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El
peso del aire nos pasa inadvertido porque, como cualquier otro fluido, el aire
ejerce su presión en todas direcciones. La sangre en nuestras venas, el aire en
nuestros pulmones, los fluidos de nuestros cuerpos están a presión atmosférica.
Ejercen una presión hacia afuera igual a la que la atmósfera ejerce hacia
adentro.
Es decir, estamos en equilibrio con nuestro ambiente. Si nos sumergimos
en agua, la presión externa crece rápidamente con la profundidad y no puede ser
equiparada desde adentro sin dañar nuestros tejidos. Por esta razón, un hombre
sin protección alguna tiene limitada su inmersión, aunque esté equipado con un
tanque de oxígeno. Por otro lado, existen formas de vida adaptadas a los más
profundos abismos del océano, donde la presión hidrostática es de más de 1.000
atmósferas. Esos seres están balanceados con su entorno y se mueven con la misma
indiferencia con que nosotros “buceamos” en el océano del aire.
Cuando el buzo
se sumerge sin protección rígida, debe respirar aire a la misma presión que la
del entorno. El tanque de aire comprimido que carga en la espalda tiene un
regulador que permlle que el aire inhalado cumpla con este requisito. Desde que
se ha empezado a utilizar el aire comprimido se sabe que la exposición a grandes
presiones puede dañar o matar; gradualmente se ha comenzado a entender los
mecanismos subyacentes en tales afecciones.
A fines del siglo XIX comenzaron a
usarse unas cabinas especiales presurizadas durante la construcción de los
cimientos de los puentes, bajo agua. Cuando los obreros eran sometidos a
descompresión, desarrollaban una serie de afecciones que iban desde dolores en
las articulaciones, entumecimientos, parálisis, hasta incluso la muerte. En este
siglo, el grupo de riesgo se ha extendido a buzos, obreros en cabinas pilotos de
aviones volando a grandes alturas y astronautas. Cuando un buzo novato retiene
el aire mientras sube muy ligero, puede sufrir embolia gaseosa. Se produce
porque la presión del entorno disminuye rápidamente, entonces el gas sin escape
de los pulmones se expande. El pulmón se rasga y el aire escapa a la sangre.
Por
los circuitos arteriales las burbujas pueden llegar al cerebro y provocar
parálisis o muerte. La enfermedad de la descompresión propiamente dicha es la
consecuencia de formación de burbujas en los tejidos. El gas que lo provoca
(nitrógeno, por lo general) entra al cuerpo por los pulmones en una inmersión, y
la alta presión hace que se disuelva en la sangre.
La
circulación lo lleva hasta los capilares donde se difunde en los tejidos. Esta
difusión es más rápida en la médula espinal y en el cerebro (porque están más
irrigados), yen los músculos calientes y activos.
Una manera de prevenir la
enfermedad consiste en un ascenso lento, a razón de 9 metros por minuto, o con
paradas de seguridad regulares. Otra, es la aspiración de mayor concentración de
oxígeno; se venden tubos con aire con una concentración de 32% de oxígeno (en
lugar del 21% normal). Los buzos aficionados pueden bucear hasta una profundidad
de 39 metros con un tubo de aire comprimido común y sin necesitar de una
descompresión por etapas mientras suben. Pero son muchos los buzos que mejorando
su equipo, y aumentando el riesgo, prefieren incursionar en lo más profundo para
poder encontrarse con restos de naufragios, túneles y oscuras cavernas, entre
otras maravillas.
Últimamente se han experimentado diferentes mezclas de gases
para evitar que las altas presiones resulten nocivas para el organismo. En 1993,
una inmersión simulada (en una cabina presurizada especial) alcanzó el récord de
701 metros de profundidad. Estas experiencias límite requieren de siete días de
compresión progresiva y de treinta días de descompresión. El conocimiento de la
fisiología de la enfermedad puede incorporarse a modelos matemáticos que indican
probabilísticamente los riesgos de las inmersiones acuáticas. Para desarrollar
dichos modelos se ha recogido información de cientos de inmersiones por medio de
computadoras que llevan los buzos entre su equipo.
Estas computadoras registran la profundidad de manera precisa y continuamente
actualizas cálculos de nitrógeno en los tejidos, transfiriendo la información a
computadoras en la superficie. El desafío de las próximas décadas es el
perfeccionamiento de los modelos para que extiendan su cobertura y minimicen los
riesgos. Ya se ha pagado bastante caro la información de cómo el cuerpo del
hombre responde a las fuerzas para las que no está diseñado cuando traspasa sus
limites hacia el espacio exterior o hacia las profundidades oceánicas.
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