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Robert Edwin Peary (Cresson,
Pensilvania, 6 de mayo de 1856 - 20 de febrero de 1920) fue un explorador
estadounidense que alegó haber sido la primera persona en llegar al Polo Norte,
el 6 de abril de 1909, una reivindicación que le supuso grandes honores y
prestigio, pero que posteriormente le atrajo muchas críticas y controversias, y
hoy es ampliamente puesta en duda. (ver mas abajo la controversia)
Casi
un mes después de haber iniciado
su travesía en el puerto de Nueva York, el vapor Roosevelt seguía rumbo al
norte, costeando la parte occidental de Groenlandia.
El comandante, Robert Edwin Peary, entornando los ojos bajo sus pobladas cejas,
escudriñaba la costa en busca de señales conocidas. Frente a él, aquel lo.
de agosto de 1908, muy al norte del círculo polar Ártico, avistó el saliente
cubierto de nieve del cabo York. (Peary, foto izquierda)
Parecía un lugar desierto, sin vida: sólo acantilados, según Peary, "cercados y
custodiados por enormes escuadrones de témpanos flotantes". No obstante,
al pie de los acantilados había un diminuto poblado esquimal. Al enfilar
el Roosevelt a la playa, una partida de cazadores alborozados salió bogando en
sus kayaks
de piel de foca a recibir el vapor. "Eres como el sol, pues siempre
regresas", dijo uno de ellos a Peary, a manera de saludo.
Era
verda.d; en los 22 años transcurridos desde su primer viaje a Groenlandia,
cuando había resuelto dedicar su vida a la exploración ártica, Peary había
vuelto a aquellos parajes helados y desiertos siete veces. Dos de ellas lo
había acompañado su esposa, Josephine, primera mujer que
pasó
un invierno en el Ártico. En su segunda expedición, Josephine había dado a luz
a su hija, Marie Ahnighito, la "nena de nieve", el primer ser humano blanco
nacido en latitudes tan septentrionales.
Al
principio, los móviles de Peary habían sido puramente científicos: explorar el
interior del casquete helado de Groenlandia y trazar el mapa de las ignotas
costas de las islas del remoto norte. Pero desde su niñez lo habían obsesionado
sueños de gloria, y gradualmente sus móviles científicos cedieron ante otro más
imperioso: ser el primer hombre que pusiera la planta en el polo Norte.
En
su más reciente expedición, hecha entre 1905 y 1906, casi lo había logrado.
Estaba a 174 millas náuticas del polo cuando tuvo que regresar. Fue lo más
cerca que hombre alguno hubiese llegado a aquella meta huidiza. Pero esto no
era un gran consuelo para Peary. Al comentar posteriormente la expedición,
escribió: "Me pareció que la historia de mi vida ya estaba escrita, y que la
palabra fracaso se hallaba estampada en ella."
Pero
allí estaba ahora, otra vez en Groenlandia, dispuesto a intentarlo de nuevo. Se
daba cuenta de que sería su última oportunidad de llegar al polo. A los 52 años
de edad ya no era joven, y dos decenios de luchar con los elementos en el Ártico
habían hecho estragos en él. Aunque aún era esbelto y atlético, tenía el rostro
curtido y surcado por profundas arrugas. Empezaba a envanecerle el rojizo
cabello. Sus años en el Ártico se reflejaban incluso en su peculiar modo de
andar: en una de las expediciones se le habían congelado los pies, y hubo
necesidad de amputarle todos los dedos, menos dos.
Pero
su experiencia era mayor que la de cualquier otro explorador del Ártico, y él
consideraba la experiencia como el mejor recurso del explorador. Además, nunca
había llegado al remoto norte tan bien preparado para afrontar las dificultades
de la exploración polar. El Roosevelt, que ya tenía en su haber un viaje por el
Ártico, se había reacondicionado y era más potente que nunca. Peary mismo había
diseñado el fuerte barco de 56 metros de eslora, no sólo para que soportara la
tremenda pre sión de los témpanos flotantes, pues sus muy reforzados costados de
madera tenían un espesor de 76.20 cm, sino para abrirse paso diestramente por
estrechos corredores, entre las enormes moles de hielo. Llevaba velas para
casos de urgencia, pero la principal fuerza impulsara provenía de sus grandes
máquinas de vapor, lo bastante potentes para hacer de la nave un ariete
flotante, un rompehielos que pudiera partir la masa congelada.
