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"El
mundo se divide en tres categorías de personas: un pequeñísimo número que hace
producir los acontecimientos; un grupo un poco más importante que vigila su
ejecución y asiste a su cumplimiento, y, en fin, una vasta mayoría que jamás
sabrá lo que en realidad ha acontecido."
Nicholas
Murray Butler. Miembro del Council on Foreign Relations.
El
petróleo no es precisamente un tema cuyo análisis despierte la pasión de
multitudes. Generalmente, se entiende que es un tema para especialistas,
demasiado técnico, con aristas muy económicas. Por esta causa, la relativamente
poca cantidad de material bibliográfico que surge acerca del mercado energético
mundial suele ser desechada aun por el público más ávido de información, debido
a la aridez del tema. Quizá, cuando concluya este capítulo, comience a ser muy
diferente la visión del lector en esta materia.
Una
cosa de la que no tomamos adecuada conciencia es que la vida entera podría ser
analizada desde un punto de vista de transformación de la energía. Cuando
comemos, o nos vestimos, o desarrollamos cualquier actividad diaria, no estamos
haciendo otra cosa que procesar energía. La inteligencia del hombre ha sido
capaz de generar asombros científicos incomparables: se ha llegado a la fórmula
y la posible manipulación del genoma humano, hace más de tres décadas se llegó a
la Luna, nos podemos comunicar en forma instantánea con alguien en otra parte
del planeta prácticamente sin costo, y se puede dar la vuelta al mundo en horas
cuando hasta hace un par de siglos demandaba meses. A pesar de todo este
enorme
progreso, la energía con la cual nos movemos, y movemos todos los bienes, es
básicamente la misma que se usaba hace un siglo y medio, es un recurso no
renovable, escaso, contaminante y que ha ocasionado terribles guerras, varias de
ellas recientes.
¿No
ha sido el hombre capaz de crear un sustituto? Dos grandes firmas
automotrices están haciendo ensayos preliminares para que el combustible de sus
automóviles sea el hidrógeno. De todas maneras, se trata de algo aún muy
incierto en el tiempo y con escasa o nula programación estatal en la materia.
O
sea, no hay planes gubernamentales importantes para fomentar que el petróleo sea
reemplazado por un recurso energético renovable. A mediados del 2003, tras la
guerra con Irak, George W. Bush continúa dilatando la decisión acerca de la
licitación entre universidades norteamericanas para estudiar en forma hipotética
cómo desarrollar la tecnología del hidrógeno. Por lo tanto, si han sido creados
sustitutos de los hidrocarburos fósiles, con buenos resultados, permanecen en el
anonimato. No es nada improbable que los enormes intereses que hay detrás del
oligopolio mundial petrolero hayan provocado su silenciamiento. Cuando hablamos
de monopolio u oligopolio mundial petrolero debemos referirnos ineludiblemente a
las empresas derivadas de la antigua Standard Oil, compañía creada luego de la
guerra civil norteamericana por el ya mencionado John D. Rockefeller I.
Haciendo un poco de historia
Rockefeller,
en muy poco tiempo, se transformó en un tácito monopolista de la industria
petrolera norteamericana. Llegó a concentrar en sus manos el 95% de la
exploración, explotación, distribución y venta minorista de gasolina en EE.UU.
Siempre pensó que el negocio petrolero debía estar integrado en forma vertical,
o sea, una misma firma debe controlar todas las etapas de producción. Y que la
clave del negocio en sí mismo era tener bajo su órbita el proceso de
distribución, por lo que llegó a obtener un acuerdo con importantes descuentos
con los ferrocarriles que controlaba JP Morgan, acuerdo que resultó a la postre
ruinoso para todos sus competidores, a los que uno a uno fue desplazando del
mercado, muchas veces mediante la aplicación de métodos semicompulsivos o
compulsivos. Ese accionar empresarial, carente de preceptos morales, o de
códigos, era común en la decena de empresarios que comenzó a controlar la
economía norteamericana tras la muerte de Abraham Lincoln. Se trataba de
empresarios profundamente odiados por la población en su conjunto, por lo que ya
en aquella época fueron bautizados The Robber Barons (Los Barones
Ladrones), expresión que quedó a través de los tiempos, y con la cual aún hoy
muchos los recuerdan, a pesar de la acción de una cantidad de biógrafos a sueldo
que, con el transcurso de las décadas, la falta de conocimientos reales de
historia del pueblo norteamericano y el paso de las generaciones, ahora intentan
mostrar un pasado mucho más rosa. Por ejemplo, en su voluminosa biografía de
John D. Rockefeller I, el historiador oficial con que hoy cuenta la élite
norteamericana, Ron Chernow, titula la biografía de John D. Rockefeller I con el
nombre de Titán, y lo representa como un personaje ambivalente. En cuanto a
biografías, es necesario mencionar que aquellas que citaban con más detalle
algunos de los actos de crueldad y barbarie atribuidos al clan han desaparecido
casi por completo del mercado bibliográfico, al punto que han caído en el olvido
episodios tales como la masacre de Ludlow, cuando gente propia de Rockefeller en
1913 mató a mujeres y niños por plegarse a una huelga de la Colorado Oiland Fuel,
empresa propiedad de esa familia. Incluso las recientes biografías para
televisión que realizaron tanto History Channel como PBS muestran a Rockefeller,
el primer billonario del mundo, casi como un altruista, un poeta, cuando el
saber popular recuerda que sus asesores le recomendaban darle algunas monedas a
los niños pobres cuando había fotógrafos cerca, lo que no se le ocurría al
propio empresario, cuya máxima ambición en la vida, además de juntar dinero y
poder, fue llegar a cumplir 100 años, de lo que estuvo muy cerca, al morir en
1937 a los 98 años de edad.
