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En 1870 y años
siguientes, la importación de mujeres europeas con destino a ¡os
burdeles de Buenos Aires se intensificó. Una publicación, El Puente
de los Suspiros, enarboló durante su breve trayectoria la lucha
contra este tráfico, denunciando a los rufianes y tratantes
interesados en ese comercio. Pero esta campaña periodística
despertaba sospechas sobre su sinceridad. Sin embargo, Ramón
Guerrero, su director, aportó datos valiosos sobre este tema, del
cual poco se sabía en una época tan temprana como la que se
menciona.
INTRODUCCIÓN: La
ciudad de Buenos Aires era un centro importante de este antiguo
comercio, conocido en los principales países de Europa, de donde
venían sus oficiantes, para quedarse en la ciudad o distribuirse en
su territorio o en países vecinos. Era un hecho que ningún gobierno
ignoró ni pudo regular eficazmente.
En 1919, la Municipalidad dictó un
nuevo marco regulatorio, como consecuencia de recíprocas concesiones
entre la Intendencia Municipal y el Concejo Deliberante, que resultó
un fracaso. El escándalo de la Zwi Migdal en 1930 lo demostró
en toda su crudeza.
En diciembre de 1930, el intendente
Guerrico, considerando a la ciudad como un centro internacional de
la trata de blancas, dispuso que la Municipalidad no controlara los
burdeles, reconociendo que carecía de poder suficiente frente a los
sobornos y las amenazas.
Pero ese decreto municipal no llegó a
ejecutarse, y seguía rigiendo la ordenanza de 1919, hasta que en el
año 1934. la ordenanza 5412 dispuso el cierre de esos
establecimientos a partir del 31 de diciembre, dos años antes de que
el Congreso Nacional sancionara la ley 12.331, de profilaxis
antivenérea.
El peligro del contagio venéreo que
pudiera propagar la prostituta a pesar de los controles médicos a
que debía someterse regularmente y que era el principal fundamento
de la reglamentación se reemplazó con la obligación municipal de
proporcionar asistencia gratuita a toda persona afectada por
enfermedades venéreas. Esta había sido la permanente posición del
Partido Socialista, liderado en este asunto por el doctor
Ángel Giménez.
Conforme a esta ordenanza y a la
resolución del Concejo (B. M. 3869). el intendente Vedia y Mitre
ordenó destruirse de inmediato todos los antecedentes y datos
personales sobre mujeres que ejercían esa actividad, para evitar que
fueran objeto de extorsiones cuando se dedicaran a ejercer alguna
actividad lícita. Sólo serían infractoras a la ordenanza aquellas
personas que en sitios públicos incitaran al libertinaje, cuyo
concepto precisó por decreto del 27 de diciembre de ese año de
1934/20
HISTORIA: La compra y venta de mujeres europeas
para su explotación en los prostíbulos de Buenos Aires, el tráfico
clandestino y ¡allegada de estas jóvenes que, conscientes o no de su
futuro, eran seducidas con la promesa cierta de vivir en una de las
ciudades más prosperas de aquellos días, fue para muchos una
inagotable fuente de ingresos económicos.
En 1878 hace su aparición El Puente de los Suspiros, un
periódico que decía combatir la trata de de blancas. En pocos meses
fue prohibido por la Municipalidad, siendo toda su campaña
desbaratada. Pasarán más de 50 años y miles de crímenes antes que
las autoridades investiguen y castiguen esta nueva forma de
esclavitud....
Para mediados de la década de 1870,
Buenos Aires era tina bulliciosa ciudad con unos 200.000 habitantes
hasta ese entonces, la prostitución había sido considerada como un
problema menor. La autoridad ejercía su poder en forma discrecional,
y cualquier mujer sospechada de vida licenciosa podía ser
encarcelada o enviada a la frontera para servir a las necesidades de
la tropa.
La cada vez mayor inmigración, y la
gran cantidad de extranjeros solteros que llegaban a la ciudad, hizo
imprescindible la búsqueda de un medio de control social que a la
vez contuviera el desarrollo de las enfermedades venéreas. Por tal
razón, el 5 de enero de 1875 se dictó la ordenanza reglamentaría
sobre la prostitución.
Los casinos y confiterías donde se
ejercía la prostitución, que hasta ese momento habían funcionado por
la autorización del presidente municipal, debían registrarse o
serían clausurados. El registro incluía una patente anual de 10.000
pesos m/c por establecimiento y 100 pesos m/c por cada prostituta.
Muchos optaron por la clandestinidad.
Las nuevas casas de tolerancia debían
esta menos de dos cuadras de templos, teatros o escuelas (art. 5).