Su
tripulación, la mejor que se hubiese escogido hasta
entonces, estaba integrada por varios hombres que ya le habían acompañado en
expediciones anteriores, entre ellos, su ayudante, Matthew Henson, explorador de
raza negra que le había secundado en casi todas sus proezas en el Ártico en los
últimos 18 años. Además, el conocimiento que tenía Peary de los pobladores de]
Ártico le permitiría escoger a los mejores de los que llamaba cariñosamente "mis
esquimales", para cuando emprendiera la marcha por el mar congelado hasta el
polo.
Después de hacer una breve escala en el cabo Yo para recoger a unas cuantas
familias de esquimales perros de tiro, el Roosevelt siguió hacia el norte, e iba
deteniéndose aquí y allá para embarcar hombres. El 18 de agosto el barco iba
abarrotado con el equipo completo que habría de pasar el invierno con Peary: 69
seres humanos, de ellos 49 esquimales, y 246 perros. Peary anotó lacónicamente:
"E] Roosevelt, como siempre, iba cargado casi hasta el tope." Además de la
bullente vida humana y de los perros, que no dejaban de ladrar, en las cubiertas
estaban amontonadas 300 toneladas de carbón, 70 toneladas de carne de ballena y
la carne de unas 50 morsas. Bajo las cubiertas, entre las provisiones traídas
al norte desde la civilización, había 8 toneladas de harina, 5 de azúcar, 15 de
pemmican (alimento concentrado y de gran valor energético, hecho de carne seca
machacada, mezclada con grasa y condimentos), e incluso media tonelada de
tabaco.Los últimos 563 kilómetros de] viaje serían la prueba más ardua para el
Roosevelt. La ruta era por el estrecho canal que pasa entre Groenlandia y la
isla Ellesmere. Y el canal estaba casi bloqueado por altas planchas de hielo de
hasta 30 metros de espesor. A pesar del hielo y del "infame" tiempo, a
principios de septiembre el Roosevelt se había abierto paso hasta el cabo
Sheridan, a la entrada del canal. Había establecido una marca, pues era la
latitud más septentrional a que había llegado un barco impulsado por su propia
máquina.
A
medida que cerraba la larga noche ártica, los hombres de Peary empezaron a
observar su régimen invernal. Una necesidad primordial era cazar osos polares y
carneros almizcleños para completar las provisiones: Peary era partidario de
vivir lo más posible de la tierra en que se estuviera.
Siempre que la luna llena iluminaba el paisaje con débil resplandor, los trineos
llevaban provisiones al cabo Columbia, a 144 kilómetros de distancia, en las
costas más septentrionales de la isla Ellesmero. Aquél iba a ser el punto de
partida del asalto final de Peary al polo.
Mientras, las mujeres esquimales se ganaban el pan cosiendo ropa para los
hombres: camisas de piel de cervato, parkas (especie de abrigos de gamuza
forrados de piel de zorro), medias de piel de liebre, pantalones holgados de
piel de oso, botas de piel de foca y guantes de diversas pieles. De mucho
abrigo y a prueba de viento, las pieles de animales eran en opinión de Peary la
mejor ropa de trabajo para el Ártico, como lo demostraba ampliamente el uso que
los esquimales hacían de ellas desde tiempos inmemoriales.
Peary pensaba también que los trineos tirados por perros constituían el único
medio eficaz de transporte en el hielo del Ártico. Sus efectivos iban a ser
llevados así a una distancia de más de 660 kilómetros por el mar congelado,
desde el cabo Columbia hasta el polo Norte.
