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El comienzo de la revolución industrial
británica: la industria algodonera:
La Inglaterra de la
primera mitad del siglo XVII vio producirse cierto crecimiento de su
mercado interior, ligado a las consecuencias favorables de su
revolución burguesa y a la transformación que estaba experimentando
su agricultura.

En el siglo XVIII, Gran Bretaña
encabezaba la producción de bienes de algodón baratos,
mediante el uso de los métodos tradiciones de la industria
doméstica. El desarrollo de la lanzadera volante cremento la
velocidad del proceso de tejido en un telar, lo cual le permitió a
los tejedores duplicar la producción.
Sin embargo, esto provocó escasez de
hilo, hasta que la máquina de hilar de James Hargraves,
perfeccionada en 1768, permitió a los hilanderos fabricar
subproducto en mayores cantidades. La máquina de hilar de sistema
hidráulico, cuyo inventor fue
Richard Arkwright, impulsada
por agua r caballos, y la llamada muía de Samuel Crompton —que com-
ioa aspectos del sistema hidráulico y de la máquina de hilar—
cementaron aún más la producción de hilo.
El telar mecánico, untado en 1787 por
Edmund Cartwright, permitió que el proceso ejido de ropa se
coordinara con el proceso de hilado. Incluso, los primeros telares
mecánicos eran demasiado ineficientes, lo que permitía que los
tejedores manuales domésticos siguiesen prosperando,al menos, hasta
mediados de la década de 1820.
Después de esa fecha fueron
sustituidos de manera gradual por las nuevas máquinas. En 1813 había
2400 telares mecánicos en operación en Inglaterra; aumentaron hasta
14.150 en 1820; en 1833 ya eran 100.000, y para 1850 llegaron hasta
250 000. En Inglaterra, en la década de 1820 todavía había 250 000
tejedores manuales; en 1860, sólo quedaban 3000.
HISTORIA:
John Kay patentó en 1733 la lanzadera volante, que
había de mejorar considerablemente la productividad del tejido; pero
esta invención no tuvo efectos inmediatos, entre otras razones
porque se hacía preciso aumentar en el mismo grado la productividad
del hilado, si se quería evitar que se produjese un estrangulamiento
de difícil solución. Si no hubiera sobrevenido ningún cambio externo
al sistema, es posible que esta situación hubiera conducido a
abandonar la invención de Kay —como ocurrió con otros inventos en el
transcurso del siglo XVII— o a una lenta readaptación de toda la
industria algodonera, con imprevisibles consecuencias humanas. Pero
el cambio se produjo, dado que sobrevino un estímulo capaz de salvar
la situación.
El comercio exterior británico
dependía en buena parte del tráfico con los tejidos de algodón de la
India (las indianas); a mediados del siglo XVII, la Compañía Inglesa
de las Indias Orientales comenzó a tropezar con dificultades para
aprovisionarse de tejidos indios, y dirigió su demanda al propio
mercado británico. La existencia de esta demanda explica el interés
que suscitó la renovación de los métodos de hilado, que desembocó en
una serie de innovaciones harto conocidas.
La spin-nini-Jenny de
Hargreaves (inventada en 1764 y patentada en 1770) comenzó
funcionando con 16 husos a la vez, manejados por u¡ solo operario, y
acabó conteniendo más de 100 husos: en 116'J Arkwright
patentó el water-frame, una máquina que ya no era apta para
la industria doméstica, sino que había sido proyectad; para
funcionar en una factoría, empleando la fuerza hidráulica ; el
vapor; pocos años más tarde (1779), la mulé de Crompton
combinó los principios de la spinning-jenny y del water-frame,
en 1785 se comenzaron a utilizar las nuevas máquinas de vapor de
Watt para hacer funcionar una fábrica de hilados. El resultado de la
aplicación de estas innovaciones era que, hacia 1812. un hilador
podía hacer tanto trabajo como hacían doscientos mediados del
siglo xvm.
Naturalmente, estos perfeccionamientos en el hilado no sólo
permitieron emplear la lanzadera volante de Kay, sino que suscitaron
nuevas innovaciones en el tejido (como el telar mecánico de
Cartwríght, introducido a comienzos del siglo XIX), e incluso en
otros aspectos de la producción algodonera (el blanqueo por cloro,
que suprimía el engorroso y largo blanqueo al sol, con las telas
extendidas en los prados de indianas).
