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LOS PRIMEROS
EN LA ARGENTINA Dos son los primeros automóviles que
llegan al país en 1888: uno, importado
por
don Dalmiro Várela Castex, un triciclo marca "De
Dion Bouton"; al otro lo trajo de los Estados Unidos el doctor
Eleazar Herrera Motta.

En rigor de verdad es posible que el
doctor Herrera haya sido el primero; solamente que a su pequeño "Holzman",
fabricado en los Estados Unidos, no le cupo el brillante historial
de su colega "De Dion Bouton".
Apenas el "Holzman" pisó el puerto de
Buenos Aires, fue enviado a Chilecito (provincia de La Rioja), donde
tiempo después sería vendido por su dueño a un señor Laprosa
en la suma de $ 3.000; cuatro mil pesos menos de lo que había pagado
el doctor Herrera.
Este señor Laprosa, al poco tiempo, se
desprendió del artefacto. Parece ser que alguien le había dicho a su
mujer que el auto estaba engualichado. Además, el vehículo no
tenía las características de cristiandad necesarias para ser
admitido en el místico marco lugareño Laprosa lo vendió a un chileno
llamado Erauzin, en la suma de $ 1.500.

Dalmiro Varela
Castex fue el primer argentino que anduvo
por las calles porteñas en el exótico vehículo. En 1892 importa un
Benz a caldera, en 1895 un Daimmler
de encendido por incandescencia y en 1896 le llega un Decauville a
explosión de gasolina,
que es el que vemos arriba, junto a su familia
El pobre "Holzman" veía decrecer su
valor en cada venta; su dueño primitivo, el doctor Herrera, había
recibido acres críticas por la introducción en su provincia del
endiablado artefacto, que al fin de cuentas no era más que un
automóvil eléctrico, accionado por cuatro baterías que se recargaban
en una medida muy inferior a la deseada.
Por otra parte, cuando se lo vendió a
Laprosa, ya el pequeño vehículo funcionaba poco y mal; después de
estar un tiempo debajo de una tapera, el chileno Erauzin sintió la
curiosidad de saber qué era y lo compró.
El recibo de venta rezaba así: "He
recibido del amigo Nicolás Erauzin la suma de 1.500 patacones por la
venta de un carrito a fluido eléctrico que no ha traído más que
disgustos, aclaración que hago, para no malquistarme con el amigo
Erauzin en el día de mañana. Firmado Agesilao Laprosa."
Otros tiempos, en los que lo
importante no era tanto vender sino quedar bien con el amigo. Parece
ser que hasta la presencia del desgraciado "Holzman" causaba
resquemores. El insensato Erauzin lo desarmó, y a lomo de mula hizo
que cruzara la cordillera. El destino del pequeño automóvil
norteamericano era trotar mundo: Erauzin lo llevó a Coquimbo y tuvo
que soportar las invectivas de su mujer, que era bastante feroz; por
culpa del maldito automóvil recibió como bonificación una terrible
paliza, que lo dejó al pobre hecho un trapo. Una vez repuesto de su
dolencia, vendió a un paisano el monstruo maléfico, en la reducida
suma de 330 escudos.
El relato lo hace don Germán de
Navarrete y Concha de la Torre, en un libelo llamado Chileneando,
con fecha de 1901. El autor siguió, con los medios precarios que le
daba la época, los pasos desgraciados del automóvil viajero y los
conflictos que creó sin saberlo. "Así fue como el caballero Erauzin
—dice chilenamente don Germán— vendió su carruaje que tantos
magullones le había proporcionado, a un marchante santiaguino, quien
en cuanto recibió las cajas con los trastos, se abocó a la tarea de
armarlos lindamente.
En Santiago mismo consiguió recargar
sus acumuladores y el vehículo, que le había comprado al malparado
caballero Erauzin, echó a andar con grandes dificultades; los
vecinos de Santiago, de ordinario piadosos y afables, comenzaron a
mirar con mucha desconfianza.
Pero unos rotitos, pagados no se sabe
por quién, hurtaron del carruaje los acumuladores. Leonor Ibarra
Videla, que así se llamaba el marchante, tuvo una penosa enfermedad
que lo llevó a terminar sus días en el hospicio de Santiago, y el
fatal carruaje desapareció." El "Holzman" de Herrera se esfumó como
un fantasma maléfico y privado de un destino para el que había sido
fabricado: andar.
