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El
planeamiento urbano consiste en el diseño de un modelo, por parte de las
autoridades gubernamentales pertinentes, para la construcción de ciudades o
pueblos, o para la adaptación de los ya existentes, de acuerdo con sus
necesidades y funciones específicas.
Entre
los años 3000 y 2000 a.C., en el valle del Indo, se preveían alcantarillas y
desagües. Los romanos, mucho tiempo después, construyeron ciudades con un foro
central y cerca de él, los baños públicos y edilicios; fueron, además, los
maestros en la construcción de acueductos, los cuales perduran hasta hoy.
En la
Edad Media, como las ciudades estaban amuralladas para defenderse de ataques
enemigos, la población iba creciendo sin contar con agua potable ni cloacas, lo
cual favorecía la proliferación de plagas y enfermedades.
Tras
la Revolución Industrial, surgió el problema de la contaminación del aire a gran
escala, si bien aumentaron las redes de suralnistro de agua, desagües y
alcantarillados. Cuando se alejó a las fábricas de las zonas pobladas, fue mayor
el uso del automóvil y de otros medios de transporte, lo que llevó a la
construcción de nuevos caminos pavimentados.
El
planeamiento urbano debe ser lo suficientemente flexible para poder adaptar a
las ciudades al cambio de ideas y modos de vida. Pero, ¿se está cumpliendo
actualmente con las normas mínimas del planeamiento urbano? En un mundo en el
que nunca se había construido tanto, ¿nos encaminarnos, paradójicamente, hacia
una “desurbanización” ocasionada por el crecimiento anárquico de las
grandes aglomeraciones?
Unos
1.300 millones de personas viven actualmente en las ciudades del Tercer Mundo.
Esta población urbana es superior a la de Europa, América del Norte y Japón
reunidos, y es muy probable que en los próximos diez años aumente en unos 500
millones más. Mientras los gobiernos y organizaciones asistenciales estudian las
estrategias adecuadas, la población de ciudades como Karachi y Bombay se
incrementará anualmente en más de 300.000 habitantes, la de San Pablo en más de
400.000 y la de la zona metropolitana de la ciudad de México en más de 500.000.
La población de decenas de centros urbanos pequeños experimentará también un
rápido crecimiento.
Pese
a las enormes diferencias entre las sociedades, las culturas y las economías,
que las construyen y configuran, actualmente las ciudades se están pareciendo
unas a otras, mucho más que en la época colonial en que fueron fundadas.
Obviamente, los problemas urbanos merecen mayor atención.
Una
de las razones del escaso éxito conseguido por las políticas gubernamentales en
la gestión del crecimiento urbano y el mejoramiento de las condiciones de vida
es que los gobiernos no comprenden cabalmente cómo funcionan las ciudades, cómo
se ganan la vida las personas y los hogares de bajos recursos, cómo utilizan su
tiempo los distintos grupos sociales y qué papel pueden desempeñar las
organizaciones familiares y comunitarias. No se salvarán vidas humanas ni
mejorarán las condiciones sanitarias si la mayor parte de los fondos públicos se
dedican a burocracias en plena expansión, dejando a los hospitales y los
dispensarios sin los equipos y suministros básicos.
El
suministro de agua potable, saneamiento, alcantarillado y la recolección de
residuos, la pavimentación de las calles, los sistemas de atención médica y
otros servicios de primera necesidad podrían facilitarse eficazmente y a bajo
costo si se aprovecharan los recursos locales, y si las autoridades municipales
trabajasen en conjunto con los grupos de bajos ingresos y sus organizaciones
comunitarias. El encauzamiento de mayores recursos para la satisfacción de las
necesidades de los grupos más desfavorecidos no significa necesariamente desviar
hacia los núcleos urbanos fondos destinados a las zonas rurales, sino más bien
aprovechar mejor los recursos existentes.
Fuentes: “La ciudad desbordada”
por Wolf Tochtermann; “Los sin techo”, por Jorge E. Hardoy y David Satterthwaite,
UNESCO, 1991.
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