Esta sucesión increíble de
innovaciones en el transcurso de treinta años (mucho más numerosas e
importantes que las que se habían registrado en '''cualquier sector
de la industria textil en los trescientos años anteriores) no podría
explicarse si no hubiese habido una, considerable expansión en la
producción, única circunstancia que podía justificar tantas y tan
costosas inversiones en renovación de utillaje.
En efecto, de 1780 a comienzos de
siglo XIX las exportaciones británicas de tejidos de algodón se
multiplicaron por diez. Paralelamente, los aumentos de productividad
permitían reducir hasta la sexta parte los precios de algunos
productos. Transformaciones semejantes en el breve plazo de dos o
tres décadas no se habían producido nunca con anterioridad. No cabe
duda de que nos hallamos ante un fenómeno tan nuevo y de tanta
magnitud que no es exagerado calificarlo de revolucionario; como ha
señalado Hobsbawm, este salto hacia delante que dio
nacimiento al desarrollo económico moderno es uno de los hitos
fundamentales de la historia de la humanidad.
En el plano del comercio internacional, la transformación de la
industria algodonera británica hizo posible que los comerciantes
ingleses dominaran el mercado mundial en una forma y a una escala
que no se habían dado jamás. Inicialmente, estos tejidos de algodón
se destinaban a un comercio triangular: eran llevados a África a
cambio de esclavos; estos esclavos se transportaban a las
plantaciones norteamericanas para venderlos y adquirir algodón en
rama, que --e conducía entonces a la metrópoli.
A la metrópoli se llevaban además los
beneficios, porque el fabuloso aumento de la productividad permitió
mantener los precios del mercado internacional, e incluso bajarlos
considerablemente, y realizar enormes beneficios, que nos ayudan a
entender el entusiasmo por efectuar inversiones industriales. Este
entusiasmo se explica también por el hecho de que la capacidad de
expansión del mercado ultramarino parecía infinita: la India fue
sistemáticamente desindustrializada a comienzos del siglo XIX y se
convirtió, paradójicamente, en uno de ios mayores importadores de
tejidos de algodón británicos; la América española, una vez
emancipada, cayó también bajo el dominio del comercio inglés.
Por otra parte, la expansión del
comercio ultramarino de tejidos favoreció el proceso general de
perfeccionamiento de la industria y la puso en situación de
adueñarse del propio mercado europeo. Pasaron muchos años antes de
que otros países europeos iniciaran el mismo camino y se situaran en
condición de poder competir con los tejidos de algodón británicos.
Para entonces, los beneficios acumulados en Gran Bretaña eran
enormes, y en buena parte se habían invertido ya en otras ramas de
la producción.
Se ha discutido mucho acerca de si la simple expansión de la
industria algodonera pudo haber causado el «despegue» en el proceso
de crecimiento económico autosostenido que encontramos en Gran
Bretaña en el siglo XIX. Quienes objetan esta posibilidad señalan el
hecho de que la industria algodonera adquiría su materia prima en el
extranjero y hacía pocas demandas de bienes o servicios a otros
sectores de la propia economía británica. Pero esta objeción,
planteada al nivel estático de los intercambios entre diversas
industrias en un momento dado, ignora toda una serie de factores
importantes que se escapan del enrejado de una tabla input-output.
La revolución de la industria
algodonera motivó una serie de cambios que, si inicialmente
provocaron la transformación de la sociedad británica, acabaron
influyendo sobre la propia economía. Apareció, en primer lugar, un
proletariado urbano: un ejército de mano de obra industrial,
dispuesto a emplearse donde y cuando se precisase. No es seguro que
estos campesinos desarraigados, hacinados en los suburbios de las
ciudades industriales, mejoraran su nivel de vida en las primeras
décadas de la revolución industrial; más bien parece haber ocurrido
lo contrario.
Pero sus necesidades de alimentos
estimularon la comercialización de la agricultura, y su demanda de
bienes de consumo ayudó a crear un mercado interior para la propia
producción industrial. También al nivel de los empresarios se
produjeron cambios sustanciales: los rendimientos decrecientes del
comercio internacional, en el que existía fuerte competencia,
vinieron a poner de relieve lo excepcional de los beneficios
industriales, y fomentaron ulteriores inversiones en la industria en
general, no sólo en la algodonera.
La vida entera de la Gran Bretaña se
había transformado, la sociedad británica había iniciado un camino
irreversible, hacia la industrialización, dando origen al
capitalismo actual. |