Ya vino mal parado, al no poder
quedarse en Buenos Aires, pero quién puede saber qué desastres no
habría hecho el pequeño "Holzman" en la reina del Plata. Pero don
Dalmiro no se conformó ¡ con su triciclo "De Dion Bouton", y
i ocho años después importó un "Daimmler" con motor a
explosión.
Siguiendo su huella otros pioneros se
arriesgaron en la prodigiosa aventura del automóvil; entre ellos, Guillermo
Feheling, Joaquín Anchorena, Molinari, r Uriburu, Carlos Goffre,
Pancho Radé, Marcelo T. de Alvear y otros más que se
sintieron atraídos por las ruidosas máquinas.
Con todo, el carruaje de caballos
siguió dueño y señor de Buenos Aires. Veamos qué dice al respecto un
contemporáneo de don Dalmiro: "Cuando a fines de siglo pasado
llegaron a Buenos Aires los harto rudimentarios coches movidos por
motores a explosión o vapor, pocos fueron los que extraños a todo
escepticismo abrigaron esperanzas sobre el porvenir que les estaba
deparado en la Argentina."
Consideróse aquello de marchar por las
calles entre nubes de polvo y apestante humo, algo así como empresa
propia de desequilibrados o lunáticos. Ya era mucho para los
pacíficos porteños soportar las delicias «de un tramway»
tirado por caballos, bajo la férula de un mayoral compadre y
confianzudo, para que todavía se intentara transformar esas calles
de Dios en algo así como un callejón de la muerte.
Es que del automóvil se tenía la peor
de las ideas! Todos los males posibles e imaginables, con más el
aditamento de la insolencia y altanería de los conductores trajeados
con gabanes de pieles y sendas antiparras que se sacaban a relucir
cada vez que alguno de aquellos armatostes se interponía en el
decurso de una conversación.
Los cupleteras y saineteros
dieron por su parte que decir a las artistas, también por descocadas
y malhadado producto del extranjero, que con el agrado y aplauso de
los mozos alegres, saltaban y pirueteaban en el viejo
escenario del casino. Y fue precisamente una de tales damas (la
Lola del Cot) quien según un venerable padre de hoy, fue la
primera que se atrevió a cruzar el bosque de Palermo a la vera de un
«su amigo» infatuado Chaffeur cabalgando una voiturette
de aquellas que construía Panhard-Levassor, que, para colmo
estaba...
"Con todo, seguían llegando de Europa
enormes cajas de madera de las que luego se extraían los más
variados y estrambóticos modelos de automóviles, que la entonces
indecisa fantasía de los constructores y fabricantes nos enviaban.
Pero como los vistas de aduana,
siempre voraces, comenzaran a hacerse lenguas sobre la
demanda de esta importación, he aquí que el Ministerio de Hacienda,
deseoso de hacer pagar harto caro tal lujo, asignóle un impuesto (Ad
Valórem) del 50 %, lo que agregado a las enormes patentes
municipales «dictadas con el sanísimo propósito de poner a salvo a
la pacífica población de tan endemoniados vehículos (así rezaba la
disposición de aduana)», vino a exigir de los entusiastas
automovilistas las rentas de un Creso, para solventar tanto impuesto
y patentes.
Ya en 1900 la importación de
automóviles causó la cifra importante de 129 máquinas, con lo cual
el número de las en circulación sobrepasó ¡os cien; por otra parte,
a mayor eficiencia en los motores y pericia de los conductores
correspondió más firme esperanzas en los aficionados y un algo más
de apoyo por parte del público.
Así observaba Penjouret, allá
por 1910, el pulso de su época, y escribía el primer libro de
automovilismo en la Argentina. Después de este trabajo, técnicamente
bastante completo pero históricamente discutible, nada más se
escribió en la materia. No puede faltar en esta crónica la figura de
otro "sportman", como fue el barón Antonio De Marchi,
quien al frente de la Sportiva, actualmente ocupada por el
Campo Argentino de Polo, en Palermo, facilitó sus instalaciones para
las primeras carreras de autos.
Los incipientes balbuceos de nuestro
automovilismo son francamente deportivos; a nadie se le ocurrió a
fines de siglo que el automóvil podía ser un vehículo de trabajo. De
allí el gran número de competencias que solo cuentan con tradición
oral. La primera carrera llevada a cabo oficialmente data de 1904,
época en que se funda el A.C.A., pero bueno esto es otra historia... |