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Durante las últimas décadas del
siglo XVIII y las primeras del siglo XIX,
se desarrollaron en Europa dos procesos que contribuyeron de modo decisivo a
forjar el mundo que conocemos: la Revolución Industrial inglesa y la Revolución
Francesa. La Revolución Industrial provocó cambios muy profundos en la
organización de la economía. Por una parte, surgió la industria mecanizada que,
si bien en la actualidad nos parece antigua, en su momento supuso una innovación
de gran magnitud frente a los viejos modos de producir. La nueva industria
reclamaba una unidad de producción especial, la fábrica, alrededor de la cual
surgieron nuevos grupos sociales, como el de los obreros industriales. También
se transformó el resto de la vida económica con la aparición de los mercados
nacionales de capitales y de salarios. A raíz de estos cambios, también se
modificaron, en un proceso más largo, el mundo de la política y el estado.
Entre aquella Revolución
Industrial y nuestros días se produjeron otras grandes transformaciones a fines
del siglo XIX y en el siglo XX.
Sin embargo, es posible pensar que la Revolución Industrial del siglo
XVIII ha sido la base del actual mundo de la producción,
que hoy se está modificando con la aplicación de la informática y de la
robotización.
La Revolución Francesa, a su vez,
produjo efectos amplios y duraderos en el campo político, aunque los múltiples y
fugaces acontecimientos ocurridos durante el propio período revolucionario
tiendan a desdibujarlos. Durante su desarrollo, en Francia fue abolido
legalmente el sistema feudal y fue instaurada —durante un tiempo— la república
democrática como forma de gobierno. Del mismo modo, la Revolución anticipó los
nuevos modos de hacer política: dio forma más precisa a la tradición de
pensamiento que llamamos liberal; dibujó, aunque de modo vacilante, el principio
“un hombre, un voto” —clave para el funcionamiento del sistema democrático— y
proclamó la idea de que la fuente legítima del poder se hallaba en el pueblo.
También inventó nuevas palabras relacionadas con la política y la sociedad y dio
nuevo sentido a las viejas. Con esas herramientas, Occidente ha seguido pensando
el mundo de la política hasta la actualidad.
Junto con estos procesos, debe
considerarse la revolución ocurrida en las colonias inglesas de América del
Norte en el año 1776, que culminó en la organización de los Estados Unidos de
América. Algunos de los asuntos que luego los revolucionarios franceses
convirtieron en temas universales de discusión fueron “anticipados” por los
americanos, a tal punto que la primera constitución —en el sentido de un
documento que acordara la manera de gobernarse— surgió a partir de los
acontecimientos ocurridos en América del Norte. El problema de cómo conciliar
los poderes de las unidades políticas que se unían con los del gobierno común
que pretendían darse —esto es, el problema del federalismo— fue también asumido
en los debates en torno de aquella constitución.
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