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Maldición, ya es domingo, esto cierra. Todo el mundo a la nave, nos volvemos a
la tierra. Cuatro días nos separan de otra fiesta. Son de lunes hasta iueves los
días que más apestan. Volveremos con la fiesta, te lo juro. Lo prometo por los
surcos de los plásticos más duros. Más potencia, pide pista, que despego. Ponte
en órbita en la fiesta, fiestas locas como esta... (DJ Dixkontrol, 1993)
Fiebre
del sábado noche (J. Badham, 1977) es un filme que narra la vida de un joven
discotequero, protagonizado por John Travolta. Ese
mismo año, en Chicago, Frankie Knuckles, un disc-jockey (DJ) afroamericano que
había trabajado en discotecas underground y gays de Nueva York, se
convirtió en DJ residente del club “The Warehouse” (el garage) de Chicago, donde
impuso un estilo de pinchar los discos muy innovador: en lugar de poner uno
detrás de otro, empezó a combinarlos, creando una nueva música de baile que se
terminó conociendo con el nombre de house -el club- era conocido como “la casa”.
Técnicamente, se trataba de fusionar sonidos pasados y presentes y a la vez
recrear nuevas formas sonoras en cada actuación (una actitud de improvisación
creativa parecida a la que se puede encontrar en el jazz). Musicalmente,
consistía en un ritmo constante, repetitivo, entre 120 y 140 golpes por minuto,
elaborado mediante instrumentos electrónicos como sintetizadores, ecualizadores,
etc., cuya finalidad era incentivar el cuerpo humano a bailar y “dejarse
llevar”. Culturalmente, suponía combinar la tradición rítmica afroamericana que
se remonta al jazz, al soul, al gospel y al funk con nuevas músicas europeas de
base electrónica como el pop y el trance. Los clubs de Chicago donde sonaba
house empezaron a atraer jóvenes del ambiente “underground” local, homosexuales
y lesbianas, muchos de origen afroamericano y “latino”, apasionados por esta
música y por una nueva forma de bailar durante toda la velada.
En el
ambiente festivo, mágico, creado por la música y la noche, estas minorías
étnicas y sexuales podían sentirse protegidas del racismo y la homofobia
reinantes, forjando nuevas y fugaces identidades diferentes a las mantenidas el
resto de la semana. Durante la primera mitad de la década de 1980, el nuevo
estilo de música y baile se difundió con matices diferentes en otras ciudades
del nordeste de los Estados Unidos, como Detroit (donde se creó el techno) y
Nueva York (donde se inventó el garage), consiguiendo su cresta de popularidad a
mediados de la década de 1980. Cuando el house comenzaba a declinar en Chicago,
fue “reinventado” en Gran Bretaña. Hacia el 1988 coinciden dos fenómenos: por un
lado, el fenómeno del acid house y la cultura de baile originada en Ibiza; por
otro lado, la casa Virgin difundió el término techno para promocionar un
álbum de DJ afroamericanos de Detroit.
El
terreno estaba abonado para la nueva música: el poprock estaba agotado y el punk
había acabado su ciclo. Cuando a principios de los años noventa el término acid
house se volvió inservible, debido a su identificación con las drogas y la
violencia por parte de los periódicos, el término techno empezó a designar
cualquier música de base electrónica. Se produce entonces un “segundo
nacimiento” del techno, que pierde cualquier referencia a su origen
afroamericano y se convierte en una especie de “esperanto musical” apto para ser
adoptado por amplias capas de población (principalmente jóvenes y blancos).
A lo
largo de la década de 1990, se produce en Gran Bretaña un renacimiento de la
cultura de baile, asociado a la emergencia de diversas variantes de techno,
desde las más comerciales a las más underground, desde las más duras a las más
suaves. Este renacimiento tiene como escenario dos espacios: por un lado los
clubs, locales comerciales de ocio, legales y estables, evolución de las discos
de los años setenta, instalados en garajes o naves de las grandes ciudades, con
una estética entre industrial y cibernética, que congregan a su alrededor
microculturas juveniles apasionadas por el baile; por otro lado, las rayes,
fiestas más o menos espontáneas, a menudo clandestinas y sin localización fija,
que tienen lugar en espacios desocupados, en la periferia urbana o al aire
libre.
Tanto
los clubs como las rayes tienen lugar preferentemente durante la noche,
pudiéndose extender hasta el día siguiente (entonces se les llama afterhours).
Ambos tipos de espacios han dado nombre a dos nuevas etiquetas en el mundo de
las subculturas juveniles —clubbers y ravers— que constituyen la vanguardia de
la escena juvenil británica. La última oleada de la cultura techno proviene del
centro de Europa. A mediados de la década de 1990, la cultura de clubs se
extiende por lugares como Berlín, Amsterdam o París. Aunque en algunos lugares
sigue asociada al movimiento gay y lesbiano, pronto deja de ser una música de
minorías (étnicas o sexuales) y se convierte en un producto transnacional y
transclasista.
La
Alemania de los movimientos alternativos y de los skinheads ve también la
emergencia de una “nación raye”. La caída del Muro de Berlín jugó un papel
importante. En el período posterior de incertidumbre política, los ravers fueron
capaces de reclamar política y comercialmente espacios libres para las rayes
ilegales. Desde esta escena subterránea emergieron redes informales con variadas
y cambiantes localizaciones y fiestas. La cultura tekkno alemana tiene su
eclosión en la organización de la “Love Parade” que cada verano congrega en
Berlín a miles de jóvenes del centro y el este de Europa.
El
renacimiento europeo del techno terminará volviendo a América, en un movimiento
de feed-back, cerrando el círculo de la difusión cultural en el pueblo
global: los clubes británicos son imitados en Wisconsin y la escena germánica
atrae a los más famosos DJ norteamericanos (como Frankie Knuckles y Jeff Milis),
que vuelven a su país de origen reimportando las fiestas rayes. Desde Estados
Unidos, el fenómeno llegará a América Latina, donde en la década de 1990 se
empiezan a celebrar rayes: fiestas ilegales, anunciadas con flyers de
estética psicodélica que atraían a jóvenes de clase media y alta hacia los
almacenes de la periferia, donde se bailaba música techno durante toda la noche,
se presenciaban espectáculos de realidad virtual y se consumían determinados
productos químicos, como anfetaminas de colores —tachas— y bebidas energéticas o
“inteligentes”.
Se ha
hablado de “chamanismo tecnológico” para referirse a las rayes que buscan el
rescate de cierto sentido místico-mágico de la vida que genera el ritual o
trance, aunque se trata de una “tribu global”, que se mantiene informada de lo
que sucede en el mundo a través de Internet (como sucede con el nortec,
fusión de ritmos norteños y música electrónica).
Fuente Consultada: Historia Universal Fin de
Siglo Las Claves del Siglo XXI y Wikipedia
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