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RITOS FUNERARIOS (II)
 COSTUMBRES Y TRADICIONES FUNERARIAS DE LAS DIVERSAS CULTURAS DEL MUNDO

 

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Quizá sea lo único que tenemos en común que tenemos todas  las culturas de este planeta: cuando se nos muere un ser querido, tratamos de honrar su memoria de la manera mas solemne posible. Tan sólo difieren las formas externas, el ritual, que se adapta siempre a la idea que sobre el más allá cultiva cada pueblo.  

Desde luego este caso (pagina anterior) es un caso extremo, pero sirve para ilustrar la paulatina desaparición de los rituales funerarios tradicionales en el ámbito cultural cristiano. Antes, el sepelio era un asunto, no sólo de la familia, sino de toda la comunidad. Se velaba al difunto. Se le lavaba, peinaba, afeitaba y vestía. Amigos y vecinos se despedían durante tres días del muerto, cuyos restos reposaban dentro del ataúd en su propia casa.

Desde ahí le llevaban en comitiva hasta la iglesia, y, posteriormente, al cementerio. Un periodo de duelo perfectamente programado ayudaba a los deudos a sobrellevar la pérdida, incluyéndose en el ritual desde el luto hasta el pésame, pasando por la misa de cuerpo presente o de difuntos.

Actualmente la gente se muere en el hospital y el instituto funerario municipal pasa a recoger el cadáver de inmediato, aunque sea de noche. En el sanatorio, empleados de guardapolvo gris asumen, con fría profesionalidad, las tareas que antes realizaban los familiares con amor. A veces, ni siquiera se llevan las flores en mano, sino que se envían a través de las florerías especializadas. Sólo el entierro sigue siendo como antes: un responso, la introducción del ataúd en el sepulcro y el sellado del mismo con una lápida en la que figura el nombre del finado, sus fechas de nacimiento y muerte, y eventualmente un epitafio.

Sin embargo, incluso este ritual ha comenzado a desaparecer. A partir de los años setenta empezó a extenderse desde los países escandinavos la moda de los sepelios anónimos. Cada vez es mayor el número de personas que desea descansar tranquilamente debajo de la hierba, sin lápidas ni flores. De hecho, ya hay muchos cementerios europeos que reservan una parcela de terreno para enterrar cuerpos que no podrán identificarse en la superficie. Algunos teólogos ven en esta actitud una renuncia nihilista con origen en la tradición cristiana.

A fin de cuentas los salmos prometen: ("No temas, te he llamado por tu nombre." Aquel que desea ser enterrado sin identificación busca formar parte de una corriente vital universal; para él, la muerte significa el final definitivo de la individualidad.

Una postura más consecuente todavía para las personas que así piensan consiste en dejar esparcir sus cenizas sobre el mar, otra moda cada vez más extendida en el entorno cultural de los países desarrollados. Los antropólogos creen reconocer en esta original forma de desaparecer de la faz de la Tierra el nacimiento de una nueva religiosidad, casi ecológica, de unión con la naturaleza y, en definitiva, con el universo. El deseo de que las propias cenizas sean arrojadas al mar representa la voluntad de formar parte del elemento original del que todos procedemos. La integración en la corriente de la evolución excluye la. noción de la individualidad, y por tanto también la idea de una vida eterna personalizada.

Sin embargo, la incineración no implica necesariamente una contradicción con la fe en el más allá. Esta práctica funeraria encuentra su origen en la edad de bronce tardía, experimentando su apogeo entre los años 1250 y 750 antes de Cristo. Más tarde, los romanos también quemaban a sus muertos, en piras de leña a cielo abierto, y depositaban las cenizas, dentro de recipientes de cerámica, en nichos. 

En cambio, y a pesar de su tradición romana, la Iglesia católica siempre se ha mantenido fiel a la inhumación bajo tierra. Quizá sea por el profundo respeto que le merece el cuerpo humano y por la esperanza en la resurrección de la carne. De todas formas, el enterramiento nunca ha constituido un dogma de fe para la Iglesia: al fin y al cabo, Dios, como ser omnipotente, ha de ser capaz de llamar a la vida a cualquier cuerpo, sea cual sea la férma en que se hayan realizado las exequias... Aun así, el Santo Oficio condenó la práctica de la incineración en 1886, como medida represiva para combatir a los librepensadores, masones y comunistas, aunque la volvió a permitir en 1963. Desde entonces, los crematorios, casi siempre anexos a los cementerios, son bendecidos por la Iglesia, y el número de incineraciones ha aumentado considerablemente.

Pero siempre que se habla de cremaciones pensamos automáticamente en la India. No hay cosa que más anhelen los hindúes piadosos que ser incinerados en Benarés, la ciudad santa a orillas del Ganges, el río-dios. Los familiares varones del finado transportan el cadáver sobre unas angarillas de bambú —amortajado con un paño blanco, si es hombre, y rojo si es mujer—, y lo sumergen en las aguas del río para lavarle los pecados. Después lo colocan sobre las escaleras del ghat. Una vez seco, depositan el cuerpo sobre una gran pira de leña y lo cubren de ofrendas: madera de sándalo, alcanfor, flores de mango, y ghee, manteca purificada que también sirve para alimentar el fuego. Por último, cuando cesa la combustión, esparcen las cenizas todavía calientes sobre el Ganges.