El
odio popular a los Robber Barons era en aquellas épocas enorme. Se
trataba cada vez más de una casta monopolista en sus diferentes actividades, de
un verdadero equipo que se ayudaba solidariamente entre sí, cuyos vástagos se
casaban entre sí a fin de que no se diseminaran las fortunas familiares. Si bien
un siglo antes Adam Smith (imagen) había comenzado a idear la tesis del
individualismo como base de la competencia perfecta, quienes detentaban el poder
económico en Estados Unidos a fines del siglo XIX constituían en realidad una
verdadera corporación. Tan corporativo y concentrado era el poder económico que
en 1890 el gobierno norteamericano se vio en la obligación de dictar la llamada
"Ley Sherman", legislación antitrust, que tardó 21 años en ser aplicada para el
caso del petróleo. Recién en 1911 se ordena la división de la Standard Oil, que
pasa así a fracturarse en una serie de empresas más pequeñas estaduales, pero
que siguieron durante muchísimo tiempo constituyendo un monopolio en las sombras
debido a una conjunción de factores. En primer lugar, el clan Rockefeller
recibió un porcentaje de acciones de cada una; en segundo lugar, las
particulares condiciones de la Bolsa norteamericana, donde el capital accionario
está singularmente atomizado, hacen que con una pequeña fracción del total de
las acciones se pueda controlar toda la empresa, sus políticas comerciales y
financieras, y hasta el nombramiento de los directores. Los propios bancos
relacionados desde fines del siglo XIX con el clan Rockefeller facilitaron que
la desmonopolización haya sido sólo un intento vano: una ley presuntamente
cumplida, tras la cual hay un monopolio en las sombras. Este proceso se agudiza
cuando comienza a proliferar una inmensa gama de fondos de pensión e inversión,
en los que la población norteamericana coloca sus ahorros y los fondos para su
jubilación. Estas entidades, muy relacionadas con los bancos, han invertido
ingentes cantidades de fondos en comprar aún más acciones de estas empresas.
Como estos fondos de inversión y pensión en muchos casos son propiedad de los
bancos de la élite norteamericana, o están relacionados con ellos, ésta ha
encontrado una "pócima mágica" no sólo para seguir controlando lo que antes eran
monopolios dirigidos de manera unipersonal sino para ejercer su dominio sobre
muchos otros sectores a los que no hubiera podido acceder si no se hubiera dado
esta singular forma de estructura financiera que existe aún hoy en WallStreet.
Poseyendo el 5 o 10% de una empresa, y administrando otra parte, aun cuando no
sea de fondos propios sino con los ahorros de la gente invertidos en bancos y
fondos de pensión e inversión, se puede controlar totalmente un mercado tan
estratégico como el energético.
El
caso del clan Rockefeller es quizás el principal emblema, pero no el único.
Durante buena parte del siglo XX, el monopolio petrolero anglo norteamericano
fue rebautizado como "The Seven Sisters" (Las Siete Hermanas). Pero el proceso
de gran concentración del capital vivido en la década del 90 ha hecho que se
dejaran de guardar las apariencias y las empresas petroleras volvieran a
fusionarse. De seguir a este ritmo, ya poco faltaría para volver a la primitiva
Standard Oil. En efecto, la familia Rockefeller controla los conglomerados
petrolíferas Exxon Mobil, Chevron Gulf Texaco y Amoco British Petroleum. También
le corresponde, por ejemplo, y entre muchos otros intereses petrolíferos en el
resto del mundo, una proporción muy importante en el petróleo que Repsol posee
en la Argentina dado que Aznar vendió en 1997 acciones de Repsol en la Bolsa de
Madrid y fueron compradas nada menos que por el Chase Manhattan Bank.(1)
Este banco, también controlado por la familia Rockefeller, adquirió
recientemente al JP Morgan, al Chemical Bank y al Manufacturers Hannover. Desde
hace tiempo, la misma familia también controla al Citibank e influye
decisivamente en el Bank of America. En realidad, hay una gama de negocios que
sigue oligopolizada en las sombras en Estados Unidos, a pesar de la legislación
en la materia. Es necesario volver a remarcar que el capitalismo en su versión
norteamericana produjo un enorme auge de cotizaciones en la Bolsa de todo tipo
de empresas. Con una muy pequeña proporción del capital accionario de ellas y de
los fondos de inversión o pensión que luego invierten una enorme parte de lo que
recaudan en las mismas acciones cotizantes, una pequeña élite influye
decisivamente en las políticas de las mega empresas de esos sectores. Ello
ocurre más visiblemente en los negocios de banca y finanzas, petróleo y energía,
laboratorios y salud, educación y universidades.
(1) Algo similar ocurrió con
Telefónica de España. Las acciones vendidas en la Bolsa de Madrid por el Estado
Español fueron compradas en forma mayoritaria por bancos estadounidenses muy
relacionados con el dan que controla el petróleo norteamericano.
Todas
estas ramas de la producción están relacionadas entre sí a través de los clanes
elitistas controlantes de los sectores en bloque. No se trata de un esquema
cerrado en sí mismo sino con derivados a otros sectores de la actividad como,
por ejemplo, la industria de armamentos. Debe tenerse en cuenta que en el
oligopolio mundial energético también tiene una vital influencia la empresa
Royal Dutch Shell, en parte propiedad de las coronas británica y holandesa, y
financiada en buena medida por la familia Rothschild (imagen: iniciador de la
dinastía Rothschild) , antigua financista europea de varias coronas reales,
sobre todo a la hora de financiar guerras. Se caracterizaba por auxiliar
financieramente a la vez, a los dos bandos.
