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Para Joseph Ratzinger la fuerza de
la Iglesia no está en el dialogo, ni en la tolerancia, sino en la convicción.
Con esta certeza emitiò un importante documento (Sacramento de la Caridad) en el
que llama a los obispo a la lucha ideológica para recuperar el protagonismo
perdido en Europa. Con el apoyo de políticos católicos, pondrán en aprietos a
los gobierno en cuestiones que "no son negociables". Algunas de ellas ya tienen
"fuerza de ley" en la Unión Europea.
La
reivindicación del uso del latín en las misas, el regreso al canto gregoriano,
la confirmación del celibato obligatorio para los sacerdotes y la ratificación
de la negativa a comulgar para los fieles divorciados y vueltos a casar, son
cuestiones litúrgicas y doctrinarias de la Iglesia Católica que aparecieron en
la última exhortación papal.
Estos fueron los temas que más rápidamente han
tenido difusión en el mundo y que merecieron rechazos y apoyos por igual. Pero
de ninguna manera fueron los más importantes. Una atenta lectura de la
exhortación titulada Sacramentum Caritatis (en castellano, el
Sacramento de la Caridad)
muestra un llamado papal a encarar una lucha ideológica para que la Iglesia
recupere el protagonismo perdido en el continente europeo.
El documento se conoció casi al
mismo tiempo que el Vaticano -a través de la Congregación para la Doctrina de la
Fe, ex Santo Oficio de la Inquisición— condenaba al silencio al jesuita Jon
Sobrino, un reconocido teólogo de la liberación que vive en El Salvador (ver
aparte). Una misma línea de pensamiento y de acción.
Con esta exhortación, el papa
Benedicto XVI exige activismo y ortodoxia a los obispos, a los políticos
católicos y a los creyentes en general. Define la existencia de cuestiones «no
negociables”, por las que se deberá hacer frente a gobiernos y organizaciones
políticas que las impulsen. “La defensa de la vida humana desde su concepción
hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer,
la libertad de educación de los hijos.”
Son esos aspectos sobre los que no
hay negociación posible y fueron duramente enumerados en el documento. A partir
de esta divisoria de aguas, los políticos católicos están obligados a oponerse a
las leyes que no se ajusten a su doctrina religiosa, y los obispos están
obligados a exigírselo “constantemente”. Especialmente en los períodos
electorales. El Papa confirma así su ánimo combativo y su voluntad de situar a
la Iglesia en el centro del debate público y de recuperar un protagonismo
perdido en Europa hace décadas.
El
último sínodo de los obispos, la más trascendental de las asambleas católicas
re-guiares, se celebró en Roma en octubre de 2005. Fue el último presidido por
Juan Pablo II. Las aportaciones de 256 obispos de todo el mundo se trabajaron
durante año y medio y fueron publicadas en marzo último en las 131 páginas de
Sacramentwn Carilatis. En estas páginas se reflejan claramente la personalidad y
los objetivos del pontificado de Benedicto XVI. Fue una elaboración de obispos
de distintas partes del mundo, pero el Papa le dio la redacción final.
Desde Roma, el especialista en el
tema del diario El País, Enric González, describía así la situación. “La
eucaristía constituye el eje central del texto, que se extiende a numerosas
cuestiones doctrinales, pastorales y litúrgicas. Llama la atención, sin embargo,
el énfasis en cuestiones políticas de relevancia muy europea. La distinción de
facto entre la conciencia privada y las cuestiones públicas,
Ese es un mensaje dirigido
directamente a la clase política italiana, que discute la posible regularizaciòn
de las parejas de hecho, y a los parlamentos de los países sodalmente más
permisivos. Como España. Este es el nuevo tono que impone el Papa.
que tras el Concilio Vaticano II
permitió que numerosos países de la esfera católica legislaran sobre divorcio y
aborto, es considerada incoherente por el Vaticano. El culto a Dios, dice el
Papa, “nunca es un acto meramente privado: al contrario, exige el testimonio
público de la propia fe».
Para González, “ese es un mensaje
dirigido directamente a la clase política italiana, que discute sobre la posible
regularización de las parejas de hecho, y a los parlamentos de los países
socialmente más permisivos.
Como España. No hay ninguna novedad
doctrinal, pero es nuevo el tono. Los términos utilizados por el Osservatore
Romano, el diario oficial del Vaticano, para condenar una manifestación
realizada el sábado 10 de marzo en Roma a favor de la ley de las parejas de
hecho, son una prueba adicional de la virulencia con la que la actual
administración católica se propone librar las batallas que considera
irrenunciables. El diario vaticano habló de ‘discutible mascarada’, ‘exhibición
histérica’ y ‘carnavalada’. Son palabras
más propias de la prensa popular
que del órgano oficial del catolicismo. Lo que más irritó al Vaticano fue la
visible presencia de homosexuales en la manifestación. El editorialista del
Osservatore consideró que esa presencia probaba que cualquier ley sobre parejas
al margen del matrimonio canónico era, en realidad, un punto de partida para los
matrimonios homosexuales. El cardenal Angelo Scola, a quien correspondió
presentar la exhortación papal, se esforzó en asegurar que no existía en la
Iglesia ‘ninguna fobia contra los homosexuales’. Y subrayó que las continuas
declaraciones de los obispos en contra del proyecto italiano sobre parejas de
hecho no constituían ‘una injerencia política’, sino una obligación
magisterial».