Todo
estaba dispuesto a fines de febrero. Si bien el Sol estaba aún bajo el
horizonte, el cielo resplandecía 12 horas diarias, con un brillo pálido, lo
suficiente para viajar. Los hombres se reunieron en el pequeño grupo de iglús
en cabo Columbia, cargaron sus trineos y se dis pusieron a emprender la marcha
rumbo al norte.La "partida nórdica" de Peary constaba de 24 hombres, 19 trineos
y 133 perros. Los dividió en seis grupos, cada uno encabezado por un
norteamericano con tres ayudantes esquimales. El "grupo pionero" llevaría un
día de ventaja, e iría abriendo camino. Seguiría un segundo grupo, el cual
dejaría de trecho en trecho parte de las provisiones. Los otros cuatro grupos
formaban el grueso de la expedición y Peary iba en la retaguardia, donde podía
vigilarlo todo y al mismo tiempo ahorrar energías para el esfuerzo final hacia
el polo.
Los
grupos pionero y de provisiones partieron de cabo Columbia el 28 de febrero de
1909, y el 10 de marzo, los grupos restantes salieron sucesivamente a la
congelada superficie del océano Ártico.
Aun
con el camino despejado por el grupo pionero, cuyos integrantes habían allanado
las mayores irregularidades del terreno a golpes de zapapico, la marcha resultó
muy penosa. Desde el principio empezaron a romperse los trineos, que además se
volcaban con frecuencia al chocar con hielo erizado de asperezas, oculto bajo la
capa de nieve. Matthew Henson, que iba al frente del grupo principal, describe
así las penalidades que sufrió aquel primer día al componer su trineo roto:
"Viento y frío. Deshacer las ataduras; descargar; sacar el berbiquí con sus
brocas y hacer nuevos agujeros sin apresurarse, pues, con este frío, hay peligro
de que se rompan las barrenas de acero. Luego, con las manos desnudas, hay que
introducir la correa de piel de foca por el agujero. Los dedos se congelan. Se
interrumpe el trabajo, se meten las manos bajo las axilas, y cuando se
experimenta una sensación de quemadura se sabe que la mano se ha descongelado.
Luego se reanuda la tarea."
Aunque el grupo principal avanzó aquel día sólo 16 kilómetros, Peary se sintió
contento. Algunos trineos esquimales, de 2.75 m de longitud, se habían
estropeado mucho, y en cambio los de 3.65 a 4 m cuyos modelos había diseñado él,
estaban resistiendo bien. Su mayor longitud permitía distribuir más
uniformemente la carga de 250 kilos de estos trineos, con lo cual bajaba el
centro de gravedad. De esta manera, los trineos más largos corrían menos
peligro de volcarse en el hielo áspero.
Para
pasar la noche, lo primero que hicieron fue construir iglú de bloques de nieve,
tarea que hacían cuatro hombres en una hora. (En esto, también recurrió Peary a
métodos esquimales. Llevar tiendas habría significado un suplemento de peso en
los trineos, y los iglú resguardaban infinitamente más de] frío y del viento.)
Luego alimentaron a los perros, cenaron sus raciones de pemmican, galletas y té,
y con la ropa puesta se acurrucaron a dormir en pieles esparcidas en el suelo de
los iglú.
El
recorrido del segundo día resultó tan difícil como el del primero. Como Peary
solía decir, el océano glacial Ártico "no es una gigantesca pista de patinar de
suelo liso, por donde los perros nos arrastran alegremente". Su helada
superficie está en lento pero constante movimiento, empujada por corrientes,
impulsada por el viento,
estirada y comprimida por las mareas. En los lugares donde las planchas de
hielo chocan entre sí y se amontonan una sobre otra, la superficie se surca de
grietas y de promontorios de presión, hileras de montones de hielo erizado de
asperezas que se alzan a veces hasta a 15 metros de altura. Para franquear
estas barreras los hombres tenían que abrir paso y luego empujar y tirar para
ayudar a los perros a pasar con los trineos por "lomas y cuestas, tan difíciles
de cruzar que el esfuerzo parecía arrancarle a uno los músculos de los hombros".
