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Entre los años 1300 y 1600 la vida
en Europa sufrió grandes cambios. Fue una nueva etapa del pensamiento y déla
cultura y se la denomina Renacimiento. Fue un período de sorprendentes inventos
en el mundo de la ciencia. Se desarrolló la imprenta, se hicieron
descubrimientos astronómicos, hombres osados se dedicaron a explorar mares
desconocidos y la pintura, la escultura, la arquitectura y la literatura también
se transformaron de manera asombrosa. Pero fue también una era de violencia,
pobreza, hambre y enfermedades. Este libro, hermosamente ilustrado, presenta la
historia fascinante de los acontecimientos y los escenarios del Renacimiento y
de la vida de sus hombres.
El siglo XIII fue la culminación
de un orden temporal casi perfecto, en el que cada uno ocupaba un lugar
jerárquico dentro de la sociedad, formando parte de una comunidad organizada de
acuerdo con los principios cristianos, en la que nadie quedaba postergado,
porque todos tenían conciencia de sus derechos y obligaciones basados en un
verdadero intercambio de servicios. (oraban -clero-, luchaban -nobleza- y
trabajaban -campesinos-)
En la
Edad Media había una clara diferencia entre los Caballeros y la Iglesia por un
lado (clero y nobleza) y la gente sin recursos por el otro (campesinos). Durante el Renacimiento, surgió un
nuevo grupo social: el de los mercaderes o burgueses
. Se hicieron muy ricos y por eso mismo
poderosos. Un ciudadano escribió una vez: “Un florentino que no sea comerciante
y que no haya viajado por el mundo, visitando otros países y pueblos para luego
regresar a Florencia con cierta fortuna, es un hombre que no goza de estima
alguna”
Mientras tanto, los caballeros y las antiguas familias aristocráticas perdían su
importancia y hasta se empobrecían. Entonces se convertían en parásitos de las
grandes cortes reales, en un intento desesperad para mantener su posición
social.
Algunos se conformaban con poder ganarse la vida, cuidando sus propiedades o
actuando como embajadores, políticos o funcionarios públicos a sueldo. Para un
miembro de una familia aristocrática el convertirse en abogado o médico era
apenas aceptable.
Los
hijos más jóvenes podían comprar una carrera de obispo o sacerdote.
Algunos comerciantes se hacían ricos vendiendo sedas y especias del Oriente. Al
principio, los mercaderes viajaban en caravanas por tierra hacia los países
orientales, pero cuando los turcos se• apoderaron de Constantinopla, la ruta
terrestre quedó interrumpida.
Los comerciantes tuvieron que buscar otros caminos
y descubrieron así la ruta marítima alrededor del cabo de Buena Esperanza.
También podían llegar a Egipto por barco, luego por tierra al mar Rojo y de allí
por mar a la India.
El
viaje a la India podía durar muchos meses, y para llegar al Lejano Oriente se
tardaba más de un año. Los barcos eran lentos pero podían transportar hasta 100
toneladas de carga. Muchas veces regresaban de estas travesías habiendo
multiplicado por 20 el valor de la carga con la que habían zarpado. Sin embargo,
los viajes eran peligrosos y se perdían muchas naves, tanto por los naufragios
como por las luchas con embarcaciones rivales.
En
Europa, había quienes hacían dinero con el comercio de lanas y telas. La lana
era llevada de Inglaterra a Flandes, donde se la convertía en tela y se vendía
en las ferias a los comerciantes italianos. Los transportes por caminos
difíciles eran muy costosos y eso aumentaba mucho el precio de los productos.
Además de importar mercaderías exóticas, los comerciantes se ganaban la vida
buscando mercados para los objetos fabricados en sus propios países. Se reunían
en grandes ferias mercantiles como las de Brujas y Lyon. Allí intercambiaban
noticias y compraban y vendían sus artículos. Siempre había una atmósfera de
gran festividad.
Los
negocios y los impuestos pagados por los mercaderes llevaron el progreso a las
ciudades ubicadas a lo largo de las grandes rutas comerciales. Venecia,
Florencia, Génova, Milán, Lisboa, Brujas, Amberes y Lyon son sólo algunas de las
beneficiadas.
En
las ciudades comerciales siempre había agentes de cambio y prestamistas. La
Iglesia los desaprobaba pero, no obstante, las operaciones financieras se
convirtieron en un negocio legal. Muchas de las familias más ricas eran
comerciantes y a la vez banqueros. En Florencia fueron los Medici, en Augsburgo
los Fugger.
Jakob
Fugger (imagen), llamado “el Rico”, tenía una organización internacional de banco y
comercio. La casa central estaba en un edificio magnífico conocido como el
Despacho Dorado. Sus agentes enviaban regularmente informes a Augsburgo con
detalles actualizados sobre el país en el que se encontraban. Las cartas de
Fugger a menudo proporcionaban a los comerciantes una información mejor que la
que podía obtener cualquier príncipe de sus embajadores o espías. Los Fugger
llegaron a prestarle dinero aún al Emperador Carlos V. A cambio, se les
otorgaron muchos privilegios comerciales, que los ayudaron a aumentar sus
riquezas.