Ser regenteadas exclusivamente por mujeres (art. 3). Estas regentas
debían llevar un libro en el cual se anotaban los datos personales
de las mujeres que trabajaban en la casa (artículo 13). Los
miércoles y los sábados, un médico inspeccionaría a todas las
prostitutas, anotando los resultados en el libro y elevando un parte
de éstos a la Municipalidad. Si la prostituta enfermaba de sífilis,
debía ser atendida en la casa por cuenta de la regenta, y sólo en
casos avanzados eran derivadas al hospital (artículos 15, 17 y 18).
Esta diferenciación entre los estados de desarrollo de la
enfermedad y el ámbito de tratamiento, provocó que muchas mujeres
siguieran trabajando aun estando enfermas.
Con temeraria rapidez eran dadas de
alta como curadas mujeres a las que el mes anterior se les había
diagnosticado ulceraciones venéreas. Otras, como Juana Harr o
Ida Bartac, estaban imposibilitadas, de ofrecer sus servicios
dado que figuraban como enfermas venéreas tanto en los libros como
en los partes médicos. Esto no impidió que primera siguiera
prostituyéndose hasta quedar embarazada cinco meses después de haber
sido diagnosticada su enfermedad, y la segunda hiciera lo mismo pero
luego de figurar dieciocho meses consecutivos como enferma de
carácter sifilítico.
La reglamentación, que adolecía de
mucho defectos y en la mayor parte de los casos no en espetada,
seguía ordenando que las prostitutas debían ser mayores de 18 años,
a no ser que probaran que antes de esa edad se habían entregado a
prostitución (art. 9). Este artículo se contraponía con el Código
Civil, el cual daba la mayoría de edad a los 22 años.
La incongruencia llegaba al grado de
permitirles el comercio sexual, pero les negaba la posibilidad de
casarse sin el consentimiento de los padres.
Los tratantes de blancas y las casas
autorizadas fueron los mayores beneficiados, ya que casi la
totalidad de las pupilas que ingresaban eran menores de edad. Las
mismas no podían mostrarse en la puerta de calle, ni en ventanas, ni
en balcones. Debían encontrarse en la casa dos horas después de la
puesta del sol, y llevar una fotografía con sus datos y los de la
casa de tolerancia donde trabajaban (art. 10).Estas mujeres fueron
las que debieron cargar el mayor peso represivo sobre sus
libertades.
El reglamento, que facilitaba y
proponía su inscripción en los registros de la prostitución, les
impedía abandonar el prostíbulo y el oficio con la misma facilidad.
Según el artículo 12: “Las prostitutas que dejen de pertenecer a
una casa de prostitución quedarán bajo la vigilancia de la policía
mientras no cambien de género de vida...”.
De haber huido de su encierro, les
hubiera sido muy difícil dedicarse a otro oficio ya que a la
persecución de la policía había que agregar que “todos los que a
sabiendas admitieren en su casa particular ó de negocio en calidad
de inquilina, huésped, sirvienta ú obrera cualquier mujer que
ejerciere la prostitución, pagarán una multa de 1.000 $ m/o (...).
Se considerarán sabedores los que permitan que una prostituta
continúe en su casa tres días después de ser prevenidos por la
autoridad (art. 24).
Este hecho, sumado a las altas
patentes y a los controles médicos, originó que las mujeres
argentinas, españolas e italianas, que hasta ese entonces habían
trabajado en los lupanares de la ciudad, prefirieran seguir su labor
clandestinamente en bares, cigarrerías y fondas. Y que las
extranjeras de países no latinos, prostitutas o no en su tierra
natal, pero más ingenuas, desconocedoras de las leyes y el idioma,
fueran conducidas a las casas de tolerancia.
Para 1876 había 35 prostíbulos
autorizados, en ¡os que trabajaban 200 mujeres. La mayor parte
de éstos se ubicaba en el barrio de San Nicolás, y algunos fueron
montados con gran lujo, teniendo bar, salones de reunión y músicos
para animar los bailes. Por la misma época comenzó una campaña de
denuncias que criticaba a la Municipalidad por permitir la apertura
de estas casas en las calles céntricas, y de igual manera señalaba a
los tratantes y la forma en que éstos operaban en Europa.
El año anterior (1875) había sido
publicada otra solicitada, de redacción muy similar, firmada por el
propietario de la casa de la calle Corrientes 509. En ella hacía
saber de su mala suerte "Por ser el vecino de una casa de
prostitución que alteraba la vida del barrio, y comunicaba que, por
los continuos escándalos que allí ocurrían, se veía obligado a
abandonar su propiedad para salvar a su familia de tan funesta
influencia."
Es precisamente en esta casa de
Corrientes 506 (actual 1283) donde meses más tarde se instalaría uno
de los prostíbulos más famosos, ya sea por e lujo y la calidad de
sus mujeres o por el trato bruta
Otras solicitadas que se publicaron
con términos más duros y de tono antisemita, buscaron y vamente
despertar el reproche de la sociedad. Asimismo se pedía la
intervención del arzobispo de Buenos Aires, del pastor de la Iglesia
Reformada Alemana , de las autoridades consulares para poner fin a
ese comercio inmoral.