Según
abundante información, esta misma familia también es la prestamista original de
los Rockefeller y de todo el desarrollo petrolífero, ferroviario y bancario en
Estados Unidos, a través de las familias Morgan (banca y ferrocarriles),
Harriman (ferrocarriles y altas finanzas) y Rockefeller (petróleo y banca). Los
ferrocarriles no eran un negocio de transporte más en el siglo XIX. No había
transporte aéreo, no existía el transporte de carga por carreteras, no había red
de autopistas. Tan sólo una de las pocas empresas ferroviarias en Estados Unidos
rivalizaba con el propio gobierno federal en cantidad de obreros empleados. Ello
significa que haber controlado cuasi monopólicamente ferrocarriles, petróleo y
bancos implicaba controlar el real poder en Estados Unidos. Resulta llamativo,
entonces, que la familia Rothschild, en la reciente biografía oficial escrita
por Nial Ferguson en dos tomos, en Oxford, intente mostrarse a sí misma como en
decadencia desde mediados del siglo XIX, precisamente por no haberse podido
instalar como banca en Estados Unidos, y perder el control de la situación
cuando Nueva York comienza a rivalizar con Londres como centro financiero
mundial. Ello se da de bruces con el control que dicho grupo económico ejercía
por medio de la financiación sobre los tres principales negocios de Estados
Unidos. Sin embargo, esa voluntad propia de aparecer cada vez más en el
anonimato va de la mano con el hecho de que el clan Rothschild sólo presta en la
actualidad su apellido a bancos de inversión singularmente pequeños.
Energía y Poder:
Controlar la energía es tener el poder. Si nos detenemos a pensar un poco en
este punto, se observa que la decisión de ir a Irak e invadirlo contra viento y
marea es una decisión estratégica con miras a estar donde está el petróleo, a
manejarlo y extraerlo como si fuera propio, y a no depender de la buena voluntad
de empresas estatales y líderes nacionales. En suma, a la necesidad de conservar
el poder que otorga el tener como propias las escasas fuentes de energía no
renovables que hoy resultan fundamentales para la vida humana y, sobre todo,
para la vida urbana.
Si el
más importante recurso energético es escaso y no renovable, como el petróleo y
el gas, quienes manejen ese bien tienen el poder. Si las principales fuentes de
energía se basaran en recursos renovables —y hay que tener en cuenta que toda la
materia es fuente potencial de energía—, ningún minúsculo grupo podría tener el
poder, porque las decisiones humanas de consumo bien podrían independizarse
mucho más de la necesidad de trabajar. O sea, la necesidad de trabajar para
vivir en el mundo contemporáneo se debe, en muy buena medida, a que al ser el
petróleo un bien escaso, y por lo tanto oneroso, hace mucho más costosos los
bienes que consumimos usualmente.
¿Cuál
es, entonces, a la luz de la guerra en Irak y de la ocupación de Afganistán, la
verdadera situación del mercado petrolero? ¿Es el petróleo abundante o escaso?
¿Urge su reemplazo o tenemos tiempo? En Internet se puede acceder con facilidad
al sitio oficial de la International Energy Agency. Dicho sitio proporciona
abundante información. Si bien no hay datos por empresa, si hay datos de
producción, consumo, reservas, precios, etc., tanto de petróleo como de gas
natural. Las conclusiones más importantes que se pueden extraer son las
siguientes:
Hacia
el 2002, quedaban reservas de petróleo compatibles con el consumo actual mundial
para 35 años. (Si bien al actual ritmo de producción se podría extraer petróleo
durante más de 80 años en Arabia Saudita y durante más de 110 años en Irak,
ambos países deberán multiplicar en el muy corto plazo su producción para
compensar la extinción de pozos petroleros en Estados Unidos, Inglaterra, Rusia
y México. De ahí que haya petróleo en el mundo para sólo 35 años en los niveles
actuales de consumo.) Es necesario mencionar que, a esta altura, ya
prácticamente todo el planeta ha sido explorado, quedando algunas dudas aún
sobre el potencial que podrían tener un sector de la costa de Groenlandia, el
Congo y la cuenca del Níger (país al cual el presidente George W. Bush y la CÍA
acusaron en su momento de vender uranio a Saddam Hussein, acusación que se
comprobó falsa).
El
70% de todas las reservas mundiales de petróleo se encuentra concentrado en el
Golfo Pérsico; Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos e Irán. En
el plazo de una década, más del 80% del petróleo mundial estaría en esa región.
Otro 10% del petróleo mundial también se encuentra en países musulmanes como
Libia, Nigeria e Indonesia. Hoy, el 80% de petróleo del mundo está en manos
musulmanas, y ese porcentaje tiende a subir con el paso del tiempo. Dado que el
petróleo comenzó a utilizarse como fuente energética en Estados Unidos luego de
la Guerra Civil, y en aquella época sólo se lo conocía en forma abundante dentro
de Estados Unidos y en Rusia, estratégicamente resultaba no sólo cómodo sino
también sumamente viable comenzar a basar la energía en hidrocarburos fósiles.
