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LA FAMILIA DE PEDRO I
Catalina, la zarina improvisada
En
1712, Pedro se casó de nuevo oficialmente con Catalina, su amante desde hacía
varios años, y más tarde su esposa en secreto Circulan por lo menos ocho
hipótesis acerca del nacimiento de la nueva zarina, y la mayoría de
historiadores la suponen hija de un u otro oficial del ejército sueco, aunque,
en realidad, Catalina en hija de un comerciante lituano establecido en Dorpart.
La zarina nació hacia el año 1683 y tenía, en consecuencia, once años meno, que
su esposo.
En
1702 contrajo matrimonio con un caballero sueco llamado Kruse; poco después,
Marienburg, la ciudad de Livonia donde residía, fue conquistada por los rusos, y
Catalina conducida al cautiverio; algún tiempo más tarde, el general Meo
Chicov la hizo su amante y la instaló en su casa, y en este lugar fue donde
tuvo su primer encuentro con el zar Pedro en 1704, que s enamoró de ella en el
acto. Antes de efectuar su matrimonio Pedro y Catalina tuvieron dos hijas, Ana e
Isabel. Desde todos los puntos de vista, Catalina era la mujer que con venia aun
hombre de carácter como Pedro el Grande; se interesa ha por todas las empresas
de su esposo, compartía la alegría de sus victorias y la tristeza de sus
fracasos, y a menudo Catalina acompañaba al zar en sus viajes.
Durante las inevitables separaciones entre ambos, el soberano no cesaba de
recordar a su mujer, como lo manifiestan sus numerosas cartas, remitidas desde
los más diversos lugares y que demuestran la agotadora existencia que llevaba
Con todo, Pedro encontraba siempre tiempo para escribir a Katinka, da amada de
su corazón, y de soñar en el día feliz en volverían a estar de nuevo juntos. "Sin
ti -le decía en ellas- no gozo de alegría verdadera en la vida; todo es soledad
y tristeza". A pesar de sus aventuras extraconyugales, el zar volvía siempre a
su Katerinuchka.
El zarevich Alejo
Pedro
tenía un hijo de su primer matrimonio, Alejo, que contaba sólo ocho años cuando
fue separado por la fuerza de su madre Eudoxia, que en tan temprana edad le
había inspirado ya odio hacia su padre. Cuando Alejo supo la manera como se
trataba a su madre en el convento juró vengarla cuando fuera mayor’. El delicado
príncipe Alejo era en todo la antítesis de su activo e infatigable padre. Cuando
creyó llegado el momento oportuno, Pedro se esforzó en formarle y educarle para
que desempeñara su papel de colaborador y de futuro soberano, pero estos
contactos más estrechos entres ambos sólo sirvieron para aumentar el temor y el
odio del zarevich hacia su padre. Como Pedro golpeara con frecuencia a su hijo,
para estimularle a la obediencia, las relaciones entre ellos empeoraron de tal
forma que Alejo decidió huir al extranjero, y entonces, su padre le hizo espiar
por uno de sus más astutos colaboradores, Pedro Tolstoi.
Tolstoi encontró al fin huellas de su presa -como él decía- en los alrededores
de Nápoles, en una de las posesiones del emperador, que era cuñado de Alejo.
Logró persuadir al príncipe convenciéndole para que regresara a casa,
esgrimiendo ante él amenazas y promesas. Tolstoi decía que el zar había jurado
concederle "un perdón completo y su amor paterno" tal juramento, que según él
fue hecho en nombre de Dios, no impidió al zar, una vez que regresó Alejo al
redil, negarle sus derechos de sucesión al trono. Hizo luego comparecer al
zarevich ante un tribunal, le sometió varias veces a tortura y el infeliz Alejo
fue por último condenado a muerte.
El príncipe falleció antes del cumplimiento
(le la sentencia, de resultas de tan terrible martirio, ala vez moral y físico.
Se dice que Alejo expiró a golpes de látigo, el 26 de junio de 1718, dos días
antes de celebrarse las ceremonias conmemorativas de la victoria de Poltava. Los
funerales del desgraciado zarevich tuvieron efecto durante la noche y en la
mayor sencillez: el zar y toda la corte seguían al cortejo, llevando sendos
cirios en la mano, y Pedro tenía su rostro anegado en lágrimas.
Dramas familiares El proceso de Alejo le
facilitó a Pedro el pretexto para entablar su último combate contra los
partidarios de la Rusia tradicionalista, y como en 1699, con ocasión de su
ajuste de cuentas con los strelzi, también esta vez aterrorizó a sus
adversarios con torturas y ejecuciones atroces. Los partidarios de Alejo, desde
los más destacados a los más insignificantes, murieron entre espantosos
suplicios y el propio confesor del zarevich se contó en el número de estas
víctimas. Eudoxia-sufrió también las consecuencias del odio y de la venganza de
su antiguo esposo. Pedro la acusó de mantener contactos secretos con Alejo, con
la finalidad de fomentar una sublevación contra el zar, y éste la interrogó
personalmente, golpeándola, arrastrándola por los cabellos y amenazándola de
muerte.
