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Esta serie de enfrentamientos
entre Roma y Cartago, que se prolongaron alo largo de los siglos III y II. C.,
convirtieron a la potencia italiana en la dueña del Mediterráneo occidental.

Introducción: Una
vez que Roma completó su dominio sobre toda la península itálica, emprendió la
lucha contra Cartago para disputarle su influencia en el Mediterráneo
occidental.
Los
cartagineses comercializaban las telas, las piedras preciosas y los perfumes de
Oriente; el trigo de Sicilia y del Norte de Africa; el estaño de Francia y el
hierro y la plata de España.
El
enfrentamiento se extendió desde el año 264 al 146 a.C. y se conoce en la
historia con el nombre de guerras púnicas, debido a que los romanos llamaban
poeni (fenicio) a los cartagineses.
Cartago era una colonia de Tiro, fundada por Dido hacia el año 880 a.C., quien
había huido de su patria para escapar del gobierno despótico de su hermano
Pigmalión. Al llegar a las costas de Africa pidió a los nativos que le
concedieran una extensión de tierra que no fuera más grande que la que pudiera
cubrir la piel de un buey, lo que fue aceptado. Entonces Dido hizo cortar el
cuero en tiras largas y estrechas, con las cuales trazó el perímetro de un
terreno mucho más amplio del que debiera haber recibido.
De
inmediato levantó en aquel lugar una ciudad que rivalizó con Tiro y extendió su
influencia a toda la costa africana del Mediterráneo. Luego los cartagineses
ocuparon varias islas del Mediterráneo, inclusive parte de Sicilia, se
establecieron en las costas de España, atravesaron el estrecho de Gibraltar y
navegaron hasta las islas británicas y Francia hacia el Norte y hasta las islas
Canarias hacia el Sur. De esta manera Cartago se convirtió en el centro de un
verdadero emporio que monopolizó el comercio de Occidente.
En su
organización política, Cartago constituía una república, como lo era Roma en esa
época. El poder ejecutivo era ejercido por dos magistrados llamados sufetes,
elegidos con carácter vitalicio. Su poder era vigilado por un Senado, cuyos
integrantes pertenecían exclusivamente a la clase alta de la población, que
estaba dividida en dos facciones, encabezadas respectivamente por dos familias,
la de los Hannón y la de los Barca.
Por
otra parte en la primera mitad del siglo III a. C. Roma se había, convertido en
la primera potencia de la península Itálica, extendiendo su tutela a las
ciudades griegas del sur y proyectando su sombra sobre Sicilia.
Primera guerra púnica: La
antigua colonia fenicia de Cartago, era la mayor potencia marítima de la zona,
con colonias en casi todas sus islas incluyendo el oeste de Sicilia. Pretendía
dominar toda la isla para neutralizar a sus rivales comerciales y acaparar su
importante producción de cereales. En estas circunstancias, una banda de
mercenarios oscos, los mamertinos, se apoderó de la ciudad siciliana de Messina,
que controlaba el paso hacia Italia. Amenazados por Hierón II de Siracusa,
pidieron ayuda tanto a Roma como a Cartago (264 a. C.)
Ambas
potencias acudieron a la llamada, pero llegaron primero los cartagineses, que
establecieron la paz con Hierón. Esto no detuvo a los romanos, que expulsaron a
los púnicos de Messina e invadieron el territorio de Siracusa, forzando a Hierón
a aliarse con ellos en 263. La superioridad de su ejército les permitió
apoderarse incluso de la base púnica de Agrigento, un año más tarde. Pero los
cartagineses controlaban el mar, lo que decidió a los romanos a construir su
primera flota de guerra, que al mando de Cayo Duilio derrotó a sus enemigos en
Milas, en el año 260.