CIERRE DE FILAS. El teólogo Joseph
Ratzinger es una persona de convicciones fuertes. Las mostró cuando fue, durante
décadas, el responsable del control ideológico eclesiástico. Entre esas
convicciones está la de considerar las innovaciones del Concilio Vaticano II
como responsables —entre otros factores— de haber creado un catolicismo débil y
sin rumbo.
El actual Papa está convencido de
que la fuerza del catolicismo no radica en el diálogo ni en la tolerancia, sino
en la convicción. Por eso considera que algunas interpretaciones del Concilio
Vaticano II tendientes a acercar a la Iglesia a la realidad cambiante de esta
época pueden ser vistas como un peligros anacronismo.
Como analiza Enric González, “el
endurecimiento estratégico y la parcial regresión impulsadas por Benedicto XVI
cuentan con un cierto respaldo factual: la aplicación del Vaticano II no ha
incrementado el número de fieles practicantes en Europa, sino al contrario; y no
ha reducido la sensación de distancia entre la Iglesia y la realidad, sino al
contrario. Un amplio sector de la sociedad sigue pidiendo cambios a la Iglesia.
Benedicto XVI considera que ha llegado el momento de invertir los términos de la
ecuación: según él, debe ser la Iglesia eterna, inmutable, la que exija cambios
a la sociedad”.
Es por eso que la exhortación
Sacramentum Caritatis se ajusta al espíritu programárico del pontificado. El
Papa considera que décadas de laxitud católica han permitido la promulgación de
leyes “socialmente corrosivas”, y exige un cierre de filas. Quiere que la
Iglesia no se defina por el número de fieles más o menos teóricos, sino por la
calidad, concientización y activismo de los mismos. Para él, el catolicismo debe
refiejarse de la misma forma en el silencio de la reflexión previa a la
eucaristía y en el fragor de los debates públicos. El término “innegociable”,
aplicado a cuestiones como el aborto, la eutanasia, el divorcio, las uniones
homosexuales o la enseñanza católica, resulta significativo.
El cierre de filas va unido a un
cierto repliegue hacia valores preconciiares, como la misa en latín y el canto
gregoriano, preferibles, según la exhortación, a las misas en lengua local y a
los acompañamientos musicales más o menos modernos. El recordatorio de que los
católicos divorciados y casados de nuevo no pueden recibir la eucaristía, y
deben esforzarse en compensar su situación irregular con “penitencias y obras de
caridad”, complementa un cuadro a la vez regresivo y, en un sentido político,
“revolucionario.
Pero son algunos analistas
políticos europeos los que ven con preocupación el llamado papal a la lucha
ideológica. Distintas leyes que se vienen trabajando en el seno de la Unión
Europea atentan, a veces directamente y a veces de forma colateral, contra esas
cuestiones que el Papa considera “innegociables”. Es esa lucha la que dejó en
una situación muy precaria al gobierno italiano de Romano Prodi en febrero
pasado, quien finalmente tuvo que llegar a una suerte de pacto de no agresión
con el Vaticano.
Prodi prometió alentar el diálogo
con la Santa Sede, después que la Iglesia se alarmó por una propuesta del
gobierno de conceder derechos legales a las parejas de homosexuales y a los
heterosexuales que no estén casados. Por presión vaticana, los legisladores
católicos estaban decididos a quitarle apoyo al gobierno y, en la práctica,
provocar su caída si insistía con ese proyecto sobre las parejas.
También en España la Iglesia está
detrás de las multitudinarias manifestaciones contra el gobierno socialista de
Rodríguez Zapatero, en cuanto busca impulsar leyes en áreas “sensibles” como
educación y salud reproductiva.
El llamado papal puede provocar
nuevas grietas en la Unión Europea. Pero eso no parece preocuparle. Muy por el
contrario, prefiere cerrar filas y apostar a una victoria ideológica sobre la
política europea.
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Opinión - Preguntas a Benedicto XVI |
Su Santidad resucitó lo que el
Concilio Vaticano II había enterrado:
la
misa en latín. Una
exigencia de monseñor Lefebvre, arzobispo suizo excomulgado en 1988 por negarse
a aceptar las reformas conciliares.
