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Quizá sea lo único que tenemos en común que tenemos todas las
culturas de este planeta: cuando se nos muere un ser querido,
tratamos de honrar su memoria de la manera mas solemne posible. Tan
sólo difieren las formas externas, el ritual, que se adapta siempre
a la idea que sobre el más allá cultiva cada pueblo.
Desde luego
este caso
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es un caso extremo, pero sirve para ilustrar la paulatina
desaparición de los rituales funerarios tradicionales en el ámbito
cultural cristiano. Antes, el sepelio era un asunto, no sólo de la
familia, sino de toda la comunidad. Se velaba al difunto. Se le
lavaba, peinaba, afeitaba y vestía. Amigos y vecinos se despedían
durante tres días del muerto, cuyos restos reposaban dentro del
ataúd en su propia casa.
Desde ahí le
llevaban en comitiva hasta la iglesia, y, posteriormente, al
cementerio. Un periodo de duelo perfectamente programado ayudaba a
los deudos a sobrellevar la pérdida, incluyéndose en el ritual desde
el luto hasta el pésame, pasando por la misa de cuerpo presente o de
difuntos.
Actualmente la
gente se muere en el hospital y el instituto funerario municipal
pasa a recoger el cadáver de inmediato, aunque sea de noche. En el
sanatorio, empleados de guardapolvo gris asumen, con fría
profesionalidad, las tareas que antes realizaban los familiares con
amor. A veces, ni siquiera se llevan las flores en mano, sino que se
envían a través de las florerías especializadas. Sólo el entierro
sigue siendo como antes: un responso, la introducción del ataúd en
el sepulcro y el sellado del mismo con una lápida en la que figura
el nombre del finado, sus fechas de nacimiento y muerte, y
eventualmente un epitafio.
Sin embargo,
incluso este ritual ha comenzado a desaparecer. A partir de los años
setenta empezó a extenderse desde los países escandinavos la moda de
los sepelios anónimos. Cada vez es mayor el número de personas que
desea descansar tranquilamente debajo de la hierba, sin lápidas ni
flores. De hecho, ya hay muchos cementerios europeos que reservan
una parcela de terreno para enterrar cuerpos que no podrán
identificarse en la superficie. Algunos teólogos ven en esta actitud
una renuncia nihilista con origen en la tradición cristiana.
A fin de
cuentas los salmos prometen: ("No temas, te he llamado por tu
nombre." Aquel que desea ser enterrado sin identificación busca
formar parte de una corriente vital universal; para él, la muerte
significa el final definitivo de la individualidad.
Una postura
más consecuente todavía para las personas que así piensan consiste
en dejar esparcir sus cenizas sobre el mar, otra moda cada vez más
extendida en el entorno cultural de los países desarrollados. Los
antropólogos creen reconocer en esta original forma de desaparecer
de la faz de la Tierra el nacimiento de una nueva religiosidad, casi
ecológica, de unión con la naturaleza y, en definitiva, con el
universo. El deseo de que las propias cenizas sean arrojadas al mar
representa la voluntad de formar parte del elemento original del que
todos procedemos. La integración en la corriente de la evolución
excluye la. noción de la individualidad, y por tanto también la idea
de una vida eterna personalizada.
Sin embargo,
la incineración no implica necesariamente una contradicción con la
fe en el más allá. Esta práctica funeraria encuentra su origen en la
edad de bronce tardía, experimentando su apogeo entre los años 1250
y 750 antes de Cristo. Más tarde, los romanos también quemaban a sus
muertos, en piras de leña a cielo abierto, y depositaban las
cenizas, dentro de recipientes de cerámica, en nichos.
En cambio, y a
pesar de su tradición romana, la Iglesia católica siempre se ha
mantenido fiel a la inhumación bajo tierra. Quizá sea por el
profundo respeto que le merece el cuerpo humano y por la esperanza
en la resurrección de la carne. De todas formas, el enterramiento
nunca ha constituido un dogma de fe para la Iglesia: al fin y al
cabo, Dios, como ser omnipotente, ha de ser capaz de llamar a la
vida a cualquier cuerpo, sea cual sea la férma en que se hayan
realizado las exequias... Aun así, el Santo Oficio condenó la
práctica de la incineración en 1886, como medida represiva para
combatir a los librepensadores, masones y comunistas, aunque la
volvió a permitir en 1963. Desde entonces, los crematorios, casi
siempre anexos a los cementerios, son bendecidos por la Iglesia, y
el número de incineraciones ha aumentado considerablemente.
Pero siempre
que se habla de cremaciones pensamos automáticamente en la India. No
hay cosa que más anhelen los hindúes piadosos que ser incinerados en
Benarés, la ciudad santa a orillas del Ganges, el río-dios.
Los familiares varones del finado transportan el cadáver sobre unas
angarillas de bambú —amortajado con un paño blanco, si es hombre, y
rojo si es mujer—, y lo sumergen en las aguas del río para lavarle
los pecados. Después lo colocan sobre las escaleras del ghat.
Una vez seco, depositan el cuerpo sobre una gran pira de leña y lo
cubren de ofrendas: madera de sándalo, alcanfor, flores de mango, y
ghee, manteca purificada que también sirve para alimentar el
fuego. Por último, cuando cesa la combustión, esparcen las cenizas
todavía calientes sobre el Ganges.
