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La segunda revolución agrícola: la formación
de un mercado mundial
La mecanización de las labores
agrícolas vino a favorecer el crecimiento de la economía agraria en
las grandes planicies de América, de Australia y del sur de Rusia.
Al disminuir la necesidad de trabajo humano y reducir los costes,
las máquinas permitieron desarrollar una agricultura de nuevo tipo,
el dry farming, en que una forma extensiva de cultivo, con
rendimientos por hectárea inferiores a los que se obtenían en
Europa, permitía, sin embargo, producir trigo a precio mucho más
bajo. Pero el factor decisivo de esta revolución fue, como ya hemos
apuntado, el extraordinario progreso de los transportes.
Cuando el
ferrocarril
llevó el trigo de las llanuras centrales norteamericanas
a los puertos del Atlántico, los barcos de vapor lo condujeron a
Europa, y la disminución progresiva del coste del transporte hizo
que este trigo americano llegase a los mercados europeos a precios
inferiores a los del producido allí.
El crecimiento de la producción
agrícola transatlántica fue extraordinaria. De 1870 a 1895, las
exportaciones norteamericanas de trigo se triplicaron. Hacia 1885,
los cuatro mayores exportadores transatlánticos (Argentina,
Australia, Canadá y Estados Unidos) producían ya el 25 % del trigo
mundial, proporción que hacia 1920 ascendía a más de un 40 %.
Esta
extraordinaria expansión fue posible gracias a la amplia
disponibilidad de tierras libres, que se daban a bajo precio a
quienes deseaban colonizarlas, y a un crecimiento prodigioso de la
mecanización. Para hacerse cargo de ello, baste decir que entre 1870
y 1920 el capital invertido en utillaje agrícola se multiplicó por
diez en los Estados Unidos. Nada semejante podía producirse en
Europa (salvo en el caso especial de las llanuras del sur de Rusia),
donde la estructura de la propiedad, la dimensión de las
explotaciones e incluso la misma parcelación no podían alterarse
fácilmente para adaptarlas a unas condiciones de producción
cambiantes.
El resultado del choque de dos
economías agrarias que respondían a sistemas muy distintos fue una
crisis agraria sin precedentes, especialmente aguda, en lo que se
refiere a los cereales. Entre 1880 y 1900 el tema de la «crisis
agrícola y pecuaria» suscitó una inmensa literatura en toda Europa,
que revela el grado de desconcierto de los contemporáneos.
Suele considerarse que la crisis
agraria de fines del siglo XIX es el signo inequívoco de la
aparición de la segunda revolución agrícola, determinada por la
constitución de un mercado a escala mundial, en donde las
oscilaciones de la producción pueden repercutir de un extremo a otro
del planeta.
Este hecho suscitó una cierta división
social del trabajo a nivel internacional: frente a los «países
industriales» surgieron unos «países agrícolas», que englobaban la
totalidad de las colonias y la mayor parte de las naciones
subdesarrolladas, entre ellas las de Iberoamérica.
La agricultura iberoamericana, que
había permanecido poco menos que estacionaria desde la
independencia, experimentó un salto expansivo formidable a fines del
siglo XIX, al integrarse en las corrientes exportadoras mundiales.
En el caso concreto de la Argentina, por ejemplo, el área cultivada,
que había crecido a un ritmo de 30.000'Ha anuales de 1810 a 1888, lo
hizo a razón de 800.000 Ha por año entre 1888 y 1910: hacia 1925 la
Argentina producía el 6 % del trigo mundial, y sus exportaciones
representaban el 18 % del tráfico triguero total.
Fenómenos semejantes se habían
registrado en otros países iberoamericanos, de modo que en los años
iniciales del siglo XX podía señalarse una serie de áreas
regionales, caracterizadas por la especialización en unos cultivos
determinados: área del trigo que abarcaba Argentina, Chile y Uruguay
(doblada en. Argentina y Uruguay por la producción de carne), área
del caucho en la zona amazónica, área del café extendida desde
Brasil a América central, o el caso concreto de Cuba dedicaba casi
exclusivamente a la producción de caña azucarera.
A este panorama habría que añadir el
imperio de la banana, erigido en la América central por la United
Fruit Co. (fundada en 1899), que llegó a convertirse en una gran
potencia económica y política, pero la historia de su crecimiento
cae fuera del marco cronológico de nuestra exposición.
La rápida expansión de sus
exportaciones agrícolas pudo hacer creer a los países
iberoamericanos que se hallaban en la senda correcta hacia el
desarrollo económico. En realidad no era así, ya que comprometían
gravemente su futuro, al hacerlo depender de las oscilaciones de
unos mercados extranjeros muy determinados, y al orientar sus
fuerzas productivas hacia una especialización exagerada, que haría
muy difícil su reconversión en caso de que sobre viniera una crisis.
De hecho, las grandes potencias
estaban practicando en Iberoamérica los métodos de dominación
indirecta que habían aprendido en su experiencia colonial; en muchos
caso la connivencia entre los intereses financieros extranjeros y
los d' los grandes señores de la tierra locales ayudó a estos
últimos a adueñarse del poder político, del que se sirvieron para
orientar las economías nacionales de acuerdo con sus propias
conveniencias, que solían ser coincidentes con las de sus clientes
extranjeros.
El sistema pudo marchar viento en popa
mientras duró la oleada de prosperidad iniciada a finales del siglo
XIX y sostenida por el estallido de la primera guerra mundial. Nadie
se preocupaba, entre tanto, de averiguar si las bases en que se
apoyaba eran estables, aunque el caso concreto del caucho
(desplazado por las plantaciones que las potencias coloniales
europeas habían efectuado en Indochina, Malaca, Birmania e
Indonesia) debía haber obligado a la reflexión.
Sobrevino la crisis de 1929 y 30
expansión quedó frenada y el equilibrio roto. Entonces los
agricultores de Iberoamérica cobraron conciencia de que habían
enajenado su independencia económica a unos mercados exteriores
sobre cuyas decisiones no podían ejercer ningún tipo de control.
Pero el análisis de esta situación nos llevaría a abordar la
problemática agraria de nuestro tiempo, y esta exposición histórica
debe detenerse justamente aquí. |