|
EL "MISTERIO
CÓSMICO": En 1589, el astrónomo J. Kepler dejó
su pueblo Maulbronn para seguir los estudios de sacerdote en la
gran Universidad de Tübingen, y este paso fue para él una
liberación. Confrontado a las corrientes intelectuales más vitales
de su tiempo, su genio fue inmediatamente reconocido por sus
profesores, uno de los cuales introdujo al joven estudiante en los
peligrosos misterios de la hipótesis de
Copérnico.
Un universo heliocéntrico hizo vibrar
la cuerda religiosa de Kepler, y se abrazó a ella con fervor. El Sol
era una metáfora de Dios, alrededor de la cual giraba todo lo demás.
Antes de ser ordenado se le hizo una atractiva oferta para un empleo
secular que acabó aceptando, quizás porque sabía que sus aptitudes
para la carrera eclesiástica no eran excesivas. Le destinaron a
Graz, en Austria, para enseñar matemáticas en la escuela
secundaria, y poco después empezó a preparar almanaques astronómicos
y meteorológicos y a confeccionar horóscopos. Dios proporciona a
cada animal sus medios de sustento escribió , y al astrónomo le ha
proporcionado la astrología.
Kepler fue un brillante pensador y un
lúcido escritor, pero fue un desastre como profesor. Refunfuñaba. Se
perdía en digresiones. A veces era totalmente incomprensible. Su
primer año en Graz atrajo a un puñado escaso de alumnos; al año
siguiente no había ninguno. Le distraía de aquel trabajo un
incesante clamor interior de asociaciones y de especulaciones que
rivalizaban por captar su atención. Y una tarde de verano, sumido en
los intersticios de una de sus interminables clases, le visitó una
revelación que iba a alterar radicalmente el futuro de la
astronomía.
En la época de Kepler sólo se conocían
seis planetas: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter y
Saturno. Kepler se preguntaba por qué eran sólo seis. ¿Por qué
no eran veinte o cien? ¿Por qué sus órbitas presentaban el
espaciamiento que Copérnico había deducido? Nunca hasta entonces se
había preguntado nadie cuestiones de este tipo. Se conocía la
existencia de cinco
sólidos regulares o platónicos
, cuyos lados eran polígonos regulares, tal como los conocían los
antiguos matemáticos griegos posteriores a Pitágoras.
Kepler
pensó que los dos números estaban conectados, que la razón de que
hubiera sólo seis planetas era porque había sólo cinco sólidos
regulares, y que esos sólidos, inscritos o anidados uno dentro de
otro, determinarían las distancias del Sol a los planetas.
Creyó haber reconocido en esas formas
perfectas las estructuras invisibles que sostenían las esferas de
los seis planetas. Llamó a su revelación El Misterio Cósmico. (Esto
lo expresó en su primera obra Mysterium cosmograficum, en 1596)
La conexión entre los sólidos de
Pitágoras y la disposición de los planetas sólo permitía una
explicación: la Mano de Dios, el Geómetra.
Kepler estaba asombrado de que él, que
se creía inmerso en el pecado, hubiera sido elegido por orden divina
para realizar ese descubrimiento. Presentó una propuesta para que el
duque de Württemberg le diera una ayuda a la investigación,
ofreciéndose para supervisar la construcción de sus sólidos anidados
en un modelo tridimensional que permitiera vislumbrar a otros la
grandeza de la sagrada geometría. Añadió que podía fabricarse de
plata y de piedras preciosas y que serviría también de cáliz ducal.
La propuesta fue rechazada con el amable consejo de que antes
construyera un ejemplar menos caro, de papel, a lo cual puso en
seguida manos a la obra:
El placer intenso que he experimentado
con este descubrimiento no puede expresarse con palabras... No
prescindí de ningún cálculo por difícil que fuera. Dediqué días y
noches a los trabajos matemáticos hasta comprobar que mi hipótesis
coincidía con las órbitas de Copérnico o hasta que mi alegría se
desvaneciera en el aire.
Pero a pesar de todos sus esfuerzos,
los sólidos y las órbitas planetarias no encajaban bien. Sin
embargo, la elegancia y la grandiosidad de la teoría le persuadieron
de que las observaciones debían de ser erróneas, conclusión a la que
han llegado muchos otros teóricos en la historia de la ciencia
cuando las observaciones se han mostrado recalcitrantes. Había
entonces un solo hombre en el mundo que tenía acceso a observaciones
más exactas de las posiciones planetarias aparentes, un noble danés
que se había exiliado y había aceptado el empleo de matemático
imperial de la corte del sacro emperador romano, Rodolfo II. Ese
hombre era Tycho
Brahe. |