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LA INDUSTRIA TEXTIL
LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN GRAN BRETAÑA: LA INDUSTRIA ALGODONERA
Revolución de 1830

La Industria textil en Gran Bretaña Algodon y la Revolucion Industrial

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La Industrial Textil: El Algodón La Máquina a Vapor En Inglaterra Los Ludistas Segunda Revolución Industrial Los Transportes La Clase Obrera

Invención del telar La Máquina a Vapor Los Transportes Primera Revolución Agrícola

El comienzo de la revolución industrial británica: la industria algodonera:

La Inglaterra de la primera mitad del siglo XVII vio producirse cierto crecimiento de su mercado interior, ligado a las consecuencias favorables de su revolución burguesa y a la transformación que estaba experimentando su agricultura.

En el siglo XVIII, Gran Bretaña encabezaba la producción de bienes de  algodón baratos, mediante el uso de los métodos tradiciones de la industria doméstica. El desarrollo de la lanzadera volante cremento la velocidad del proceso de tejido en un telar, lo cual le permitió a los tejedores duplicar la producción.

Sin embargo, esto provocó escasez de hilo, hasta que la máquina de hilar de James Hargraves, perfeccionada en 1768, permitió a los hilanderos fabricar subproducto en mayores cantidades. La máquina de hilar de sistema hidráulico, cuyo inventor fue Richard Arkwright, impulsada por agua r caballos, y la llamada muía de Samuel Crompton —que com- ioa aspectos del sistema hidráulico y de la máquina de hilar— cementaron aún más la producción de hilo.

El telar mecánico, untado en 1787 por Edmund Cartwright, permitió que el proceso ejido de ropa se coordinara con el proceso de hilado. Incluso, los primeros telares mecánicos eran demasiado ineficientes, lo que permitía que los tejedores manuales domésticos siguiesen prosperando,al menos, hasta mediados de la década de 1820.

Después de esa fecha fueron sustituidos de manera gradual por las nuevas máquinas. En 1813 había 2400 telares mecánicos en operación en Inglaterra; aumentaron hasta 14.150 en 1820; en 1833 ya eran 100.000, y para 1850 llegaron hasta 250 000. En Inglaterra, en la década de 1820 todavía había 250 000 tejedores manuales; en 1860, sólo quedaban 3000.

HISTORIA: John Kay patentó en 1733 la lanzadera volante, que había de mejorar considerablemente la productividad del tejido; pero esta invención no tuvo efectos inmediatos, entre otras razones porque se hacía preciso aumentar en el mismo grado la productividad del hilado, si se quería evitar que se produjese un estrangulamiento de difícil solución. Si no hubiera sobrevenido ningún cambio externo al sistema, es posible que esta situación hubiera conducido a abandonar la invención de Kay —como ocurrió con otros inventos en el transcurso del siglo XVII— o a una lenta readaptación de toda la industria algodonera, con imprevisibles consecuencias humanas. Pero el cambio se produjo, dado que sobrevino un estímulo capaz de salvar la situación.

El comercio exterior británico dependía en buena parte del tráfico con los tejidos de algodón de la India (las indianas); a mediados del siglo XVII, la Compañía Inglesa de las Indias Orientales comenzó a tropezar con dificultades para aprovisionarse de tejidos indios, y dirigió su demanda al propio mercado británico. La existencia de esta demanda explica el interés que suscitó la renovación de los métodos de hilado, que desembocó en una serie de innovaciones harto conocidas.

La spin-nini-Jenny de Hargreaves (inventada en 1764 y patentada en 1770) comenzó funcionando con 16 husos a la vez, manejados por u¡ solo operario, y acabó conteniendo más de 100 husos: en 116'J Arkwright patentó el water-frame, una máquina que ya no era apta para la industria doméstica, sino que había sido proyectad; para funcionar en una factoría, empleando la fuerza hidráulica ; el vapor; pocos años más tarde (1779), la mulé de Crompton combinó los principios de la spinning-jenny y del water-frame, en 1785 se comenzaron a utilizar las nuevas máquinas de vapor de Watt para hacer funcionar una fábrica de hilados. El resultado de la aplicación de estas innovaciones era que, hacia 1812. un hilador podía hacer tanto trabajo como hacían doscientos  mediados del siglo xvm.


Naturalmente, estos perfeccionamientos en el hilado no sólo permitieron emplear la lanzadera volante de Kay, sino que suscitaron nuevas innovaciones en el tejido (como el telar mecánico de Cartwríght, introducido a comienzos del siglo XIX), e incluso en otros aspectos de la producción algodonera (el blanqueo por cloro, que suprimía el engorroso y largo blanqueo al sol, con las telas extendidas en los prados de indianas).