Lo
peor de todo eran los pasadizos de agua libre, largos y peligrosos estrechos
producidos por los vientos y las mareas, que habían roto y separado el hielo.
Podían formarse en cualquier momento, en cualquier lugar, v sin que hubiese
ninguna señal previa, incluso en el suelo de un iglú mientras se dormía. A
veces era posible vadear un estrecho angosto utilizando como puentes los largos
trineos de Peary; en otras ocasiones se cortaban con hacha planchas de hielo y
se empleaban como balsas. Pero en los estrechos muy anchos lo único que podía
hacerse era esperar a que los vientos y las marcas juntaran los, dos bordes, o a
que el agua se helara lo bastante para soportar el peso de los trineos. Peary
llamaba a estos pasadizos de agua libre "la persistente pesadilla de los
viajeros de] Ártico". Tenía siempre presente que podían separar unos de otros a
los expedicionarios causando largas demoras, o, peor aún, extraviar a un grupo
en su regreso a tierra.
Peary tenía sobrados motivos para preocuparse; casi al terminar el segundo día
de su marcha, advirtió al frente "una nube oscura y siniestra". Tales nubes
eran signos seguros de pasadizos de agua, pues la superficie de ésta, al
evaporarse, se condensa en el aire helado.
Peary dio orden de acampar y, con una sensación de gran alivio, despertó a la
mañana siguiente al oír el rugido de los dos lados de la brecha que encajaban el
uno en el otro. Toda la partida desayunó apresuradamente y se precipitó al otro
lado, utilizando témpanos como balsas o saltando de uno a otro cuando eran
pequeños.
Al
continuar la marcha hacia el norte, aquel día, los hombres se alegraron mucho al
ver "una llamarada amarilla" que iluminaba el cielo por el sur. El Sol empezaba
a asomarse por encima de] horizonte. A los pocos días volvería a ser visible, y
la larga noche ártica terminaría.
Poco
duró la alegría. Aunque al día siguiente les favoreció encontrar hielo
relativamente liso -Henson lo consideró "el mejor hielo marino que he encontrado
para viajar"-, Peary veía preocupado una ancha banda de nubes que se extendía
por el horizonte. Poco después, cuando estaban a unos 70 kilómetros al norte de
cabo Columbia, les salió al encuentro un pasadizo de agua de 400 metros de
anchura que se extendía indefinidamente de este a oeste. Y allí, en el hielo,
esperándolos, estaba Bob Barlett, capitán del Roosevelt, junto con el resto del
grupo pionero, que no había podido continuar.
Si
bien las brechas o pasadizos de agua eran cosa común en el Ártico, Peary llamó a
aquella tremenda zanja en el hielo "la gran brecha". Había encontrado una
semejante a aquélla tres años antes, y era el obstáculo que más temía. Peary
comenta disgustado: "Un espectáculo conocido pero fastidioso. . . La gran
extensión de hielo blanco estaba cortada por un río de agua negra como la tinta,
que despedía densas nubes de vapor reunidas en un tenebroso dosel."
Día
tras día, la partida esperaba que la brecha se cerrara o se congelara. El Sol
se alzaba brevemente en el horizonte cada día, pero no lograba levantar los
ánimos. Peary se lamenta: "Estamos reducidos a una intolerable inactividad, y
la ancha franja de agua negra sigue ante nosotros." Fastidiado y frustrado, iba
y venía al borde del agua, cavilando en el incierto futuro.
Otro
factor de preocupación para el jefe de la expedición era que escaseaba el
combustible para las cocinas de la partida; muchas latas se habían agujereado al
volcarse los trineos, y su contenido había mermado peligrosamente. Peary había
enviado a una partida y luego a otra a cabo Columbia en busca de más
combustible, y para entonces ya deberían haber regresado. Pero no había ninguna
señal de aquellos hombres, y, desesperado, empezó a calcular hasta dónde podría
avanzar si se viera obligado a quemar los trineos para utilizarlos como leña.