El combustible saudí sólo vio la luz en 1938. Y fue, con el paso de las décadas,
que el mundo se llevó la sorpresa de que estaba concentrado mayoritariamente en
torno del Golfo Pérsico. Entonces puede comenzar a quedar un poco más claro el
porqué de la frecuente propaganda contra países de origen musulmán, dado que el
intento de basar la energía del planeta en un recurso escaso, que se encontrara
sobre todo en el subsuelo estadounidense, naufragó a medida que se iban secando
los pozos petrolíferos de Texas, cosa que comenzó a ocurrir hacia los años '60,
y se iban descubriendo cada vez más yacimientos gigantescos en países árabes (lo
que terminó de ocurrir en los años '80).
Muy cerca del techo:
Estados Unidos tocó el techo de su producción anual de petróleo en el año 1970,
con algo menos de 10 billones de barriles anuales de crudo. Hoy apenas si puede
producir 5 billones de barriles por año. Ello, a pesar de que se ha incorporado
la un tanto decepcionante —en cuanto a su magnitud— cuenca petrolífera de Alaska
al mercado. Todo esto al costo de comenzar a generar un preocupante problema
ambiental, y aunque se han desarrollado y aplicado nuevas tecnologías
extractivas, las que, por ejemplo, introducen gas a presión en la roca de los
yacimientos para virtualmente "secar" las rocas de petróleo y aumentar la
posibilidad extractiva de pozos vecinos, incrementando de forma importarte el
recupero de la inversión en los pozos. A pesar deque estas cifras indican una
realidad energética preocupante al menos dentro de los propios Estados Unidos,
el gobierno de George W. Bush muestra una gran lentitud en las tareas
preliminares previstas para licitar entre las universidades norteamericanas
algunos fondos para el estudio de tecnologías masivas qué reemplacen al
petróleo. Esa pereza se contrapone a la enorme rapidez con la cual el mismo
gobierno decidió efectuar la licitación de las obras petrolíferas por
desarrollarse en Irak, que ganó antes de la propia caída de Bagdad y Basora una
filial de la empresa Halliburton (Kellogg), la que fue hasta hace poco dirigida
por el propio vicepresidente norteamericano, Dick Cheney. (imagen abajo)
Desde
ese año 1970, cuando Estados Unidos alcanzó el denominado "techo de producción
anual", ésta no ha cesado de declinar, como lo indican las cifras antes
comentadas. El descenso ha sido particularmente mayor en los años '90 y en el
inicio de este siglo, ya que a lo largo de una década cayó casi 20%. Hacia 1950,
Estados Unidos producía prácticamente el 100% del petróleo que consumía y era el
primer productor mundial. Importaba algo de petróleo, pero también exportaba.
Hoy, Estados Unidos no llega a producir 45% del petróleo que consume. Sigue
siendo el primer consumidor mundial, con casi un cuarto del consumo de todo el
planeta. Se calcula que, al actual ritmo de producción, el petróleo
norteamericano se extinguirá en el año 2010. Peor aún es la situación en
Inglaterra: los pozos descubiertos en el Mar del Norte, cuya propiedad comparten
Inglaterra y Noruega, sobre los que se llegó a pensar en su momento que eran
mucho más grandes, han resultado menos abundantes que lo previsto, y se calcula
que Inglaterra se quedará sin petróleo aproximadamente en el año 2006. Fuera de
los países musulmanes, el petróleo es aún abundante sólo en Venezuela (recordar
el intento de golpe contra Chávez efectuado por sectores empresariales muy
relacionados con el establishment petrolero de Estados Unidos y la CÍA) y
algunas de las ex repúblicas de la URSS. En mucha menor medida en China, Libia y
México. Y... en ningún lado más.
Desde
mediados de la próxima década, el petróleo estará entonces tan concentrado en
tan pocas manos, y tan escaso resultará en Estados Unidos, que ello puede ayudar
a explicar la verdadera naturaleza de las guerras que hemos visto en el siglo
XXI. La decisión hasta el momento ha sido no sólo ir tras el petróleo, sino
también seguir férreamente con la tecnología de ese combustible. Hemos
mencionado que las cifras oficiales indican que hay reservas mundiales para 35
años. Ello puede generar una falsa idea: que hay por lo menos tres décadas de
tiempo antes de que se produzca una grave crisis energética; que todo es
cuestión de encontrar métodos pacíficos de solución a los conflictos, de manera
tal que el comercio de petróleo del Golfo Pérsico a Occidente y Japón se realice
en forma fluida evitándose las fricciones que hubo con los talibanes
(Afganistán, por su particular enclave, es importante para el paso de
gasoductos) y con Irak. De esa manera, si nos guiamos por las cifras oficiales
de la International Energy Agency, aún hay cierto tiempo —no mucho, pero tres
décadas es un plazo apreciable—, y las tensiones bélicas de inicios de este
siglo bien podrían ceder si se diera con la gente indicada para gobernar los
países. O sea, si los conflictos entre Estados Unidos y el mundo musulmán los
resuelve otra clase dirigente, distinta de la que hoy está sentada en la Casa
Blanca y en varios países musulmanes. Si seguimos por esta línea de pensamiento,
debemos limitarnos a calcular cuál sería la real magnitud del déficit
estructural adicional en las balanzas de pagos de Estados Unidos e Inglaterra,
producido por el hecho de tener que importar todo el petróleo que aún producen
en su propio territorio, pero nada más que eso. Ello requeriría de un mayor
"ajuste de cinturón" de las poblaciones de ambos países, pero nada del otro
mundo, nada que no se haya ya visto en el pasado en cuanto a ajuste recesivo.
Después de todo, el 55% del petróleo que consume Estados Unidos —que es
importado— representa entre 1 y 1, 5% de su PBI, según la cotización del barril.