El
comerciante medio era un hombre respetable, con un gran sentido de la unidad
familiar. Su hogar estaba amueblado en forma bastante simple. Muchas veces el
objeto más valioso era el cassone, un arcón tallado que llevaba la novia como
parte de su dote. La asombrosa decoración de esos arcones era realizada por
algunos de los mejores artistas del Renacimiento.
La
posición social y el matrimonio eran muy importantes tanto para la clase
aristocrática como para la de los comerciantes. Los hijos podían casarse con
ricas herederas y de esa forma aumentar la fortuna y la importancia de sus
padres.
Las
hijas, por el contrario, debían tener una cuantiosa dote para atraer a los
maridos más convenientes. No siempre las familias podían proveer de dotes a
todas sus hijas, por eso las más jóvenes frecuentemente acababan en los
conventos. En Florencia, había un banco de dotes en el que se depositaba una
suma cuando nacía una niña. Una vez que cumplía 15 años, se devolvía el dinero
con intereses para la dote. Había también un fondo para las hijas sin dote.
Se
consideraba que una niña estaba lista para el matrimonio a los 12 años, pero
normalmente no se casaba antes de los 15 ó 16. Las jóvenes solteras permanecían
rigurosamente en su hogar y todas las mujeres debían obedecer a sus padres o a
sus maridos. Isabella d’ Este de Ferrara, fue una de las pocas mujeres
adineradas, poderosas y lo suficientemente inteligente como para convertirse en
mecenas del arte.
EL CRECIMIENTO ECONÓMICO DE LAS
CIUDADES ITALIANAS:
En el
siglo XV, cinco grandes fuerzas dominaron la península itálica: Milán, Venecia,
Florencia, los Estados Pontificios y Nápoles, los cinco estados principales El
norte de Italia estaba dividido entre el ducado de Milán y Venecia. Tras la
muerte del último visconte gobernante de Milán, ocurrida en 1447, Francesco
Sforza, uno de los líderes condottierí de su tiempo, incitó a sus
empleados milaneses a conquistar la ciudad y se convirtió en su nuevo duque.
Tanto los Visconti como los Sforza se empeñaron en crear un estado territorial
altamente centralizado.
Tuvieron especial éxito en implantar sistemas de recaudación fiscal que
generaron enormes ingresos para el gobierno. La república marítima de Venecia
siguió siendo una entidad política estable, gobernada por una pequeña oligarquía
de aristócratas-mercaderes. Su imperio comercial produjo enormes ingresos y le
ganó el papel de una potencia internacional.
A
finales del siglo XIV Venecia se embarcó en la conquista de un estado
territorial en la región norte de Italia, con el fin de proteger su suministro
de alimentos y sus rutas comerciales por tierra. Aunque la expansión de su
territorio principal tenía sentido para los venecianos, preocupó a Milán y
Florencia, que se empeñaron en detener lo que consideraban designios
imperialistas de los venecianos.
La
república de Florencia dominó la región de Toscana. A principios del siglo XV
estaba gobernada por una pequeña oligarquía mercantil que manipulaba al gobierno
aparentemente republicano. En 1434 Cósimo de Médici tomó control de esta
oligarquía. Aunque la acaudalada familia Médici conservó las formas republicanas
de gobierno en aras de la apariencia, controlaba al gobierno tras bambalinas.
Mediante su pródigo patronazgo y el cuidadoso cortejo de los aliados políticos,
Cósimo (1434-1464) y más tarde su nieto Lorenzo el Magnífico (1469-1492)
tuvieron éxito en controlar la ciudad, en una época en que Florencia era el
centro del renacimiento cultural.
Los
estados papales estaban situados en el centro de Italia. Aunque nominalmente
estaban bajo el control político de los papas, el periodo de residencia papal en
Aviñón y el gran cisma posibilita- ron que ciudades y territorios individuales
—como Urbino, Bolonia y Ferrara— se independizaran de la autoridad papal. Los
papas del Renacimiento del siglo XV invirtieron gran parte de su energía en el
restablecimiento de su control sobre los Estados Pontificios (véase el apartado
El papado renacentista más adelante en este capítulo).
El
reino de Nápoles, que abarcaba la mayor parte del sur de Italia y, usualmente,
la isla de Sicilia, fue motivo de disputa entre franceses y aragoneses hasta que
estos últimos establecieron su dominio a mediados del siglo XV.
En
todo el Renacimiento, el reino de Nápoles siguió siendo, en gran medida, una
monarquía feudal con una población que consistía, sobre todo, en campesinos
agobiados por la pobreza y dominados por nobles indóciles. Tuvo poca
participación en las glorias culturales del Renacimiento.
Había
tres razones de peso para que las ciudades italianas fueran las primeras en
recobrar una posición de importancia en la Baja Edad Media.
1-En primer lugar, la península
itálica perteneció a Roma desde una fecha muy temprana y, por tanto, allí había
más carreteras, más ciudades y más escuelas que en ningún otro lugar de Europa.
