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Grigory Yefimovich
Rasputín:
En 1907, el heredero del trono ruso, un niño hemofílico de dos años, quedó postrado
en la cama con una hemorragia, y los médicos imperiales carecían de
conocimientos para ayudarle. La zarina Alexandra se sentía angustiada y
culpable. Cuatro de sus parientes cercanos habían muerto de hemofilia, y su
único hijo, Alexis, había heredado esta enfermedad.
Desesperada por salvarlo, la zarina mandó buscar a Grigory Yefimovich Rasputin,
un campesino siberiano autoproclamado hombre santo y famoso en San Petersburgo
desde hacia poco tiempo, que se había convertido en un favorito de la
aristocracia. Rasputín llegó a la habitación del enfermo, rezó unas oraciones y
la hemorragia cesó.
A su
llegada a San Petersburgo, en 1903, Rasputín fue recibido como un hombre santo y
en 1908 fue presentado a la esposa del Zar, Alejandra Fiódorovna, quien tenía
gran fe en sus supuestos poderes curativos.
Se especula con la posibilidad
de que consiguiera aliviar su dolencia mediante hipnosis; en cualquier caso, la
mejoría del heredero le granjeó la confianza de la zarina y también la de
Nicolás II, fuertemente influido por la zarina.
Alexandra y el zar Nicolás II, que respetaban a Rasputín desde el momento en que
lo conocieron, lo aceptaron desde ese instante en su círculo íntimo. Alexandra
adoraba a Rasputín como a un santo y gracias a ella obtuvo una enorme influencia
política. En 1915, tras haber salvado aparentemente a Alexis de múltiples
hemorragias, el «monje loco» se convirtió en el hombre más poderoso de Rusia y
llenó la corte con sus protegidos carentes de escrúpulos.
Sin
embargo, su libertinaje desencadenó su ruina. El círculo de sus admiradoras
hablaba con temor de su mirada abrasadora. Animaba sus emociones, diciendo que
el contacto físico con él limpiaría a los pecadores de sus pecados. Las
historias de sus corrupciones circulaban por todas partes.
El clero se pronunció
contra él; los dirigentes políticos, preocupados por su
influencia, imploraron al zar que lo echara. Cuando los periódicos atacaron a Rasputín, Alexandra convenció a su marido de que los censurara. Sin embargo, la
animosidad pública contra el «hombre santo» continuó creciendo.
En 1916, cuando
un grupo de líderes conservadores empezaron a temer que él y la zarina conspiraban
para lograr la paz con Alemania, decidieron asesinarle. Según la leyenda,
atrajeron a Rasputín a una casa particular y le sirvieron vino y pasteles
envenenados.
Como el «monje» no sucumbió, el príncipe Felix Yusupov le disparó
con una pistola. Tocado varias veces, Rasputín no acababa de morir. Finalmente, b
conspiradores acabaron con él empujándolo al río Neva, donde se ahogó.
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