Conjuntamente, comenzaron aparecer
solicitadas pidiendo el cierre de cafés, casinos y demás lugares
donde se practicaba la prostitución clandestina. En poco tiempo se
generó una guerra de denuncias que dejaba en claro que se trataba de
un duelo de intereses entre grupos encontrados al que se sumaban,
tal vez engañados en su buena fe, algunos ciudadanos honestos.
En una extensa solicitada, cargada de
información, se documentaba el modo en que un tratante (Jacobo
Hónig) invirtió 600.000 pesos m/c para montar dos nuevos
prostíbulos, uno en Corrientes 506 y otro en Temple 356 altos.
También se denunciaban otras instalaciones en Libertad 309,
Corrientes 509 y Temple 368, propiedades de Ana Goldemberg,
Carlos Rock y Herman Gerber, respectivamente.
Por otra solicitada sabemos que “en
junio de 875 Adolph Honing (sic,) domiciliado en Corrientes
506, trajo de Europa a 18 jóvenes engañadas a quienes explotó a su
labor, que luego de seis meses vendió a tina de éstas, llamada J.
B., a un tal Isidoro Wolf, residente en Montevideo, en la.
suma de 17.000 $. En diciembre del mismo año, Adolph Weismann engañó
a siete mujeres, cuatro húngaras y tres alemanas, diciéndoles que
iban a Milán y las dirigió a Marsella, de donde las embarcó a
Montevideo. Allí eran esperadas por Adolph Honing, quien
compró a las cuatro más bellas. Las restantes fueron compradas en
Buenos Aires por Herman Gerber. Se calcula que la venta de las
mujeres le valió al corredor 150.000$ m/c.
El mismo Gerher, domiciliado en
la calle Temple 368, había traído 12 mujeres en junio de 1875. Dos
habían sido vendidas a otro negociante de Rosario. Otra, llamada N.W.,
después de cinco meses y medio de permanecer en la casa de Gerber,
fue vendida a Isidoro Wolf en la suma de 14.000 pesos, y luego de
dos meses éste la revendió en 18.000 a Carlos Rock, domiciliado en
Corrientes 509. Fruto del trato que recibía, N.W. huyó de la casa,
acompañada por otra mujer, saltando por la azotea. Luego de esto, el
techo fue rodeado por una reja de hierro.
Algunas de estas mujeres escapadas de su encierro acudieron al
consulado austro-húngaro a formular sus denuncias, pero éste expresó
su incapacidad para intervenir. En la mayoría de los casos eran
jóvenes judías de Europa central y Rusia que debido a la pobreza en
que se encontraban y la persecución religiosa que sufrían sus
familias, era; literalmente vendidas a los rufianes a cambio de la
dote que éstas recibían.
Dado que el matrimonio civil aún no
existía, en muchos casos se fraguaba ¡ir matrimonio religioso entre
la explotada y su explotador, quien la ponía a trabajar para sí ola
vendía otro rufián. De esta forma se impedía que la mujer pudiera
reclamar a las autoridades consulares de su país, dado que al
casarse con un extranjero perdía sus derechos de nacionalidad.
Los diarios contemporáneos tomaban con
tibieza las denuncias. En algún caso aislado levantaban parte de las
solicitadas y en otros se escandalizaban por los hechos narrados’4.
Lo cierto es que la campaña no daba el resultado deseado, y las
casas de tolerancia seguían funcionando bajo la ordenanza
reglamentaria.
Las condiciones en que vivían estas
mujeres eran ciertamente inhumanas. Eran compradas y vendidas al
antojo de sus explotadores. Al llegar se les hacia firmar un
contrato por el que se comprometían a pagar el viaje, la ropa, la
comida, la pieza y todo aquello que recibían.
Los precios que debían pagar eran
cinco o diez veces superiores al valor real, y las deudas que
siempre mantenían con la casa se utilizaban como otro instrumento de
retención. Permanecían encerradas todo el día, y si salían de paseo
una tarde al mes, era bajo vigilancia de la regenta o un supervisor.
Si alguna se negaba a aceptar estas condiciones, era castigada o
vendida a otro prostíbulo de menor calidad en el interior del país.
Provenientes de familias campesinas,-sometidas al vasallaje y a
costumbres sexuales que en algunos casos incluían las relaciones
premaritales y los embarazos como signo de fertilidad, es posible
que hayan aceptado el comercio sexual como una etapa más de suya
desdichada experiencia anterior.
Las prostitutas clandestinas, que
trabajaban para un rufián, sufrían una explotación similar, con el
agravante de que las condiciones sanitarias eran más deplorables y
la clientela, menos selecta, mucho mayor. Sin embargo, ni estas
solicitadas, ni las publicaciones hacían hincapié en este punto.
Fuente: Revista
Todo Es Historia Nro. 342 Año 1996 - Parte de una nota de: José Luis Scarsi |