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Remedios a la criolla: Después de
recorrer un poco la historia de aquellos remedios, vale la pena recordar algunos
de los que la familia argentina usaba para sus curaciones y recetaban hasta hace
no mucho tiempo los médicos de la época, pues eran los más avanzados que se
disponían para tratar ciertos males. Difícil será para quienes han pasado el
lapso de 50 años olvidar uno de los purgantes de peor sabor que se hayan
conocido: el aceite de ricino o castor, que nuestras madres obligaban a ingerir
valiéndose de los más creativos trucos e insólitas mezclas.
El
famoso y repugnante aceite de ricino que se medicaba fervientemente como eficaz
purgante, dado que evitaba las inflamaciones intestinales y producía una
moderada secreción de las paredes del intestino, se extraía de la semilla de una
planta auforbiácea, llamada, precisamente, ricino o castor, oriunda del
Asia y África, aunque se alcanzó a cultivar en nuestro país debido a las altas
demandas de la industria farmacéutica. Claro, que si bien los efectos laxantes
del aceite eran en realidad eficaces, su sabor hacía que la resistencia de los
niños para tomarlo fuera casi heroica, a tal punto que las etiquetas de los
envases solían tener una advertencia sobre “la posibilidad de producir el vómito
después de su ingestión”.
Por
esa razón las madres de entonces trataban de mezclarlo con café, té, leche o
alguna otra sustancia para disimularlo. Por su parte, una enciclopedia médica
—más moderna de lo que pueda pensarse— aconsejaba “administrar el aceite después
de un breve período de dieta absoluta; mantener el remedio lejos del enfermo
(olía tan mal como sabía) hasta su administración; verter la dosis sobre cerveza
espumante, y administrar todo ello sin dramatismos, pudiendo luego sorber una
corteza de limón para evitar el mal sabor del preparado’. Otro consejo médico
era dar al paciente inmediatamente después de ingerido el aceite ‘una infusión
de té de menta para evitar el vómito”... Lo que se dice un verdadero operativo
de engaño, que, generalmente, lo único que lograba era que el purgado no
volviera a tomar en su vida café, cerveza o lo que le agregaran para atenuar el
horrible sabor del purgante.
Lo
curioso y peligroso del ricino —de hermosas flores rojas y frutos amarillos
verdosos— es que su semilla, semejante a una avellana, administrada aun en
pequeñas dosis, puede provocar gravísimas intoxicaciones. Y ya que hablamos de
purgantes, que mejor (o peor, depende del enfoque) ejemplo que el de la
recordada sal catártica (sulfato de magnesio), más conocida como sal inglesa” y
que fuera desde mitad del siglo XIX hasta casi nuestros días uno de los
purgantes más utilizados por la familia. Su sabor era extremadamente ácido y sus
efectos drásticos, a tal punto que purgarse con sal inglesa equivalía a una
especie de muerte civil por espacio de 24 horas, más una rígida dieta total. Su
prescripción, según registros de archivo-, se extendía a la fiebre tifoidea,
disenterías y enfermedades cutáneas, quizá siguiendo los caminos trazados por Hipócrates
sobre la “desintoxicación corporal a partir de los purgantes”.
Otro
purgante —más suave que los anteriores por entrar en la categoría de laxante—,
registrado por la historia como utilizado principalmente por las familias
porteñas fue la reconocidísima Magnesia San Pellegrino, efervescente, ácida y
también de efecto rápido y seguro, pero también de sabor extremadamente amargo.
Este purgante era un derivado del bicarbonato de magnesio y presentaba el
aspecto de un polvo amorfo e impalpable. Bastaba una cucharada en medio vaso de
agua para obtener una buena purga. Para soluciones más suaves se utilizó hasta
hace poco tiempo la magnesia calcinada, conocida comercialmente como leche de
magnesia, que, avances en técnicas farmacológicas mediante, llegó a frutarse con
la intención de disfrazar su desagradable sabor. De todas maneras, debemos
considerar que en el aspecto purgante la hemos pasado algo mejor que el “rey
sol”, pues la historia registra que sus médicos —en el afán de contrarrestar las
enormes comilonas reales— aplicaron a Luis XIV, durante su reinado, nada menos
que 2.000 purgas, un centenar de enemas y 38 sangrías.
Otros dos medicamentos contemporáneos que nos han hecho pasar muy malos ratos
fueron aquellos que se utilizaron en la década del 30 y que se conocían como alquitrán
guyot, y las pastillas del doctor Andreu, los dos utilizados como
antitusígenos y ambos con un sabor francamente horrible, ya que pertenecían
al rubro de los innumerables medicamentos que se elaboraban a base de la
destilación de petróleo y brea, convirtiendo sus derivados en esencias que
conservaban el color, olor y sabor desagradable del hidrocarburo. Entrando en un
terreno que para las madres de hace cinco o seis décadas era de fundamental
atención —la vitaminización—, anotemos como uno de los reconstituyentes
vitamínicos más rechazados por los niños fue el inefable aceite de hígado de
bacalao, cuyo derivado más consumido era una emulsión (aceite mejorado) llamada
“del doctor Scott”. El aceite, rico en vitaminas A y D, contenía una
serie de sustancias, entre las que se contaban el ácido oleico, fósforo y restos
de yodo, por cuya causa se lo medicaba como un verdadero tratamiento
"multipropósito”, que abarcaba desde el raquitismo hasta los reumatismos
crónicos, pasando por el embarazo, las enfermedades consuntivas y los eczemas de
los niños.
El
brebaje debe ser muy recordado por su casi insoportable sabor, a tal punto que
las preocupadas madres debían librar verdaderas batallas con sus hijos para
lograr que éstos tragaran el fortalecedor y proteico aceite. Pero aún peor que
su sabor era su forma de obtención, que obedecía al antiguo y sencillo
procedimiento de extraer el hígado del bacalao de Noruega con su respectiva
vejiga biliar y guardarlos en grandes depósitos. La propia presión de la masa
hacía que se escurriera una gran parte del aceite contenido en los hígados. A
medida que pasaba el tiempo de este proceso de escurrimiento, la materia sólida
iba entrando en putrefacción y ello hacía que el aceite se enturbiara y
potenciara su insoportable sabor amargo, que luego, en un literal acto de
sacrificio, éramos los encargados de beber.
Respecto de este feísimo medicamento también el progreso proporcionó su ayuda
con los famosos saborizantes que invadieron el mercado farmacéutico de los 50,
logrando en alguna medida aliviar el esfuerzo de las papilas gustativas. Como si
esta emulsión fuera poco sufrimiento respecto de su ingestión, la medicación se
completaba con un fijador de calcio llamado Calcigenol irradiado,
también de difícil aceptación por su mal gusto y ya desaparecido de los
vademécum actuales.
Fuente Consultada: Revista "Todo es Historia" Nota de Juan Ángel del Bono
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