Esta sucesión increíble de innovaciones en el transcurso de treinta años (mucho más numerosas e importantes que las que se habían registrado en '''cualquier sector de la industria textil en los trescientos años anteriores) no podría explicarse si no hubiese habido una, considerable expansión en la producción, única circunstancia que podía justificar tantas y tan costosas inversiones en renovación de utillaje.

En efecto, de 1780 a comienzos de siglo XIX las exportaciones británicas de tejidos de algodón se multiplicaron por diez. Paralelamente, los aumentos de productividad permitían reducir hasta la sexta parte los precios de algunos productos. Transformaciones semejantes en el breve plazo de dos o tres décadas no se habían producido nunca con anterioridad. No cabe duda de que nos hallamos ante un fenómeno tan nuevo y de tanta magnitud que no es exagerado calificarlo de revolucionario; como ha señalado Hobsbawm, este salto hacia delante que dio nacimiento al desarrollo económico moderno es uno de los hitos fundamentales de la historia de la humanidad.


En el plano del comercio internacional, la transformación de la industria algodonera británica hizo posible que los comerciantes ingleses dominaran el mercado mundial en una forma y a una escala que no se habían dado jamás. Inicialmente, estos tejidos de algodón se destinaban a un comercio triangular: eran llevados a África a cambio de esclavos; estos esclavos se transportaban a las plantaciones norteamericanas para venderlos y adquirir algodón en rama, que --e conducía entonces a la metrópoli.

A la metrópoli se llevaban además los beneficios, porque el fabuloso aumento de la productividad permitió mantener los precios del mercado internacional, e incluso bajarlos considerablemente, y realizar enormes beneficios, que nos ayudan a entender el entusiasmo por efectuar inversiones industriales. Este entusiasmo se explica también por el hecho de que la capacidad de expansión del mercado ultramarino parecía infinita: la India fue sistemáticamente desindustrializada a comienzos del siglo XIX y se convirtió, paradójicamente, en uno de ios mayores importadores de tejidos de algodón británicos; la América española, una vez emancipada, cayó también bajo el dominio del comercio inglés.

Por otra parte, la expansión del comercio ultramarino de tejidos favoreció el proceso general de perfeccionamiento de la industria y la puso en situación de adueñarse del propio mercado europeo. Pasaron muchos años antes de que otros países europeos iniciaran el mismo camino y se situaran en condición de poder competir con los tejidos de algodón británicos. Para entonces, los beneficios acumulados en Gran Bretaña eran enormes, y en buena parte se habían invertido ya en otras ramas de la producción.


Se ha discutido mucho acerca de si la simple expansión de la industria algodonera pudo haber causado el «despegue» en el proceso de crecimiento económico autosostenido que encontramos en Gran Bretaña en el siglo XIX. Quienes objetan esta posibilidad señalan el hecho de que la industria algodonera adquiría su materia prima en el extranjero y hacía pocas demandas de bienes o servicios a otros sectores de la propia economía británica. Pero esta objeción, planteada al nivel estático de los intercambios entre diversas industrias en un momento dado, ignora toda una serie de factores importantes que se escapan del enrejado de una tabla input-output.

La revolución de la industria algodonera motivó una serie de cambios que, si inicialmente provocaron la transformación de la sociedad británica, acabaron influyendo sobre la propia economía. Apareció, en primer lugar, un proletariado urbano: un ejército de mano de obra industrial, dispuesto a emplearse donde y cuando se precisase. No es seguro que estos campesinos desarraigados, hacinados en los suburbios de las ciudades industriales, mejoraran su nivel de vida en las primeras décadas de la revolución industrial; más bien parece haber ocurrido lo contrario.

Pero sus necesidades de alimentos estimularon la comercialización de la agricultura, y su demanda de bienes de consumo ayudó a crear un mercado interior para la propia producción industrial. También al nivel de los empresarios se produjeron cambios sustanciales: los rendimientos decrecientes del comercio internacional, en el que existía fuerte competencia, vinieron a poner de relieve lo excepcional de los beneficios industriales, y fomentaron ulteriores inversiones en la industria en general, no sólo en la algodonera.

La vida entera de la Gran Bretaña se había transformado, la sociedad británica había iniciado un camino irreversible, hacia la industrialización, dando origen al capitalismo actual.

Richard Arkwright

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