|
El laboratorio de los capuchinos: Lo
que hoy conocemos como laboratorios de especialidades medicinales era aquello
que, en un verdadero alarde de dedicación a la farmacopea y a química,
instalaron los capuchinos del Louvre,
bajo la protección del rey Luis XIV, quien, claro está, intentaría asegurarse
con este mecenazgo una larga y cómoda existencia libre de males mayores, cosa
que al parecer logró ya que murió a los 72 años, un verdadero privilegio dado el
promedio de vida de la época. De los medicamentos que elaboraron los capuchinos
del Louvre los más importantes eran los conocidos como esencias” entre las que
se encontraban las de esmeralda, de erina, y de víbora, además de la famosa y
muy requerida Agua de la Reina de Hungría.
Del
uso y efecto de las dos primeras esencias han quedado los testimonios de
Madame Sevigné, quien elogiaba los preparados pero nada decía de los efectos
“sociales”, los cuales no debían de ser muy agradables ya que en los dos
específicos la base principal era la erina humana. Sobre la esencia de esmeralda
—donde no intervenía la orina— se conserva una carta en la que la dama aseguraba
haber curado una úlcera en la pierna “frotando con el preparado” la zona
afectada. Pero también la esencia de erina era usada por la noble francesa,
quien aseguraba en sus cartas que con diez a doce gotas (bebidas, por supuesto)
tenía “propiedades maravillosas”.
La
misiva aseguraba a los investigadores capuchinos que lo empleaba en pequeñas
dosis (“algunas gotas”, aclaraba) para combatir sus “vapores” (que no eran otra
cosa que accesos histéricos o hipocondríacos, atribuidos por los antiguos a
ciertos “vapores” que suponían generados en la matriz y que “subían hasta la
cabeza”).
Las
indicaciones sobre la preparación de esta esencia de erina se encuentran
registradas en una receta exhumada por Vieillard, que, además, habla por
sí sola del sacrificio que significaría la ingesta del tal remedio:
“Procurar orina de un hombre sano de unos 12
años —en lo posible después de que éste haya bebido un buen vino— y descomponer
esta erina sobre estiércol durante un año filosófico (30 días)... “.
Luego, la desagradable mixtura se destilaba en un alambique, se sellaba
herméticamente el recipiente y el residual se recogía en un vaso de vidrio. Por
último se indicaba que “el color será blanco y de un olor ligeramente pútrido”,
pero para darle “un sabor más suave” se le podía agregar canela, después de lo
cual no creemos que ningún ex paciente tratado con esta pócima se atreviera con
el arroz con leche. Para la hemorragia nasal se recomendaba una práctica no
menos repugnante: “Aquel que se ponga
orina en las narices conseguirá parar la hemorragia”.
No
menos heroico era el tratamiento para la fiebre cuartana, en cuyo caso no
bastaba con friccionarse el cuerpo con erina, sino que, además, se debía beber,
aunque no se trataba de cualquier deposición , pues se aseguraba que “aquel que
de un león su carne comiera y su agua bebiera durante tres días salvarse de la
fiebre cuartana logrará”. La cuestión —más allá de la subjetividad que predomina
en el criterio de los sabores-pasaría, suponemos, por quién se animaba a
arrimarle la bacinilla al rey de la selva para que cediera sus orines.
Pero
estos no son casos únicos, porque, curiosamente, y contrariamente a lo que pueda
creerse, la orina estuvo casi siempre presente entre los antiguos como elemento
entre mágico y real, tal que se recomendaron con fervor los masajes de orina
humana o animal a quienes padecían de reumatismo, por lo que deberíamos suponer
que, trasladada dicha práctica a nuestros días y nuestro clima, un tercio de la
población no olería ni siquiera lo mínimo de lo soportable. Otro de los
horribles medicamentos que tuvieron auge en la época que va entre los siglos
XVII y XVIII era el llamado Elixir de la propiedad o su sustituto la esencia de
víbora, ambos inventados por el abate Rousseau.
Si
bien el primero era bastante digerible (fermentación y destilación de azafrán,
mirra y alóes) el otro no debía encontrar muchos voluntarios para su uso. En
efecto, la esencia de víbora resultaba de la fermentación sobre una estufa de
miel con carne desecada de víbora pulverizada. Con el mencionado extracto
viperino, el buen abate aseguraba que había devuelto la vida al duque de
Chartres, cuando el noble tenía 4 años de edad y su enfermedad lo había
postrado sin habla y en una larga agonía, que, por supuesto, había cortado la
milagrosa esencia. también contaba Roussea que su panacea había sacado ce una
apoplejía al cardenal Caraffa, en presencia de unos treinta prelados.
El
mismo capuchino también preparaba un bálsamo al que había que agregarle “tantos
sapos vivos y grandes como libras de aceite llevaba, los cuales es necesario
hervir hasta tostarlos, casi quemados en el aceite, con lo que su jugo y su
grasa se mezclan con lo que aumenta en mucho la excelencia del remedio... Luego
a beberlo y ¡salud!, aunque para digerir semejante medicina hubiera que apretar
la nariz de la “víctima” para obligarlo a abrir la boca y así vaciar el bálsamo
en su interior.
Pero
no debe creerse que esa pócima resultaba una excepción, ya que en esa época los
sapos desecados y reducidos a polvo (“bufoterapia’) eran tenidos como
medicina infalible contra los envenenamientos. Las dosis que se recomendaban
iban de 1 a 2 escrúpulos (medida farmacéutica antigua equivalente a 24
gramos), y también se aplicaban sobre los riñones y en el ombligo como efectivo
diurético. Después de todo y hasta la actualidad existe en algunos lugares de la
campaña la costumbre de atarse un sapo vivo sobre ciertas erupciones (culebrilla
o herpes) y hasta en la cara para calmar el dolor de muelas. Para quienes hasta
no hace más de 50 años seguían la escuela de la bufoterapia, basándose en
los principios activos de la secreción irritante de los batracios y los
supuestos resultados en el plano fisiológico y terapéutico, no es desconocido
que en la antigüedad las prácticas con estos animales llegaron a tornarse uno de
los símbolos de la magia negra, hasta tal punto que podía condenarse a la pena
de muerte a aquellos que los tenían en sus casas.
En
el siglo XVII creó extraordinario interés lo que dio en llamarse crisoterapia,
es decir, la curación por medio de todas aquellas mezclas que contuvieran oro.
Un ejemplo fue el jara be de oro que preparaba Nicolás de Blégny,
charlatán de la época que amasó una verdadera fortuna con su bebedizo. Para
prepararlo, Blégny recomendaba elegir un gallo joven y bien alimentado,
desplumarlo vivo a efectos de que su sangre reaccionando excitase la temperatura
normal.
A consecuencia de lo cual la carne del
ave ganaría en espíritu y tendría mayor virtud para actuar sobre el
oro”. Luego, una vez cortado el cuello y desentrañado el pobre gallo, se
le levantaba la piel en diversos sitios, practicándosele incisiones en
la carne en las cuales se aplicaban láminas de oro. Cosida la piel se
rellenaba el vientre con un jugo de perlas finas pulverizadas y canela,
y se lo colocaba en un recipiente herméticamente cerrado para cocinarlo
en un horno de panadería. Del jugo resultaba el famoso jarabe, que,
presumimos, si bien no aliviaba ningún mal al menos constituía toda una
paquetería para la sociedad palaciega.
Fuente Consultada: Revista "Todo es Historia" Nota de Juan Ángel del Bono
VOLVER ARRIBA
|