La
dejó al fin con vida, pero la hizo trasladar a otro convento, en una región
completamente aislada, cerca del lago Ladoga, sometiendo a la infeliz a la más
rigurosa vigilancia. Se procedió también a interrogar a algunas monjas del
convento, y con objeto de arrancarles las confesiones requeridas se las torturó
de tal manera que murieron en el transcurso del interrogatorio. La muerte de
Pedro el Grande no significó la libertad para Eudoxia, ya que la desdichada ex
zarina fue encerrada en la fortaleza de Schlüsselburg, en un calabozo
infestado de ratas. Catalina se vengaba de este modo de la primera mujer de su
esposo. Cuando Catalina murió a su vez y un nieto de Eudoxia fue proclamado zar
con el nombre de Pedro II, la infeliz pudo por fin ver que se abrían para ella
las puertas de su prisión; ya anciana, ocupó de nuevo un puesto de honor en la
corte. Este consuelo llegaba demasiado tarde; la vida no ofrecía ningún
atractivo a la anciana emperatriz, que emprendió Otra vez el camino del
convento.
La
crueldad de Pedro hacia su primogénito Alejo se explica en érto modo por el
hecho de que Catalina le había dado un hijo varón, en 1715. El zar depositó todo
el afecto que negó a Alejo en el nuevo sucesor, el ‘pequeño marinero Pedro’,
como gustaba llamar al hijo de Catalina. En 1718, éste fue proclamado heredero
del trono, suplantando así al hijo de Alejo, que sólo contaba unas pocas semanas
más de edad y que también se llamaba Pedro. El pequeño zarevich era enfermizo de
naturaleza y no vivía sino gracias a los medicamentos que le administraban, pero
Pedro depositaba en él todas sus esperanzas para el futuro.
El
golpe que recibió fue, por lo tanto, durísimo cuando al año siguiente, 1719,
Petenka falleció después de breve enfermedad. En el colmo de la desesperación,
Pedro el Grande se encerró, al parecer, en su gabinete de trabajo durante los
tres días siguientes a la muerte de su hijo, sin acordarse de comer ni beber, y
ni siquiera Catalina fue admitida a su presencia.
Muere Pedro el Grande
El
vigor físico y mental de Pedro el Grande parecía inagotable. Era capaz de estar
bebiendo toda una noche y ponerse inmediatamente a trabajar al día siguiente sin
la menor señal aparente de fatiga. Pedro era uno de los hombres que queman su
vida llevando una existencia agotadora. Además, había contraído una enfermedad
venérea que descuidó al principio y que le acarreo graves consecuencias. A pesar
de sus terribles dolores, y confiando excesivamente en su vigor natural, no
quiso consultar a tiempo al médico y continuó su régimen de vida, de esfuerzo
incesante. Un día de noviembre, durante una tempestad y con el agua helada, el
zar quiso participar a toda costa en el salvamento de unos náufragos, y contrajo
una enfermedad, quizá congestión, que los médicos se vieron impotentes de curar.
Pedro
falleció en enero de 1725, entre atroces sufrimientos. Sólo contaba cincuenta y
tres años cuando murió, pero sus grandes reformas nacionales pesaron
decisivamente en la historia del mundo, puesto que las dos grandes mitades de
Europa, la occidental y la oriental, lograron al fin su aproximación política,
después de separación tan prolongada. El pueblo ruso consiguió que aquel lejano
mundo eslavo participase cada vez más en la vida común europea.
Rusia
entraba de lleno en la historia universal. Pedro aportó a su tarea reformadora
tanto empeño, vigor optimismo y energía que, aun teniendo en cuenta sus
numerosos defectos, suscitan la admiración del observador y confieren a su
gigantesca silueta histórica una aureola de eterna juventud. El zar supo
ahuyentar de su alma toda clase de prejuicios; poco secundado por un pueblo
aislado de los demás, satisfecho de su rutinaria situación y terriblemente
patriotero, Pedro supo convertir al ruso en ciudadano del mundo.
Con
todo, era preferible no haber llamado "Grande" a un hombre de instintos tan
primarios e irrefrenables: el epíteto de "Pedro el Gigante" acaso le conviniera
más. Violentó a los seres humanos, a la naturaleza, a las cosas, al tiempo y
realizó el progreso a fuerza de despotismo. Las leyendas y los cantos populares
rusos le convirtieron en el último gran héroe que se asentó en el trono
imperial.
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