Lo
que ignoraba era que ambas partidas, cargadas con gran cantidad de combustible,
habían tenido que detenerse ante otra brecha, a varios kilómetros de allí.
Y
había otros problemas; Matt Henson comenta: "La gran brecha, al parecer, tampoco
es del gusto de los esquimales." Se reunían en grupos y, preocupados, murmuraban
entre sí o se quejaban de enfermedades imaginarias. Exasperado, Peary optó por
hacer que regresaran a la base dos de los peores hombres de la expedición, con
órdenes de abandonarla inmediatamente.
Por
último, tras perder siete días de un tiempo excepcionalmente bueno, la gran
brecha se heló. Con combustible o sin él, Peary ya no podía perder más tiempo.
La mañana del 11 de marzo, a hora temprana, ordenó a la expedición cruzar la
delgada capa de hielo recién formado, esperando que soportara el peso y que los
grupos de aprovisionamiento los alcanzaran pronto, cosa que, en efecto, sucedió
tres días después.
Entonces Peary condujo a sus hombres rumbo al norte tan rápidamente como le fue
posible. Siguieron avanzando entre hielo áspero y promontorios de presión,
cruzaron brechas sobre hielo recién formado, tan delgado que se combaba bajo el
peso de los trineos. En una ocasión, al intentar cruzar una brecha, un equipo
completo de perros cayó al agua y casi hundió el trinco; en otra, se formó una
brecha en medio de un campamento, con lo cual la mitad de la partida quedó
brevemente separada en un témpano flotante. No obstante, la expedición logró
avanzar a razón de 16, 24 y 32 kilómetros por día.
Fue
entonces cuando Peary empezó a hacer regresar a los grupos de apoyo a cabo
Columbia, con lo que se inició el proceso de eliminación de los hombres y de los
perros más débiles hasta que le quedaron los que el jefe de la expedición
juzcaba más aptos para el asalto final al polo. Explicaría posteriormente: "Mi
teoría era hacer trabajar a los grupos de apoyo hasta el límite, para conservar
fresco al grupo principal." Además, los grupos que iban regresando conservaban
abierto el camino, de manera que la partida que llegara al polo pudiese volver a
tierra lo más pronto posible.
Así
pues, la primera partida de apoyo regresó el 14 de marzo. Otra emprendió el
camino hacia el sur el 15; la tercera, el 20, y la cuarta el 26. El 28 del
mismo mes, el grupo principal, del que aún formaban parte Henson, Bartlett y sus
esquimales, sobrepasó la marca de máximo norte que Peary había establecido en
1906, y luego, el 1.1 de abril, Bartiett también se volvió con sus trineos hacia
el sur y empezó su regreso a tierra.
El
1.0 de abril, en la latitud 87'47' N, la partida polar se preparó a dar el
asalto final. Pea.ry, Matt Henson y los esquimales Ootah, Egingwah, Seegloo y
Ooqueah se colocaron frente a sus trineos en la entonces luz continua del día
ártico, dispuestos a recorrer los últimos 214 kilómetros de hielo y agua y a
"abrir la puerta que guardaba el misterio del Ártico". Con cinco trineos y 40
perros se prepararon a salir, con Peary al frente por primera vez.
Tenían que recorrer 40 kilómetros al día en los siguieiiles cinco días. Con
esfuerzos sobre humanos, la selecta partida de hombres y perros logró hacer un
promedio de Cerca de 42 kilómetros diarios. Aunque la luna llena y las
consecuentes mareas altas planteaban la constante amenaza de que se abrieran
brechas impracticables, encontraron largas extensiones de hielo llano. Los
perros parecían haberse contagiado del buen ánimo de la partida. Algunos,
incluso, daban tirones con la cabeza y ladraban alegremente al avanzar".