Es decir, el impacto de dejar de producir petróleo, importando el restante 45%
que hoy aún produce internamente Estados Unidos, equivaldría a cerca de otro
11,5% de su PBI, si se soluciona el conflicto a través del comercio
internacional. Si bien hoy, en pleno 2003, Estados Unidos tiene un muy abultado
déficit de balanza de pagos del orden de 5,2% de su PBI, un déficit adicional de
11,5% lo colocaría en las puertas de una recesión más pronunciada que la que ha
venido evidenciando desde el año 2000, y quizás en la necesidad de una más
apreciable caída del dólar, Pero no se trataría de nada imposible de manejar. A
todas estas conclusiones se puede llegar, entonces, si se atan lo suficiente los
cabos sueltos a partir de las cifras oficiales de la International Energy Agency.
Pero
lamentablemente estaríamos frente a un espejismo, mucho más grande aún que los
que se suelen padecer en los desiertos bajo los cuales se encuentra el petróleo.
Ocurre que el petróleo no es como el agua o el aire, ni como el dinero. No se
puede extraer al ritmo que se desea ni se encuentra en forma uniforme ni es
siempre de la misma calidad. Por empezar, en las reservas suelen figurar
petróleos especialmente pesados, que suelen ser de mucho más bajo valor
energético y caros de procesar, petróleo que aún hoy no se sabe procesar bien
por su bajo valor energético y económico. Hay incluso tipos de petróleo que aún
hoy no poseen valor económico, y otros ubicados en zonas de muy difícil acceso,
cuya explotación seria tan cara que sólo tendría sentido con un precio mundial
del crudo compatible con cerca de 80 dólares el barril a valores del presente,
actualizados por la tasa de inflación en Estados Unidos, al que se llegó durante
la segunda crisis petrolera mundial a raíz del conflicto entre Estados Unidos e
Irán en 1979. Esto implica que un porcentaje indeterminado pero apreciable de
las cifras oficiales es petróleo que está en las estadísticas pero no en la
realidad.
En
segundo lugar, y en forma aún mucho más importante, hay que tener en cuenta que
el petróleo no va a empezar a faltar desde el año en que teóricamente se extinga
(alrededor del 2035 2040), sino desde cuando se alcance lo que se denomina
"techo mundial de producción". El "techo mundial de producción" es la máxima
cantidad posible de petróleo que se puede producir en un año y depende de las
características geológicas de los pozos, del tipo de crudo, de la tecnología
extractiva que se use. etc.,etc. En el mundo, todavía nos encontramos en la fase
ascendente de producción mundial del crudo. Medir su disponibilidad por la
cantidad de años de reservas existentes implicaría aplicar un cálculo lineal de
posibilidades de extracción. O sea, significa pensar que todos los años se puede
extraer la misma cantidad y un poco más. La realidad es diferente. Existe
primero un período ascendente, de producción año tras año superior, causado por
el hecho de que van entrando al circuito productivo más yacimientos que los que
se van "secando." Luego se alcanza el "techo mundial de producción", y ésta se
estanca cerca de esa cifra durante un período breve de algunos años. Finalmente,
comienza un período de producción declinante año tras año, originado por el
hecho de que ya no pueden agregarse a la producción nuevos yacimientos al mismo
ritmo al cual van saliendo de circulación y agotándose muchos de ellos, ya
secos. Hoy el planeta ha ingresado en la última parte de la curva ascendente del
ciclo de producción del petróleo. Al "techo mundial de producción" aún no se ha
llegado. Cuánto falta para alcanzarlo es un dato clave para la economía del
mundo entero. El "techo de producción" sí ha sido alcanzado, por ejemplo, en
países como en Estados Unidos. Hemos mencionado que el "techo de producción
norteamericano" se tocó en el año 1970, y debe recordarse muy especialmente que
en 1973 se produjo una de las dos crisis energéticas mundiales más graves de que
se tengan noticias, cuando la historia oficial indica que Arabia Saudita produjo
un embargo petrolero a los países occidentales que ayudaron a Israel a ganarla
guerra de ese año. En aquellos años '70 eran frecuentes las colas en las
estaciones de servicio, el racionamiento de combustibles y la inflación
descontrolada en muchos países a consecuencia de las subas de precios de los
hidrocarburos evidenciadas en todo el mundo como consecuencia de la
desaceleración inevitable que se produjo en la producción de crudo
norteamericana, factor que en realidad jugó un papel preponderante en la
triplicación de los precios del crudo a inicios de los años '70.
A
partir del momento en que se toque el "techo de producción" mundial, se va a
evidenciar una serie consecutiva de bruscas escaseces de petróleo. El mundo
habrá alcanzado su máximo ritmo de producción mundial, a partir de cuyo momento,
año tras año, habrá cada vez menos petróleo disponible para alimentar a cada vez
más habitantes de la Tierra y a economías que pugnarán por seguir creciendo a un
ritmo superior al 2% anual, mínimo umbral considerado aceptable, lo que sería
inalcanzable para todos los países en forma conjunta en un mundo en el que cada
día habría menos petróleo. De esta manera, el planeta se encuentra frente a una
disyuntiva que debe solucionarse por alguna de estas tres vías, o una
combinación de las mismas, de aquí a cierto tiempo:
a) una importante reducción en la tasa
decrecimiento demográfica a escala global y presumiblemente una declinación de
la cantidad de habitantes en la Tierra;
b) una muy profunda recesión a escala global
que produzca una reducción apreciable en el nivel de vida de la población global
como promedio;
c) el abandono gradual pero acelerado de la
tecnología del petróleo. En términos económicos, esa serie de crisis
internacionales se verificaría mediante subas bruscas e imprevistas en la
cotización del petróleo y/o con la aparición de nuevas guerras, que sólo alguien
muy ingenuo puede creer que casualmente se sitúen cerca de donde existen grandes
yacimientos de hidrocarburos, o en las zonas de su paso. Para dar una idea de la
magnitud del problema frente al cual estamos, es necesario mencionar que hoy en
día más de 85% de toda la energía mundial proviene de hidrocarburos fósiles.