2-El Papa vivía en Roma y, como
cabeza de un vastísimo ente político, que poseía tierras, siervos, edificios,
bosques, ríos y un sistema judicial propio, constantemente llegaba a sus arcas
una gran cantidad de dinero. A las autoridades papales había que pagarles en oro
y plata, como a los mercaderes y armadores de Venecia y Génova. Las vacas, los
huevos, los caballos y los demás productos agrícolas y ganaderos del norte y del
oeste debían convertirse en dinero contante y sonante para pagar al Papa en la
lejana ciudad de Roma. Por eso Italia pasó a ser el lugar de Europa donde había
más oro y plata.
3-Los cruzados que iban a Tierra
Santa embarcaban en ciudades italianas y éstas se aprovecharon de tal
circunstancia hasta límites insospechados. Cuando acabaron las cruzadas, esas
mismas ciudades italianas pasaron a ser los centros de distribución de los
productos orientales de los que los europeos habían empezado a depender durante
el tiempo que habían pasado en Asia.
VENECIA:
De aquellas ciudades, pocas eran tan famosas como Venecia. Venecia era una
república construida sobre un archipiélago en el que la gente del continente se
había refugiado de las invasiones de los bárbaros en el siglo IV. Rodeados de
mar por los cuatro costados, los venecianos se dedicaron al negocio de la
producción de sal. La sal era muy escasa en la Edad Media y se vendía a un
precio muy alto. Durante siglos, Venecia gozó de un monopolio sobre este
producto de mesa indispensable, generalmente la falta de sal produce enfermedad.
Los venecianos aprovecharon el monopolio para aumentar el poder de la ciudad.
En
algunas ocasiones, incluso se atrevieron a desafiar el poder de los papas. La
urbe se volvió rica y tenían barcos que les permitieron emprender el comercio
con Oriente. Durante la época de las cruzadas, aquellos barcos se habían usado
para transportar cruzados a Tierra Santa. Lo que sucedía era que, si los
pasajeros no podían pagar el trayecto con dinero, se veían obligados a luchar en
nombre de los venecianos, que incrementaban así el número de colonias que
poseían en el mar Egeo, Asia Menor y Egipto. A finales del siglo XIV, la
población de Venecia llegaba a los doscientos mil habitantes, lo cual la
convertía en la mayor ciudad de la Edad Media.
El
pueblo no tenía influencia alguna en el líderazgo de la ciudad, el cual estaba
en manos de un número reducido de familias de mercaderes ricos. Éstas escogían a
los senadores y al dux (príncipe o magistrado), pero, en realidad, los
verdaderos dirigentes eran los miembros del famoso Consejo de los Diez, que se
mantenían en el poder gracias a una red de espías y matones altamente organizada
que vigilaba a todos los ciudadanos y que hacía desaparecer con la máxima
discreción a quienes pudieran ser peligrosos para la seguridad del arrogante y
sin escrúpulos Comité de Seguridad Pública.
FLORENCIA:
En cambio, en Florencia se daba una forma de
gobierno diametralmente opuesta a la anterior. Allí había una democracia, aunque
de costumbres turbulentas. Esta ciudad controlaba la principal carretera que
unía el norte de Europa con Roma e invertía en la manufactura el dinero que
recaudaba gracias a tan afortunada posición. Los florentinos intentaban seguir
el ejemplo de Atenas.
Así
como los nobles y los eclesiásticos, los miembros de los gremios tomaban parte
en las discusiones de los asuntos de la ciudad, lo cual llevaba a grandes
convulsiones sociales. La población de Florencia estaba dividida en partidos
políticos que luchaban entre sí sin piedad, que exiliaban a los adversarios y
les confiscaban las posesiones en cuanto les ganaban la batalla en el Consejo.
Tras diversos siglos de gobierno en manos de las mafias organizadas, pasó lo
inevitable.
Una
familia potentada subió al poder y se dispuso a gobernar la ciudad y el
territorio que la rodeaba a la manera de los antiguos tiranos griegos. Era la
familia Médici, una familia de banqueros llamada así porque sus fundadores
fueron médicos. Tenían bancos y casas de empeño en las ciudades comerciales más
importantes de Europa.
GÉNOVA:
la gran rival de Venecia, cuyos mercaderes
se especializaron en el comercio con Túnez y con los grandes centros de grano
del mar Negro. Y luego había unas doscientas ciudades más, algunas grandes,
otras pequeñas, cada una de las cuales constituía una unidad comercial perfecta,
todas luchando entre ellas movidas por la eterna rivalidad de los vecinos que se
privan unos a otros de un beneficio.
Una vez que llegaban a las
ciudades italianas, los productos procedentes de Oriente y África eran
distribuidos hacia el oeste y el norte de Europa.
Génova los transportaba por mar a
Marsella, donde tomaban otro barco con el que remontaban el río Ródano hasta los
puertos fluviales que servían a las regiones del oeste y el norte de Francia.
Fuente Consultada:
La Historia de la Humanidad de Hendrik W. van Loon
Civilizaciones de Occidente Tomo ´B´ Jackson Spielvogel
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