Pero
el viaje polar no resulta fácil nunca. Heilson únicamente recordaría "las
penalidades, la fatiga, el es fuerzo al máximo" de aquellos últimos días, cuando
a él y a sus esquimales se les permitía sólo unas cuantas horas de sueño cada
vez, y Peary parecía no dormir nunca. En una ocasión, Heilson casi perece
ahogado en una frígida brecha, y el mismo Peary tuvo que soportar muchos
chapuzones en las heladas aguas del Ártico.
A
las diez de la mañana del 6 de abril de 1909, Peary ordenó a la columna que se
detuviera. Luego, a medio día en punto, tomó la altura del Sol. Anunció que
estaban a 89'57' de latitud norte. Por tanto, se hallaban exactamente a 4.82
kilómetros de la cima del mundo.
Peary anotó emocionado: "¡Por fin, el polo! El premio de tres siglos de
esfuerzos. Mi objetivo, mi meta de los últimos veinte años, ¡míos, al fin.
De
hecho, Peary estaba tan agotado que, como confesaría posteriormente, "con el
polo realmente a la vista, me sentía exhausto para dar los -últimos pasos; la
tensión de todos aquellos días y noches de marchas forzadas, el sueiío
insuficiente, el constante peligro y la ansiedad. todo parecía pesar sobre mí en
aquel momento. En realidad me sentía demasiado cansado para dari-ne cuenta de
que había logrado el propósito de toda mi vida".
Henson recordó después: "El comandante dio la orden: 'Clavaremos la bandera de
las barras y las estrellas ... ¡en el polo Norte!',y así lo hicimos. . . ¡Otra
proeza mundial que se lograba cumplir!"
La
bandera era la que la esposa de Peary había hecho para su marido unos años
antes. El explorador la había llevado enrollada a su propio cuerpo en todas sus
expediciones al Ártico, e iba dejando pedazos de ella en cada uno de los
sucesivos "puntos más al norte" a los que llegaba. Antes de regresar cortaba
una banda diagonal de la bandera y la dejaba en un botella con notas en que
hacía la reclamación del polo Norte en nombre de los Estados Unidos de América.
Para
confirmar su posición y estar seguro de pasar cerca del polo mismo, pues no
existe ninguna señal para marcar ese punto teórico, Peary avanzó rumbo al norte
16 kilómetros, y sus observaciones le indicaron que estaba más allá del polo, y
que se dirigía de nuevo al sur. Reflexionó que era extraño en aquel corto lapso
"haber pasado del hemisferio occidental al oriental". Marchando en línea recta,
se había dirigido hacia el norte, y de pronto había pasado por un punto desde el
que ya se dirigía hi cia el sur, sin haberse desviado de la línea recta.
En
las horas que permanecieron los exploradores en el polo Norte, Peary tomó seis
series de observaciones del Sol para confirmar su posición. (Peary ya había
enviado de regreso al capitán Bartiett, el único, fuera de él, con los
conocimientos necesarios ara hacer lecturas independientes de las suyas que
corroboraran la posición exacta.) Luego, los exploradores engancharon sus perros
y emprendieron el camino de regreso. "Aunque profundamente consciente de lo que
dejaba tras de mí", escribe Peary, "no quise detenerme a despedirme de la meta
de mi vida ... Una última mirada, y volví el rostro hacia el sur y hacia mi
futuro." construído a lo largo de la ruta, el viaje de regreso fue mucho más
rápido que la marcha hacia el norte. Los exhaustos exploradores salieron del
polo el 7 de abril y llegaron a cabo ('oltimbia el 23 del mismo mes. Unos
cuantos días después estaban -¡e nuevo en el Rooseveli. A mediados de julio, el
barco se había abierto paso por los hielos y se dirigía a todo vapor al punto de
partida. El 5 de septiembre de 1909, llegó por fin el Roosevelí a un puesto
avanzado de la civilización, y Peary, emocionadísimo, envió el mundo su
electrizante noticia: "Las barras y las estrellas ondean en el polo Norte."
El Doctor Cook y su enconada controversia con Peary, sobre quien llegó primero
al Polo Norte.
