, declaró que no
podía ofrecer más que "sangre, fatiga, sudor y lágrimas. Nos espera
una dificilísima prueba. Nos esperan muchos y largos meses de luchas
y sufrimientos. El precio que se pagó por ello fue caro. Y entre lo
que hubo de pagarse figuraba la destrucción de la Cámara, que fue
uno de los objetivos de los bombarderos alemanes.
Pero de nuevo se reconstruyó, tal como
era y donde estaba, con la excepción de los estípites de un portal,
que se dejaron como los había reducido el bombardeo en recuerdo
perenne de la "hora más bella" de Inglaterra. Esa hora que no se
debió tan sólo a héroes excepcionales, sino al common man, al
pequeño, testarudo y orgulloso "hombre de la calle", del que el
Parlamento inglés es el símbolo y el instrumento.
Una vez más fue el viejo Churchill
quien encontró las palabras justas. En 1954, con ocasión de su
ochenta cumpleaños, los Comunes, en presencia de la reina, le
ofrecieron un obsequio en la histórica sala recién restaurada
después de los daños de la guerra: un gran retrato realizado por el
pintor Graham Sutherland.
La pintura, en realidad, no era una
obra maestra, pero el homenaje fue inmenso, era su solemne
proclamación como padre de la patria. El viejo estadista dio las
gracias con la voz rota por la emoción: "Éste es el día más bello
de mi carrera (...). Algunos dicen que durante la guerra yo animé la
nación. No es del todo exacto (...). Vosotros erais los verdaderos
leones: yo me limité a rugir." Casi vale la pena creer en la vieja
melodía que la gente cantaba bajo las bombas (aunque no tenía mucho
éxito): se titulaba "Inglaterra no morirá nunca". |