Esta
ventaja les permitió expulsar a los cartagineses de Córcega y devastar Cerdeña
(259), pero no apoderarse del oeste de Sicilia. Por ello, decidieron atacar
directamente en Africa. Una gran flota romana venció a la cartaginesa en Ecnomo
(256) y desembarcó cerca de Utica al ejército de Atilio Régulo, que se fortificó
en Clypea. Las desorganizadas fuerzas cartaginesas, incapaces de resistir a los
romanos en tierra, estaban dispuestas a capitular, pero las duras condiciones
impuestas decidieron su resistencia. Jántipo, jefe de una partida de mercenarios
espartanos, reorganizó el ejército cartaginés, que se apoyó en la caballería y
los elefantes. Con estas fuerza derrotaron a Régulo (255), que tuvo que volver a
Italia a bordo de una flota que acababa de destruir a la cartaginesa en el cabo
Hermes.
Esta
flota resultó arrasada por una tormenta, pero los romanos construyeron una nueva
que consiguió tomar Panormo (254), aunque las sucesivas operaciones por tierra y
mar no lograron conquistar Lilybaeum y Drepanum. En 249 un contraataque
cartaginés rompió el cerco sobre estas ciudades y destruyó la flota romana, pero
el agotamiento de sus fuerzas impidió la continuación del ataque en la isla,
limitándose a defender las posesiones que mantenían en ella.
Un
nuevo avance romano supuso la severa derrota naval de los púnicos en las islas
Egatas (241); Roma consolidaba el dominio del mar. Cartago tuvo que firmar una
paz por la que cedía Sicilia y las Lípari, además de pagar como indemnización la
cantidad de 3.200 talentos.
Entreacto en Hispania
Roma
aprovechó la debilidad de Cartago, agravada por la sublevación de sus
mercenarios (241-237), para apoderarse de Córcega y Cerdeña, a pesar del tratado
de paz. En estas circunstancias, el caudillo cartaginés Amílcar Barca propuso la
conquista de nuevos territorios en la península Ibérica, donde podría obtener
los recursos materiales y humanos para restaurar el poder de Cartago. El senado
de la ciudad le otorgó plenos poderes y, acompañado de su yerno Asdrúbal y de
sus hijos Magón, Asdrúbal y Aníbal, se aplicó a la tarea de construir un imperio
en Hispania (237-228). Tras su muerte, su yerno continuó su labor y fundó
Cartago Nova (228) como capital de los nuevos territorios. Roma, inquieta por
estos avances, impuso el Ebro cómo lImité norte de esta expansión (226).
Aníbal, que sucedió a su cuñado en 221, extendió el poder cartaginés al
interior: La conquista de Sagunto (219), ciudad que mantenía relaciones con
Roma, proporcionó a ésta el pretexto para exigir la entrega de Aníbal. Cartago
se negó, lo que desencadenó una nueva guerra (218).
Segunda guerra púnica
Aníbal sabía que la única forma de derrotar a Roma era atacando la base de su
poder en Italia, aparentemente protegida por su dominio del mar. El general
cartaginés dejó a su hermano Asdrúbal en la península Ibérica, mientras él
conducía un ejército compuesto de mercenarios africanos e hispanos, que cruzó
los Pirineos, el Ródano y los Alpes en seis meses. Aunque sus fuerzas habían
quedado reducidas a la mitad (20.000 infantes y 6.000 jinetes) tras la terrible
marcha, consiguió adelantarse a la, reacción romana. Venció en Trebia (218) a un
primer ejército mandado por los cónsules P. Cornelio Escipión y Tiberio
Sempronio, tras lo cual muchos galos se unieron a las fuerzas cartaginesas.
Aníbal entró en, Etruria y aplastó de nuevo a las tropas romanas en Trasimeno
(217), dejando indefensa a Roma. Pero no se atrevió a cercar la capital con sus
escasas fuerzas, y se dirigió al sur’para tratar de conseguir aliados entre las
ciudades recientemente sometidas por los romanos.
