|
LOS AFLUENTES DEL RÍO AMARILLO. En la primavera
de 2007, Hu Jintao anunció con orgullo la creación de una nueva Zona Económica
Especial. En una abarrotada conferencia de prensa, los periodistas económicos y
los líderes empresariales sonreían satisfechos a medida que anunciaba que la
combinación ganadora de subsidios a la exportación, exenciones fiscales e
inversiones en carreteras, vías férreas y puertos se extendería a toda una nueva
zona industrial. Sin embargo, esta era una Zona
Económica Especial diferente.
No
estaba ni en las costas orientales de China ni en las llanuras occidentales. Ese
puesto avanzado del capitalismo chino se construiría en el corazón de África, en
el cinturón de cobre de Zambia. De pie, al lado del presidente Hu Jintao, el
líder zambiano Levy Mwanawasa anunció que el «establecimiento de una Zona
Económica Especial en Chambisi supondrá la inversión de 800 millones de dólares
por parte de China en nuestra economía. Ello tendrá una importante repercusión
en el desarrollo económico de nuestro país”.
La
Zona Económica Especial zambiana es sólo la primera de cinco que Beijing se ha
comprometido a construir en Africa, mientras exporta los secretos de su
capitalismo del río Amarillo más allá de sus fronteras. Literalmente, China
transplantará su modelo de crecimiento al continente africano al construir una
serie de hubs (centros) industriales con incentivos fiscales y que
estarán conectados con el resto del mundo a través del ferrocarril, carreteras y
vías marítimas. Zambia albergará el “hub de los metales” de China, suministrando
a la República Popular cobre, cobalto, diamantes, estaño y uranio.
La
segunda zona estará en las islas Mauricio, y será un “hub comercial" que dará a
40 empresas chinas un acceso preferente a los 20 Estados miembros del Mercado
Común del Este y del Sur de África que se extiende desde Libia hasta Zimbabwe, y
le facilitará el acceso al Océano Indico y a los mercados del sudeste asiático.
La tercera zona, un «hub navierd’, probablemente estará en la capital tanzana,
Dar es Salaam. Nigeria, Liberia y las islas de Cabo Verde están en plena carrera
por conseguir los otros dos puestos. Mientras crea esas zonas, Beijing se ha
embarcado en una fiebre constructora, atravesando el continente africano con
nuevas redes de carreteras y vías férreas.
El
ferrocarril Tanzam, que China construyó para comunicar Zambia con Tanzania en
los años setenta, está siendo modernizado, así como la línea Benguela que
comunica Zambia con la rica en petróleo Angola. En palabras de un analista
sudafricano: “Incluso las numerosas antiguas potencias coloniales de África no
tuvieron interés en invertir de modo tan sustancial en las infraestructuras del
continente y, en cualquier caso, probablemente tampoco podían permitírselo”.
Muchas de ellas se han quedado sorprendidas por la escala del interés de China
en África. En noviembre de 2006, 48 líderes africanos llegaron a Beijing para
asistir a una cumbre cuyo anfitrión era Hu Jintao.
En
ella, el presidente intencionadamente intentó pujar más alto que Occidente al
anunciar que la ayuda china a África se duplicaría hacia 2009 (un año antes de
que Bob Geldof y Bono demandaran sus objetivos a los gobiernos occidentales
durante la cumbre del G-8) creando un fondo de inversión de 5.000 millones de
dólares para África; unos 5.000 millones de dólares adicionales para créditos
blandos de inversión y adquisición de tierras; la cancelación de la deuda de 32
países; miles de becas para estudiantes, así como un plan para construir
escuelas y hospitales a lo largo del continente. Más significativo que su
apelación a los corazones y las mentes africanos, es el modo en que la presencia
de China está cambiando las reglas del desarrollo económico.
El
Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial solían inspirar el miedo
que se tiene a Dios entre los funcionarios gubernamentales y los líderes electos
de los países en desarrollo. El experto en desarrollo Jeffrey Sachs (imagen) comparó en
una ocasión al FMI con un gobierno cuyos funcionarios de segunda fila se
sentaban en los santuarios más sagrados de 75 países en desarrollo: “Esos
gobiernos rara vez se mueven sin antes consultar a los funcionarios del FMI y,
cuando lo hacen, corren el riesgo de perder las líneas de crédito de los
mercados mundiales de capital, la ayuda exterior y la respetabilidad
internacional. Pero hoy, los funcionarios del FMI se esfuerzan por ser
escuchados, incluso en los países más por de Africa”.
El Fondo se pasó años negociando un acuerdo de transparencia con
el gobierno de Angola sólo para que
unas luxas antes de su firma se le comunicara que las autoridades de Luanda ya
no estaban interesadas en el dinero: se habían asegurado un crédito blando de
2.000 millones de dólares por parte de China. Esa historia se ha repetido a lo
largo del continente: desde Argelia hasta Chad, de Etiopía a Nigeria, de Sudán a
Uganda y de Zambia a Zimbabwe.
