|
La mumia y el unicornio: El vocablo
mumia proviene de los antiguos judíos, árabes, caldeos y, principalmente, de
los egipcios anteriores a Moisés,
y significa cuerpo muerto preparado con
sustancias odoríferas y conservatorias. Pues bien, la mumia (momia en
adelante para nosotros) no era mas que carne humana ya cadáver preparada con un
relleno de “pez judía”, sustancia que conocemos entre nosotros como betún de
judea, y que resulta de una mezcla de asfalto, betún y parafina. Ahora bien,
aunque no se sabe a quien, alguien se encargó de deslizar el rumor de que la pez
judía poseía propiedades curativas comprobadas.
Es
así como a partir de allí —en el año 1 .000 d. C. la carne de momia se utilizó
para el tratamiento contra las contusiones, golpes y como preventoria de la
coagulación sanguínea. Luego, más velozmente que el rumor corrió la avaricia y a
partir de allí los árabes comenzaron a exportar momias egipcias para abastecer a
los médicos y autoridades que requerían esa panacea, que era administrada en
ralladura que se vehiculizaban con vino o miel, o bien se cortaba en pequeños
trozos que eran ingeridos sin más ni más. Cuando el supuesto medicamento ganó
adeptos a fines de la Edad Media, la demanda aumentó y, como lógica
consecuencia, las momias comenzaron a escasear en el mercado.
A
partir de allí hicieron su aparición los eternos pícaros de la oferta y la
demanda, quienes se encargaron de recorrer las prisiones para llevarse los
cadáveres de los ajusticiados, los cuales eran cortados en pequeños trozos y
proporcionados a los enfermos, quienes tragaban semejante “receta” no sin muchas
veces vomitar cada porción, según registran las páginas de la historia de la
medicina. Felizmente, el médico francés Ambrosio Paré, quien también había
medicado estos bocados de cadáver —a mediados del siglo XV— anuncia que “los
pacientes poco después de ingerirla la vomitan con gran dolor de estómago” y que
no sólo no reducía las hemorragias, sino que, por el contrario “más bien por la
agitación que esta droga produce en el cuerpo aumenta la pérdida de sangre”. Sin
embargo, antes de que Paré y luego otros desmitificaran las bondades de la
mumia, ésta había gozado en Europa de tal prestigio, que los comerciantes en
Francia, por ejemplo, hacían un negocio fabuloso robando cadáveres de los
cementerios en la noche.
Entonces les extraían el cerebro, las vísceras, para luego secarlos al horno,
salarlos y aromatizarlos, untándolos finalmente con betún de judea para
venderlos como auténticas momias de Egipto. De esta manera, anota Paré, vendían
y hacían a los enfermos “tragar brutalmente carroña hedionda e infecta de
ahorcados”. De todas formas, al negar Paré los efectos positivos de la mumia,
proponía para los resultados buscados las mismas ideas y enseñanzas de los
discípulos de Hipócrates —Galeno, por ejemplo—, quien para evitar la coagulación
de la sangre (que supuestamente lograba la mumía hasta el descrédito que
le proporcionó Paré) recomendaba que a los enfermos de este mal se los debía
envolver en piel de carnero recién desollado cubierta con polvo de mirto. Luego
se acostaba al enfermo en un lecho bien caliente y se lo debía cubrir para que
sudara durante 4 ó 5 horas, sin dormir.
Al
día siguiente se quitaba el oloroso “envoltorio” y se le aplicaba al enfermo una
especie de linimento elaborado con manzanilla, ungüento de malvavisco (planta
malvácea), trementina, aceite de lombriz y harina de alholva (planta
leguminosa), entre otros componentes. Claro que ese era un medicamento para
pudientes, porque a la ‘gente pobre” recomienda meterla en bosta de vaca previa
cobertura del cuerpo con heno y luego ¡a sudar! Respecto del unicornio (animal
inexistente) puede decirse que durante mucho tiempo su también imaginario único
cuerno constituyó otro de los extraños y desagradables remedios del siglo XVI,
utilizados para combatir la peste y toda clase de venenos. Ahora bien, ¿si el
animal era inexistente —por lo tanto también su solitario cuerno— cómo se
obtenía este medicamento? Según las investigaciones lo que se suministraba
como cuerno de unicornio no era más que cornamenta de rinoceronte, de toro de
Florida y de un anfibio que lleva un cuerno en la frente y se llamó camphur.
El
elefante de mar también era utilizado para elaborar “cuerno de unicornio”, pues
quitados sus dientes y molidos se vendían como la maravillosa medicina contra
cualquier clase de veneno, epilepsia, pestes, rabia y hasta de valor
antiespasmódico. Para que el unicornio causara efecto bastaba, según algunas
indicaciones, colocarlo en el lado contrario de la dolencia, otros tomaban su
ralladura y médula de algunas supuestas cornamentas y hasta se fabricaron
tazones en los cuales se tomaban ciertas mezclas que ayudaban a los poderes del
hueso extirpado a todo bicho que tuviera en la cabeza algo parecido a un cuerno.
Entre tanto remedio de dudosos y horribles sabores, también hubo prácticas que
deben haber causado más muertes que curaciones por sus procedimientos rayanos en
el sacrificio humano, como, por ejemplo, el uso del hierro candente, que los
árabes utilizaron casi para todo menester quirúrgico, como operaciones de
fracturas y testículos, para eliminar tumores, para detener hemorragias y en el
tratamiento de várices y hemorroides. Lo más curioso y doloroso de la cuestión
es que este sistema del hierro candente tuvo vigencia —sobre todo en los campos
de batalla para tratar las heridas de guerra—mucho más allá de la Edad Media y
se llegó a aplicar hasta durante la primera guerra mundial, donde la cirugía no
ofrecía muchas alternativas al respecto.
Fuente Consultada: Revista "Todo es Historia" Nota de Juan Ángel del Bono
VOLVER ARRIBA
|