De niño asistí a muchas misas en
latín, con el celebrante de espaldas a los fieles, según
el rito tridentino de mi cohermano el papa Pío y, que fue dominico. ¿Por qué
permitir la vuelta al latín? ¿Cuántos fletes dominan dicho idioma? Jesús no
hablaba latín. Hablaba arameo. Tal vez algo de hebreo. Y por vivir en una región
dominada por Roma, seguro que conocía algunos vocablos latinos, como el saludo
romano “Ave”, que se introdujo en La oración más popular del catolicismo, el Ave
Maria.
Así como el griego se universalizó
por el Mediterráneo gracias a Las campañas de Alejandro Magno, el latín se
extendió en la medida de las conquistas del Imperio Romano. Según esta lógica,
¿no seria más adecuado adoptar hoy día el inglés?
Ahora bien, la gran mayoría de Los
fieles católicos se encuentra actualmente en América latina. Y no entiende
griego, latín ni inglés. ¿No seria aconsejable que participen en la misa en su
lengua vernácula?
Considerando el empeño de
inculturación de La Iglesia, ¿no resulta contradictorio volver a la misa en
latín? Tengo un amigo, ateo hasta la médula, a quien le encanta asistir a misas
en latín. Para él la liturgia se reduce a un espectáculo, cuanto más clamoroso
mejor. Es una cuestión de estética, no el puente comunitario entre nuestro
corazón sediento y el Trascendente.
Me inquieta su afirmación de que es
“una plaga” casarse por segunda vez y prohibir a los católicos que lo hacen
tener acceso a la eucaristía. Los Evangelios enseñan que Jesús comulgó con
personas que, vistas desde aquí y ahora, andaban lejos de la moral vaticana. Y
defendi6 a una mujer adúltera que iba a ser lapidada por los moralistas de La
época. Curó el flujo de sangre de una mujer cananea sin exigirle previamente la
adhesión a la fe que Él predicaba. Curó también al siervo del centurión romano
sin imponerle antes la obligación de repudiar a sus dioses paganos. Jesús hizo
el bien sin mirar a quién.
Tengo amigos y amigas que han
contraído segundas nupcias. Todos por razones muy serias, que serian mejor
comprendidas por sacerdotes y obispos si estos, como sucedía en la Iglesia
primitiva, tuviesen mujer e hijos (conviene recordar que Jesús escogió a hombres
casados para apóstoles, puesto que curó a la suegra de Pedro). Contraer
matrimonio es algo tan importante que la Iglesia hizo de ello un sacramento.
Sucede que, antes de ser una institución, el matrimonio es un acto de amor. Y
hay uniones que fracasan, pues todos somos frágiles y pecadores, y nuestras
opciones, sujetas a lluvias y tormentas, debieran merecer también la
misericordiosa comprensión de la Iglesia.
Tengo amigos y amigas divorciados
que han reconstruido sus relaciones afectivas y se niegan a acatar la
prohibición de comulgar. Mi amiga D., tres meses después de su matrimonio,
sufrió con su marido un grave accidente de tránsito. Él quedó tetrapléjico. Dos
años después, con la anuencia de él, ella contrajo una nueva relación, una vez
que oyó decir al hombre con quien se habia casado en la Iglesia: “Porque te amo,
quiero verte plenamente realizada como mujer y madre. Ella y su nuevo esposo
visitaban periódicamente al hombre accidentado, que sobrevivió siete años y fue
el padrino del primer hijo de la pareja. ¿Debo decirle a esa amiga que Dios, que
es Amor, no está en comunión con ella y que, por tanto, trate de guardar
distancia de la mesa eucarística, pues la Iglesia la considera “una plaga”?
Cierta noche me encontraba en Boca
do Acre, en plena selva amazónica, en la celebración de una comunidad eclesial
de liase. Doña Raimunda, madre de seis hijos, cuyo marido se habla ido a la
Transamazónica en busca de trabajo—donde estuvo cuatro años sin dar señales de
vida (y ella supo que él había constituido allá otra familia)—, dijo en la misa,
en el momento de la oración de los fieles: “Quiero agradecer a Dios por haberme
dado otro marido que es un padre bondadoso para mis hijos Doña Raimunda se unió
a otro hombre que la ayudaba en la sobrevivencia y en la educación de los hijos
en una situación de extrema penuria. ¿Debería decirle que se acercara a la mesa
eucarística? En aquel momento el papa Juan Pablo II, de visita en Chile, daba la
comunión al general Pinochet.
Querido Papa: leo en la primera
Carta de Juan que “Dios es Amor. Quien permanece en el amor, permanece en Dios y
Dios permanece en él” (4:16). Esas personas que cité, y tantas otras que
conozco, aman y por tanto Dios permanece en ellas. ¿Debo advertirles que no son
amadas por la Iglesia y que, por Lo mismo, tienen prohibido recibir el pan y el
vino transustanciado en el cuerpo y en la sangre de Jesús, el Señor de la
compasión y de la misericordia?
Por Frei
Betto es escritor, autor, junto con Leonardo Roff, de Mística y espiritualidad,
entre otros libros.
Publicado en Rebelión.org
Fuente Consultada:Revista
Veintitres Internacional
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