Sólo 7% tiene su origen en la energía hidroeléctrica, y en porcentajes menores
aún las demás fuentes. Esto implica que no va a ser posible reemplazar los
hidrocarburos fósiles con fuentes energéticas hoy existentes, sino que se deberá
generar una tecnología alternativa.
Otro
espejismo que suele aparecer comúnmente es el relativo a la posibilidad de
utilizar carbón como recurso energético reemplazando al petróleo y al gas
natural. El carbón es bastante más abundante que ambos. Estados Unidos posee
carbón para 300 años en su actual nivel de consumo. En el mundo, cifras
comparables pueden obtenerse para muchos países. Sin embargo, si el consumo de
carbón se acelerara para reemplazar al gas y al petróleo, la cantidad de
reservas se reduciría dramáticamente. Rifkin calcula que con tan sólo un
crecimiento anual de 4% en el consumo anual de carbón, las reservas
norteamericanas sólo alcanzarían para 65 años. Además, el carbón posee muchos
inconvenientes: no es fácil extraer de él combustibles líquidos, y es muy
costoso. Por lo tanto, no es un sustituto apto del petróleo y del gas natural.
Adicionalmente, hay que tener en cuenta que el carbón es un hidrocarburo
"sucio", muy contaminante, difícil de cargar y transportar.
Pues
bien entonces, lo importante, lo central, es determinar cuál será el año en el
que se produzca el "techo mundial de producción". A partir de ese momento,
despertaremos del largo sueño que hemos venido viviendo y nos daremos cuenta de
que la energía es un bien mucho más escaso que el espejismo de abundancia que
hoy nos parece, además de que comenzarán a cobrar otro significado las guerras
del siglo XXI. Una buena cantidad de los porqués a brutales episodios hoy
incomprensibles para muchos adquirirá su verdadera perspectiva si no comienza a
acelerarse el cambio tecnológico, cosa que va precisamente en dirección opuesta
a los intereses del oligopolio petrolero mundial. Si se encuentra un recurso
energético renovable y barato para reemplazar al petróleo, los enormes pulpos
petroleros enfrentarían una extinción muy acelerada.
El
"techo mundial de producción" es, entonces, el dato crucial que es necesario
tener en el análisis porque marca el límite entre una producción en alza y una
que comienza a ser declinante. La cantidad de años de reservas, que hemos dicho
que son 35, parte del supuesto de que se puede producir petróleo en forma
constante, y ya hemos explicado que no es así. La determinación de ese año es un
cálculo que sólo los geólogos pueden efectuar basándose en sus estudios sobre
los pozos en todo el planeta. Los geólogos están divididos entre "optimistas" y
"pesimistas". En el caso de lo evidenciado ya en Estados Unidos en 1970, la
batalla la ganaron los "pesimistas". Peor aún, triunfó el más pesimista, dado
que el consenso hablaba de una imposibilidad de que la producción tocara su
techo en 1970, cosa que ocurrió y generó una gran crisis sólo tres años más
tarde. En el caso del mundo, los "optimistas" esperan que el "techo mundial de
producción" sea alcanzado entre el 2014 y el 2018. En ningún caso esperan que se
alcance después del año 2020. Los "pesimistas" esperan que el "techo mundial de
producción" se alcance hacia el año 2010 y algunos de ellos esperan que ello
ocurra en el 2004.
Una
buena parte de la aparente aceleración que ha tenido la historia en el comienzo
de este milenio, con la aparición de sucesos inéditos anteriormente, se debe
precisamente a los datos anteriores. Ocurre que en los años '90 comenzó a
hacerse evidente que parte de las reservas oficiales de petróleo que quedaban en
los estados de la ex URSS y los países árabes en general estaban
sobredimensionadas en las estadísticas, probablemente ex profeso, dado que los
pozos petrolíferos servían como garantía para préstamos bancarios, lo que en
algunos casos motivó una intención de "inflar" artificialmente el contenido de
los yacimientos. Es como si hubiéramos subido la ladera de una montaña empinada,
en forma esforzada, sólo para caer en la cuenta, una vez en la cima, de que la
ladera que habrá que transitar de aquí en más, hacia abajo, es mucho más
empinada, y por lo tanto riesgosa, de lo que se pensó.
Mirando para otro lado:
A partir de estos cálculos surgen varios interrogantes. El primero de ellos es
por qué el gobierno norteamericano no aconseja a su poblador ahorrar el máximo
posible de petróleo. Cuando en el año 1973 se produjo la crisis petrolera, en
buena medida gestada por las empresas multinacionales estadounidenses y
británicas, de la que luego se acusó sólo a los países árabes, el gobierno de
Nixon aconsejaba en los medios de comunicación el ahorro de combustibles. Se
trataba sólo de una crisis temporaria hasta que técnicamente fluyera mayor
cantidad de petróleo del Golfo Pérsico, para reemplazar el que comenzaba a
escasear en Estados Unidos y, aunque la solución era sólo una cuestión de
tiempo, el gobierno cumplía con el deber de guiar a la población en lo que
parecía ser una necesidad perentoria: ahorrar energía.
