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Estalla la
Revolución la
Revolución Mexicana

Emiliano Zapata
Pancho Villa
Porfirio Díaz había
llegado a la presidencia de México por primera vez en 1876, con la ayuda de las
armas. Entre 1880 y 1884 había dejado el gobierno en manos de un amigo fiel, el
general Manuel González. Pero Porfirio no concebía otro sucesor que no fuera él
mismo: desde 1884 había gobernado sin pausas, reelecto sistemáticamente, en ocho
oportunidades. Era el "caudillo indispensable", el general protagonista de "la
hazaña militar más grande de la historia", y otras calificaciones elogiosas que
proferían los aduladores del régimen.
En 1910 debían
llevarse a cabo nuevas elecciones. A pesar de que en 1908 había afirmado lo
contrario, Porfirio volvía a ser candidato. La oposición al régimen se nucleó
alrededor de Francisco Madero, un político miembro de una familia de
terratenientes del estado de Chihuahua, en el norte del país. El programa de
Madero se centraba en la reforma política y era apoyado por un heterogéneo
conglomerado de fuerzas regionales.
En las elecciones
(que, por cierto, no fueron limpias) triunfó Porfirio Díaz. En el momento de la
elección, Madero se hallaba detenido en una cárcel mexicana. A diferencia de
otras circunstancias, la oposición decidió resistir el veredicto. Madero, que
había huido de la prisión y se había refugiado en Texas, lanzó un llamado a la
insurrección: el Plan de San Luis Potosí.
La rebelión se
inició en el norte de México. Desde allí, las tropas conducidas por Pascual
Orozco avanzaron hacia el centro de México y derrotaron en varios
enfrentamientos al ejército porfirista. En el centro sur surgió también un
importante núcleo de resistencia liderado por Emiliano Zapata.
Porfirio Díaz
capituló y se exilió en Europa. Madero fue electo presidente y asumió a fines de
1911l. El gobierno de Madero carecía de bases firmes: los antiguos porfiristas
descontaban de él, los campesinos y sus líderes que habían combatido contra Díaz
no veían satisfechos sus reclamos de tierras y participación en el poder
político y, desde fines de 1912, el embajador de los Estados Unidos conspiraba
abiertamente contra el presidente de México. De este modo, surgieron diversos
grupos opositores a Madero, muchos de ellos irreconciliables entre sí.
Los constitucionalistas A principios
de 1913, el general Victoriano Huerta dirigió una rebelión exitosa
contra Madero, y se proclamó presidente. Madero y su vicepresidente
fueron asesinados. Mientras Huerta se consolidaba en el poder, un
conjunto de grupos opositores establecía una alianza, formalmente
encabezada por el gobernador del estado de Coahuila, Venustiano
Carranza. Los opositores, unidos bajo el nombre común de
constitucionalistas -su principal objetivo era la restauración del orden
constitucional-, estaban comprendidos por grupos del norte del país -el
propio Carranza, el carismático y audaz Pancho Villa y un importante
grupo del estado de Sonora, liderado por Alvaro Obregón- y de otras
regiones -donde sobresalían los campesinos del estado de Morelos con su
líder Emiliano Zapata-.
Los
ejércitos constitucionalistas derrotaron a las tropas de Huerta, que
dimitió y partió al exilio en julio de 1914. Los cuatro años de
conflictos habían terminado con todo el complejo sistema de pactos y
negocios nacionales, regionales y locales establecidos en los largos
años del gobierno de Porfirio Díaz.
En su lugar,
diversos grupos y caudillos, de base rural, luchaban entre sí para
decidir quién iba a gobernar México. Para algunos, como los seguidores
de Zapata, el problema principal era otro: la tierra. Su objetivo era el
reparto de las tierras a las comunidades campesinas.
Los que
habían vencido a Huerta no tardaron en enfrentarse entre sí. Carranza y
Obregón fueron los jefes de los triunfadores. Villa y Zapata, los de los
derrotados. En 1917 fue sancionada una nueva constitución que consagró
importantes principios: aumentaba las atribuciones del poder ejecutivo,
fijaba un mandato de cuatro años sin posibilidad de reelección para los
presidentes, aseguraba al estado la propiedad del subsuelo, establecía
numerosos derechos sociales -derecho de huelga, jornada de ocho horas,
prohibición del trabajo infantil, salario mínimo, etc.-, separaba
estrictamente la Iglesia del estado. Se nacionalizó la riqueza minera.
En 1920
terminaron las resistencia. Diez años de guerras habían dejado la
economía absolutamente destruida y centenares de miles de muertos en los
campos. De todas maneras no se avanzó en la democratización política,
volviéndose a practicas muy parciales, parecidas a las de Porfirio Diaz.
Los indígenas y pequeños propietarios siguieron sufriendo las
injusticias del sistema y sus vidas sin grandes diferencias a la etapa
oligárquica.
Fuente Consultada: El Mundo
Contemporáneo (Lucas Luchilo, Pedro Saccagio y otros)
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