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Jean
Paul Sartre (imagen) analizando las consecuencias de la escasez, pronuncio
una frase lapidaria,..."la sociedad escoge sus propios muertos y
subalimentados"... Esta conclusión adquiere tintes mas dramáticos cuando
tratamos de observar la otra cara de la moneda de la etapa de la
industrialización en Europa y Estados Unidos durante el siglo XIX. Y esta
otra cara arroja la terrible contradicción entre acumulación de capital y nivel
de vida; denuncia los ritmos, los regímenes y ¡as condiciones de trabajo, la
inhumana sobreexplotación de los niños. La otra cara de la moneda fueron Charles
Dickens, Victor Hugo o Emilio Zolá, y toda una épica de miseria que sacudió los
sueños triunfalistas de tina gran burguesía opulenta y confiada. La otra cara de
la moneda fue la progresiva toma de conciencia de las clases explotadas, las
primeras luchas sindicales, los primeros llamamientos a la emancipación, los
primeros manifiestos que brotaron de los bajos fondos, las primeras imprentas
clandestinas.
Acumulación de capital y nivel de
vida
Las
primeras economías del capitalismo industrial se montaron sobre un sencillo
mecanismo. La acumulación de capitales sería el paso inicial de los procesos de
inversión, que hicieron crecer las industrias. Para conseguir los más altos
techos de acumulación de capital, era preciso reducir al máximo los márgenes que
estos mismos capitales tendrían que reservar para pagar los salarios. Si tenemos
en cuenta que la oferta de mano de obra era abundante y desorganizada, y que la
des-protección obrera en el mercado de trabajo ponía a los asalariados a merced
absoluta de los patronos, los sueldos de “hambre” (así se ¡es llamó en toda la
literatura obrerista de la época) favorecerían perfectamente el proceso de
acumulación. La tasa de salarios tendía a reducirse al nivel mínimo de
subsistencia del proletario.
Para
rematar la operación, el freno que suponía esta política de sueldos miserables a
la capacidad de consumo popular (con una etapa previa de demanda escasísima de
bienes de consumo) aumentaba la capacidad de ahorro inicial de los propietarios
capitalistas.
Keynes,
el gran teórico del capitalismo del siglo XX, explicó
perfectamente este proceso: “En realidad, era precisamente la desigualdad en
la distribución de la riqueza lo que hizo posible esta acumulación del capital
fijo y el progreso técnico, que fueron los rasgos distintivos de esta época.
Ésta es la justificación esencial del régimen capitalista”.
Así,
pues, el inicio de ¡a industrialización resultó altamente desfavorable al alza
del nivel de vida de los trabajadores. La “sed de beneficios” en la etapa previa
de acumulación de capital explica, en gran parte, las causas de la miseria
obrera que marcaron profundamente los comienzos del capitalismo industrial.
Marx
y Engels fueron testigos activos de dicha situación de creciente empobrecimiento
de la clase popular aunado al desarrollo de la industrialización y al triunfo de
las teorías del libre cambio. Los conceptos de “explotación del hombre por el
hombre” y de “lucha de clases” no fueron consignas retóricas, sino el resultado
de una atenta observación de los hechos.
Un discípulo de Adam Smith
escribía a finales del siglo XVIII:
El
hombre que, a cambio de los productos reales y visibles del suelo, no puede
ofrecer más que su trabajo, propiedad inmaterial, y que no puede subvenir a sus
necesidades cotidianas, más que por un esfuerzo cotidiano, está condenado por la
naturaleza a encontrarse casi complemente a merced del que lo emplea.
Este
economista, adscrito a las teorías del librecambismo, no hizo, con este párrafo,
más que darle la razón a Marx, cuando éste calificó al asalariado como “el nuevo
esclavo de la época moderna”.
Las condiciones de trabajo
Reducir a esclavitud a la clase obrera y organizar la vida de las fábricas, la
disciplina y el régimen de trabajo, segun un esquema más
próximo al programa de vida de la cárcel que al del taller, fue el criterio
general del empresario capitalista del siglo XIX.