Hoy,
en cambio, tras la invasión al segundo país con más reservas de petróleo del
mundo: Irak, y con el planeta ya muy cerca de su límite de capacidad productiva
de petróleo, ninguna voz del gobierno norteamericano se alza para aconsejar el
ahorro de energía. Mucho más llamativo resulta esto si se tiene en cuenta que el
actual gobierno estadounidense ha sido prácticamente copado por la industria
petrolera. El presidente George W. Bush dirigió o formó varias empresas: Arbusto
Energy, Bush Energy, Spectrum 7, Harken. Su padre fue cofundador de la polémica
empresa Zapata Oil, luego dividida en Zapata Oil y Zapata Offshore(3). La máxima
asesora en materia de seguridad del gobierno de Bush, Condoleezza Rice, jefa del
National Security Council (NSC), también proviene de la industria petrolera, más
específicamente de Chevron.
(3) Zapata Offshore, empresa
presuntamente relacionada en forma directa con la operación frustrada de
invasión a Cuba de inicios de los '60, conocida como Bahía de los Cochinos, y
cuyo nombre de código interno de la CÍA no por casualidad habría sido "Operación
Viva Zapata".
El
caso del actual vicepresidente y ex ministro de Defensa del padre de Bush, Dick
Cheney, es todavía más llamativo. Durante los '90 dirigió la empresa Halliburton,
principal proveedora mundial de insumos al sector petrolero. Hizo jugosos
negocios vendiendo abundante material por miles de millones de dólares a Saddam
Hussein para que éste se preparara en su afán de triplicar la oferta de crudo
iraquí. El problema que luego se suscitó es que Saddam Hussein decidió excluir a
las empresas norteamericanas y británicas del proceso de concesión de los pozos
iraquíes, basando su estrategia en contratar sobre todo petroleras estatales de
Europa continental. Si Saddam hubiese logrado ese objetivo, dado que el petróleo
se está agotando en Estados Unidos y en Inglaterra en forma simultánea, la
declinación en el volumen de negocios de las petroleras anglosajonas las hubiera
condenado a un brutal achique. Habría un mayor dominio del mercado por parte de
las empresas estatales de petróleo.
De
todas formas, no puede pensarse que el establishment petrolero norteamericano
haya sido tomado por sorpresa por la estrategia de Saddam Hussein, dado que la
invasión a Irak comenzó a planearse a más tardar en 1997, a través de un
reducido núcleo de intelectuales y hombres de acción del Pentágono, entre los
cuales se encuentran Paul Wolfowitz, Richard Perle y otros, junto a Francis
Fukuyama. El thinktank se llama "Project for the New American Century". Ese
núcleo de gente, que evidentemente no se reunió por casualidad y que representa
el ala más fanática del pensamiento conservador norteamericano, es en realidad
una especie de desprendimiento del omnipresente pero siempre misterioso y
secretivo Council on Foreign Relations (CFR), para algunos el verdadero gobierno
en las sombras en Estados Unidos. Esto hace pensar que el establishment
petrolero norteamericano le vendía material petrolero a Saddam con objeto de que
se fuera construyendo infraestructura a fin de aumentar la producción, al mismo
tiempo que planificaba su futuro derrocamiento. Cabe recordar que mientras esto
ocurría, los medios de comunicación difundían la noticia de que el jefe de
inspectores de armas, en aquel entonces en Irak, Scott Ritter, declaraba que el
régimen de Hussein no sólo no tenía armas de destrucción masiva sino que no
estaba siquiera en condiciones de generarlas.
No
sólo las guerras en el Golfo Pérsico han sido inducidas por motivos energéticos.
La historia política y económica del mundo de los últimos cincuenta años gira en
torno a este tema. La bonanza económica y el alto crecimiento de los años '60 se
explican por el bajísimo precio del barril de los países árabes (entre 1,5 y 3
dólares por unidad de crudo). Los agudos procesos están flacionarios (recesión
con inflación) de los años '70 se debieron al comienzo de la declinación en la
producción norteamericana de combustibles, a la escasez de energía —para muchos,
como Antony Sutton, creada bastante artificialmente en 1973— y al afán de las
grandes empresas petroleras de incrementar sus ganancias, cosa que ocurrió
mediante las dos crisis petroleras de los años 1973 y 1979. En este último año,
el barril llegó a valer casi 80 dólares a valores actualizados. Los años de
"vacas gordas" para las petroleras y "vacas flacas" para la gente fueron
generando un problema: los países árabes se fueron enriqueciendo de una manera
que algunos en Occidente comenzaban a considerar peligrosa. Los petrodólares
empezaban a inundar los mercados financieros. Arabia Saudita se daba el lujo de
ser el segundo mayor accionista del Fondo Monetario Internacional, y el Islam
amenazaba con transformarse en un polo propio de poder cuyo epicentro bien
podría haberse situado en Bagdad, por una confluencia de factores. No debe
extrañar, entonces, que durante los años '80, en la era Reagan Bush, el precio
del barril declinara a niveles anteriores a la segunda crisis petrolera. Esto
produjo durante buena parte de los años '80 y '90 otro periodo de aceptable
crecimiento mundial, bajas tasas de inflación y facilitó el progreso de la
globalización, al mismo tiempo que quitó al Islam —y sobre todo también a la ex
URSS, cuyo principal producto de exportación era el petróleo —4) la posibilidad
de constituirse en un polo propio de poder. Claro que el problema es que esto se
logró consumiendo petróleo a un ritmo mayor de aquel con que se realizaban
nuevos descubrimientos. Todas las crisis energéticas de las cuales el mundo fue
testigo se resolvieron de una única manera: aumentando la producción de
combustibles fósiles. Esto es lo que ya no será posible desde algún momento de
los próximos diez años, cuando se alcance el "techo mundial de producción".
