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LA REFORMA ECLESIÁSTICA-Nicolás II: Por ese mismo
tiempo, la Sede Pontificia Romana se hallaba gravemente comprometida. Hasta
Carlomagno, los Papas habían sido elegidos por el pueblo de Roma; luego, con el
feudalismo, cayeron bajo la influencia de los señores; y ahora, bajo el Imperio,
debían contar con la aprobación de los Soberanos. De esta manera se originaron
los graves problemas, algunos tratados en este sitio.
Evidentemente so necesitaba una doble reforma: independizar la Iglesia de la
influencia de los emperadores, y renovar
la disciplina interna. Ambas cosas se
consiguieron en muy poco tiempo.
En el
año 1059 fue elegido Papa Nicolás II, quien de inmediato y sorpresivamente
reglamentó la elección de los futuros Pontífices: en adelante los elegirían los
cardenales, sin necesidad de la aprobación del Emperador. La medida fue muy
alabada, pero parecía constituir un desafío al poder Imperial.
De
acuerdo al nuevo sistema aprobado, en el año 1073 fue elegido Papa el monje
cluniacense HILDEBRANDO, quien tomó el nombre de Gregorio VII: fue el personaje
destinado a ser el gran reformador y una de las figuras cumbres de la Iglesia.
Hombre culto y muy piadoso aunque sumamente enérgico, Gregorio desde el comienzo
de su gobierno se sintió llamado no sólo a purificar la Iglesia de todas sus
fallas, sino además a imponer la Supremacía Pontificia sobre todos los reyes y
príncipes cristianos.
La
primera medida que tomó ese mismo año fue dirigida a la prescripción del
celibato eclesiástico mediante la prohibición del matrimonio de los sacerdotes (nicolaísmo).
La disposición no perseguía tanto la práctica de la virtud de la castidad como
el afianzamiento de su política teocrática. De hecho, como luego sucedería con
los posteriores decretos sobre la simonía, sólo se publicó en los dominios del
emperador, contra quien la lucha por el poder político se libraba sin cuartel.
Suponía el papa que el celibato evitaría la descendencia y, con ella, la posible
transmisión hereditaria de los derechos feudales, auténtico núcleo de la
cuestión. Aunque en principio tales derechos no se trasmitían hereditariamente y
requerían de una investidura específica por parte del señor, ésta solía recaer
sobre los descendientes del vasallo que no se hubiesen hecho indignos de ella.
Finalmente, en muchos de los casos, acabó por reconocerse el derecho de herencia
De
inmediato Convocó un Concilio que aprobó estas famosas reformas: bajo pena de
excomunión se prohibió a los civiles entrometerse en los asuntos internos de la
Iglesia y Conceder cargos eclesiásticos. Igualmente se penaba a los clérigos que
los aceptaban o que vivían casados.
Estas
pretensiones papales llevarán a un enfrentamiento con el emperador alemán en la
llamada Disputa de las Investiduras, que en el fondo no es más que un
enfrentamiento entre el poder civil y el eclesiástico sobre la cuestión de a
quién compete el dominio del clero.
Numerosos Legados Pontificios se desplazaron por toda
Europa controlando el cumplimiento de estas directivas y deponiendo a los
transgresores, pues
para
reyes y emperadores los feudos eclesiásticos antes que eclesiásticos eran
feudos. Entonces fue cuando intervino en la lucha el Emperador.
Ocupaba el trono imperial Enrique IV, príncipe prepotente y ambicioso, poco
dispuesto a perder sus privilegios. En un principio desconoció las órdenes
pontificias y siguió confiriendo dignidades eclesiásticas como si nada hubiera
pasado. El Papa Gregorio le envió amistosos avisos y luego protestas más
enérgicas. Finalmente, se vio en la necesidad de excomulgarlo, y —cosa nunca
vista— lo destituyó de emperador.
Con
motivo de la publicación de la bula de excomunión contra el emperador, la
nobleza opositora logró convocar en Tribur la Dieta imperial con la manifiesta
intención de deponer al monarca, aprovechando además que los rebeldes sajones
estaban de nuevo en pie de guerra. Enrique IV se vio en situación comprometida.
Ante el peligro de que el papa aprovechara esta reunión para imponer sus
exigencias y amenazado además de deposición por los príncipes si no era absuelto
de la excomunión, Enrique IV decide ir al encuentro del papa y obtener de él la
absolución.
Como se observa, el
resultado fue tremendo: los príncipes alemanes se reunieron en Tribur y apoyaron
al Papa desligándose del soberano.
Entonces Enrique, viéndose perdido, se dirigió a Canosa, en el norte de Italia,
en donde se encontraba el Papa, para pedirle el levantamiento del castigo.
Gregorio, luego de tres días de espera, le concedió el perdón y lo restituyó en
el trono. 5u triunfo había sido completo.
Con
todo, la lucha aun prosiguió unos años hasta que con el "Concordato de Worms” se
llegó a un acuerdo: el Papa y el Emperador reconocían su
mutua independencia en sus respectivas esferas. Este conflicto
también se conoce como la Querella de las Investiduras
Fuente Consultada: Historia Antigua y
Medieval de A. Drago
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