Antiguamente, la viuda del fallecido tenía que dejarse quemar con él, ya que la muerte de su marido la cubría de culpa. En el momento de la incineración, ella subía voluntariamente a la pira —a veces no tan voluntariamente— para morir abrasada junto al cadáver de su marido y librarse así de una mala reencarnación. Aunque la sati —que es como se llama esta inhumana tradición— está rigurosamente prohibida, aún hoy se dan algunos casos aislados. 

Los parsis —un grupo étnico de origen- viven en su mayoría en la ciudad India de Bombay y a ellos no les está permitido ni el enterramiento, ni la incineración. Cualquiera de las dos modalidades alteraría los elementos constitutivos del airé, el agua y la tierra. Cabalmente consecuentes con esta creencia, su ritual funerario —un tanto macabro desde nuestro punto de vista occidental— consiste en ofrecer el cuerpo del fallecido a los buitres, para que lo devoren. La religión de los parsis proviene del profeta Zaratustra. Su obra sagrada, el Avesta, atestigua la resurrección de los muertos y remite a la completa reencarnación y revestimiento del alma, por lo que este tipo de exequias persigue la destrucción completa del cuerpo.

Los chinos, sin embargo, tienen una concepción completamente distinta del tema. Ellos honran los huesos de sus antepasados como si fueran reliquias. A pesar de la propaganda de las autoridades comunistas para ahorrar espacio en los atestados cementerios, sólo el 27 %de los chinos se dejó incinerar en 1988. Los antepasados son considerados miembros activos de la familia y los destinos de vivos y muertos están unidos por lazos indisolubles. Cuando alguien muere, inmediatamente pasa a convertirse en un espíritu bueno y protector de los suyos, o a engrosar las filas de los demonios. Su destino futuro depende, no sólo de sus propios actos en vida, sino también de la dedicación con la que sus descendientes respeten su memoria.

A partir de esta idea general, los rituales varían entre las distintas comunidades chinas. El 5 de abril, Día de Difuntos en China, todo Hong Kong va en peregrinación al cementerio. Padres, hijos, abuelos, nietos, tíos y sobrinos se aprovisionan de todo tipo de vituallas y se hacen al camino. Sobre las tumbas del enorme cementerio de Wo Hap Sek se amontonan pollos, manzanas, botellas de aguardiente, latas de Coca Cola, cerdos asados y, de postre, pasteles. Además, hay puestos con buñuelos de viento, guirnaldas de papel, gorros para el sol y caña de azúcar. Los deudos dan cuenta del festín allí mismo, y entre plato y plato lanzan cohetes con el fin de ahuyentar a los malos espíritus. También queman dinero, adornos y maquetas de papel confeccionadas para la ocasión que representan casas, automóviles y personas. Todo para que la vida en el más allá sea más cómoda y confortable para los que ya se han ido.

Más exótica todavía es la ceremonia que celebra cada tres meses la colonia china en Bangkok (Tailandia): exhuman los restos de los muertos entenados en el templo-cementerio budista de Wat Don, lavan uno a uno los huesos con agua y cepillos, los extienden a secar en el patio del templo y los incineran colectivamente en medio de cánticos y rezos. 

En el otro extremo del planeta, en México, también mantienen una relación con el mundo de los muertos mucho más directa y natural que nosotros. Prueba de ello son las grandes fiestas que se organizan en todo el país con motivo del Día de los Muertos, el 2 de noviembre. Pero especialmente interesante resulta el ceremonial que cada año, el 30 de noviembre, celebra la minoría étnica de los tarascos en Janitzio, una de las islas del lago Patzcuaro, en el Estado de Michioacan. La fiesta de la Noche de los Muertos comienza de madrugada.

Los hombres salen de pesca a bordo de frágiles barcas, desde las que también cazan patos salvajes, alimentos que servirán para preparar los platos rituales con que decorarán los altares en las casas y las tumbas en el cementerio. Mientras tanto, las mujeres y los niños pasan el día fabricando guirnaldas de flores, esqueletos y calaveras de pan de azúcar que pintan de colores, y otros adornos para los altares. Por fin, a medianoche, el tañido lúgubre de las campanas de la iglesia da la señal para iniciar la procesión al camposanto.

Aquí es donde el festejo cobra todo su esplendor. Las lápidas se convierten en mesas ricamente adornadas, llenas de flores, velas, figurillas de azúcar, así como los manjares y licores más apreciados por los familiares fallecidos. Durante toda la noche, vivos y muertos celebran su reencuentro anual entre cantos y plegarias, viandas deliciosas y mezcal, hasta las primeras luces del alba.

La descripción detallada de los ritos funerarios en las distintas civilizaciones y comunidades étnicas que enriquecen nuestro planeta podría llenar libros enteros. Pero no es necesario que nos extendamos más aquí. Hemos podido comprobar que en todas las épocas y culturas, por diferentes que parezcan sus ceremonias fúnebres; se dan dos coincidencias fundamentales: la convicción de la existencia de una suerte de alma, espíritu o individualidad que sobrevive a la muerte física y la creencia en un más allá donde van a parar esas almas. En nuestro inconsciente colectivo —la famosa teoría postulada por el psicólogo suizo Carl Gustav Jung— el arquetipo de la vida después de la muerte está bien arraigado. Probablemente mejor que ningún otro. Por eso se parecen tanto el primitivo hombre de Neandertal y el ser tecnológicamente hipertrofiado que elige descansar eternamente en una microcápsula puesta en órbita alrededor de la Tierra.