Antiguamente,
la viuda del fallecido tenía que dejarse quemar con él, ya que la
muerte de su marido la cubría de culpa. En el momento de la
incineración, ella subía voluntariamente a la pira —a veces no tan
voluntariamente— para morir abrasada junto al cadáver de su marido y
librarse así de una mala reencarnación. Aunque la sati —que
es como se llama esta inhumana tradición— está rigurosamente
prohibida, aún hoy se dan algunos casos aislados.
Los parsis
—un grupo étnico de origen- viven en su mayoría en la ciudad India
de Bombay y a ellos no les está permitido ni el enterramiento, ni la
incineración. Cualquiera de las dos modalidades alteraría los
elementos constitutivos del airé, el agua y la tierra. Cabalmente
consecuentes con esta creencia, su ritual funerario —un tanto
macabro desde nuestro punto de vista occidental— consiste en ofrecer
el cuerpo del fallecido a los buitres, para que lo devoren. La
religión de los parsis proviene del profeta Zaratustra. Su obra
sagrada, el Avesta, atestigua la resurrección de los muertos
y remite a la completa reencarnación y revestimiento del alma, por
lo que este tipo de exequias persigue la destrucción completa del
cuerpo.
Los chinos,
sin embargo, tienen una concepción completamente distinta del tema.
Ellos honran los huesos de sus antepasados como si fueran reliquias.
A pesar de la propaganda de las autoridades comunistas para ahorrar
espacio en los atestados cementerios, sólo el 27 %de los chinos se
dejó incinerar en 1988. Los antepasados son considerados miembros
activos de la familia y los destinos de vivos y muertos están unidos
por lazos indisolubles. Cuando alguien muere, inmediatamente pasa a
convertirse en un espíritu bueno y protector de los suyos, o a
engrosar las filas de los demonios. Su destino futuro depende, no
sólo de sus propios actos en vida, sino también de la dedicación con
la que sus descendientes respeten su memoria.
A partir de
esta idea general, los rituales varían entre las distintas
comunidades chinas. El 5 de abril, Día de Difuntos en China, todo
Hong Kong va en peregrinación al cementerio. Padres, hijos, abuelos,
nietos, tíos y sobrinos se aprovisionan de todo tipo de vituallas y
se hacen al camino. Sobre las tumbas del enorme cementerio de Wo
Hap Sek se amontonan pollos, manzanas, botellas de aguardiente,
latas de Coca Cola, cerdos asados y, de postre, pasteles. Además,
hay puestos con buñuelos de viento, guirnaldas de papel, gorros para
el sol y caña de azúcar. Los deudos dan cuenta del festín allí
mismo, y entre plato y plato lanzan cohetes con el fin de ahuyentar
a los malos espíritus. También queman dinero, adornos y maquetas de
papel confeccionadas para la ocasión que representan casas,
automóviles y personas. Todo para que la vida en el más allá sea más
cómoda y confortable para los que ya se han ido.
Más exótica
todavía es la ceremonia que celebra cada tres meses la colonia china
en Bangkok (Tailandia): exhuman los restos de los muertos entenados
en el templo-cementerio budista de Wat Don, lavan uno a uno
los huesos con agua y cepillos, los extienden a secar en el patio
del templo y los incineran colectivamente en medio de cánticos y
rezos.
En el otro
extremo del planeta, en México, también mantienen una relación con
el mundo de los muertos mucho más directa y natural que nosotros.
Prueba de ello son las grandes fiestas que se organizan en todo el
país con motivo del Día de los Muertos, el 2 de noviembre. Pero
especialmente interesante resulta el ceremonial que cada año, el 30
de noviembre, celebra la minoría étnica de los tarascos en
Janitzio, una de las islas del lago Patzcuaro, en el
Estado de Michioacan. La fiesta de la Noche de los Muertos
comienza de madrugada.
Los hombres
salen de pesca a bordo de frágiles barcas, desde las que también
cazan patos salvajes, alimentos que servirán para preparar los
platos rituales con que decorarán los altares en las casas y las
tumbas en el cementerio. Mientras tanto, las mujeres y los niños
pasan el día fabricando guirnaldas de flores, esqueletos y calaveras
de pan de azúcar que pintan de colores, y otros adornos para los
altares. Por fin, a medianoche, el tañido lúgubre de las campanas de
la iglesia da la señal para iniciar la procesión al camposanto.
Aquí es donde
el festejo cobra todo su esplendor. Las lápidas se convierten en
mesas ricamente adornadas, llenas de flores, velas, figurillas de
azúcar, así como los manjares y licores más apreciados por los
familiares fallecidos. Durante toda la noche, vivos y muertos
celebran su reencuentro anual entre cantos y plegarias, viandas
deliciosas y mezcal, hasta las primeras luces del alba.
La descripción
detallada de los ritos funerarios en las distintas civilizaciones y
comunidades étnicas que enriquecen nuestro planeta podría llenar
libros enteros. Pero no es necesario que nos extendamos más aquí.
Hemos podido comprobar que en todas las épocas y culturas, por
diferentes que parezcan sus ceremonias fúnebres; se dan dos
coincidencias fundamentales: la convicción de la existencia de una
suerte de alma, espíritu o individualidad que sobrevive a la muerte
física y la creencia en un más allá donde van a parar esas almas. En
nuestro inconsciente colectivo —la famosa teoría postulada por el
psicólogo suizo Carl Gustav Jung— el arquetipo de la vida después de
la muerte está bien arraigado. Probablemente mejor que ningún otro.
Por eso se parecen tanto el primitivo hombre de Neandertal y el ser
tecnológicamente hipertrofiado que elige descansar eternamente en
una microcápsula puesta en órbita alrededor de la Tierra.
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