A medida que cambia la balanza del poder
económico en el mundo —con los 1,3 billones de dólares de reservas de divisas
chinas empequeñeciendo los 35.000 millones de dólares de la decreciente cartera
de créditos del FMI—, los organismos de desarrollo más poderosos del mundo
luchan por hacer valer sus prioridades ante la competencia china.
En
lugar de las estrictas condiciones del llamado Consenso de Washington, muchos
países africanos están abrazando las lecciones del capitalismo del río Amarillo.
Donde el Consenso de Washington se muestra contrario a la intervención del
Estado en la economía y a favor de la privatización, fuertes derechos de
propiedad y de la “terapia de choque” económica, el capitalismo del río Amarillo
alienta el uso del dinero público para incentivar la innovación, promueve la
protección de la propiedad estatal y las reformas gradualistas de las Zonas
Económicas Especiales.
El
atractivo del modelo chino se extiende más allá de África. En su búsqueda por
imitar el éxito chino, países tan diversos como Brasil, Rusia y Vietnam están
copiando la política industrial activista de Beijing, que utiliza el dinero
público y la inversión extranjera para construir industrias de uso intensivo de
capital. Esos países también han dado marcha atrás en relación con otro
principio del Consenso de Washington, ralentizando —e incluso revirtiendo— los
programas de privatización en los que se embarcaron en los años noventa. Del
mismo modo que China, mantiene el control sobre sectores de la economía que
considera vitales pára su interés nacional (y sus definiciones sobre el interés
nacional se están ampliando para incluir servicios públicos, energía e incluso
producción agrícola).
Como
China, cree que empresas estatales eficientemente administradas pueden generar
beneficios masivos para los gobiernos que pueden ser reinvertidos para lograr
objetivos sociales y políticos (y al aferrarse a esas empresas públicas, los
gobiernos también evitan que empresarios políticamente independientes desafien
sus bases de poder). Existen complejas razones para la reacción en contra del
Consenso de Washington -el legado de las turbulencias financieras en Rusia,
América latina y Asia, la libertad económica otorgada a los países ricos en
recursos naturales por la subida de los precios de las materias primas y la
elección de líderes populistas en muchas partes del mundo, entre otras—, pero el
asombroso éxito de la economía de China es claramente parte de ese cuadro. Lo
que llama la atención es que la difusión del capitalismo del río Amarillo parece
ir mucho más allá de las regiones que han sido elegidas como objetivo por los
inversores chinos.
El
éxito del modelo chino de cambio gradual ha llevado a una erupción de Zonas
Económicas Especiales en todo el mundo. Según estimaciones del Banco Mundial, en
2007 se estaban emprendiendo más de 3.000 proyectos en Zonas Económicas
Especiales en 120 países. La mayoría tiene como referencia explícita el ejemplo
chino, que ha atraído admiradores de todo el mundo en desarrollo. Equipos de
investigación gubernamentales de Irán a Egipto. de Angola a Zambia, de Kazajstán
a Rusia, de India a Vietnam y de Brasil a Venezuela, han recorrido las ciudades
y las zonas rurales chinas en búsqueda de lecciones de la experiencia china. Tan
atractivo como el crecimiento chino es el modo en que Beijing ha sido capaz de
mantener el control sobre sus propias políticas económicas.
A
diferencia de los tigres asiáticos en los años ochenta, que dependían de la
asistencia económica de Occidente, China se ha liberado de las interferencias de
los organismos de desarrollo y de las instituciones financieras occidentales. Se
ha resistido alegremente a las presiones verbales de EE.UU. para que revaluara
su moneda, dejando claro que abordaría ese asunto según sus propios términos.
Para los países en desarrollo que cambiaron el régimen colonial por los
diktats del FMI y el Banco Mundial, la promesa de establecer su propia
agenda de desarrollo es la esencia de sus sueños. En palabras de un periodista
nigeriano: “El gobierno chino sabe lo que es bueno para su pueblo y conforma su
estrategia económica en función de ello. Su estrategia no está condicionada por
el Consenso de Washington.
China
no ha permitido que ningún funcionario del FMI o del Banco Mundial le imponga
algún paquete de reformas neoliberales... su estrategia no ha consistido en una
sobredosis neoliberal de desregulación, recortes del gasto público, privatizarlo
todo bajo el sol y desechar el interés público. Y no le han puesto al subsidio
la etiqueta de grosería”. Durante muchos años, los países en desarrollo se
sentían incómodos con la filosofía del mundo plano del Consenso de Washington.
Sin
embargo, sólo desde hace poco han tenido una alternativa de eficacia probada
para combinar reformas económicas gradualistas con el control estatal y las
prioridades sociales del capitalismo del río Amarillo. Se suponía que la
globalización iba a traer el triunfo mundial de la economía de mercado, pero
China está mostrando que el capitalismo de Estado es uno de sus mayores
beneficiarios.
Fuente Consultada: Revista Veintitrés Internacional
Del Libro Que Piensa China? de Mark Leonard
|