Mientras éstos habían enviado a Hispania un ejército al mando de Publio y Cneo
Escipión, que desembarcó en Emporion (218) y logró cortar las comunicaciones de
Aníbal con sus bases en la Península. En 215 los romanos cruzaron el Ebro,
derrotaron a Asdrúbal y conquistaron Sagunto. El cartaginés tuvo que marchar a
África para someter al rey númida Sífax, lo que aprovechó Publio Cornelio
Escipión para avanzar hasta la Bética. Asdrúbal volvió a la Península, reforzado
por los jinetes númidas de Masinisa, y logró vencer y dar muerte a los
Escipiones en Cástulo e llorci (211), obligando a los romanos a replegarse al
norte del Ebro. En otoño llegó a la Península Publio Cornelio Escipíón, hijo del
cónsul del mismo nombre, que reorganizó las fuerzas romanas para evitar que
Asdrúbal acudiera en ayuda de su hermano en Italia. Escipión consiguió tomar
Cartago Nova (209) y derrotar a Asdrúbal en Bailén (208), pero éste reaccionó y
marchó finalmente hacia Italia.
Aníbal se había trasladado a Apulia tras la victoria de Trasimeno, mientras
entraba en negociaciones con Filipo V de Macedonia y Hierónimo de Siracusa para
presentar un frente común contra Roma. El general Fabio Cunctator le seguía de
cerca sin presentar batalla, hasta que fue obligado por el senado y el cónsul
Varrón. Aníbal le aplastó en Cannas (216), lo que decidió a varias ciudades del
sur a apoyarle. Trató entonces de conquistar Tarento, cuyo puerto necesitaba
para restablecer sus comunicaciones con el exterior, pero la debilidad de sus
fuerzas, divididas para proteger a sus nuevos aliados, se lo impidió. Para
cuando lo consiguió (213), Roma habla logrado recomponer sus tropas gracias a un
extraordinario esfuerzo de su población, había contenido a Filipo en Iliria y
mantenía sitiada a Siracusa, defendida por los ingenios mecánicos del sabio
Arquímedes y apoyada por una flota cartaginesa.
En
211 los romanos se apoderaron de Capua y Siracusa, acorralando a Aníbal en el
extremo sur de la península Itálica. Asdrúbal, que por fin había llegado a
Italia, fue derrotado y muerto en Metauro (207), al tiempo que Escipión vencía a
los cartaaíneses en lupa y expulsaba a los púnicos de casi toda la península
Ibérica.
Gádir,
el último bastión, cayó en 206; el romano llevó entonces la guerra a Africa
(204). Consiguió la alianza de Masinisa, venció al rebelde Sífax y a los
cartagineses en Útica (203) y amenazó a la propia capital. Cartago llamó en su
ayuda a Aníbal, que se puso al frente de lo que quedaba del ejército cartaginés.
La victoria de Escipián en Zama (202), que le valió el apelativo honorífico de
«el Africano», significó la completa derrota de Cartago, que tuvo que renunciar
a Hispania y a las islas que conservaba, entregar sus elefantes y su flota de
guerra y pagar 10.000 talentos. Además, se comprometió a no emprender nuevas
campañas militares sin el consentimiento de Roma. En el año 195 el senado romano
exigió la entrega de Aníbal, convertido en sufeta (magistrado supremo) de
Cartago, pero éste huyó a Oriente. Constantemente perseguido por los romanos,
acabó suicidándose en Bitinia (183).
Tercera guerra púnica: A
pesar de las derrotas, Cartago logró recuperar su vitalidad comercial,
despertando la envidia de los mercaderes latinos y la suspicacia de los
gobernantes romanos, especialmente Catón el Censor, que hizo famosa la frase
Delenda est Carthago (Cartago debe ser destruida). Cuando los
cartagineses se enfrentaron a las constantes pro-vocaciones del rey númida
Masinisa, apoyado por Roma, ésta les declaró nuevamente la guerra (149 a. C.).
Cartago intentó negociar la paz, pero las duras condiciones impuestas por los
romanos provocaron una resistencia desesperada, que se prolongó por espacio de
dos años, hasta que Escipión Emiliano, nieto del Africano, tomó el mando de la
expedición romana (147). El nuevo general logró estrechar el cerco sobre
Cartago, que finalmente cayó en 146. El solar de la ciudad fue arrasado y
maldito, con la ceremonia simbólica de cubrirlo de sal y la prohibición de
volver a edificar sobre él. Los habitantes supervivientes fueron vendidos como
esclavos y el territorio se convirtió en la provincia romana de Africa.
Fuente Consultada: Gran Enciclopedia
Universal (Espasa Calpe)
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