El
gobierno estadounidense no puede desconocer, entonces, la crítica situación del
mercado energético, que lo ha llevado incluso a invadir países en forma
acelerada. Si sus intenciones son altruistas, no se entiende por qué no existe
ya una campaña para el ahorro de combustible hasta encontrar un sustituto del
petróleo, sí es que éste no existe ya.
¿Un Mundo Feliz?:
La energía es, entonces, el principal limitante a la globalización que, por otra
parte, el propio establishment norteamericano propugna como remedio para todos
los males sociales y económicos del planeta. Los problemas van a ser muy serios:
China, que viene creciendo notablemente, incorporando mensualmente millones y
millones de trabajadores a su oferta laboral merced a las exportaciones que
viene realizando a Occidente, muy probablemente encontrará que no le resultará
posible mejorar la calidad de vida de sus habitantes con el ahorro que significa
el trabajo acumulado de centenas de millones de chinos, quienes durante años
produjeron y vendieron al exterior privándose de consumir.
(4) EE.UU. logró a principios de
los años '80, merced a un acuerdo secreto con Arabia Saudita, que dicho país
exportar a mayores cantidades de petróleo que las necesarias para el consumo. El
objetivo era derrumbar el precio del barril, no sólo para facilitar una
reactivación en EE.UU., sino también para dificultar el acceso a las divisas por
parte de la URSS, a la cual Reagan Bush querían derrotar definitivamente en la
era de la Guerra Fría (cosa que consiguieron sólo unos años más tarde). A cambio
de ese exceso de petróleo en el mercado, EE.UU. proveía de armas a Arabia
Saudita, preocupada en aquella época por que Irán pudiera derrotar a Irak en la
guerra, y amenazar la seguridad saudí.
La
masa de ahorro acumulado en el Banco Central chino, que supera los US$ 350 mil
millones, y que sigue creciendo, no podrá destinarse a mejorar la calidad de
vida de los habitantes de esa nación porque la restricción energética que se nos
viene en forma acelerada comenzará a operar como un serio limitante a la tasa de
crecimiento global en poco tiempo más. Una elevación importante del nivel de
vida de la población china es sólo una quimera si se continúa con la tecnología
del petróleo. Se calcula que, si el gobierno chino decidiera brindara sus
habitantes un nivel de vida similar al del americano promedio, el consumo de
petróleo mundial aumentaría 50% de un año a otro, con lo que la crisis sería...
ayer. Japón, que en recesión ya lleva unos quince años, y con un aumento del
desempleo que los cálculos estatales han subestimado, no podría recuperarse
demasiado en un horizonte visible y mucho menos de forma sostenida, dado que las
presentes condiciones del mercado energético mundial así lo impondrían. Por lo
tanto, Japón seguiría en el mediano plazo generando nuevos desempleados, En
cuanto a Europa, lejos de pensar en la posibilidad de reducir tasas de
desempleo, en algunos casos superiores a 10%, debería conformarse, en el mejor
de los casos, con mantener estos niveles y crecer lo que se pueda, sí es que se
puede. Frente a este panorama, esa actitud invasiva hacia los países que tienen
petróleo, y a la vez despreocupada de reducir los niveles de consumo excesivo,
por parte del gobierno que encabeza Bush, puede abrir todo tipo de dudas y
presunciones acerca de qué intenciones hay detrás de su accionar y de su
discurso, que no van por el mismo carril.
Es
necesario pensar que la serie de crisis que han vívido muchos países en vías de
desarrollo en los años '90 —México, sudeste asiático) Corea del Sur, Brasil,
Turquía y la Argentina— es, en realidad, funcional a la situación energética
mundial y al interés del establishment petrolero anglonorteamericano, debido a
que las brutales reducciones evidenciadas en el nivel de vida de estos países
tras sus respectivas crisis no generan otra cosa que un menor consumo de energía
per cápita y, por lo tanto, facilitan que sea posible continuar con la era de
los hidrocarburos fósiles.
Es de esperar entonces que de aquí en adelante,
mientras no haya cambios sustanciales en el manejo del poder en Estados Unidos,
no haya ningún apuro por parte del gobierno norteamericano para rescatar países
en bancarrota. Más aún, es posible que la élite banquera petrolera intente, a
fin de continuar con la tecnología energética que le permite concentrar el
poder, resolver el problema induciendo una baja en el consumo de energía per
cápita. Ello se lograría, en el caso de países del tercer Mundo, con cada crisis
económica o financiera que sobreviene en alguno de sus miembros más importantes.
incluso esta baja en el consumo per cápita de energía sería aún mas pronunciada
si incluso vastas áreas del Primer Mundo las padecieran (ejemplo, la prolongada
crisis económica japonesa), a fin de acomodar la demanda de petróleo al
declinante período productivo del mismo que en breve sobrevendría en el planeta.
Si se
lo mira desde esta perspectiva, los supuestos "errores" de apreciación del Fondo
Monetario Internacional, que contribuyeron a que se gesten y perduren muchas de
las crisis de los últimos años, en realidad no fueron tales, sino que han sido
funcionales a esta necesidad de reducir el consumo de energía per cápita, que
bajo determinadas condiciones puede convertirse directamente en una necesidad de
ir comenzando a reducir la cantidad de "cápitas".
Parte del Capitulo II de
Hitler Gano La Guerra
de Walter Graziano
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