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La segunda etapa de la revolución
industrial: la siderurgia y el ferrocarril
Cuando la industria
algodonera parecía estar agotando sus posibilidades de engendrar
nuevas transformaciones en el seno de la economía británica, la
siderurgia vino a iniciar una segunda y más importante etapa de
transformación, que tendría como con secuencia el que se formase una
gran industria de bienes de producción.
Hemos dicho anteriormente que la
siderurgia se presentaba ya en el siglo XVII en factorías
relativamente grandes y avanzadas, en contraste con la pequeña
industria textil artesanal.
Pero una serie de graves dificultades
obstaculizaban su crecimiento; en contra de la opinión común, la
historia de la siderurgia británica es un ejemplo de cómo unas
condiciones naturales adversas pueden ser superadas por una
industria dinámica, estimulada por la demanda de un mercado en
expansión.
En primer lugar tenemos la carencia de
combustible: el carbón vegetal escaseaba en Gran Bretaña y el carbón
mineral no podía usarse en la siderurgia, ya que los gases
sulfurosos desprendidos en la combustión dañaban la calidad del
metal. Durante buena parte del siglo XVII la producción de hierro
siguió efectuándose en hornos de carbón vegetal, lo que obligaba a
establecerlos en zonas de bosques (general mente alejadas de los
centros de consumo) y a cambiarlos de emplazamiento cuando el
combustible se agotaba en un lugar.
A esto hay que añadir la baja calidad
de los minerales de hierro británicos, que no podían, en modo
alguno, competir con los suecos. Una y otra dificultad fueron
superadas con la introducción del coque en la siderurgia,
pero esta
introducción no fue el resultado de un hallazgo técnico afortunado,
sino de dos siglos de lucha, culminados en el siglo XVII en una
serie de etapas que significaron sucesivas victorias parciales: los
esfuerzos de la familia Darby (imagen izq.) por hallar el tipo de coque adecuado,
la introducción de los procedimientos de pudelaje y laminado
patentados por Core (1783-1784), y, sobre todo, la aplicación de la
máquina de vapor de Watt, que solucionó no sólo los problemas de
forja, sino el más vital de asegurar la inyección de aire necesaria
para la combustión regular del coque.
El resultado final de toda esta serie
de perfeccionamiento» fue de importancia trascendental, ya que
permitió asentar establemente los hornos siderúrgicos junto a las
minas de carbón (que solían coincidir con los yacimientos de mineral
de hierro) y realizar todas las operaciones en un mismo lugar, desde
la extracción del mineral hasta la elaboración final de las
mercancías construidas en metal.
Esta concentración hizo nacer grandes
imperios industriales, integrados por minas, hornos, fábricas y
almacenes, como el de John Wilkinson, quien llegó a acuñar su
propia moneda. Consecuencia mucho más importante fue, sin embargo,
la de haber reducido extraordinariamente los costes de producción
del hierro británico: sus precios bajaron espectacularmente, y a
comienzos del siglo XIX eran ya mucho más bajos que los del hierro
sueco.
Este conjunto de circunstancias
favoreció el rápido crecimiento de la producción siderúrgica, que
entre 1788 y 1806 llegó casi a cuadruplicarse. Inicialmente, esta
expansión estaba ligada a la demanda derivada de las necesidades
militares (aunque el abaratamiento del hierro estaba extendiendo
paralelamente su uso a la construcción de máquinas y de utillaje
agrícola) y el término de las guerras napoleónicas amenazó con
yugular su crecimiento. Para remediar la crisis, se intentó emplear
el hierro en las más diversas aplicaciones: construcción de puentes,
edificación de viviendas, etc.
Se llegó incluso a experimentar la
pavimentación de calles con hierro. Pero el gran estímulo que
permitiría superar la crisis y abriría una nueva y mayor etapa de
expansión hubo de venir de una actividad que inicialmente se había
desarrollado para atender a las necesidades de la minería y de la
siderurgia: el ferrocarril. El ferrocarril era conocido desde mucho
antes, si bien reducido a la tracción animal o a trayectos en que
fuese posible depender de la fuerza de un motor fijo, aplicada por
medio de un cable, a la manera de los funiculares. Se habían
establecido incluso líneas de pasajeros con vehículos de tracción
animal.
La gran revolución se produjo con el
perfeccionamiento de la locomotora de vapor: el éxito obtenido por
la línea Liverpool-Manchester (sus acciones doblaron de valor
en menos de tres años) provocó una sucesión de «manías ferroviarias»
entre 1830 y 1850, atrayendo a esta clase de empresas los capitales
de multitud de pequeños inversores, absolutamente ajenos hasta
entonces a cualquier actividad industrial.
En otro lugar hablaremos de la
influencia que el ferrocarril ejerció en la integración de los
mercados nacionales; lo que ahora nos interesa es que la
construcción de líneas férreas motivó un gran aumento en la demanda
de hierro, acero y carbón, y significó un nuevo y revolucionario
estímulo para la expansión de la minería y de la siderurgia: entre
1830 y 1850, la gran etapa de la construcción ferroviaria en Gran
Bretaña, la producción británica de hierro y de carbón se triplicó.
Cuando la red ferroviaria estuvo
construida, nuevas actividades, suscitadas en su mayor parte por la
propia revolución industrial, vinieron a absorber la producción
siderúrgica, e incluso a inducir nuevas etapas de expansión en la
misma.
También la industrialización de otros
países (y la construcción de sus redes ferroviarias) presionó sobre
la siderurgia británica,- ya fuese directamente, ya a través de las
adquisiciones de maquinaria. Hacía 1850, el proceso de la revolución
industrial británica había llegado a su culminación y el crecimiento
económico podía considerarse asegurado.
Los setenta años
transcurridos desde 1780 habían visto producirse una serie de
reacciones en cadena que dieron lugar al nacimiento de una industria
de tipo nuevo, surgió como parte integrante de un sistema económico
cuyo crecimiento tenía su punto de partida en fuerzas engendradas en
su mismo interior. |