Tras de llegar al polo Norte el 6 de abril de 1909, Robert Peary partió a toda
carrera hacia el sur, hasta la más cercana estación de telégrafos, situada a
2400 kilómetros de allí, en el Labrador, para dar la noticia de que había
clavado la bandera cae las barras y las estrellas en la cima del mundo. No sabía
que un tal Frederick Cook había proclamado ser el primero en llegar al polo
Norte un año antes, el 21 de abril de 1908, y había anunciado su conquista sólo
cinco días antes que Peary. Con dos esquimales, tinos cuantos perros samoyedos,
en canoa y un trinco, Cook declaró que había tardado un año en llegar a la
oficina de telégrafos.
La noticia de Peary llegó más rápidamente a la oficina
telegráfica del Labrador porque había organizado a 24 hombres en relevos por el
casquete poiar y si¡ barco, el Roosevelt, lo esperaba frente n, la costa de la
isla Ellesmere. Al, enterarse Peary de la reivindicación de Cook, trató
enconadamente de invalidarla. Con ello se suscitó una polémica mundial -que
recuerda una tarjeta postal de la época, y que hasta la fecha no se ha dirimido.
La información no es concluyente: nadie sabe a ciencia cierta cuál de los dos,
si es que alguno, llegó efectivamente al polo Norte primero. Un examinador
escéptico de los documentos de ambos exploradores declaró: "Si es verdad, como
pretende Peary, que Cook nos ha dado un falso lingote, Peary, por su parte, nos
ha dado un diamante de vidrio."
Frederick Cook, médico de Brooklyn con escasa clientela, fue por primera vez al
Ártico acompañando a Peary en 1891, en calidad de médico de a bordo. Luego, en
el otoño de 1907, un acaudalado de- portista llamado John Bradley pidió a Cook
que fuera su guía en una cacería por el Ártico. Cook accedió y, dejando a
Bradley frente a la isla de Devon, según relató, emprendió el rápido recorrido
de 3200 kilómetros hasta el polo Norte. Posteriormente describió con lujo de
detalles la proeza en su libro Comoo llegué al polo Norte: "Todos nos sentimos
en el paraíso de los triunfadores al poner la planta en las nieves de tina meta
por la que gustosamente habíamos arriesgado la vida tras sufrir las torturas de
un infierno de hielo. El hielo que pisábamos, meta que se habían propuesto desde
hacía siglos hombres valientes y heroicos, muchos de los cuales habían sufrido
terriblemente y hasta habían encontrado una muerte tremenda, nos parecía casi
sagrado. Observé constante y cuidadosamente mis instrurrientos hasta registrar
este logro final. Cada día registraban que nos acercábamos más a nuestro
objetivo.
A cada paso mi corazón latía aceleradamente, con un extraño entusiasmo
de conquista,"Por fin pisarnos campos de hielo de luz rutilante, escalamos muros de púrpura y
oro y, bajo cielos de azul nítido, con llarneantes nubes de gloria, ¡alcanzarnos
nuestro objetivo!"
Peary tenía sus partidarios, pero también Cook, entre ellos algunos con los que
Peary se había enemistado en sus expediciones previas. El diario Herald de Nueva
York fue el más ferviente aliado de Cook: publicó su relato por 25 000 dólares.
El Times estaba en favor de Peary. Mientras que Cook era pobre y siempre
necesitaba dinero, Peary era ampliamente conocido y contaba con btienas
infltiencias. Uno de los defensores de Cook comentó: "Cool, era un mentiroso y
un caballero; Peary, ninguna de las dos cosas." Aunque Peaty no logró reftitar
del todo a Cook, éste causó algún daño a la pretensión de Peary.
Cook insistió en qtie Peary jamás
había llegado al polo Norte sino que, creyendo que lo había logrado, había
regresado cuando se hallaba a 160 kilómetros de él. La controversia resultó
iniposible de dirimir, porque ninguno de los dos llevó consigo a un compañero
que supiera usar el sextante y confirmara sus lecturas astronómicas.
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