Podríamos definirla en palabras justas como una virtud, la
cual nos ayuda a actuar frente a las situaciones diarias de la vida, con mayor
conciencia. Gracias a ella, nuestra personalidad concordará con alguien
decisivo, emprender, comprensivo y conservador. Es decir, la prudencia pasa
inadvertida ante nuestros ojos, ya que es muy discreta.
Tal es así, que las personas que viven esta virtud, son
aquellas que toman las decisiones acertadas en el momento y lugar adecuado; lo
que se proponen lo logran con éxito, en las situaciones más difíciles
demuestran calma y serenidad, entre otras cuestiones.
Como mencionábamos anteriormente, este valor, nos ayuda a
actuar correctamente ante cualquier circunstancia, mediante la reflexión y
razonamiento de los efectos que pueden producir nuestras palabras y acciones en
la misma.
Las emociones, el mal humor, las percepciones equivocadas
de la realidad y la falta de la justa y necesaria información; en la mayoría de
los casos proporciona que tomemos las decisiones incorrectas. Es decir, que
posiblemente esto refleje que nos cuesta mucho reflexionar y conversar con calma
en cualquier hecho. Es decir, que la prudencia se forma en nosotros por la
manera en que nos conducimos frecuentemente, y no a través de lo que aparentamos
ser.
Las consecuencias de ser imprudentes, se presentan en todos
los niveles de nuestra vida; es decir, en lo personal y colectivo. Por ello,
siempre es necesario saber que todas nuestras acciones deben estar destinadas a
proteger la integridad de los demás sujetos como primer medida y como símbolo de
respeto hacia nuestra especie.
El simple hecho de lastimar a los demás, de tener
preocupaciones, no poder comprender los errores de los demás, imposibilitar la
vida de los demás o ser antipáticos; son motivos comunes en donde deberíamos
centrar nuestras fuerzas, para luchar y tratar cada día de ser un poquitos más
prudentes.
Detente a pensar un momento y aprecia las cosas en su justa
medida. Luego observarás que todos hacemos más grandes los problemas de los que
verdaderamente son, y actuamos y por ende decimos, cosas que por lo general
luego terminamos arrepentidos.
Otra cuestión, es tratar de no aparentar ser prudentes, ya
que esto significa que no somos capaces de actuar adecuadamente, decidir y
comprometernos, por el simple temor que poseemos, junto a la pereza y las
razones que creemos son valederas. Seamos sinceros con nosotros mismos y
reconozcamos que hay algo que no nos gusta o nos incomoda en determinadas
circunstancias.
La inconsciencia en nuestros deberes y en el actuar
cotidiano, reflejan la falta de prudencia en nuestras vidas. Nunca pensaste que
trabajar con intensidad y provecho, cumplir con las obligaciones y compromisos,
ser amables con las personas y preocuparnos por su bienestar general, son una
manifestación fiel de esta virtud humana.
Ahora bien, ¿Cuáles son los verdaderos beneficios de actuar
con prudencia? En primer lugar, conservamos un buen estado de salud, ya sea
física, mental y espiritual; manejamos nuestro presupuesto apropiadamente,
cuidamos de las cosas para que ellas funcionen y permanezcan en condiciones para
nuestro bienestar.
Ojo, el ser prudente no significa que estemos exentos de
equivocarnos. Todo lo contrario, uno aprende de los errores una y otra vez,
porque reconoce en cada uno de ellos sus fallos y limitaciones. Uno aprende,
pide perdón y consejos.
Recuerda, las mejores decisiones para actuar provienen de
la experiencia. Todas las cosas que se desarrollan a nuestro alrededor nos
enseñan a ser más críticos y observadores, prediciendo los éxitos y fracasos
para cualquier acción a emprender.
Entonces, la prudencia será el valor que nos guíe por el
camino más seguro, construyendo en nosotros una personalidad más segura y
perseverante, capaz de comprometerse en todo y por todos, el cual generara
confianza y reflejará amabilidad por el prójimo.