Entre
mediados del siglo XVI y finales del XVII, el pensamiento científico europeo
experimentó una enorme sacudida. Se cayó en la cuenta de que había un enorme
abismo entre los hechos científicos observables y las ideas medievales sobre la
naturaleza, basadas en los axiomas de Aristóteles (384-322 a C.) y sus
seguidores, Ptolomeo (siglo II d.c.) en cosmología y
Galeno (130-200 d.C.) en
medicina.
La
conmoción intelectual que tuvo lugar fue más poderosa aún debido al absoluto
dominio que las ideas de la antigua Grecia ejercían sobre las merites de los
sabios europeos. Hacia 1450, cuando Europa empezó a recuperar los conocimientos
y el saber del mundo antiguo, la vida intelectual había estado sumida en la
barbarie de la Edad de las Tinieblas durante mil años. En estas circunstancias,
el saber recobrado de la antigüedad entusiasmó a los eruditos hasta tal punto
que Aristóteles, Ptolomeo y Galeno, entre otros, se convirtieron en sus oráculos
indiscutibles. La Iglesia fomentó esta forma de ver las cosas, especialmente en
lo relativo al concepto aristotélico del Universo.
Para
Aristóteles, la Tierra era plana e inmóvil y ocupaba el centro de un universo
perfecto e inmutable, rodeada de ocho esferas cristalinas en las que giraban el
Sol, los planetas y las estrellas. Hacia 1500, los filósofos medievales habían
añadido dos esferas más, que los ángeles mantenían en movimiento junto con las
anteriores. Más allá se abrían las regiones celestiales. Semejante concepción
encajaba perfectamente con la doctrina cristiana: daba importancia capital al
hombre, encontraba un lugar para Dios y el cielo, y hacia que los ángeles fueran
esenciales para el funcionamiento del Universo. Afortunadamente, no todos los
eruditos admitieron esta visión del mundo sin más. A algunos sabios medievales
les quedó el suficiente punto de desconfianza como para ofrecer valiosas
“pistas” a sus seguidores de los siglos XVI y XVII.
Uno
de éstos fue William Haytesbury, de la universidad de Oxford, quien en 1335
definió por primera vez una ley de la aceleración. Tres siglos más tarde, la
teoría de Haytesbury fue vital para los trabajos prácticos de Galileo sobre el
movimiento y su formulación de la ley de la inercia. Asimismo existen vínculos
evidentes entre la metodología del cardenal alemán Nicolás de Cusa (1401-64),
que observó e hizo anotaciones sobre las fases en el crecimiento de las plantas
y llevó a cabo el primer experimento científico propiamente dicho, y los
meticulosos métodos con los que los científicos del siglo XVII investigaron los
fenómenos naturales.
Esta
metodología, definida por Francis Bacon, y a la que el filósofo francés René
Descartes (1596-1626) dotó de un enfoque matemático, implicaba una minuciosa
ordenación del conocimiento. La observación primero y la experimentación después
conducían a la deducción de conceptos generales. Experimentos ulteriores
confirmaban, a su vez, las deducciones. Las medidas y los resultados se anotaban
con la máxima precisión. A principios del siglo XVII, estos cálculos se
expresaban ya en un lenguaje nuevo, más sencillo y preciso. Los signos que
designaban las operaciones matemáticas fundamentales —suma, resta,
multiplicación y división— se usaban con regularidad, así corno los símbolos
para “mayor que" y “menor que”. Las fracciones decimales y los logaritmos
facilitaron los cálculos astronómicos, más complejos cada vez. A finales del
siglo XVI, el álgebra se había convertido en un medio meramente simbólico.
Algunos años más tarde, en su tratado Géométrie (1637) Descartes demostró
que los problemas de geometría podian ser expresados en signos algebraicos y
resueltos por medio del cálculo aritmético. Sir Isaac Newton (1642.1727) en
Inglaterra y Gottfried Leibniz (1646-1716) en Alemania, inventaron, cada uno por
separado, el cálculo, la herramienta matemática más importante del siglo XVII,
fundamental para las investigaciones de los astrónomos. Los grandes avances en
el campo de los instrumentos proporcionaron nuevas “herramientas” científicas de
primer orden. El microscopio compuesto se inventó en 1590; el telescopio, en
1609; el termómetro, antes de 1611; el barómetro, en 1643; la bomba de aire, en
1650, y el reloj de péndulo, en 1647.