La
concentración de mano de obra en las fábricas hizo nacer nuevas exigencias en la
organización del trabajo. El artesano o el productor del taller familiar
rechazaba el nuevo sistema de producción fabril. Las máquinas alimentaban sus
sospechas de amenaza de paro, los largos horarios, los duros programas de
trabajo y la disciplina impuesta por los capataces les repugnaban en cuanto
mermaban su libertad. Más tarde serían aplastados bajo
el peso de los monopolios. Fueron los más pobres, los
trabajadores del campo y los pequeños propietarios
rurales, arrojados hacia las ciudades por las leyes de
cercados o las transformaciones en la explotación agrícola, quienes se vieron
obligados a contratarse en las fábricas. Los niños “asistidos” por las parroquias
lucren preparados y obligados desde allí a sumarse a las primeras oleadas de
este nuevo proletariado.
Cuando, a principios del siglo, los fabricantes ingleses acudieron al gobierno
para excusar el pago de impuestos debido a los “elevados salarios” que demandaba
el obrero, VVilliani Pitt les contestó: “Coged a los niños”. En
un discurso en el Parlamento, William Pitt les declaró
textualmente:
La experiencia nos ha demostrado
lo que puede producir el trabajo de los niños y las
ventajas que se pueden obtener empleandolos
desde pequeños en los trabajos que
pueden hacer 1...]. Si alguien se tomase la
molestia de calcular el valor total de lo
que ganan ahora los niños educados según este
metodo, se sorprenderán al
considerar la carga de la cUal su trabajo —suficiente para subvenir a su
mantenimiento—— ibera al país, y lo que sus esfuerzos laboriosos y las
costumbres en las que se les ha formado vienen a añadirse a la riqueza nacional.
La
legislación inglesa y la Iglesia anglicana defendieron a ultranza la
contratación de niños. Los administradores de impuestos de pobres mandaron
grupos de niños lejos de sus padres. Éstos, ante la
dificultad que suponía para sus estrechas economías el cuidado de los pequeños,
los cedían a la tutela de la asistencia pública.
Los
ritmos de trabajo eran excesivamente duros. La estrecha vigilancia de los
capataces niponía toda suerte de arbitrariedades, desde castigos
económicos, como pago de
multas, hasta castigos físicos. La vigencia de la tortura en las primeras
concentraciones fabriles fue un hecho constatado en la literatura social de la
época.
Los
horarios de trabajo del obrero del siglo XIX oscilaban
entre las catorce y las dieciséis horarias. En muchas fábricas se edificaban
cobertizos al pie de las naves de trabajo, donde dormían
hacinados cientos de hombres, mujeres y
niños durante escasamente cinco horas diarias.
En
Francia y Estados Unidos, el negro panorama de la vida che un asalariado no
desmerecíaen nada de la que se observaba en la Inglaterra
de este tiempo.
Además de los salarios insuficientes, del trabajo
agotador e interminable, de la férrea cliscipliia1de la pésima alimentación y de
los alojamientos insalubres, los obreros se hallaban a merced
de todo tipo de enfermedades.
Las
revoluciones de 1830 a 1848 sacaron a la luz pública
situaciones increíbles sobre la vida cotidiana
del proletariado. Documentos como los de Villarmé,
en su Cuadro sobre el estado fisico
y de los obreros, florecieron en los flujos y reflujos de
los primeros movimientos populares. En se denunciaban con
pelos y señales las consecuencias che los salarios de hambre,
las columnas de niños de seis a ocho años que a las cinco
de la mañana recorrían
enormes distancias para
ir a los talleres. Los informes médicos
de la época señalaban el destrozo físico y psicológico de millares
de hombres y mujeres envejecidos prematuramente. La
inseguridad en el trabajo, agudizare todo en los comienzos del maquinismo,
arrojaba altos índices de mortalidad laboral.
Fuente Consultada: Historia Universal
Gómez Navarro y Otros
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